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Nos hemos convertido en todo lo que no queríamos [Sobre Metrópolis: cementerio de espadas de Juan Bermeo] por Andrés Villalba




Nos hemos convertido en todo lo que no queríamos



El horizonte del mundo es desolador y está tapado de mercancías. Y uno sucumbe al espejismo fantasioso. El momento es difícil para el mundo. Y puede empeorar. Es de no creer.  Pero no va a empeorar. Lo que hay es una fiebredelirio, una fiebre los ramos, hay unas resedas enroscadas en los pies fríos de las niñas de Cuenca mientras toma yaguana color rojo veneciano. Hay sosiego y verbena en los pastizales a orillas del Tomebamba. Hay desazón y tristeza a orillas del Tomebamba. Pero conviene nunca aferrarse a nada ni a nadie. ¿Será que de verdad el día aclara? Aclara. El día aclara. La Patagonia aclara toda confusión. Pero luego de la guerra difícilmente veremos más de lo que callan las rocas, escribe Jan Fernando Bermeo Palacios y nos invita a habitar dentro de una lengua escindida. Quizá porque en todo poema existe una forma de comunicarse y darse de puños con las piedras. Hay una fiebredelirio, una necesidad superlativa de designar/decir la realidad de otra forma. ¿Será posible? Repito que se llega a la poesía por carencia y precariedad existencial. Todos vivimos en esa precariedad y hondonada ontológica, pero el que se expresa evidencia de una manera muy aguda sus propias carencias. Vivimos en una absoluta discontinuidad, imbuidos en un lenguaje que pone en crisis la sintaxis de una forma radical con capas y sedimentos lingüísticos de variada procedencia. Leopoldo María Panero escribió que: “solo es hermoso el pájaro cuando muere destruido por la poesía”. Eso es preciso. La poesía se nutre siempre de algo muerto. El lenguaje es un sistema de citas: todo poema es un poema sobre un muerto. La poesía llega cuando nos arrancan la cabeza.

Metrópolis: Cementerio de Espadas goza con una letanía agravios y tribulaciones de un náufrago sin mar, sin más tripulante que el vacío y la inexistencia. Con las grandes preguntas y las grandes decepciones que se encuentran en todo buen libro. Estamos cansados de estar como saltamontes sin resortes. Ya fue. Dicen que dizque hay otras posibilidades y salidas y que lo importante no es lo que entra sino lo que sale. ¿Será posible? Suponemos que sí. Vivimos obnubilados, anónimos y con la cabeza cortada entre las manos en la ciudad que amamos y depreciamos, (que nos ama y desprecia). Si recogemos la tierra donde vivimos sabemos que esa tierra no es nuestra. Que ya nada nos pertenece. Que nunca nos perteneció. Demasiado tarde entendimos que existir es un maldito vicio y un eco triste de algo terrible, vacuo y absurdo que ya sucedió. Estamos condenados a los rieles de este páramo donde nos tocó nacer. Conocemos de memoria los infiernos con taburetes y las grietas de nuestras angurrientas ciudades. Como el café aguado que tomamos, como eso de que aquí no hay nada que no pueda esperar cinco meses. La larga herida en nuestra taza de café: cuando al querer penetrar en la urbe / tristemente nos damos cuenta / que no es un destino / sino una partida hace tiempo recorrida. Es la adicción a la melancolía andina. Es la tristeza de los arreboles andinos que nos recuerdan que lo único bueno del día es que ya mismo se acaba: somos conscientes que somos una especie que crepita. Nos ponen en este pinche mundo en posición pollito bebiendo agua para que nos entre un buen pedazo de manguera de bombero rural cubierta con cuero de guanta: nos hemos convertido en todo lo que no queríamos pero tampoco odiábamos de todas formas.  

