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Poemas de Manuel Illanes






HIDALGO

La celebración arrastra

su cola embetunada de vómito

por el Campamento 2 de Octubre.

Un día después de la algarabía

observamos el campo de batalla

ya limpio de cadáveres: tapizado

de cuetes aún humeantes el enorme

y vacío estacionamiento, sucias

las calles, legañosos los ojos

de los caminantes en Sebastián

                             Lerdo de Tejada



así como lastimeros los aullidos

de perros que no comprenden

del fervor ni del desborde

de cerveza que transforma

en éxtasis nuestra sencilla

vulgaridad de inquilinos

a los que se les ha cortado

el agua por casi dos semanas.



Pero los perros desconocen

la bendita saga que nosotros

memorizamos y comprendemos

hasta en sus últimos detalles.

El llamado de Hidalgo sigue

retumbando en los corazones,

cómo negarlo, cómo cerrar

los ojos ante tamaña verdad,

quién podría: sólo que hoy

su grito  de rebelión se funde

con el alarido de las patrullas

que recorren Iztapalapa durante

las auroras más salvajes de México

o  con la simple, monótona letanía

de los vástagos del pvc,

aquellos trepanados por Capital

que elevan sus alucinados coros

                       / al cielo cada tarde.



Como si cantaran para invocar

la lluvia, como si danzaran

honrando el sueño que alguna

vez precipitó a Hidalgo

hacia la insurrección y la ruina.








EPÍSTOLA PARA EL REVERENDO ELIOT

Para T.S & la dedicatoria de “Tierra Baldía”



Pero es que ni siquiera nos alcanza

para autores, zarigüeya,

ni siquiera para escribidores,

menos aún para artesanos.

El limbo es un buen lugar

para zánganos como nosotros.

Derivamos en círculos

entre brumosas taquerías,

cascajos de carros, casas

con sus varillas levantadas

hacia un cielo trizado,

llantas que alguien quema

para templar una noche gélida y espesa

como poema de Berryman,

hasta caer rendidos sobre camas

que no son más que paisajes

de alambre. Monosos reunidos

alrededor del fuego viendo

las sombras parpadear

como pequeños dioses

que saltan entre las llamas

y transmiten su palabra,

su áspero evangelio al vacío

que somos, ese montón de piedras

que se desmorona en el surco.



Cómo pican las chinches aquí,

zarigüeya, cómo apestan las aguas.

La brisa trae consigo a mediodía

y en el crepúsculo el tronar

histérico de los sonideros

con su perreo intenso,

su Despacito tarareado

hasta el carajo, una música

hipnótica como el tartamudeo

de los disparos de los narco

corridos, de las narco balaceras,

de los narco incendios de la realidad.



Pero es que ni siquiera nos alcanza

para autores, zarigüeya: corre

un viento despiadado y frío

aquí, despiadado y frío

a toda hora. No ocurre

nada digno de ser traducido,

no se cruza el Rubicón

salvo para perderse

en su corriente y caer rendido

en un paisaje de alambre.






 PARAÍSO INC.


Corriendo detrás de unos vagones

oxidados, un cascajo rodante

que galopa hacia Paraíso Inc.

La tierra prometida es un

campo de naranjas en Salinas,

California, una cueva de braceros

que nos guiña desde lejos.

Agazapados entre la maleza,

el pulso y la voluntad

sometidos al tam tam

que multiplican los musgosos

rieles -un bisonte que cruza

los caminos con su carga

rotunda de metecos. Agazapados

en la maleza por días, corriendo

todo el tiempo, corriendo

detrás de unos vagones oxidados.

Pero también huyéndole

al largo etcétera del hambre,

a los latigazos del hielo

cuando el bisonte se detiene

y pasta entre la neblina de la sierra.

Los coyotes andan cerca

cazando maras y zambos para el pozole,

la migra sigue el hedor

de nuestros pantalones

cagados. Hay que correr

entonces, saltar lo más alto

que se pueda, abrazarte

de los sucios costados

de La Bestia si no quieres

acabar como un montón

de basura apilado al borde

de los rieles, con tu rostro

vacío arañando la tierra.



Hay que seguir corriendo

detrás de unos vagones oxidados

todo el tiempo, todo

el chingado tiempo

corriendo para no

ser carne de fosa,

para llegar a Paraíso Inc.






DÍA 30 S. ALCOHOL

(MALPAÍS)


Yo sólo quiero de la palabra

el balbuceo, el estertor que causa

la tromba al cruzar un descampado

invadido por el cascajo y la maleza.

No me interesa el amor y sus chillidos

de canción de banda, no me interesa

el cacareo de los que vociferan

por una Utopía levantada sobre cajas

de huevo y pepenadores que sobreviven

como ardillas en un bosque calcinado,

no me interesa el silencio, sus caminos

de terracería. ¿Has visto a las palomas

colgar de los cables del tendido eléctrico

en las atroces mañanas? ¿Sus cuerpos,

ligeras amenazas arrancadas a una película

de Hitchcock? Nada de eso me interesa,

nada, esas absurdas escenas, esos ínfimos

chispazos que la mirada rescata del eriazo

del cielo no son sino extensiones de la noche

             / que no quieren reconocerse noche,

avalancha de momentos que nos precipitan

                                            / hacia el caos.

Gritos que la garganta asfixia

o deja escapar en repentinos alaridos

cuando los fármacos no hacen efecto,

lengua que se disuelve en gargajo

y glosolalia, Lautreamont

que alguien libera de un nosocomio

para que bale, para que aúlle, para que salte

y acelere el desenlace de esta cinta clase Z

donde figuramos apenas en los créditos.

Abismo que adulteramos sin asco,

que corrompemos hasta repetir:

“lluvia, “te amo”, “hermoso día”.

Noche que abandona sus tinieblas

y se ordena alfabeto, remedo de jardín

ardiendo en una ciudad que contempla

cómo sus soles estallan y se hunden

             / en un mar de asfalto y brea.



Yo no quiero de la palabra sino

el descampado, el cascajo, los despojos.





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