ENRIQUE LINH CREADOR VERSUS LIHN
CRÍTICO
Por Daniel Rojas Pachas
Enrique Lihn fue un artista interesado en indagar y exponer
de forma explícita, sus procesos de creación y sus ideas sobre el lenguaje.
Estas operaciones las realizó al interior del diseño y contenido de sus textos
y en gran medida en sus ensayos y entrevistas, generando un universo literario
interconectado y en constante diálogo y discusión.
El pensamiento
reflexivo de Lihn en torno al arte, lo encontramos en gran parte en sus
entrevistas compiladas por Daniel Fuenzalida y en sus ensayos recopilados en El circo en llamas, Derechos de autor y Textos sobre arte. Alejandro Fielbaum en
su texto “Crítica de la crítica no crítica. Lectura política de la defensa del
estructuralismo de Enrique Lihn” señala con severidad:
Que los intérpretes de Lihn hayan
prestado tan poca atención a sus trabajos al respecto resulta, por cierto,
singularmente sintomático una reiterada forma de interpretar la literatura
latinoamericana desde el pensamiento europeo, sin preguntarse por las ideas
circundantes en la teoría y la crítica latinoamericana. La torpeza de ese gesto
es tanto más evidente cuando el mismo Lihn es uno de los primeros autores que
comienza, en Chile, a escribir crítica literaria valiéndose de los autores con
los que la posterior crítica leerá su poesía sin su ensayística, esa que abrió
posibilidades para que se lo pudiese leer de esa manera (Fielbaum, p. 280).
Alejandro Fielbaum, Pedro Lastra y Edgar O´Hara, son parte
de los pocos investigadores que han señalado con acierto, el error de no
atender a la voz crítica de un autor, cuyo proyecto escritural tiene una base
autorreflexiva. Críticos de la poesía de Lihn y unos pocos que han atendido a
su narrativa, han optado por enfocarse más bien en la bibliografía que Lihn
utilizaba para sus estudios y comentarios de textos, por eso las numerosas
aproximaciones a su escritura, desde la óptica de Roland Barthes, Maurice
Blanchot, Jacques Derrida y Roman Jakobson, en lugar de remitirse a la teoría
filtrada por la propia reflexión crítica e inventiva del autor.
Lihn trabaja su
obra bajo el principio de intertextualidad refleja que Pedro Lastra y él,
reconocen en sus conversaciones. Este planteamiento surge a partir de los
trabajos de Julia Kristeva y Philippe Sollers. La intertextualidad refleja nos
remite al estudio de textos que se retroalimentan e interactúan modificando sus
procesos de significación. Pedro Lastra pone de manifiesto que la literatura de
Lihn se construye con materiales limitados que se interrelacionan y cambian de
función, por ende se reactualizan solidariamente. Cada libro de Lihn, poema a
poema, verso a verso y relato a relato, reescribe su producción anterior.
Bajo esa óptica,
su narrativa extensa, al ser pensada como un artefacto paranovelístico[1],
juega un rol privilegiado, a la hora de entender el carácter exploratorio,
metatextual y contra literario de su práctica escritural. Antes de entrar de
lleno a hablar de sus novelas, considero importante, por majadero que suene,
dejar en claro que una lectura integral y atenta de Lihn, debiese emular aquella
escena de Superman III, en que el hombre de acero enfrenta en un vertedero a su
alter ego Clark Kent. Del mismo modo, como críticos debiéramos poner a combatir
en el terreno de las ideas, al Lihn creador con el Lihn crítico.
Entre sus textos
ensayísticos encontramos Sobre el
antiestructuralismo de José Miguel
Ibáñez Langlois, “Paradiso, novela y Homosexualidad” y Señales de ruta, además de números escritos sobre fotografía, cine,
pintura, teatro y arte en general. Sin ir más lejos, “Entretelones técnicos de
mis novelas” resulta una pieza clave para entender su narrativa, e ingresar a
ella prevenidos. Carmen Foxley destaca tempranamente esta condición:
Sabemos que el propio autor elucidó la índole de su escritura en
interesantes textos y entrevistas, en los que va exponiendo progresivamente su
autoconciencia poética. En esos escritos hizo ver su desconfianza en las
concepciones mecánicas de la representación y de la realidad, y en todas las
manifestaciones automatizadas del lenguaje social. Recalcó su intención de
pensar la literatura sin dejar al mismo tiempo de hacerla, subrayó el carácter
experimental y artificioso de su escritura, su opción de poner a prueba el
lenguaje y de potenciar desde ahí el engendramiento del sentido (pp. 15-16).
