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NIGHT SKIES por Jorge Yee



NIGHT  SKIES

Siempre me pareció ridícula la idea de estar enamorado. Una pérdida de tiempo, cursilerías. Nunca tuve problema para entrar en la cama de las mujeres, pero jamás creí  la patraña de las eternas miradas de aceptación mutua. Hace algunos años, cuando conocí a Edward  Thieflick, todas esas convicciones se volvieron en mi contra. 
Era una  noche ruidosa y mojada. Los letreros neón de los bares iluminaban las aceras convertidas en espejos por la lluvia. Llenaban de luz la cara pálida de mi mujer. Me gustaba mantener los ojos abiertos mientras me besaba. Me gustaba ver cómo apretaba los párpados cuando giraba su lengua despacio, dibujando círculos en la mía. La calle se atestaba y volvía urgente encontrar un lugar oscuro donde mis manos y su lengua pudieran seguir su camino. 
El ritmo de los pasos de Lauren me guiaba como a un ciego. Se detuvo en un bar de callejón en la avenida Oldpark en West Hollywood. Me adelanté para abrir la puerta del  Gingers  Place, un sitio habitado principalmente por europeos y afroamericanos adictos a las drogas. Algo del humo blanco y espeso que permanecía encerrado en ese rectángulo de paredes negras, logró escapar, golpeándonos el rostro. Adentro, buscamos el rincón más alejado de todos. 
Una rubia de maquillaje corrido atravesó la nube cautiva y nos ofreció unos tragos cortesía de un tipo sentado frente a nuestra mesa. Levanté el whisky agradeciendo a la figura oculta entre dos bombillos fundidos. Lauren cruzó las piernas dejando ver sus muslos blancos hasta el límite que marcaban sus bragas de encaje. 
Bebíamos sin prisa. Otra ronda llegó a nuestra superficie de madera astillada. Lauren, animada por el líquido, jugaba con el cierre de mi pantalón. Su aliento caliente dejaba rastros de saliva en mi cuello. 
Mis manos intentaban perderse entre sus piernas, cuando una voz ronca detuvo la marcha de mis dedos. Me separé de la boca húmeda de Lauren, y con fastidio, giré un poco para conocer al hombre. Dijo llamarse Edward Thieflick. El alcohol era una cortesía por ser nuevos en el bar y para celebrar la belleza de mi mujer. La rubia apareció con unas botellas gigantes de King Cobra, Edward tomó una silla y brindamos por la coincidencia.
Edward me parecía familiar. Había algo de tierno en él. Sus grandes ojos azules me recordaban a los muñecos de felpa que abrazaba en mi infancia para poder ir a la cama. La piel marrón del señor Thieflick parecía más gruesa de lo normal, tenía pequeñas hendiduras horizontales por todo el cuerpo. Pensé en preguntarle si sus padres eran latinos, pero no quise interrumpir una anécdota que le contaba a Lauren sobre  un antiguo trabajo como asistente de mago y entrenador de ponis en un espectáculo de feria. 
Edward hacía flotar mi botella de cerveza, me pedía que pasara la mano por debajo para comprobar que estaba suspendida en el aire. Lauren lo miraba encantada. Se enredaba mechones de cabello en los dedos, mantenía la espalda muy recta sin desperdiciar detalle sobre lo que ocurrí, y en algún momento, se quitó el abrigo como regalo para la vista del señor Thieflick. 
Me di cuenta de que perdía la oportunidad de resolver el asunto entre las piernas de Lauren y las aventuras de Edward empezaron a parecerme aburridas. Ella presionó mi brazo en un intento discreto por pedirme que fuera amable. Edward pareció entender. Detuvo su palabrería y mostró una bala que pendía de una cadena en su largo cuello. Nos observó un segundo y sonrió mientras giraba la punta de la bala: descubrimos un lindo escondite donde el señor Thieflick guardaba su cocaína. 
En ese momento Edward dejó de incomodarme por completo y ganó mi atención absoluta.
Los polvos del señor Thieflick surtían efecto. Las visitas de la rubia se sucedían una tras otra siempre con nuevas botellas. Los relatos de Edward se volvían más interesantes. Como si lo que narraba fuera intensificado por su notable enanismo y malformaciones en extremidades y rostro. Su apariencia tenía una relación directa con su verborrea. A él no parecía importarle. Era uno de esos hombres a los que tanta seguridad en sí mismos los hace verse atractivos. Y Edward, además, era generoso. Cuando la bala se vaciaba, volvía a llenarla de nieve. 
El señor Thieflick hizo levitar a Lauren. Ella estaba tan divertida que no le importó que Edward intentara ver su ropa interior. A mí tampoco. El señor Thieflick era el tipo más feo pero con más gracia que había conocido. Mientras conversábamos nuestra afinidad se hizo evidente.  Él adivinaba lo que yo estaba a punto de decir, o viceversa, y francamente Lauren estorbaba un poco. Sus risillas bobas nos interrumpían, y me pareció un descaro que no dejara de ver las manos deformes del señor Thieflick mientras se mordía los labios brillantes de lip gloss. 
