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Personificación y despersonificación: las muertas y la casualidad en La parte de los crímenes de 2666 de Roberto Bolaño [por Ricardo García Marínez]




I

Nuestros tiempos están marcados por un imperante exceso. Éste marca la pauta en los discursos políticos y económicos de la sociedad moderna. De esta manera, la violencia excesiva acompaña establecimientos sociales. Así, pareciera que lejos de modificarse, o de cambiarse, la violencia valida y justifica establecimientos discursivos de nuestro entorno. La recuperación de estos hechos violentos lleva a generar opiniones, juicios y discursos que pudieran replantear las dinámicas empoderativas de la sociedad, aunque claro, muchas veces la narración de los hechos se convierte más en justificación y soporte de los mismos, que en un contradiscurso eficaz. Ahora bien, la literatura como un espacio de representación de la realidad permite estabilizar ciertas prácticas discursivas para el análisis. Así, el presente caso se ocupará de analizar algunos fragmentos de “La parte de los Crímenes” de 2666 (2004) de Roberto Bolaño; con el fin de examinar cómo ciertas prácticas sociales y políticas se han establecido a partir de la excesiva violencia representada en el texto.
2666 (2004) es una obra con muchas posibilidades de estudio. Formada por 5 noveletas (La parte de los críticos; La parte de Amalfitano; La parte de Fate; La parte de los crímenes; La parte de Archimboldi), el texto ofrece una gran cantidad de aristas. Al respecto de esta última obra de Bolaño se ha hablado ya en otros trabajos de la categorización del espacio ficcional de Santa Teresa como el lugar del mal mismo, un infierno en tierra. También se han abordado análisis donde se rescata la búsqueda y el viaje como motores del arte, de la poesía y de la vida. Igualmente hay diversos enfoques donde se reflexiona sobre el rol femenino en esta novela y las implicaciones de la violencia y el poder (Belmar, 2014; Villavicencio, 2016).
Sin entrar en detalles, 2666 (2004) es un texto de encuentros y desencuentros; de búsquedas fallidas y acertadas. El texto es también una novela acerca de la literatura. No obstante, este texto se encuentra, sino comprometido, sí codificado a partir del vertimiento de diferentes discursos de la realidad social. Específicamente, para “La parte de los crímenes”, la utilización de recursos periodísticos dentro del discurso literario permite anclar y direccionar a un texto hacia una realidad y un tiempo específico representados. Son las técnicas descriptivas propias de la nota roja periodística, los mecanismos narrativos primordiales en “La parte de los crímenes” de 2666. De tal forma, más allá de la narración de diferentes asesinatos resueltos e irresueltos, el texto versa sobre las posibilidades del exceso mismo de esta violencia.

II

La cantidad de muertas en “La parte de los crímenes” es muy basta. No obstante, el texto de Bolaño hace recuento exhaustivo de los delitos. La descripción de los asesinatos, como la reconstrucción de posibles móviles, y además historias detrás de los crímenes no escapan al narrador. Es el recuento mismo un signo que marcará una economía de los delitos en sí, es decir, todos los crímenes deben ser contabilizados, aunque no resueltos. Así, este ordenamiento y distribución textual se inaugura a partir de una jerarquización donde aparece una primera muerta y una última. Para fines concretos, la diégesis ordena estos acontecimientos de 1993 a 1998. Cinco años en la narración que configurarán esta economía mortuoria. De esta manera, entonces comienza la narración:

