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Poemas de Juan José Rodinás







La casa donde nací se filma frente a mi ventana: cuando ya no estoy en el mundo. Soledad: el chico que no sabe bailar, pero baila. Tetris: la vida como un muro donde cada instante podría destruir mis recuerdos y sería un milagro porque acumularlos solo trae la muerte. Universo: el bonsái que cuidaba y los juegos de mesa donde llovían escaleras de nieve. Voltaje: una pequeña mariposa eléctrica se ha posado en tu sueño. A lo lejos, una rueda moscovita y juegos pirotécnicos. El mundo ha venido a visitarme llamándome desde algunos juguetes. Tableros de mesa desde donde yo existo (una balada para los hombres que ocultan laberintos entre su corazón y su cabeza). Aquí las personas gigantes de ojos muertos no pueden destruirme porque los árboles con brazos se han puesto a jugar conmigo una serie de recreos infinitos, de curiosas parábolas. (Aunque ese niño haya muerto, esos árboles -que no saben mi nombre- respiran para mí).

Hyde Park, Leeds, junio de 2016, cualquier lugar del mundo




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Rapsodia donde un dron filma una bella iglesia que emerge de las aguas de un embalse búlgaro


Creía en el mundo.
Creía en las personas.
Hoy el cielo se estira
como una manta de hule
y las nubes giran lentamente,
cronometradas por la luz. Crece, corazón,
lejos, arrímate a lo irreal,
sin personas
donde
un dron filma
una bella iglesia en ruinas
que emerge de las aguas
de un embalse búlgaro.

No necesito contarte,
historiador del ojo,
las razones.

Tú sabes de qué hablo:
hay detalles que la gente no merece comprender.



(De Kurdistán, 2017)




Antibalada escrita por un nerd en Yorkshire 


¿Hay lugar para mí en el bus que va de Londres
hacia la realidad? Pase usted, amigo.
Estoy solo: en mi mente, un hombre juega
con un balero mientras espera en su silla.

Los pasaportes a la realidad llevan el sello de las lágrimas.
Luego, quizás de una enfermedad crónica.

Hay un manto blanco donde nacen ríos
y encuentras un hombre solo que repite “no estoy solo”.
Esto es suficiente si crecen tallos de manzanilla negra
sobre un aluvión de langostas de papel naranja.

Una vaca vieja sueña un campo color malva
mientras respira el aroma del sol debajo de los tréboles.

¿Está ocurriendo algo? ¿Esto es algo?
Un hombre se aproxima y dice: “esto que sueñas
es recorrido por avispas de luz débil
(te pido que recuerdes que este escenario es irreal)”.

Una rosa blanca para el amigo sincero- dice un cartel en Bradford.
José Martí, pregonero, los castillos crecen acá por todas partes.
Castillos que se inclinan ante un rey secreto.
Indicios extrañísimos del tiempo contra el tiempo.

Hay una tienda con productos de limpieza
donde un vendedor aburrido se ha puesto a calcular
cuantas gotas contiene una botella de detergente líquido.

Hay una camioneta vieja y un almacén abandonado
donde un rótulo dice Charity for England.
Realismo socialista para la joyería del rey Arturo.

Aquí, el cuerpo es un hospital del que no entras ni sales.
¿Has visto varios cuervos bajo las nubes?
Sus ojos abren campos donde la estrella duerme,
donde la luz gotea sobre un barril vacío.

Una vaca vieja sueña un pasto color malva
mientras respira el sol debajo de los tréboles.

Mejor no pensar para ver. Creer para ver:
creer para sentir- dicen los carteles de tu corazón
dentro de tu mente y sus calles con hayas y globos colorados.

Esto es algo que la mente no tenía en sus planes.
Salgo de mi habitación y mi cuerpo camina
junto a un camión de mudanza. Le dejo acompañarme.
Una estrella invisible abre un campo en mis ojos,
mientras su luz gotea –persistente- sobre un barril vacío.





La vida como esa experiencia chispeante y burbujeante que ves en los anuncios de gaseosas 


La publicidad te enseña: tu vida será grandiosa
(y cubre con decorados y luces a la gente
que se da un tiro en la cabeza en las habitaciones sucias).

La realidad te enseña: mira el mendigo sollozar en el puente:
la imagen de belleza destruida.

Mira el puente otra vez: hay un río y un viejo vaporetto.
El agua escribe lo que no escribo.
Yo, en cambio, escribo esto para poder borrarme,
para debilitarme, para encontrarme paradojas absurdas
(como el tipo que pide una sopa de fideo
y luego exige que la traigan un desayuno completo)
para escoger las fracciones más útiles de mí y tirarlas al basurero.

No creas lo que digo: es el agua la que habla verdades.
Yo miento siempre.

La realidad ligeramente propulsada dice:
el hombre, un molino en el campo
junto a un zapato y un muñeco de nieve.

Esta es la esperanza: ese conejo muerto
en las manos de la niña huérfana
que no sabe llorar.




Amy Winehouse en un video antiguo

Esta canción solo podía tener tu rostro:
quieto bajo el arroyo del cielo,
un ángel tatuado dice que jamás se rehabilitará
que las lágrimas se secan por sí mismas,
que a veces hay que deambular por la autopista para encontrarse
y a veces para perderse más.

Eso era: la calle con desvío, la melena negrísima,
el micrófono
a veces Londres como una máquina del tiempo
que sigue los latidos del corazón hacia centros comerciales abandonados.

Allí tú cantas tú
como la agitación de los álamos debajo del paisaje
y el pecho es triste porque escucha palabras que sólo él entiende.
Te engañaste a ti misma como sabías que lo harías,
mientras la salamandra baja del árbol
y medita en los últimos versos
de la niña con ojos de muñequita gótica y cabellera de papel crepé
criada por la electricidad azul de las estrellas.
Adiós, dijiste, para que el invierno se promulgue en tu nombre.
Y crezca yedra de flores amarillas sobre las faldas de las colegialas solitarias.

Sé que no eres buena. Quizás dulce y amarga.
Sé que no vienes de ninguna parte.
Y que tu voz viene, va y viene, como un cuervo risueño, para llevarme a casa.



     (de Cuaderno de Yorkshire, 2018)






Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979). Sus dos últimos libros publicados son Kurdistán (2017) y Cuaderno de Yorkshire (2018).



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