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EL RECUERDO DE UN OLVIDO por Armando Gutiérrez Méndez




EL RECUERDO DE UN OLVIDO

No sabría explicar cómo apareció en mi mente. Siempre creí que la génesis de mis recuerdos era clara, única e inmutable; no sospechaba que un recuerdo furtivo bregara en el oscuro abismo de mi memoria. El pasado debía transcurrir en un orden cronológico y lineal a través de mi conciencia. Sin embargo, este recuerdo intruso golpeó de manera tan imprevista los endebles cimientos de mi existencia que por primera vez desde hace mucho, muchísimo tiempo, me sentí desvalido y tuve miedo. El presente se tornó positivo, y la terrible certeza de un mañana apareció como una navaja filosa en la pálida brasa azulada de mi pensamiento. Las cosas adquirieron consistencia y surgieron con un tinte nuevo que podía negar o, en el peor de los casos, reafirmar mi condición actual. Durante un momento me sentí abrumado por la incertidumbre, y en los siguientes minutos, u horas (qué más da), ese fragmento olvidado de mi historia se volvió cada vez más nítido hasta adquirir proporciones tormentosas en todas mis funciones intelectuales.  

     Mi recuerdo, como todas las cosas eternas, no tiene principio. Habrá que empezar, no obstante, por algún lado. Digamos que al principio hay un hatajo de sucias barracas diseminadas caóticamente en la cima de un monte árido y brumoso. Hay rocas enormes, dos torres truncas, el ruinoso casco de una hacienda. Como telón se tuerce un cielo gris de profundos surcos, parecido a un cerebro marchito. Hasta donde me lo permite el recuerdo hurgo en aquella arquitectura siniestra de techos oblongos y agujas góticas, y al final de una callejuela que parece subir pero que en realidad baja, muy alejado de los demás edificios, descubro, desamparado, un cuartucho de adobe diseñado conforme a una geometría extravagante: cada línea es discorde con la otra, cada lado no es la contracara del otro; variados ángulos obtusos y agudos dan forma pesadillesca al frontispicio.    

    En el interior de esa grotesca construcción, cuya sola arquitectura es malvada, vegetamos nosotros. Si no me confundo, el que está sentado junto a mí se llama Fernando; y en el rincón, engarrotado y simulando ser una gran roca, se encuentra José. No sé por qué estamos aquí, pero seguramente hicimos algo muy malo para merecer esta celda ruin y repugnante. El calor es abrasivo, y el olor putrefacto. No hay luz, ni la más insignificante rendija por la que pueda entrar un poco de claridad. Al parecer estamos en este lugar desde hace mucho tiempo pues nuestros ojos se han adaptado a la oscuridad. Algunos gusanos se arrastran por nuestros brazos. Las cucarachas y las arañas cruzan indolentes a través de nuestros cuerpos huesudos, y de vez en cuando veo correr algo por los rincones. Sí, pensamos, a veces hablamos, y hasta soñamos, pero eso no basta para diferenciarnos de las alimañas que comparten nuestra celda y que luchan día a día (y cada día son más) por adueñarse de todo el espacio.

    El suelo de este lugar pudo haber sido en otro tiempo de adoquín o de concreto; ahora es una gruesa capa de restos de comida, lodo, cabellos, excremento, sabandijas y ratas muertas. A veces, rarísimas veces, cuando volteo mi cuerpo, crujen bajo mi costado, en el suelo viscoso y blando, lo que parecen ser huesos podridos, y puedo ver en la pared de enfrente algunos brazos momificados colgando de grilletes infestados de moho y de gusanos. Otras veces, alguna rata se aferra a nuestra carne y muere ahí, pegada a nuestros cuerpos. Aunque habrá que decir que esto no nos mortificaba del todo; estábamos tan resignados a nuestra suerte que incluso teníamos la certeza de que tarde o temprano nosotros mismos terminaríamos fusionados con el suelo. Ahí está José, por ejemplo, hecho roca, dispuesto a quedarse así toda la eternidad. A eso también aspirábamos Fernando y yo, pues no podíamos esperar otra cosa en ese espacio intemporal donde la noche y el día carecían de límites y donde el sueño y la vigilia se aglutinaban permanentemente hasta el grado de no saber si dormíamos o estábamos despiertos.