En lo que respecta a Batman
en Chile, La orquesta de cristal
y El arte de la palabra, Lihn ejecuta
en estas ficciones un montaje de nociones críticas y teóricas sobre el lenguaje
y la construcción de la realidad. Estas preocupaciones se corporizan en la
estructura de cada novela, en el andamiaje irresoluto de sus tramas, en las
desaforadas voces de narradores que desbordan el sentido de las palabras y los
discursos.
Su trilogía sobre
el poder expone la apropiación que determinada ideología, el american way of
life o los galicismos mentales y un poder omnímodo y transhistórico como la
dictadura de “El Protector” en Miranda, hacen de la realidad, al tomar el
control de los mecanismos comunicativos, el habla, la escritura y nuestros artificios
culturales: el arte, la Historia, la prensa, los relatos, el diálogo, la
ciencia y desde luego la política.
En sus novelas siempre
hay una entidad represiva y un oprimido en primera plana, puede tratarse de un
artista coaccionado por su ego, un sujeto sometido a mecanismos de
supervivencia, el arte condicionado por una paga o la necesidad de ajustarse a
los gustos de un momento. Los agentes en estas historias cumplen órdenes que no
pueden cuestionar o que no se atreven a desafiar, producto del adoctrinamiento
y su fe ciega en el emblema patrio o la dictadura a la cual adhieren con tal de
medrar.
Poder y lenguaje
van de la mano y condicionan la existencia de los sujetos ante abstractos que
hemos fundado, que adoptamos y difundimos. La llamada realidad como abstracción
de la cual formamos parte activa, nos invita a impugnar el sentido de lo
institucionalizado, sino es con la acción directa, puesto que carecemos de fuerza
para desafiar los totalitarismos y la represión impuesta por los límites de la
palabra, al menos podemos burlar su potestad impostando, tal como el bufón
imita al rey, desacralizando al que detenta el habla censora y establece las
fronteras de lo real.
Las novelas de
Lihn no son sencillas, resultan en muchos casos piezas hostiles para el lector
acostumbrado a una anécdota y diálogos que conducen a un fin. Estas piezas
demandan el reconocimiento de recursos autoexegéticos, como verdaderos
protagonistas de la ficción. Un estudio de la estructura y contenido de las
novelas lihneanas, evidencia cómo la metaconsciencia y técnica autorreflexiva
se imponen frente a las excusas de historia, los narradores elusivos y gran
cantidad de episodios inconclusos, que se resisten a toda continuidad en la
trama.
Una de las
principales estrategias del autor de La musiquilla de las pobres esferas,
es la hiperretórica, que produce un cruce deliberado de contenidos
metaliterarios que se yuxtaponen, como lo antiutópico, el kitsch y la simulación como mecanismo para repensar la función del
signo y la representación.
Estas
preocupaciones teóricas y mextatextuales, tan caras a la escuela francesa,
representada por semiólogos y filósofos del lenguaje, se extreman producto del
contexto que le tocó vivir a Lihn a fines de los sesenta. En esa época, el
autor enseña estructuralismo literario francés y una vez acaecido el Golpe de
Estado, amplía su cercanía a autores como Jaques Derridá, Levi Strauss y Roland
Barthes, a los cuales utiliza como base teórica de sus textos sobre arte, su
crítica sobre poesía latinoamericana así como los prólogos y estudios a
poemarios y novelas como: La nueva novela,
Zoom, Paradiso, Proyecto de Obras Completas de Rodrigo Lira, el prólogo a Diez cuentos de Bandidos, publicado
por Quimantú y El rincón de
los niños, por nombrar algunos textos.
