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Dice que pasará un tiempo en Santiago por Rodrigo Ramos Bañados




Dice que pasará un tiempo en Santiago


Priscilla sabe tan bien como yo la razón de nuestras partidas del norte. 
Ella ha llegado a vivir en una casona cerca de la plaza de Ñuñoa. Su excusa es realizar a tiempo completo la edición de su documental sobre la ex salitrera Pedro de Valdivia, el que ya suma varios años de rodaje y que, con el tiempo, se ha transformado en su razón de vida. Priscilla tiene facilidad para financiar sus proyectos artísticos y, en consecuencia, es una privilegiada. Su discurso es creíble en las empresas mineras, gracias a su pose hippie chic y sus pergaminos conseguidos en Europa. Sabemos que tras el estreno del documental, que ojalá siempre quede en esas fases de post y post producción, realizará un par de viajes al extranjero y después el único adorno para la monotonía de la vida será el alcohol, hasta que otra idea le permita dedicarse a la creación.  
El barrio que frecuentamos es pequeño, prejuicioso y exitista, a pesar de que falte dinero para comprar la tercera ronda de cervezas. Todos los que estamos ligados a la cultura en Antofagasta nos conocemos, pero no todos somos beneficiados por las mineras que reparten el dinero para proyectos culturales. Cacareamos contra quienes consiguen los fondos y financian con comodidad y hasta arrogancia su proyecto. 
Priscilla tiene pasaporte con las mineras. 
Priscilla es lo que denominamos, de manera burlesca, una artista burguesa, pero al fin y al cabo, todos queremos ser como ella: viajar a Europa o México y pasar la mañana en las mesitas de los cafés en la peatonal. 
Cuando avanzo en el metro rumbo a su casa, pienso en el suplicio de repasar las imágenes de la salitrera abandonada. Bastante ya escuché y vi sobre la pampa salitrera en mis años de periodista cultural. Todo eso me parece lejano y aburrido, sin embargo, decidí acompañarla esa noche. Me intriga saber en qué condición está. Quería whatsapear sobre ella al grupo de amigos. A todos nos intriga su vida desde que partió. Pero es una excusa, pues en realidad deseaba tirármela.   
El gerente de comunicaciones de la minera también se la quiso tirar. 
Siento su hálito de alcohol cuando saluda. Es un buen comienzo. Entramos a su casa. Me presenta a su amigo, de quién me dice, susurrando como en secreto, que pololea con una conocida gringa dueña de un sex shop. Sonrío en señal de aprobación. El amigo, a quien puedo definir como devoto de la virgen de Guadalupe por una figura de medio metro que chisporrotea luces, justo bajo un mueble con libros de Taschen, me saluda con un apretón de manos e invita de buenas a primeras a una fiesta que realizará mañana en la noche, en la casa. Luego cierra la puerta de su habitación. 
Dejo mi mochila al lado de la virgen. El living está lleno de mensajes a descifrar sobre los gustos del amigo de Priscilla. Se resume en la perfecta casa de un gestor cultural: artefactos de viajes a México, recuerdos de España y una bicicleta que luce bien de adorno. El macetero con una mata de marihuana pequeña y un dildo adaptado como lámpara que chisporrotea luces rojas cierran el estimulante espacio, en cuyo costado hay una hamaca.   
Es la segunda noche de la nueva vida de Priscilla en Santiago. Está sumida en ese torbellino de recomenzar y descubrir lo que puede brindarle esa parte de Ñuñoa.
Yo llevo seis meses adaptándome a mi nueva realidad en Valparaíso. En ese tiempo sólo una vez me emborraché al punto de no recordar. Un colega me llevó a la casa. Al otro día me dijo que había insultado al taxista, a él, a su novia y a otras personas. “Por suerte el taxista no te golpeó con un fierro”, dijo riéndose. La contención de la oficina, que me percibía como un bicho raro, se fue a la mierda con el alcohol. “Código de borrachos, o sea, todo queda ahí y nada sale”, dijo riendo el colega. No creí. El pelambre fue bravo después. 
Es una bomba de tiempo que nos juntemos con Priscilla.  
Priscilla me entrega una cerveza y me invita a su habitación. Está su bolso, la cama y una mesa donde hay una generosa pantalla Mac. Pone música. Me gusta su balcón. Es estrecho, pero justo. Da a la calle. Las casas son grandes, con amplios jardines y parecen construidas a finales de los años ‘60 o por esa época, destinadas a profesionales con familias abundantes. Es otro Chile el actual; un Chile reducido, un Chile de cajas de fósforos. Veo pasar a tres chicas en bicicleta mientras fuman un caño. Aroma a marihuana de esas cepas con apellidos raros. Recién parte el otoño. Priscilla permanece recostada; parece entusiasta, pero incómoda. No sabe cómo tratarme o qué busco en ese momento, aunque puede deducirlo. Debí besarla en la boca cuando me abrió la puerta, pero mi inseguridad la contagió. Me dice que se siente gorda. La veo igual que hace un año, pero más chascona, deslavada, como si no le importara su aspecto. La única vez que la vi arreglada fue en la inauguración del festival de cine chino que organizaba, en el que estuvieron presentes autoridades y los ejecutivos de la empresa minera. 
