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SÓLO CLIENTES por Zulma Rodríguez




SÓLO CLIENTES

—Que bonitas están las manzanas. A mí hijo le gustan— pase mis dedos sobre la hilera de manzanas. No me atreví a levantar ninguna, — sí, están muy bonitas— contestó la señora a la que le hablé y ella empujó su carrito y se fue a otro pasillo del mercado, —a mi hijo lo encerraron injustamente en la cárcel— susurré —. —¿Quiere llevarle unas manzanas señora? Agárrelas. Yo las pagó — me ofreció una señora muy guapa con un vestido suelto de flores rojas y amarillas. — Sí gracias—. En cambio, mi vestimenta era una blusa que alguna vez fue blanca y una falda larga deshilachada con manchas viejas como yo. Mi ropa combinaba con las frutas feas metidas en bolsas de plástico a las orillas de los refrigeradores. —Disculpe, no quiero molestarlo, es que metieron a la cárcel a mi hijo y estoy, ya sabe, pidiendo ayuda— le hablé a un joven.  Él metió la mano en su bolsillo. Me quedé quieta frente a él, aferrada a la bolsa de manzanas. El estómago me gruñó.  Me dio un par de monedas. —Todas las noches me duele la cabeza, lloro mucho y no puedo dormir. Ese es mi castigo—, así son todas mis noches desde hace años. —Suerte con su hijo — dijo el muchacho—. Las manos me sudaban, me pasaba de una mano a otra la bolsa de plástico con las manzanas para secarme el sudor.  —Y suerte para usted también — luego me dio la espalda. —Suerte sería estar muerta, muchos aquí presentes estaríamos mejor muertos—.  Al terminar de hablar me di cuenta de que casi lo grité. Las llantas de los carritos del mercado chirriaron alejándose.   Todos caminaron en sentido contrario a mí, como si fuera una perra enferma con sarna a la que se evita tener cerca. Incluso la señora bonita que pagaría las manzanas de mi Abel, se perdió entre los pasillos de frascos de conservas que destellaban con las luces blancas. Ella podría haber echado todos los frascos de salsas y aderezos a su carrito. Si quisiera. Yo, aunque hubiese querido no podría echar todos, porque el todo siempre sería para pocos. Y yo pertenecía a los muchos que no tienen nada. — Ayúdenme con unos cuantos pesos. Por favor. No se vayan—. Hablé al aire, a las frutas, a las latas y a los lácteos en el refrigerador, el lugar estaba desierto, o eso creí, hasta que a través de unas cortinas vi a un hombre vestido de blanco con la barriga llena de sangre seca. — Señora tiene que salir de aquí— el hombre alzó la voz. — Regáleme un trozo de carne—.  Estiré la mano, para que alimentara a la perra hambrienta que era yo. Avancé hacía él, esperando recibir algo, lo que fuera: una rebanada de jamón, una salchicha o un trozo de carne cruda. El carnicero arrugó el ceño y no dejo de batir la mano en el aire señalándome las puertas, mientras yo me sacaba una mosca que no quería irse de mi cara.  Intenté explicarle que mi hijo, mi Abel, sólo estuvo en el lugar equivocado cuando llegó la policía. — Usted conoce a la policía, agarran al que esté más cerca, pero mi Abel no asaltó la farmacia—. Le dije al carnicero. — Señora, aquí no se puede mendigar—. Eso era yo, una pordiosera. Mendigando unas monedas en un lugar donde la letra de cambio además de la monedas lo era también la vestimenta. No tocar, no molestar, no mendigar. —¿puedo pasar al baño? — pregunté —es sólo para clientes señora—. Se acercó un hombre uniformado que sostenía la enorme barriga con un cinturón con muchas bolsitas y un palo de esos de policía. —La acompaño señora—, me apretó del brazo, y jaló hacía la calle. Las personas salieron de sus escondites y los carritos comenzaron a recorrer los pasillos. Todos me miraron. Así había sido mi vida. Algunas veces todos me miraban y otras veces nadie lo hacía. Me dolía el brazo. —No la quiero ver aquí— gritó —Sí usted supiera lo que es no tener a nadie. Usted siquiera me tiene a mí. Porque yo lo único que tengo es a un hijo en la cárcel. —Deme dinero. Usted me lo debe—, mi voz era aguada. —Sin mí usted no tendría trabajo—. El hombre me aventó a la calle y caí al suelo, me levanté, alisé mi falda.  —Deme mi dinero, me lo debe— . —Yo no le debo nada—. La cantidad de personas aumentó y algunos niños se ocultaron entre las piernas de sus padres.  —Tengo hambre— mi hambre sonaba como una perra pariendo y el hombre parado frente a la entrada del mercado me pateó con sus palabras. Me dejo a un lado de la puerta y se olvidó de mí. Yo era una perra lastimada, que tuvo en el vientre a un cachorro que en lugar de mamar mordía y por eso lo enjaularon. Yo era una madre buscando entre las sobras y hurgando entre la lástima de los demás. Mantuve la mano en alto y enterré la cara en mi pecho. Con las monedas que recibí calculé me alcanzaría para pan, jamón y un refresco.  Fijé la vista en el anunció aéreo del mercado. Guardé las monedas y di las gracias tanto por los centavos como por los pesos.  Uno a uno los clientes desfilaron hacia el estacionamiento cargando sus bolsas de las compras:  adolescentes, ancianos, padres y madres solos y con hijos.  Subieron a sus autos o sus bicicletas, caminaron por la banqueta tanto a la derecha como a la izquierda. Un perrito callejero se me acercó y me lamió la mano, no tenía nada que darle porque nadie pagó mis manzanas. Le froté la cabeza y me acompaño por un rato. El viento trajo olores a comida, casi pude tomarlos y metérmelos a la boca. Mi estómago volvió a gruñir. Pregunté la hora. Eran las dos treinta de la tarde. A esa hora  mi Abel estaría en el patio de la cárcel, pues ya habría terminado de comer.




Zulma Rodríguez. Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California. Apasionada de la literatura, la escritura y las artes plásticas. Ha participado en diversos talleres literarios, encuentros y presentaciones de jóvenes escritores. Ha colaborado en las revistas Solar Arte y Cultura y El Septentrión.

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