Enrique Lihn en
esas fechas también estudia semiología. En carta fechada el 22 de enero de
1975, le comenta a Pedro Lastra sobre talleres que ha venido dictando: "He
llegado a poder decir unas cuantas cosas -a razón de dos horas por sesión-
sobre Rimbaud, Mallarmé, Borges y Poe, entre otros, apoyándome en Freud, Lacan,
Jakobson, Derridá, Sollers y compañía ilimitada, más, se comprende, una buena
dosis de carrilerismo personal" (Lihn, Querido,
p. 29).
En cuanto a su vida
cultural, Lihn promueve como docente e investigador, el cruce entre crítica y
creación. A Juan Andrés Piña le declara en una entrevista:
Fue productivo en el sentido de
que escribí mucho, aunque supiera que no podía publicar [...] En todo caso, en
esos años hubo mucha actividad en el Instituto de Estudios Humanísticos, junto
a Ronald Kay, Carmen Foxley, Adriana Valdés y Cristián Huneeus. Hacíamos
cursos, traducciones, actividades referidas a la situación del momento, a la
política contingente, pero de manera críptica. Montamos un congreso sobre
literatura, con un lenguaje sumamente alambicado, muy puntudo. Fue un juego
creativo interesante, mientras Cristián Huneeus fue director del
instituto" (Lihn, cit., Piña, Conversaciones,
p.158).
Estos ejercicios discursivos tienen su punto culmine en la
elaboración del libro Derechos de Autor,
el cual es una puesta en escena sui
generis y un acto artístico que persigue un claro efecto: utilizar la
propia obra para impugnar el statu quo
que perpetúa una crítica complaciente, así como los mecanismos comerciales y de
distribución que tienen las obras literarias en una sociedad capitalista, que
además controla con rigor los contenidos.
Del campo cultural chileno Lihn dice: “Vivir
en Chile no ha sido nunca, culturalmente hablando, vivir bien; en el día de hoy
significa, quizá, la ruina. Las reducciones han llegado al límite. Un sólo
crítico, ninguna revista, dos salas de conferencia, un lugar de reunión, nada”
(Circo, p. 162).
Lihn resignifica
el concepto de Derecho de autor, lo
cual implica hacer operar la propia escritura y la crítica que la circunda como
un elemento para su poética. La obra de Lihn sirve como un centro (núcleo
creado a partir del lenguaje literario) en torno al cual orbitan muchos textos:
lecturas propias y ajenas que dan sustancia a la propia ficción autoral. La
imagen de autor, más allá de su propio ethos,
se verifica como indica Dominique Maingueneau:
A través de una multitud de
comportamientos verbales o no verbales mediante los cuales muestra lo que es,
para él, ser escritor. Pero su imagen de autor efectiva se elabora, por una
parte, en la interacción entre esos comportamientos y las obras; y, por otra
parte, en la interacción entre esas obras y las reacciones de los públicos (Escritor, p. 23).
Lihn demuestra que su identidad como sujeto creador, dentro la
sociedad chilena de esa época, no está exenta de ocupar un rol y etiqueta, por
tanto su figuración también es un disfraz, en este caso declarado, pues es
capaz de atacar los emblemas que implican la instrumentalización del escritor y
el dominio del arte y la palabra, por parte del régimen.
La narrativa de Lihn: una
experiencia distópica de lectura
En una producción como la de Lihn, la
hiperretórica, da cuenta del recubrimiento de la realidad por medio del
lenguaje, el autor fuerza el cruce de múltiples modelos, ideologías, formas de
percepción del arte y la cultura, además de la copresencia de corrientes y
paradigmas, que interactúan en una yuxtaposición inarmónica. Sus novelas, estas
presentan al lector una experiencia distópica de lectura, la cual se sustenta
en la cháchara.
La trilogía lihneana
ahonda en una preocupación que el lector puede observar a lo largo de toda su producción:
el lenguaje enfrentado al control policial que una fuerza superior ejerce sobre
el individuo. Como ya mencioné, en estos textos los sujetos se ven interpelados
por sistemas de creencias que determinan la configuración de lo real. El
pensamiento y las vías de expresión son dominados por la censura. Esta
problemática opera en tres niveles. En cada entrega se complejizan las
condiciones con que el poder pervierte la comunicación. La noción de verdad es
regida por determinado momento histórico y sus agentes. Al imponerse una visión
utópica del mundo, la lógica imperante otorga estructura a las instituciones e
instrumentos culturales. La escritura y la novela no quedan exentos de dicho
control.
