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Poemas de Elizabeth Bishop



EL ARMADILLO

A. R. Lowell

Esta es la época del año
en la que casi cada noche
aparecen, ilegales, los frágiles globos de fuego.
Ascienden a la cima de la montaña,
elevándose hacia algún santo
aún venerado en estas tierras,
y sus cámaras de papel enrojecen, se llenan
de una luz que va y viene, como corazones.
Una vez en lo alto, contra el cielo,
es difícil distinguirlos de las estrellas
—es decir, los planetas, los coloreados:
Venus que declina, o Marte
o aquel otro, verde pálido. Una ráfaga,
y se inflaman, titubean, vacilan, se agitan;
pero quieto el aire, navegan seguros y atraviesan
la armazón de cometa de la Cruz del Sur,
retroceden y menguan y nos dejan
—firmes ellos y solemnes— en el mayor desamparo;
o impelidos desde un pico por corrientes descendentes,
se convierten en súbito peligro.
Anoche cayó otro de los grandes.
Reventó como un huevo de fuego
contra el acantiladla espaldas de la casa.
Chorrearon llamas. Vimos
volar al par de búhos que allí anidan,
alto, más alto, en torbellino blanquinegro
con una mancha rosa vivo por debajo,
hasta que, se perdieron de vista chillando.
Tal vez ardiera el viejo nido de los buhos.
Aprisa, solitario,
abandonó el lugar un armadillo centelleante,
cabizbajo, colibajo, veteado de rosa,
y un conejillo salió entonces,
oh sorpresa, de orejas cortas,
y tan suave: un puñado de cenizas intangibles,
fijos y encendidos los ojos.

Oh remedo más que hermoso; como un sueño.
Oh juego que cae y grito penetrante
y pánico, y un débil puño acorazado
que ignorante se cierra contra el cielo.



ALGUNOS SUEÑOS QUE ELLOS OLVIDARON

Los pájaros muertos cayeron sin que nadie
los hubiera visto volar o pudiera
imaginar desde dónde. Eran negros,
sus ojos estaban cerrados, y nadie
supo qué clase de pájaros eran. Pero todos
se apoderaron de ellos y miraron
hacia arriba, por el reciente y largamente
infundibilizado cielo.
También cayeron gotas oscuras. Se recogieron
en los canales del tejado, se congregaron
en los cielorrasos sobre los hechos de todos ellos;
toda la noche, gotiformas misteriosas,
colgaron sobre sus cabezas, se esparcieron
después entre sus dedos distraídos, rápidas
como el rocío hojas afuera.
Y ellos, ¿dónde habían visto
bayas silvestres tan perfectamente negras como éstas
y que brillaran igual al alba? Señuelos
de centro negro, en altas ramas, o debajo
de las hojas. Venenosas, pensaron
y las olvidaron o —¡recuerda!— comieron
de los sobrecargados árboles. ¿Qué flores
se encogen como semillas, como éstas o la aguileña?
Pero hacia las ocho o las nueve, los sueños
de todos ellos son inescrutables. 



PAISAJE MARINO

Este paisaje celestial, con garzas blancas que
ascienden como ángeles
volando tan alto como quieren y hacia ambos lados
tan lejos como quieren
en hileras y más hileras de inmaculados reflejos;
esta región entera, desde la más alta de las garzas
hasta la ingrávida isla de mangles, aquí abajo,
con sus brillantes hojas verdes nítidamente orladas
de excrementos
de pájaros, como estampa iluminada sobre plata, y
los arcos
tan sugestivamente góticos de las raíces del manglar
y los hermosos prados verde habichuela
donde a veces un pez salta como una flor silvestre
en un ornamental rocío de rocío;
este cartón de Rafael, para alguna papal tapicería,
se parece al paraíso.
Pero el faro esquelético que allí se alza,
de clerical vestido blanco y negro, siempre alerta,
piensa que él sabe la verdad de las cosas.
Piensa que el infierno hierve a sus pies acerados,
que por ello son tan cálidos los bajos de las aguas;
sabe que el paraíso es diferente.
El cielo no es como volar o nadar,
tiene algo que ver con la negrura, y una fiera mirada,
y cuando se ensombrezca, recordará el faro
algo bastante rudo que decir sobre el tema. 



UN ARTE

El arte de perder no es difícil de dominar;
tantas cosas parecen henchidas con el intento
de perderse que su pérdida no es ningún desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la confusión
por las llaves perdidas, la hora en blanco.
El arte de perder no es difícil de dominar.
Luego practica perder más, perder más rápido:
lugares y nombres, las partes a las que querías
viajar. Nada de esto traerá un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y mira, mi última o
penúltima de mis tres casas se ha ido.
El arte de perder no es difícil de dominar.
Perdí dos bellas ciudades. Y algunos
vastos reinos que eran míos, dos ríos, un continente.
Los añoro, pero no fue un desastre.
—Incluso perderte a ti (la voz burlona, un gesto
que adoro) no habré mentido. Es evidente:
el arte de perder no es muy difícil de dominar
aunque pueda parecer así (escríbelo) un desastre. 



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