Edward era calvo y tenía la costumbre de meter sus dedos enormes en las hendiduras de su cráneo. Mi presión arterial se disparaba. El pulso me corría como un galgo de circuito. Tuve el deseo incontrolable de sentir esos pliegues, esas arrugas de piel parda. Edward notó mi turbación y fue él quien me pidió que tocara su cabeza. 
Acaricié lentamente la hermosa calva del señor Thieflick.
Después  nos contó de  su incursión en la industria hollywoodense. Lauren, con el pretexto de escuchar mejor, estaba prácticamente sobre él.  El señor Thieflick hizo de villano en una película de súper héroes, y trabajó en  iluminación y escenografía hasta que llegó su gran oportunidad. A principios de los años ochenta lo llamaron para interpretar el papel de un extraterrestre olvidado en la tierra por su tripulación. Sus características físicas encajaron con el personaje. El filme le dio varios millones pero también grandes problemas. En una gira publicitaria, estando ebrio en su habitación de hotel, formó un sendero de chocolates que empezaba en la puerta y terminaba en su cama. Elliot, el niño que hacía de su amigo humano en la cinta, devoró los dulces hasta llegar al colchón, donde Edward lo esperaba con algunos Reese’s Pieces bajo su bata de baño.
Lauren, la muy zorra, se dijo adicta al chocolate. Yo imaginaba el olor a golosinas de la bata de Edward. El asunto con Elliot le trajo algunas demandas y  la suspensión de varios contratos. Por esa época se retiró un tiempo de los medios debido a un fuerte  problema de adicción. Tanta presión, aunada al hecho de que nunca conoció a su familia, hizo que el papel de alienígena empezara a ganar terreno en la vida de Edward  Thieflick. Años después de su único éxito en taquilla, la gente lo sigue llamando E.T., el extraterrestre. 
Cuando su mala racha desapareció, Edward supo tomar ventaja de esa fama y aceptó algunas invitaciones de productores de películas pornográficas para grabaciones ambientadas en el Área 51. 
El señor Thieflick presumía tener un triple campeonato y un Guinness por levantar objetos pesados con el pene. Lauren no le quitaba la vista de encima. Su pie rozaba las piernas cortas de Edward sin preocuparse porque me diera cuenta. 
Yo me imaginaba despegando los pies del suelo elevado por la fuerza del gran pene de E.T., mientras Lauren usaba todas sus estrategias. Era tan vulgar la forma en que pretendía llamar la atención de Edward hacia su escote. Quería que desapareciera. En mi cabeza sólo había lugar para la imagen de E.T. sentado a mi lado en la zona más oscura del bar. 
El señor Thieflick me regaló una sonrisa cautelosa. Mi caja torácica estuvo a punto de ser reventada por mi corazón. Lauren y yo competíamos por Edward llenos de furia. 
Su último acercamiento a las cámaras había sido como doble de una niña en una película de acción. En ese momento, Edward  T., se dedicaba a recorrer Hollywood Boulevard con la bicicleta original que usó en la película de E.T. El Extraterrestre. Cobraba diez dólares por fotografía y veinte por montarse en las dos ruedas. Lauren lanzó un chillido histérico y se mostró impaciente por dar un paseo con Edward. El señor  Thieflick prometió que nos tomaría algunas fotos y nos dejaría subir a su nave.
 ¿Quién se negaría a conducir un vehículo de propulsión propiedad E.T? Yo más bien quería subir en el canasto y que Edward me llevara lejos.
Salimos del  bar. Lauren y yo usábamos como excusa nuestro equilibrio para tomar a Edward del brazo. La empujé como por descuido. Lauren me fulminó con un fuego en las pupilas que nunca había visto en ella. El señor Thieflick fingía no notarlo pero sonreía mientras quitaba la cadena  que anclaba su viejo biciclo a un poste afuera del Gingers Place. 
Me fotografió sosteniendo los manubrios. Lauren se aprovechó para decirle algo al oído. Dejé caer la estúpida bici para que Edward me hiciera caso. El sonido del aluminio contra el concreto provocó un nuevo incendio en los ojos de bruja de Lauren. Exigió su turno. Edward subió a mi mujer a la canasta y me pidió tomar unas fotos. Disparé el flash pero no lo dirigí hacia ellos. 
No soportaba ver a esa arpía cerca de mi E.T. 
Buscaba una forma de deshacerme de Lauren cuando Edward ajustó el asiento y pedaleó con fuerza. 
Los seguí dos calles hasta Sunset Boulevard, pero el velocípedo comenzó a elevarse por encima de mí, de los autos, más arriba de los techos de los bares y los edificios. Estiré la cabeza todo lo que pude  para no perderlos, pero volaron tan alto que se hizo imposible ubicar sus coordenadas.  
Dejé de correr. Me quedé de pie mirando hacia la nada con el cuello torcido. Entonces, de un tijeretazo, la bicicleta pasó cortando en dos  la luna llena para luego desvanecerse en el negro del cielo nocturno. 
Algo en el interior de mi cuerpo se derritió como los cubos de hielo del primer trago que Edward me invitó en el Gingers Place, salió por mis ojos, rodó por  mis pómulos y se mezcló con los restos de lluvia en el piso.
Nunca volví a ver al señor Thieflick. 







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