En un primer nivel,
podemos apreciar cómo se desintegra la identidad del individuo. En Batman en Chile, la primera novela de Lihn, un personaje ficticio tomado de las
páginas del cómic norteamericano, técnicamente un eslogan viviente de la
justicia y vigilancia es desarmado por una versión hiperbolizada de Chile
durante la guerra fría.
El pensamiento del
personaje, propio de un universo maniqueísta de héroes y villanos se fragmenta,
y tanto su identidad, como el modelo de vida que encarna, son puestos en tela
de juicio. El desenmascaramiento del american
way of life como matriz de su lógica, da cuenta del vacío en su identidad,
la cual está compuesta no sólo por el traje de hombre murciélago, sino también
por una máscara ideológica que sólo recubre un cascarón vacío. Detrás del mito
heroico sólo resta palabrería y una oquedad que se revela a causa de las
versiones piratas y tercermundistas del colonialismo cultural.
La orquesta de cristal nos propone un
segundo nivel, respecto al lenguaje y el poder. Se trata del simulacro que
implica una representación fantasmal de la historia y la identidad de los
pueblos americanos. En esta novela,
el autor nos muestra cómo todo lo que llegamos a conocer de Europa y la
historia universal, en pleno cruce de los siglos XIX y XX, orbita en torno a un
acto fallido. La Europa decimonónica de Gerardo de Pompier y Roberto Albornoz
es sólo una representación compensatoria en la mente y escritura de
cronistas/copistas.
En cuanto a los
referentes históricos y alusiones a la Segunda guerra mundial y el París de los
modernistas, Lihn entrega al lector un contexto verídico deformado por la
cháchara de escritores mercenarios, que diseñan la realidad a través de sus
crónicas. De esta manera se exalta la hiperrealidad novelesca y se tensionan
los límites entre lo real y su transposición a la fantasía. Esta obra,
siguiendo los postulados de Jean Baudrillard se configura como una
representación hiperreal que “enmascara la ausencia de realidad profunda” (Cultura, p. 18).
El tercer nivel lo
apreciamos en El arte de la palabra, obra
que nos presenta la simulación de una novela. Lo que en sus antecesoras son juegos
autoparódicos que se proponen al lector, gracias a un quiebre del pacto
ficcional, en esta última entrega se constituye como el máximo exponente de la
palabrería y su incontinencia, pues no se trata ya de imitación ni de
reiteración, ni siquiera de parodia, sino de una suplantación de lo real por
los signos de lo real, es decir, de una operación de disuasión y convencimiento
que nos fuerza a habitar ideologías y dogmas y constituirnos en sus
transmisores. Esto guarda relación con una mirada
deformante de lo real, pues el autor nos está diciendo que esa es la función
final de todo ciudadano y de toda obra del ingenio humano, en el marco de un
régimen ahogado en su propia teología soberana.
Hechas estas observaciones
respecto al contexto de producción de Lihn, su visión del arte dentro de un
marco represivo y por último, cómo estos componentes están presentes en sus
novelas, me toca señalar que la narrativa de Lihn no se ajusta a la tradición
esencialmente realista de la novela chilena, por tanto, la crítica de su época
las rechazó y condenó al olvido, primero por razones extraliterarias, sin
embargo, a esto debemos sumar el diseño y la propuesta contra literaria de
estos textos. Estamos ante obras fallidas, instrumentos que de manera
premeditada atacan las convenciones del género, se burlan del lector y fracasan
como piezas narrativas.
Estas novelas
difícilmente llegarán a ser de interés masivo, eluden a su destinatario pues
demandan una enciclopedia específica, confrontan sus estructuras de mundo y lo
someten a una retórica compleja, para obtener como retribución una historia
ausente y un exceso de palabrería muchas veces sin sentido. No debe
extrañarnos, que más allá de las querellas políticas y personales que pudiesen
tener los críticos de la época y algunos lectores especializados hoy en día,
también pesa sobre estos textos, un factor netamente estético, el cual permite
considerarlas malas novelas, aburridas y pretenciosas.
