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Anáforas en el Tajín de Efraín Huerta por Daniel Rojas Pachas


 ANÁFORAS EN EL TAJÍN DE EFRAÍN HUERTA

Por Daniel Rojas Pachas



25. Soñé que Arquíloco atravesaba un desierto de huesos humanos. Se daba ánimos a sí mismo:

“Vamos, Arquíloco, no desfallezcas, adelante, adelante.”

Roberto Bolaño, Un paseo por la literatura.


El poema "El Tajín", que da nombre al libro de Efraín Huerta de 1963, construye sus dos primeras estrofas a través de una anáfora que anticipa la importancia que tendrá esta figura retórica a lo largo de la obra. El verbo andar y su reiteración signa el trayecto de una voz que ingresa a la pirámide y recorre las explanadas de Papantla para ponerse en contacto con la identidad y cimientos del país: "piedra bajo la piedra" (p. 243) nos dice el poeta.

Estos pasos representan el decurso de una nación construida sobre la violencia y la destrucción. "No hay un imperio, no hay un reino. / Tan sólo el caminar sobre su propia sombra, / sobre el cadáver de uno mismo, / al tiempo que el tiempo se suspende" (p. 242).

En "Notas sobre la poesía de Efraín Huerta: idolatrías y demonios", David Huerta explica que la anáfora evidencia la insistencia emotiva del poeta y el afán de convertir al lector en testigo de una experiencia. Las anáforas por medio de "breves palabras muestran, señalan, indican una presencia y un hecho —aquí transfigurados, elaborados poéticamente—; ese hecho y esa presencia han captado poderosamente la atención del poeta. El mismo invoca, solicita a su vez nuestra atención de lectores. Espera algo insólito" (p. 13).

El andar del poema como bien dice el primer verso de “El Tajín”: "es andar a ciegas, / andar inmóvil en el aire inmóvil, / andar pasos de arena, ardiente césped. / Dar pasos sobre agua, sobre nada" (p. 241). Son pasos por una tierra yerma y un espacio que por mucho se conecte con la naturaleza: el agua, la tierra y el aire, resultan un tránsito etéreo por la memoria y por el eterno retorno de una cultura que camina pisando sus cadáveres.

El poema construye un tono apocalíptico, la hora canicular nos provee una atmósfera ígnea que rápidamente se conecta con una imagen ruinosa y desencantada sobre el destino del país, pues " [...] el ave es vencida / y una dulce serpiente se desploma" (ibíd.). Este verso establece un nexo con el cierre del poema que augura el fin de los tiempos y de la sociedad como lo conocemos ("el país-serpiente").

Entre los despojos quedará todavía en pie la gran pirámide inmemorial como un fantasma pétreo, sin embargo, ese pasado también está condenado a la clausura y abismo. Del esplendor sólo resta un eco del mito, un apagado relámpago y una columna rota, pues no llegará a cumplirse la promesa de los hombres del alba que el poeta sueña como un nuevo amanecer. El tiempo parece suspendido en esa realidad que nos construye “El Tajín”, y el andar es un dar vueltas en círculos, en un espacio que hiede a sacrificio y asesinato: "Todo aquí tiene rumores de aire prisionero" (p. 242).

En "Sandra sólo habla en líneas generales" el poeta retoma el eros que habita en sus primeros libros. Me refiero a una línea de su escritura que constituye un ámbito primordial de su poética, pues bien podría edificarse una antología de Huerta a partir de sus poemas a musas etéreas como Sandra: "fugaz heroína de un poema fugaz" (p. 247).

El poeta asume una voz nostálgica, la cual edifica al sujeto de su deseo a partir de una mirada contemplativa que se detiene en encuentros y desencuentros cotidianos que no desestiman el valor de la anáfora y un juego de palabras que redundan: "porque como he dicho dicha digo / que la veo y no la reconozco bajo arcos de triunfo" (p. 246).

En un segundo momento del poema, el hablante retoma la práctica de contemplar desde lo lejano, actitud que se derrocha en poemas del mismo tono, los cuales podemos encontrar presentes en Estrella en alto (1956). La anáfora encarna en estos versos la mirada: "y es posible verla de lejos, de cerca, / comiendo bajo los húmedos azules de Nápoles, / viendo sin ver y hablando en líneas generales" (ibíd.). Esta parte del poema hace espejo con la propia mirada de la protagonista del texto, la cual dirige su atención a cuadros y a otras musas inalcanzables, en este caso del séptimo arte: "[...] Sandra había visto piedras talladas / y visto pinturas en sórdidos museos / y visto a Sofía Loren de lejos, de tan lejos / como de aquí a ella, Sandra de los ojos" (p. 247).

El poema tiene su punto máximo de construcción anafórica cuando nos enumera una serie de adjetivos dirigidos a Sandra y construidos a partir de una visión edénica de la mujer. El poeta la llama Eva y la califica de Eva milenaria, Eva evasiva y Eva con aroma a café, sin embargo, lo significativo para esta lectura y el uso que hace Huerta de la anáfora está en cómo el texto cierra repitiendo la misma construcción, pero esta vez invocándola por su nombre "Sandra ¿por qué te llamas estúpidamente Sandra? [...] Sandra diabla y demonia sandrísima" (ibíd.).

Los últimos textos que comentaré en esta lectura son “Agua del dios” parte I y II. Ambos poemas inician con una especie de canto al agua que se comunica con la sangre de los sacrificados. “Agua espesa, divinamente pantanosa / [...] Agua donde penetra el alama y nada se oye” (p 255).

Los versos están escritos en cursiva y sirven como una antesala para los poemas, sin embargo, luego nuevos versos, también en itálicas, se intercalan en el poema no aludiendo directamente al agua o la sangre, sino que aparecen en relación con lo sagrado y el ritual: "Acércate, abre las piernas del viento / y húndele tu puñal de purísima obsidiana" (p. 254). El poema se comunica con la veta rebelde del autor, pues los sacrificados somos todos. El crítico y poeta David Huerta (hijo del escritor silaoense), nos dice sobre su padre: el poeta reitera obsesivamente imágenes que requieren nuestra plena atención y compromiso: “"Después nos acribillaron y nos arrebataron / la desnuda libertad" (p. 255).


 


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BIBLIOGRAFÍA CITADA


- Huerta, David, “Notas sobre la poesía de Efraín Huerta: idolatrías y demonios", en Revista de la Universidad de México, núm. 126, 2014, pp. 6-17.

- Huerta, Efraín, Poesía completa, México, FCE, 1988.



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