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Dos capítulos de la novela "Los infieles" de Francisco Moulia




1

Lucía se despertó gritando. Hizo una inspección rápida del cuarto. El cenicero se desplazaba hacia el borde de la mesa de luz. La ventana vibraba. Se tapó los oídos y cerró los ojos. El ruido se le venía encima, tragándose todo. Hasta que llegó. No hubo ni impacto ni explosión ni nada. Siguió de largo, dejando una furiosa estela de sonido por varios segundos. Después: silencio. Lucía suspiró y se pasó las manos por la cara. La luz entibiaba las cortinas y entraba sucia en el cuarto. Sucia y naranja. Todo en ese lugar era antiguo y color pastel. Se asomó desde el borde de la cama: había tres grandes pedazos de cristal, colillas y ceniza por todo el piso. Un poco más allá, la botella vacía de licor de huevo, el vaso y el cuaderno.
Agarró el borde del acolchado y fue destapándose despacio, con esfuerzo, como si estuviese arrancándose piel. Tiró la almohada arriba del cenicero roto. La pisó. Caminó hasta el baño. Se sacó el poncho y la bombacha. Abrió el agua caliente. Dos pisos más abajo, se escuchaba un ruido metálico de elementos de cocina: Dandrea preparando el desayuno.
Lucía negaba con la cabeza. O estaba ayudando a la lluvia defectuosa de la ducha a mojarle todo el pelo, o se odiaba por esa botella entera de licor. 
La Panorámica, en un momento, los había salvado. El tío de Dandrea y ese parador abandonado en medio de la ruta 3 –con su pequeña estación de servicio anexada– los habían salvado. Pero ahora, después de cinco años ahí, escondiéndose, había algo de la amenaza que ya no tenía el mismo efecto. El tiempo también esteriliza miedos. Esa mañana no tenía nada de excepcional. Tal vez por eso era el mejor momento para tomar la decisión de irse. Que quedara claro que tenía que ver con el hartazgo, con no aguantar más esa simetría insulsa, obvia, de todos los días.
Esta vez era en serio. Y tenía que convencerlo de que era así.


2

Dandrea apagó la hornalla. Puso las tostadas en un plato. Lucía corrió la silla y se sentó.
—Se escuchó fuerte ese, eh. Debía ser uno de esos de combate —dijo él sin darse vuelta.
—Casi me deja sorda. ¿Qué hora es?
—Once, once y algo. 
 Dandrea dejó el plato con las tostadas en la mesa:
—Buen día —dijo y le dio un beso en la boca.
Lucía no frunció los labios, no hizo ruido. Dejó la boca floja, muerta.
Él se la quedó mirando.
Ella agarró la pava, cebó un mate y se lo dio.
—¿Qué pasa? —preguntó Dandrea.
—Nada.
—No parece.
—¿Y qué parece?
—No sé.
—¿Que perdimos cinco años de nuestras vidas?
—No empecés.
—¿No es así?
—Yo no me puedo ir. 
—Yo tampoco. Por tu culpa.
Dandrea se quedó callado. Amagó con tomar el mate, pero lo dejó en la mesa. Esperó: un ¨perdoname¨, un ¨me levanté cruzada¨, algo. Que no llegó. Asintió, frustrado, dolido. Se guardó una tostada en el bolsillo de la campera de jean y salió.
 Lucía prendió un cigarrillo. Tomó el mate tibio que había dejado Dandrea. Se cebó otro. Por la ventana de la cocina se veía esa extensión exagerada, aburridísima de desierto patagónico. Y viento. Se veía el viento. Remolinos de polvo que parecían siempre los mismos.
Lo único que cambiaba en el paisaje eran las nubes. Y esa mañana no había. 






Francisco Moulia (25 de enero, 1982) es un escritor argentino. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires. Publicó las novelas Cortes argentinos, Nulú Bonsai, 2012; Tácticas de superación personal, Interzona, 2015; Las manos, Notanpüan, 2016. Fue finalista del concurso de Cuento digital organizado por el Grupo Alejandría con su relato ¨El germen de otra revolución¨. Su cuento ¨Podridas raíces¨ fue incluido en la Antología Bailarinas, publicada por la editorial del Centro Cultural de la Cooperación en 2018. En 2019 publicará su cuarta novela, Los infieles, por la editorial Hojas del Sur. Odisea criolla, su quinta novela, será publicada en 2020 por uno de los sellos de la editorial Penguin Random House. Dicta clínicas individuales de escritura desde el año 2015.




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