Obras de arte que
pueden llegar a ser consideradas prescindibles, dentro de una tradición formal
y estructurada, pues estamos ante artefactos creados para el placer de unos
pocos eruditos, lectores alienados de la contingencia y escándalo de turno. La
intención de Lihn transita por ese derrotero, pues prioriza mostrar el fracaso
de la realidad y sus instrumentos. El arte, la escritura y la narrativa, junto
a todo el aparataje cultural que envuelve, no se verifica contándonos una
historia particular de dicho fracaso, sino escenificando esa realidad fracasada
de manera discursiva.
Las tres novelas
fueron denominadas un ejercicio barroco, demasiado complejas para ser leídas,
carentes de sentido y unidad, enredos sin una trama digerible. La narrativa
lihneana ignora el desarrollo de una historia convencional y sacrifica lo
fruitivo, incluso pueden ser consideradas obras incompletas y fallidas, si las
vemos únicamente desde un punto de vista narratológico, pues todos los
elementos que conforman un diseño secuencial, repleto de componentes
descriptivos, hechos encadenados, estructuras actanciales, tipos humanos y
personajes que siguen un arco y una trama que demanda cierta coherencia, se ven
traicionados por el autor de Paseo
Ahumada.
Enrique Lihn opta
por crear dispositivos que ponen en ejercicio la forma en que se edifica el
discurso del poder. Mientras estamos leyendo, también estamos ejecutando dicha
discursividad, como partícipes de la cháchara. Nos hacemos cómplices de los
mecanismos con que la retórica ideológica se pone en escena. El lector es conminado
a vestir el disfraz de Pompier, actuar y vagar por un mundo de uniformes
ideológicos, voces hechas de palabras y consignas, movimientos de época y
estereotipos culturales andantes. En esta trilogía metatextual, el exilio, el
insilio y la figura del censor, asumen múltiples máscaras y modalidades
intermediales, no para contar una época, sino para encarnar el lenguaje
intervenido por la censura y la violencia.
Un álbum demasiado familiar - El
desafío de leer e interpretar a Lihn hoy
La crítica actual,
ha tomado dos posiciones frente a la trilogía narrativa de Lihn, una facción ha
ignorado de lleno estas obras al estudiar la trayectoria del chileno,
privilegiando como ya señalé, la poesía y en menor medida se ha empezado a
poner atención a los ensayos y trabajos críticos del autor. Una segunda
vertiente, compuesta por críticos cercanos al autor como Roberto Merino,
Rodrigo Cánovas, Roberto Brodsky, Carmen Foxley, Oscar Hahn, Cristian Warnken
Lihn, Adriana Valdés y Pedro Lastra, por nombrar a los más destacados, han
puesto atención a su narrativa o al menos han procurado poner a dialogar
ciertos elementos presentes en La
orquesta de cristal y El arte de la
palabra (Batman en Chile es
mayormente ignorada) con el grueso de la obra de Lihn, a fin de llevar a cabo
sus análisis que se enfocan en rasgos estéticos, temáticas que se repiten, la
poética del autor o el estudio particular de poemas, catálogo discursivo o
sendas radiografías de la vida e importancia que Lihn llegó a tener en el campo
cultural de su tiempo. Sin embargo, no es casual que haya señalado la familiaridad
con el autor de estas voces autorizadas. Estos investigadores fueron amigos
cercanos, pareja del autor, su sobrino, sus editores y algunos llegaron a
constituirse en guardianes celosos de su legado y obra póstuma.
Considero que esto
afecta a los estudios de Lihn, pues en el último tiempo se ha buscado elevar su
figura académicamente, crear una fundación con su nombre y reponer toda su obra
poética desde la edición universitaria, despolitizando los libros y sus
particulares formas de edición. Libros cuyo diseño tenían una finalidad
estética y política como Paseo Ahumada
o La aparición de la virgen, se
presentan en un formato facsimilar e higiénico que expone en portada el rostro
de Lihn como un autor de éxito.
