Amores fallidos
Para la Chica J
Luego de pensarlo y analizarlo un poco, he concluido que hay dos tipos de amores fallidos. Los que se olvidan y dejan ir lo más rápido posible, junto a los que se recuerdan, guardándose en la memoria, el corazón o las tripas.
Yo tengo ejemplos experimentados de ambos tipos. Del primer caso tengo uno que intenté olvidar lo más rápido posible, ya que todo concluyó cuando a ella la llevé a un campo mientras atardecía y le dije que la amaba. Sin embargo, ella de forma rápida y sin ningún tipo de anestesia, me dijo que no sentía nada por mí, porque amaba a su pareja virtual, que vivía en un pequeño y escondido pueblo europeo. Pareja que le había prometido venir a buscarla a Chile. Por lo que segundos más tarde ya quería olvidar la situación y no volver a recordarla jamás. Cosa, que obviamente ha sido imposible, aunque la intención no ha dejado de crecer. Ahora, reconozco que, si pudiera formatear mi memoria, este recuerdo sería uno de los primeros que tiraría a la papelera de basura. Porque no es grato recordarse dando lástima, pidiendo algo de amor, a modo de favor, incluso.
Del segundo tipo de amor fallido, también tengo algo que decir. Algo mucho más reciente. De hecho, ocurrió recién ayer por la noche. Donde ella la chica que llamaré J, por la inicial de su nombre, me dijo que no era la indicada para mí, porque no quería saber nada del amor, no se sentía preparada y estábamos muy lejos, a más de dos mil kilómetros de distancia. Además, no estaba dispuesta a dejar su vida en el norte del país, así como así.
Ahora, ¿por qué considero que esta historia es de las que no se deben olvidar? Porque con ella nos llevábamos bien. Teníamos temas culturales y literarios de qué hablar, compartíamos, gustos artísticos, además de amor por la música. También teníamos afinidades de pensamiento político. Aunque todo de forma virtual, por el momento. Asimismo, se ofreció para ayudarme a corregir uno de mis cuentos, cosa que hizo muy bien, como si fuera una editora profesional. Desde que nos conocimos, casi por casualidad en las redes sociales, yo la asumí como la compañera de viaje que quería para el resto de vida que me queda. Aunque cuando se lo dije de forma explícita en una pequeña carta que le envíe, ella se negó a la posibilidad de tener algo amoroso conmigo. Básicamente por las razones que ya mencioné. Sin embargo, sabiendo de mi oficio de escritor, en un último mensaje de WhatsApp, me dijo que pensaba que lo nuestro pudo haber sido una bonita historia de amor. Y que, si en algún momento escribía algo sobre nuestro breve suceso, le enviara una copia. Yo le pregunté para qué, a lo que me respondió de manera textual: “para saber que puedo ser la chica querida en la imaginación de un buen hombre y estaré en esas letras en un libro lejano”. después de leer ese mensaje, dije: mierda, me mató. Vi tanta poesía en este último escrito que decidí de inmediato que escribiría sobre la chica J, lo antes posible. Cosa que estoy haciendo en este instante, un 26 de diciembre a las 9 de la mañana, a pesar de que tengo otras cosas que escribir y hacer.
No quiero olvidar esta historia fallida, porque desde el comienzo vi poesía en la chica J, y una forma ambigua de comunicarnos, siempre leyéndonos entre líneas. Por mi parte siempre esperanzado de que me dijera que yo le gustaba o quería algo serio conmigo. También, reconozco su buen juicio general y las disculpa que me dio por haberme roto el corazón. Yo le dije que no se preocupara, porque ella no lo había roto, puesto que estaba hecho pedazos, desde hace mucho tiempo. Sin duda no dejaré que la Chica J se vaya tan luego de mi memoria y pensamientos. Porque aún creo que un amor perfecto e ideal entre ella y yo, puede ocurrir a diario en mi imaginación. Por lo que puedo concluir, que si la realidad objetiva que es percibida por nuestros sentidos asimismo es en parte construida por el imaginario: ¿Cuál es la diferencia entre un sueño y la realidad?, la respuesta puede ser bien obvia: ninguna o una muy mínima.
Por Rubén Silva.

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