Saca un lápiz labial y me remarca que le cuesta bastante dinero. Se pinta los labios de manera exagerada y, sin ganas, dice que es una noche especial. Enciende otro cigarrillo y mientras hablamos de gente en común, vacía en la garganta su botellín de cerveza. Saco un vino desde la mochila y le pido un descorchador. Me indica la cocina y dice que registre, que revise si hay  copas, porque el Carmenere le gusta. Pienso en lo raro que sería tirar con ella esa noche. Si llegamos al sexo, será en ese momento y no en otro. Pronto nos emborracharemos y a la mierda esto de calcular cada palabra y movimiento. 
Llego con las copas y el vino abierto, pero ella está sentada frente a la pantalla del Mac. “Lindo el descorchador”, le digo. Las desordenadas imágenes del documental sobre la ex salitrera me aburren. Los testimonios dan paso a animaciones donde aparece una niña con alas, que debe ser Priscilla, lanzándose desde un cerro y volando sobre el desierto en algo similar a una alfombra mágica. Como tantos otros, quedó marcada por su niñez en la salitrera. Me dice que el desierto fue su patio de juego. La irrespirable salitrera como un útero. Si ese caserío empolvado tuvo algo bueno, fue que todos se conocían y confiaban, y casi no había delincuencia; pero si se respiraba ese polvillo al cabo de los años los pulmones se disecaban. Un día la empresa decidió cerrar el campamento pues no le era rentable y todas esas vidas quedaron sin la protección de la empresa que también era propietaria de la escuela y del juzgado. De un día para otro los hijos únicos de la salitrera salieron a deambular por las ciudades del norte sin protección.   
Priscilla bebe por tristeza o por soledad, por lo menos eso puede deducirse. Hay un cabo suelto de su vida en esa salitrera. Cuenta que aprendió a caminar y dio su primer beso en la plaza. Fueron 15 años o un poco menos en ese lugar. Después de que cerró la salitrera, sus padres toman rumbos distintos y ella vivió con ambos por períodos, hasta que se independizó. 
Dice que pasará un tiempo en Santiago, nutriéndose con gente capaz e interesante. Mientras más bebe, más eleva su soberbia. De pronto todo el norte es malo, oscuro, ruin, una mierda. Nada ni nadie se salva, según su juicio, y para lo único que sirve estar allá es para que las mineras entregan dinero para los proyectos culturales.  
Se acaba el copete. Priscilla se pone la chaqueta y me propone salir a un bar. Cuando caminamos hacia la Plaza Ñuñoa, remarca que no quiere regresar. Coincido, pero lo mío es por un tiempo, algo para limpiarme de la cocaína que casi me termina jodiendo. 
Le incomoda la respuesta. Por ese absurdo filtro machista, la idea de que no sea madre me hace verla triste y sin objetivos, como si en no ser madre estuviera el meollo de sus males, pero es un espejismo absurdo, si al final sus películas son como sus hijos y por borracha había perdido una, en México, y eso era como para apuñalarse. Luego me habla de un productor que la engaña con dinero. Yo le hablo de falta de discurso entre los artistas de Antofagasta, por su compromiso con las mineras. Me mira extrañada. Su festival de cine chino, al que van pocos espectadores, depende de esos dineros. Me dice que cómo es posible que yo continúe trabajando para un diario de la cadena que apoyó a Pinochet. Le respondo que trabajo en ese diario muchos años después de que murió el dictador y que eso no me hace cómplice, como otros colegas que trabajaron en la época de los milicos. Unos chicos cruzan y nos miran, quizás sorprendidos por el tono de la conversación de la pareja de cuarentones. Esperan que nos golpeemos para grabarnos y subir el video de la pelea a las redes sociales.
No vale la pena discutir con Priscilla borracha. Siempre tiene la razón, deja entrever que sabe más que todos y somos una franca mierda, en comparación con ella y sus viajes por México, Europa, Asia y África, y su presente en el lado bonito de Ñuñoa. 
Una vez, allá en Antofagasta, ambos borrachos, en una fiesta de colegas, nos abrazamos y nos dimos un par de besos. Luego nos fuimos al baño. Esnifamos unas rayas de cocaína. Lo mínimo que dijeron fue que el amor juntó a estos dos borrachos odiosos. “¿En qué terminaron?”, me preguntó después un colega, con un tono burlesco. “Culeando”, le contesté. 
Entramos a La Batuta, donde comienza a tocar una banda tributo a Nirvana. Después de varias cervezas le molestan los chicos disfrazados de Kurt Cobain. Una vez que pasamos a la piscola, llama a uno de los muchachos y le pregunta por qué le gusta Nirvana. Minutos después encara a los músicos respecto de por qué no tocan música propia. Los chicos la insultan. La defiendo. Le lanzo mi vaso a uno de ellos. 
Sus ronquidos me despiertan. Siento la humedad del orín en la sábana. Es mediodía del sábado. Meto el descorchador en mi mochila, luego extraigo al azar de la biblioteca un libro de Taschen, cuya ausencia se notará con el paso del tiempo, y salgo lo más sigiloso que puedo. Un rasguño en mi cara y algo de sangre seca es la única huella de lo que sucedió desde que lancé el vaso hasta que nos dormimos.  No nos volveremos a ver.  



Rodrigo Ramos Bañados (Antofagasta, 1974). Es periodista y escritor. Ha publicado las novelas Alto Hospicio, Pop, Namazu, Pinochet Boy y Ciudad Berraca, una historia sobre la inmigración de colombianos en Antofagasta.

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