Estas acciones casi
programáticas tienden a crear una burbuja de estudios que se sustentan entre sí
y se retroalimentan a veces de manera endogámica, por tanto, muchos de los
aciertos que estos trabajos comparten son reformulaciones de un punto de vista
en común. Una línea de pensamiento que busca cristalizarse y generar un cerco y
molde bajo el cual la obra del autor debe ser leída, comentada y presentada al
público. El objetivo final de esta agenda es fundar una imagen de autor
comercializable, mercadotecnia dentro de cierto registro canónico de la
literatura chilena y latinoamericana, y en esa medida, darle a una obra
inconmensurable y dispersa, un encuadre que permita al crítico instalarse a
partir de la apropiación del comentado. Lo que ampliamente Héctor Libertella[2]
desarrolla en sus ensayos, al habar del marco jurídico, comercial y político
que rodea una obra y determina el trabajo del crítico. Por otra parte, nos
remite al debate del argentino con Emir Rodríguez Monegal, cuando le señala la
ficción de nuevo rico en que se encuentra sumido el comentarista que persigue
apropiarse intelectualmente de la obra del comentado.
Esto afecta a la
lectura de la narrativa de Lihn, pues estas tres obras en particular son
impugnaciones en contra de los mecanismos de legitimación del poder y en
especial dentro del arte. Una lectura profunda de estos textos pone en
evidencia y desacraliza los mecanismos que hoy, parte de la crítica autorizada
de Lihn está realizando con su imagen de autor. Se ha perdido la capacidad de
tensionar lo que los otros han dicho o ver nuevas perspectivas, para
aproximarse a su escritura. Batman en
Chile por ejemplo no ha sido estudiada y El arte de la palabra ha sido vista de forma accesoria.
En gran medida,
Lihn corre el riesgo de convertirse en una animita de éxito, temor que ya anticipaba
en su poesía. Su imagen para algunos críticos e instituciones es una especie de
moneda de cambio que buscan levantar a la cima, para oponer como figura
estatuaria a otros autores emblema y sus respectivas poéticas. Algo que en
Chile se acostumbra demasiado, las odiosas oposiciones, Huidobro o Neruda, De
Rokha o Neruda, Neruda o Mistral, Teillier o Lihn, Parra o Gonzalo Rojas y
quizá hoy más que nunca, oponer a Lihn frente a la última figura apoteósica de
la poesía chilena y su sequito de comentaristas que aspiran al parnaso, Raúl
Zurita.
La obra de Lihn es
inabarcable, pues el autor no sólo tuvo la astucia de concretar una producción
extensa en un sin fin de géneros y medios, sino que estas obras al ser
revisadas en su interacción, exponen aristas inexploradas y su interpretación
va mutando. Además, esta escritura se aparta de una tradición narrativa como la
chilena, que ha trabajado hasta el hartazgo con la memoria reciente y dentro
del ámbito confesional y cronístico, salvo algunas excepciones extravagantes
que encontramos en la escritura de Juan Emar, uno de los referentes que el
propio Lihn destaca como modelo de su propuesta novelística, o al menos un
autor con cuya obra se siente cómodo. A nivel más contemporáneo podríamos
pensar quizá en Carlos Droguett y de manera más reciente en el trabajo de
Marcelo Mellado, Oscar Barrientos Bradasic y Matías Celedón.
Las novelas de
Enrique Lihn se posicionan mejor dentro de un canon como el argentino que
incluye a voces como Witold Gombrowicz, Macedonio Fernández, Juan José Saer,
Jorge Luis Borges, Rodolfo Wilcock y Cesar Aira, además de los contemporáneos a
Lihn: Manuel Puig y Oswaldo Lamborghini, cuyas obras, Héctor Libertella, el
crítico también argentino, pone en diálogo con La orquesta de cristal. No es extraño que los principales
posicionamientos que sitúan al autor a nivel continental, a fin de romper el
marco de censura, se concreten fuera de Chile, y algo aún más revelador, estos
estudios que buscan la apertura de las líneas de interpretación de su obra, no
emanan de investigadores cercanos al autor, amigos, alumnos y jóvenes
admiradores. En cuanto al aporte de mi trabajo todos estos años, debo confesar
que he priorizado reflexionar sobre Lihn y su narrativa, casi cincuenta años
después de la publicación de su primera novela, desde México, a fin de tensar
el cerco jurídico, político y comercial que en Chile pesa sobre el autor.
