Pensamientos de paz durante un ataque aéreo por Virginia Woolf

 



LOS ALEMANES SOBREVOLARON esta casa anoche y anteanoche. Aquí están otra vez. Es una experiencia extraña, estar acostada en la oscuridad y oír el zumbido de la avispa que en cualquier momento puede clavarnos su mortífero aguijón. Es un sonido que interrumpe el pensamiento sereno y consecutivo sobre la paz. Sin embargo, es un sonido que —mucho más que las plegarias y los himnos— debería instarnos a pensar en la paz. Hasta que no hagamos existir la paz con el poder de nuestros pensamientos, todos nosotros —no solo este cuerpo en esta cama sino los millones de cuerpos que todavía no han nacido— yaceremos en la misma oscuridad y oiremos el mismo zumbido de la muerte sobre nuestras cabezas. Pensemos qué podemos hacer para crear el único refugio antiaéreo eficaz, mientras la artillería continúa disparando pum pum pum en la distancia y los reflectores atraviesan las nubes y, de vez en cuando, en ocasiones casi al alcance de la mano, en ocasiones muy lejos, cae una bomba.

Allá arriba, en el cielo, los jóvenes ingleses y los jóvenes alemanes están enredados en mutuo combate. Los defensores son hombres, los atacantes son hombres. No se entregan armas a las mujeres inglesas, ni para combatir al enemigo ni para defenderse. Esta noche, la mujer inglesa debe yacer sin armas. No obstante, si cree que en ese combate que transcurre en el cielo los ingleses luchan para defender la libertad y los alemanes para destruirla, debería pelear, hasta donde pudiera, del lado de los ingleses. ¿Hasta qué punto se puede pelear por la libertad sin armas de fuego? Fabricando armas, cosiendo ropa o preparando comida. Pero existe otra manera de pelear sin armas por la libertad; podemos pelear con la mente. Podemos forjar ideas que ayuden al joven inglés que está peleando allá arriba, en el cielo, a derrotar al enemigo.

Pero, para que las ideas sean eficaces, debemos poder dispararlas. Debemos ponerlas en acción. Y la avispa que zumba en el cielo despierta a otra avispa en la mente. Esta mañana se alzó una voz en el Times, la voz de una mujer que decía: “Las mujeres no tenemos nada que decir en política”. No hay mujeres en el gabinete, ni tampoco en ningún puesto de responsabilidad. Todos los hacedores de ideas que están en posición de concretar esas ideas son hombres. La sola idea obnubila el pensamiento y estimula la irresponsabilidad. ¿Por qué no enterrar la cabeza en la almohada, taparse los oídos y abandonar la fútil actividad de tener ideas? Porque existen otras mesas, además de las mesas oficiales y las mesas de conferencias. Si abandonamos el pensamiento particular, el pensamiento de la mesa del té porque parece inútil… ¿no estaremos privando al joven inglés de un arma que podría resultarle valiosa? ¿No estaremos enfatizando nuestra incapacidad porque nuestra capacidad nos expone quizás al maltrato, quizás al desprecio? “No abandonaré el combate mental”, escribió Blake. El combate mental significa pensar contra la corriente, no con ella.

Esa corriente fluye veloz y furibunda. Brota como un reguero de palabras de los altavoces y de los políticos. Todos los días nos dicen que somos personas libres que luchamos por defender la libertad. Esa es la corriente que ha empujado al joven aviador al cielo y lo mantiene volando en círculos entre las nubes. Aquí abajo, con un techo sobre nuestras cabezas y una máscara antigás a mano, nuestra tarea es pinchar esos globos falsos e ilusorios y descubrir semillas de verdad. No es cierto que somos libres. Ambos somos prisioneros esta noche: él encajonado en su máquina, con un arma a mano; nosotros acostados en la oscuridad, con una máscara antigás a mano. Si fuéramos libres, estaríamos a cielo abierto, bailando, jugando; o bien estaríamos sentados conversando en la ventana. ¿Qué nos impide ser libres? “¡Hitler!”, gritan los altavoces al unísono. ¿Quién es Hitler? ¿Qué es? Agresividad, tiranía, insano amor por el poder manifiesto, responden. Destruyan eso, y serán libres.

El zumbido de los aviones es ahora como si estuvieran aserrando una rama sobre nuestras cabezas. Gira y gira en círculos, sin dejar de aserrar esa rama directamente sobre la casa. Otro sonido empieza a aserrar su camino en el cerebro. “Las mujeres capaces —era lady Astor hablando desde el Times esta mañana— están oprimidas debido a cierto hitlerismo subconsciente en los corazones de los hombres”. Por supuesto que estamos oprimidas. Esta noche somos igualmente prisioneros… los ingleses en sus aviones, las inglesas en sus camas. Si él deja de pensar, se arriesga a que lo maten; y a nosotras también. Entonces nos tomaremos la libertad de pensar por él. Nos tomaremos la libertad de traer a la conciencia el hitlerismo subconsciente que nos oprime. Es el deseo de agresión; el deseo de dominar y esclavizar. Incluso en la oscuridad vemos cómo se hace visible. Vemos vidrieras de tiendas encendidas; y mujeres que miran; mujeres pintadas; mujeres bien vestidas; mujeres de labios color carmín y uñas carmesí. Son esclavas que intentan esclavizar. Si pudiéramos liberarnos de la esclavitud, liberaríamos a los hombres de la tiranía. El alimento de los Hitler son los esclavos.