Y otra vez como dice el filósofo: volverse niño desde la escritura para restaurar y corregir la infancia de ese mundo, acaso siempre diáfano y nuevo. Hay un niño con cascadas bélicas en su corazón en un bosque con una granada dentro de una batería. El niño escucha Metropolis Pt.1: The miracle and the sleeper y escribe un libro. Epifanías. Conmociones. Esperamos un milagro, tan solo un milagrito. Pero nunca más un niño. El niño sabe que adivinar lo que piensa el prójimo es una de las formas más gratuitas de amargarse la vida. El niño es melómano y escribió un bello libro y eso ya es suficiente para “dormir desnudo entre los alacranes”. El niño pregunta: ¿qué es la ciudad sino un cementerio de espadas? Un SEMENnterio de espaldas. La realidad consuetudinaria que nos fuetea para mordernos la lengua y perecer solitos, sin nada, sin nadie, solos contra el mundo. Solo el hecho de volquetearse al redil de la obscenidad de la página en blanco ya implica un riesgo. Demasiado riesgo. Es de no creer pasar entre tanta gente –áspera gente– que al igual que los toros mañosos van directo al bulto y no al engaño. El niño sale en hombros de la plaza y sabe que: “mañana será otra cosa no muy diferente a las cucarachas”. Palabritas. Afinidades. Palabritas. Afinidades: lo único que un pobre hombre se lleva a la tumba. 

Es evidente que a nadie le sirven los traumas del prójimo cuando son suficientes los propios. A veces la poesía solo lleva al esnobismo, a la inutilidad, a sublimar el onanismo, a justificar las limitaciones, a la autodestrucción o a la falsa locura. ¿Cómo se entiende el fenómeno de que la poesía es cada vez más relegada pese a la abundancia de poetas? Cito a Eduardo Milán cuando dice: “La metafísica invertida de la creación que patentó el humilde Borges –nadie escribe, todos leemos- fue arrinconada por la realidad en el centro mismo de la paradoja: los que escriben son exactamente los que leen”. Es verdad, pero como nos habla un poema no nos habla nadie en el planeta. El poema es el único lugar donde la lengua no miente, existe mucha poesía mentirosa, pero cuando te interesa un poema, esa lengua no miente jamás.

En el libro de conversaciones Saber morir, Raúl Zurita esgrimía que: “la poesía no tiene nada que ver con la verdad, es anterior a la verdad, al contrario de la religión, que al ser dictada por dios, es la verdad (…) Una lengua es un acto de amor, un acto de amor que nos sobrepasa infinitamente porque es la única resurrección que nos muestra el mundo, el sonido de una lengua es el sonido de sus muertos, de todos quienes la han hablado y cada palabra que decimos es coreada por los muertos que renacen en ella. Ese es el amor constante más allá de la muerte del poema de Quevedo. La poesía no la religión, es la que muestra las imágenes más radiantes y entrañables de la trascendencia, la gran poesía es la muerte, la resurrección y la vida”.  Entendemos que es en la lengua donde habita un poeta, sin embargo, desde este paraje existe una prerrogativa en esa afirmación porque hace más de 100 años en Hispanoamérica se escribe la mejor poesía del planeta. Eso no lo digo yo. La poesía como lo nunca alcanzado, como lo distante–imposible, como eso de lo que se dice siempre sin jamás moverle un vello a su pelambre ni una púa a su erizo. Esa es su belleza, la rozadura de una concretud que jamás se entrega a nadie: “la adusta perfección jamás se entrega/ y el secreto ideal duerme en la sombra” escribe Rubén Darío, quizá todas las palabras están mal, pero lo que quiere decir y con la sobriedad con que lo dice resulta absolutamente conmovedor.  

¿No es linda la vida una vez superado el complejo de pretender entenderla? Sin duda, Metrópolis: Cementerio de Espadas es uno de los libros más singulares y originales de la turbamulta de nuevos poetas ecuatorianos: y ya no es importante buscar culpables en este cementerio.


Andrés Villalba Becdach




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