Una narrativa,
como la lihneana exige una profundización y estudio libre de ataduras
institucionales. Desde esta perspectiva, considero se puede crecer una
investigación sobre determinada parcela de la obra de Lihn, en mi caso, su
narrativa en diálogo con otros trabajos en prosa: sus cuentos, guiones, textos
teatrales y sus propuestas dentro del cómic.
Palabras de cierre
Una obra como la de
Lihn, no sólo se enfoca en el diseño de una trama y la presentación de una
anécdota particular, sino que ahonda en los procedimientos textuales que
utilizamos como especie, para construir lo que entendemos por realidad y más
aún, nos expone cómo actores que reciclan los contenidos siglo a siglo para
lograr este propósito.
Podemos cambiar
los nombres de las ideologías, adaptar sus contenidos y postulados a nuestra
conveniencia, podemos actualizar los discursos, maquillar los hechos y acomodar
ciertas piezas de los relatos históricos, distorsionando la memoria, sin
embargo, las novelas de su trilogía nos revelan, que estamos condenados a
repetir las mismas atrocidades y escenas de violencia, pues el lenguaje y el
prestigio de determinada retórica, a la hora de edificar una idea utópica del
mundo, conlleva el germen de la colonización, el vasallaje y la tortura. Mirada
crítica que también pesa sobre su propio creador y comentaristas, pues todos
estamos sujetos a convertirnos en agentes de determinados discursos y ficciones
que se imponen. Por eso, en la narrativa de Lihn el tiempo es transhistórico,
una espiral en constante repetición y en proceso de pastiche perpetuo.
El arte de la
cháchara es la noción que sintetiza su proyecto novelesco y su búsqueda por
enmascarar la realidad y crear simulaciones de una sociedad artificial y
autoritaria, la cual opera bajo los signos del horror vacui. Con estos diseños textuales, que el autor denomina
paranovelas, Lihn prioriza desenmascarar al poder, a sus defensores y a los
mecanismos retóricos que han permitido legitimar los absolutismos que han
regido nuestra concepción de sociedad, alternativamente.
Lihn, producto
de su inteligencia y una proclividad a lo intermedial, teje en sus novelas la
coexistencia de mundos complejos y heterogéneos cruzados por elementos
yuxtapuestos, rituales diversos y significantes múltiples. El espacio textual
concebido como puesta en escena de una memoria, conmina al lector a
experimentar un efecto similar al que sufren los personajes. Estas novelas nos
llevan a la asfixia y al desconcierto, para culminar revelando que bajo las
máscaras que ocupamos en la sociedad, hay un vacío inexpugnable que llenamos
con marcas artificiales, sobre todo, cuando asumimos el habla estereotipada del
éxito, del mercado y del dogma de salvación, diseñado a la medida de nuestras
carencias. Sólo el arlequín, el sujeto desfasado que ostenta la locura
abigarrada[3],
resulta consciente de este absurdo, siendo capaz de revelar la
insubstancialidad del mundo positivado y uniforme.
Antonio Cornejo
Polar señala al respecto: "corresponde a una especie de supradiscurso
multiétnico que acumula, sin sintetizarlas, sus hondas y extensas
contradicciones" (p. 233). En ese
tenor, Enrique Lihn señala en uno de sus versos, dedicados al ocio increíble
del que somos capaces: “el estilo que por lo cierto no es el hombre / sino la
suma de sus incertidumbres” (Lihn, Musiquilla,
p. 28).
En la búsqueda de
la contradicción inherente, el autor chileno crea realidades ficcionales, que
se apartan de lo documental y privilegia generar efectos de enmascaramiento y
una comunicación que se da en términos de una combinación de estados neuróticos
y paranoides. Habla que remite a un marco de censura y vigilancia, al punto de
extremar el locus horridus propiciado
por un poder corrupto e irrefrenable. Se trata del reino en que prevalece la
palabra vacía e impotente que surge de la censura.