Cae una bomba. Todas las ventanas tiemblan. La artillería antiaérea entra en acción. Las ametralladoras están ocultas en la cima de la colina, bajo una red marbeteada con franjas de material verde y marrón para imitar los colores del otoño. Ahora disparan todas al unísono. En el noticiero radial de las nueve, nos dirán: “Cuarenta y cuatro aviones enemigos fueron derribados durante la noche, diez de ellos por la artillería antiaérea”. Y, según proclaman los altavoces, una de las condiciones para la paz será el desarme. No habrá más armas de fuego, no habrá ejército, no habrá armada, no habrá fuerza aérea en el futuro. Los jóvenes ya no serán entrenados para pelear con armas. Eso despierta otro avispero mental en las recámaras del cerebro; otra cita. “Pelear contra un enemigo real, obtener honor y gloria imperecederos disparando contra completos extraños, y regresar a casa con el pecho cubierto de medallas y condecoraciones, esa era la cima de mi esperanza […]. A eso había consagrado hasta entonces mi vida entera, mi educación, mi entrenamiento, todo…”.

Esas fueron las palabras de un joven inglés que combatió en la última guerra. Frente a ellas, ¿los pensadores comunes y corrientes creen honestamente que si escriben la palabra “desarme” sobre una hoja de papel en la mesa de negociaciones habrán hecho todo lo que es necesario hacer? La ocupación de Otelo desaparecerá, pero Otelo seguirá siendo Otelo. Al joven aviador que surca el cielo no solo lo guían las voces de los altavoces; otras voces que habitan en él lo conducen: antiguos instintos, instintos fomentados y celebrados por la educación y la tradición. ¿Debemos culparlo por esos instintos? ¿Acaso podríamos apagar el instinto maternal por orden de una mesa atestada de políticos? Supongamos que, entre las condiciones para la paz, fuera imperativo que “Tener hijos estará restringido a un grupo muy pequeño de mujeres especialmente seleccionadas”. ¿Acaso nos someteríamos? ¿Acaso no diríamos que “El instinto maternal es la gloria de la mujer. A eso he consagrado mi vida entera, mi educación, mi entrenamiento, todo…”? Pero si para el bien de la humanidad y para la paz del mundo fuera necesario restringir la concepción de los hijos y sofocar el instinto maternal, las mujeres lo intentarían. Los hombres las ayudarían. Honrarían su negativa a concebir hijos. Les ofrecerían otras alternativas para desarrollar su poder creativo. Eso también debe formar parte de nuestra lucha por la libertad. Debemos ayudar a los jóvenes ingleses a arrancarse de cuajo el amor por las medallas y las condecoraciones. Debemos crear actividades más honorables para aquellos que intentan subyugar su instinto de combate, su hitlerismo subconsciente. Debemos compensar al hombre por la pérdida de su arma de fuego.

El sonido de aserradero sobre la cabeza ha aumentado. Todos los reflectores están erectos. Apuntan a un lugar exactamente encima de este techo. En cualquier momento puede caer una bomba en esta misma habitación. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… los segundos pasan. La bomba no cayó. Pero durante esos segundos de suspenso todo pensamiento se detuvo. Todas las sensaciones, salvo un pavor sordo, cesaron. Un clavo fijó todo el ser en una tabla de madera. La emoción del miedo y del odio es, por lo tanto, estéril, infecunda. En cuanto pasa el miedo, la mente despierta e instintivamente revive e intenta crear. Dado que la habitación está a oscuras, solo puede crear de memoria. Busca el recuerdo de otros agostos en la memoria… en Beirut, escuchando a Wagner; en Roma, caminando por la Campaña; en Londres. Regresan las voces de los amigos. Retornan fragmentos de poesía. Cada uno de esos pensamientos, incluso en la memoria, era mucho más positivo, revitalizante, sanador y creativo que el pavor sordo del miedo y el odio. Por lo tanto, si vamos a compensar al joven por la pérdida de su gloria y de su arma, debemos darle acceso a los sentimientos creativos. Debemos hacer la felicidad. Debemos liberarlo de la máquina. Debemos sacarlo de su prisión y dejarlo al aire libre. ¿Pero qué sentido tendría liberar al joven inglés si el joven alemán y el joven italiano siguen siendo esclavos?

Los reflectores, deslizándose sobre el llano, han detectado el avión. Desde esta ventana se ve un pequeño insecto plateado que gira y se retuerce bajo la luz. Las ametralladoras disparan pum pum pum. Después cesan. Es probable que hayan derribado al invasor detrás de la colina. Un piloto aterrizó sano y salvo en un campo cerca de aquí el otro día. Les dijo a sus captores, en un inglés bastante razonable: “¡Me alegra mucho que el combate haya terminado!”. Entonces un inglés le dio un cigarrillo y una inglesa le preparó una taza de té. Eso demostraría que, si logramos liberar al hombre de la máquina, la semilla no caerá necesariamente en un pedregal. La semilla puede ser fértil.

Por fin, todas las ametralladoras han dejado de disparar. Todos los reflectores se han extinguido. Vuelve la oscuridad natural de una noche de verano. Vuelven a oírse los sonidos inocentes del campo. Una manzana cae con un golpe seco en la tierra. Un búho ulula y cruza aleteando de un árbol a otro. Y ciertas palabras casi olvidadas de un viejo escritor inglés vuelven a la mente: “Los cazadores están en América…”. Enviemos entonces estas notas dispersas a los cazadores que están en América, a los hombres y a las mujeres cuyo sueño aún no ha sido perturbado por los disparos de las ametralladoras, con la esperanza de que vuelvan a pensarlas con espíritu generoso y caritativo, y quizás las transformen en algo útil. Y ahora, en esta mitad del mundo que se halla bajo las sombras, a dormir.



Escrito en agosto de 1940, para un simposio norteamericano sobre temas de actualidad que afectan a las mujeres.



Publicar un comentario

0 Comentarios