        A pesar de nuestro encierro, afuera no nos olvidaban del todo. A veces, tal vez por las mañanas, nos traían algo de comer y de beber. Entre Fernando y yo intentábamos alimentar a José, pero era muy difícil destrabar sus quijadas. También, en venturosas ocasiones, nos permitían salir un momento; arrastrábamos a José hacia afuera para que el sol avivara un poco su piel acartonada. No podíamos ir más allá del pórtico, cuyas pilastras tenían forma de basiliscos (sé que tenían esa forma, pero ignoro qué es un basilisco), y ahí nos tumbábamos como perros desvencijados, arropados por una horda de pertinaces moscas que apenas volaban y se volvían a posar en nuestras carnes infectas cuando movíamos los vencidos brazos para ahuyentarlas. Algunas personas que pasaba frente a nosotros nos miraban de reojo; por supuesto, no nos hablaban ni se nos acercaban. Era una población desencajada, vestida con overoles grises, que parecía siempre andar de prisa y preocupada. Después de un tiempo, breve, largo, nos regresaban a nuestro cuchitril.

         Y entonces, de buenas a primeras, dejaron de venir. Ya no hubo salidas. O quizá nunca las hubo, y todo fue parte del delirio que parecía impregnar ya todo el espacio. También las visitas de comida se espaciaron hasta que dejamos de percibir que teníamos hambre. Antes se escuchaban, de vez en cuando, detrás de una inarmónica puerta de hierro empotrada en un rincón, pasos, murmullos, risas nerviosas. Hace mucho tiempo que no se oye nada. Luego el tiempo se estiró, las paredes parecieron extenderse hasta el infinito, la oscuridad se volvió inmensa y casi no me di cuenta cuando el olvido se aposentó en mi cabeza. Lo supe en el momento en que Fernando me miró y dijo: “Hace mucho tiempo que no nos traen de comer… ya no recuerdo dónde estoy…”, y siguió hablando, pero su voz sonaba lejana, y sus palabras desconocidas. Quise hablar yo también, pero en lugar de voz emití una especie de gruñido y todo comenzó a girar mientras las imágenes de mi cabeza se compactaban y se iban perdiendo una a una.

        No recuerdo qué pasó después. He hurgado mis pensamientos más profundos y no encuentro el hilo que me permita vislumbrar lo que sigue. De pronto todo se apagó y el final quedó inconcluso, como si la oscuridad de la celda hubiera invadido mi cabeza. No sé por qué ahora tuve que acordarme de todo eso; tan a gusto que estaba así, perdido en la inconciencia. O tú, Fernando, ¿te acordabas de todo eso?, ¿o tú, José? Creo que desde el momento en que los de afuera nos olvidaron, nosotros también nos fuimos olvidando. Nuestra existencia dejó de tener sentido para todos, como un montón de cachivaches arrumbados en un rincón, y cuando la muerte nos sorprendió creímos escapar de todo esto, que al fin seríamos libres para volar más allá de este tugurio. Imaginamos que la muerte sería liberación, permanecer en un sueño sin sueños, sin imágenes ni pensamientos; pero no fue así. Ya ves, los recuerdos son más poderosos que el olvido.



Armando Gutiérrez Méndez nació en el año 1971, en la ciudad de León, Guanajuato. Es autor de los libros Apilados cráneos de mamut de piedra (Ediciones La Rana, 2006), y El rehilete (Ficticia Editorial, 2011). Premio Nacional de Cuento “Efrén Hernández” 2005. Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2010. Ha participado en varias antologías.


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