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Poemas de Alan Román Méndez






No lloren por Notre Drame





Se acabaron las catedrales.

Las torres no nos defenderán si la intemperie respira dentro.



Un techo no es todos los techos

un cielo no alcanza para tantos usuarios.



Ya las gárgolas están ciegas sus alas no cortan el vapor

la jaula del viento corre sus puertas.



La ciudad rasca la tierra en espera de frutos nuevos

excepto los niños que siempre quedarán fuera.



Los vitrales están por encima de las nubes

solo la noche corre el rosetón.

Ya no caben en el tiempo

paso a paso de ladrillos

los dientes de todos los santos

ni las cruces que cargan los muertos.



Los pasillos son hogares

y los ecos arrecian su marea

saliendo de cada palma a cada oído.



Ni hoy ni mañana

ni abriendo todas las nucas

encontrarán catedrales

han dejado de crecer en el suelo.



Nuestros pulmones son compactos los corazones agitados

las miradas se miden en fotogramas por segundo

buscando templos adecuados.



Las catedrales no serán la alfombra

para este fin del mundo.










Los paraísos que somos





No puedo hablar demasiado

aunque son permisivos

ya bajo el sol nacieron y fallecieron

no tienen mucho dolor para aterrizar.



Tengo citas en catorce paraísos

reunión con profetas en el tercero

y cuarenta días de reservación en el quinto.



Los inframundos pueden ser irritantes

pero si te llevas bien con los administrativos

alguna vez respirarás más que azufre.



A decir verdad

los dolores que sufrimos

están rancios

son de otros, para otros

los placeres del paraíso

tan de otros.



Entre lo reconocible habitamos

atados a la ostentosidad de los vivos

y del mundo, en ésta

tampoco conocemos las estrellas.



No me gustaría preocuparte

la vida y lo que sigue

tienen la equivalencia

del dormir y el sueño

por lo menos yo, nunca ronqué.



Te sales de la línea, de la autopista

cómo separarte de un gran saco

de repente tu cuerpo no es cuerpo

y tu voz no es voz.

Pero aún sin cuerpo toda la paz del mundo

pesa muchísimo

sobre tus hombros.



Hasta el Maat me quedó ligero entre la hierba blanda

cómo va a ser si no la hacen hipoalergénica

ojalá hubiera comercio entre paraísos

para que deje de rodearse a sí mismo.



El elevador no funciona

como siempre

solo a Hades se le ocurre

veinte hombres levantando una caja con cuerdas

hay pocos que merezcan tal castigo

mordemos las escaleras con pasos.



Si fuéramos humanos nos resfriaríamos sin problema

un beso de cerbero

y uvas que caen en tu boca

de los gritos penosos

a la paz ociosa.



¿Quién quiere pasar la eternidad en una biblioteca?

solo rento el ejemplar para distraerme

de tanto y tanto arcángel sangrón.



Entre oro habitan pirofóbicos

y yo con una eternidad para desear un cigarrillo.

Tampoco tenemos ojos para ver

un blanco delgado y enorme según la ocasión.



Puedes usar nubes como sandalias

pero siempre querrás bajar

porque esto no es victoria

no te alegra que no estén

tuviste toda la vida razón

suficiente para estar eternamente

equivocado.



Los sábados me ejercito con Odín

para un Ragnarok que nunca llega

lo mejor son las valquirias

un guiño y una sonrisa

alguna vez serán mías.



Irkalla, el más viejo

inaugurado en tiempos más sencillos

al infierno todos

cada quién con su caso y punto.



Ereshkilla no es fácil de seducir

solo una con los vientos sin almas

para gobernantes tiránicos

la paciencia aún alcanzaba.



Solo un tiempo aquí nada más

solo lo que toca por tu vida

nada más

luego vuelves a dar vueltas

sin saber dónde acabar



y un gramo de luz en la frente

y bajo los pies la mirada

yo ya estuve aquí, ¿no es así?





  





Pájaros en el alambre





Los pájaros están en el alambre

y sin voluntad de volar.



De bulbos a pixeles

desde las

cafetería, zapatería, barbería

a las shops.



Están donde los encontramos

desde la ventana viven

a lengüetazos de sol.



Siempre será el mismo segundo

para ellos

la tierra no rota.



En algo anduvieron

entre las calles viejas

entonces empedradas

pavimentadas, acicaladas

pero nunca perdieron el piso

si es que lo encontraron.



Un pasado que rechina de lustroso

al que torcemos la vista.



Hoy, sombras sin nombre antepuestos

encimados

salen dos y entran cinco

cuarenta apodos lejos

de ser una persona.



En algo andamos

porque siempre están los brazos extendidos

hacia los enemigos

porque la violencia no es rápida

es común.



Pero no importan los fuegos artificiales

hoy no será memorable

hasta que se convierta en ayer.



Ya tu voz está en cada palma

son risas ya tus gritos

y cejas levantadas.



Aún sin ojos puedes ver desaparecidos

aún sin oídos los escuchan caer

          y levantarse

                    y caer                   

aún sin tacto respiran

el frío de julio.



En algo andamos

entre los bajos barrios

entre la marihuana enérgica

entre los corruptos cegatones

entre las deudas impagables.



En algo andamos

algo que nos desteje el nombre

nos borra del registro, nos tira el rostro.



Caminantes del callejón

esos que saben nada

esos que están allá

esos que hacen tú sabes qué.



Todo es posible

en la dimensión desconocida

En todo andamos

menos en misa.



Los pájaros estamos en el alambre

déjenos sentados como debe ser.

Esperar nos ha envejecido

más que los años.



Aunque el mapa se arrugue

aunque mordamos las distancias

por más lejos que estamos nunca nos extrañaremos

por más cerca, siempre seremos nosotros y ellos.



Y mientras seamos otros

en algo andaremos.





Alan Román Méndez, nacido en Mexicali, Baja California en 1998. Actualmente estudia en la licenciatura en docencia de la lengua y la literatura en la Universidad Autónoma de Baja California. Ha cursado talleres de creación literaria y relato corto en la UABC, Casa de la Cultura, CEART Mexicali y IIC-Museo UABC. Su trabajo ha sido publicado en las revistas El Septentrión y Ágora, además de la Antología mexicalense del nuevo milenio, y Testigos del fuego, su primer publicación individual. 

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