Ante el silencio y
el silenciamiento, provocados por el horror represivo y la demagogia, Lihn
adopta una poética y voz narrativa sintomática, apostando por una prosa
verborréica llena de citas cultas y signos atiborrados. La multiplicidad de
significantes orbitando el núcleo fantasmal de su obra, son parte de su estudio
teratológico y un lenguajear laberíntico. Para Enrique Lihn, la censura es
determinante de la creación. El arte de la cháchara es una invitación que nos
compele a reconocer el simulacro que habitamos y nos fuerza a encarnar el habla
del silenciador.
Referencias
BAUDRILLARD, Jean. Cultura y
simulacro: La precesión de los simulacros. El efecto Beaubourg. A la sombra de
las mayorías silenciosas. El fin de lo social, trad. de Antonio Vicens,
Barcelona, Kairós, 1993.
CANAVAGGIO, Jean. “Don Quijote,
<<Loco Bizarro>>”, en Monteagudo, núm. 20, 2015, pp. 15-27.
CÁNOVAS, Rodrigo, Lihn, Zurita,
Ictus, Radrigán: Literatura chilena y experiencia autoritaria, Santiago, Serie
Libros FLACSO-Chile, 1986.
CORNEJO POLAR, Antonio. Escribir
en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad sociocultural en las literaturas
andinas. Lima, Horizonte, 1994.
DIEZ, Luis. A, “La narrativa
agenérica de Enrique Lihn (Segunda parte)”, en Hispanic Journal 1, Vol.
2, 1980, pp. 91-99.
FIELBAUM, Alejandro.
"Crítica de la crítica no crítica. Lectura política de la defensa del
estructuralismo de Enrique Lihn" en Derecho y Humanidades, núm. 23,
2014, pp. 259-303
FOXLEY, Carmen. Enrique Lihn:
Escritura excéntrica y modernidad. Santiago, Universitaria, 1995.
LIHN, Enrique. La musiquilla
de las pobres esferas. Santiago: Editorial Universitaria, 1969.
LIHN, Enrique. El circo en
llamas. Santiago, Lom, 1996.
LIHN, Enrique. Querido Pedro:
Cartas de Enrique Lihn a Pedro Lastra (1967-1988), selección, edición y
notas de Camilo Brodsky B. Santiago, Das Kapital, 2012.
MAINGUENEAU, Dominique.
"Escritor e imagen de autor", trad. de Carole Gouaillier, en Tropelías.
Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, núm. 24, 2015,
pp. 17-30.
PIÑA, Juan y PARRA, Nicanor. Conversaciones
con la poesía chilena: Nicanor Parra, Eduardo Anguita, Gonzalo Rojas,
Enrique Lihn, Oscar Hahn, Raúl Zurita. Santiago, Pehuén, 1990.
[1] Lihn denomina a sus textos paranovelas, textos marginales
escritos a la intemperie y alejados de la perfección y unilateralidad homogénea
de los moldes genéricos. Dice escribir sus textos de espaldas a la torre de
marfil de la poesía y la mansión de la novela en Hispanoamérica: "No es
una contra o antinovela sino una paranovela. Es decir a mí me interesa mucho la
marginalidad de los géneros. En cambio, los géneros que se constituyen y
establecen en la realidad literaria como la novela, me dan ganas de tirarles
piedras a las ventanas. Porque eso es ya como una industria, una casa, una
fábrica” (cit. en Diez, p. 95).
[2] Confróntese
mi texto https://letralia.com/sala-de-ensayo/2020/10/05/enrique-lihn-y-hector-libertella-frente-al-boom-latinoamericano/
[3] El destacado Cervantista e Hispanista
Jean Canavaggio, en su texto Don Quijote, «Loco
Bizarro» alude a un tipo particular de locura que denomina loco abigarrado
y que funciona en relación a la dualidad del personaje que transita entre dos
estados disimiles y yuxtapuestos, como en el caso de los colores de la
vestimenta del arlequín. Para Canavaggio, esto se encuentra constatado por las
opiniones del Quijote, que transitan entre lo discreto y disparatado, ante lo
cual destaca: “cordura y locura formarían en él una manera de «bigarrure» (...)
oscilación entre dos polos –cordura y locura– y no un mixto de estos dos
elementos. A fin de cuentas, no es la locura, sino el humor de don Quijote el
que merecería llamarse «abigarrado»” (p. 22).
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