La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores. Vestía camiseta blanca de manga larga y falda de color amarillo hasta las rodillas, de una talla superior. Unos niños que jugaban en el descampado la encontraron y dieron aviso a sus padres. La madre de uno de ellos telefoneó a la policía, que se presentó al cabo de media hora. El descampado daba a la calle Peláez y a la calle Hermanos Chacón y luego se perdía en una acequia tras la cual se levantaban los muros de una lechería abandonada y ya en ruinas. No había nadie en la calle por lo que los policías pensaron en un primer momento que se trataba de una broma. Pese a todo, detuvieron el coche patrulla en la calle Peláez y uno de ellos se internó en el descampado. Al poco rato descubrió a dos mujeres con la cabeza cubierta, arrodilladas entre la maleza, rezando. Las mujeres, vistas de lejos, parecían viejas, pero no lo eran. Delante de ellas yacía el cadáver. Sin interrumpirlas, el policía volvió tras sus pasos y con gestos llamó a su compañero que lo esperaba fumando en el interior del coche. Luego ambos regresaron (uno de ellos, el que no había bajado, con la pistola desenfundada) hacia donde estaban las mujeres y se quedaron de pie junto a éstas observando el cadáver. El que tenía la pistola desenfundada les preguntó si la conocían. No, señor, dijo una de las mujeres. Nunca la habíamos visto. Esta criatura no es de aquí. (Bolaño, 2004, pos. 866,9 / 2301)
El cuerpo muerto se convierte en un agente extraño, aunque ciertamente sigue siendo una entidad identitaria, pues aún se reconoce que éste es una criatura única (la muerta). El proceso narrativo mediante el cual “la muerta” es descubierta es el de lo extraordinario. Casi como un elemento fantástico, el cuerpo “apareció”. Surge así una conjunción generadora de exhibición entre la aparición del objeto “extraño” y el lugar donde aparece. El descampado, al ser el espacio limpio, llano y visible potencializa la exhibición de “la muerta”. De esta manera es que los testigos son, al menos en la sintomática textual expuesta, incitados a encontrar(se) a “la muerta”. Es casi una casualidad encontrarse ante la muerte, o ante un muerto. En medio del juego es que los niños realizan el hallazgo. Como consecuencia, este descubrimiento pasa a ser reportado en una cadena de mando jerárquico, pues los niños comunican a su madre y posteriormente ésta comunica a las autoridades el hallazgo. Es hasta este punto que la casualidad será confrontada ante el universo público y privado, pero también ante el entorno familiar y el entorno social. Nuevamente, el descampado contamina y modifica la representación del hallazgo de la muerta. A su llegada, los policías no ven a nadie, la configuración semántica del descampado oculta al objeto “extraño” y aparenta limpieza en su entorno de todo objeto o presencia. La paradoja del descampado es que incita a la vista del cadáver, pero también el terreno se impone sobre el objeto extraño y así los policías consideran que se trata de una broma, pues a simple vista no hay nadie, ni nada. Ahora bien, llegado el turno del aparato social de descubrir a “la muerta”, su encuentro se verá mediado por el discurso religioso. Las dos mujeres que aparentan edad avanzada, ocultan sus rostros, pero al rezar de rodillas manifiestan un intento de comprensión del hecho “extraordinario”. Aunque también las dos mujeres llevan a cabo un rito mortuorio, para así, matar una vez más al objeto extraño (Zizek, 2012), ahora perdido en el descampado, pues la muerta yace y al no tener sepulcro, el verbo genera ambigüedad sobre su capacidad de regocijarse en el descanso. Es decir, yacen los vivos en el suelo, pero los muertos sólo yacen en el sepulcro, pues descansan en paz. Finalmente el asombro de los propios del lugar se refuerza al ser interrogadas las mujeres acerca de “la muerta” por la cual rezan: “Nunca la habíamos visto. Esta criatura no es de aquí.” (Bolaño, 2004, 866,9 / 2301)
A manera de colofón del primer parágrafo de la novela, se agrega el siguiente párrafo:
Esto ocurrió en 1993. En enero de 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres. Pero es probable que antes hubiera otras. La primera muerta se llamaba Esperanza Gómez Saldaña y tenía trece años. Pero es probable que no fuera la primera muerta. Tal vez por comodidad, por ser la primera asesinada en el año 1993, ella encabeza la lista. Aunque seguramente en 1992 murieron otras. Otras que quedaron fuera de la lista o que jamás nadie las encontró, enterradas en fosas comunes en el desierto o esparcidas sus cenizas en medio de la noche, cuando ni el que siembra sabe en dónde, en qué lugar se encuentra. (Bolaño, 2004, pos. 866,9 / 2301)
Desde esta perspectiva, se corrobora la intención explícita de recuperar los asesinatos. El establecimiento de esta economía y administración de las muertas a narrar condiciona al relato a recuperar y ordenar los casos expuestos. Fue sólo a partir de una fecha que se comenzaron a contar los asesinatos, no obstante la instancia narrativa pone en duda esta determinación. Así, no es que el ordenamiento vaya a ser riguroso, pues la “comodidad” hizo que se recuperara el caso expuesto. Es la primera de la lista, pero ciertamente, declara el narrador, “seguramente en 1992 murieron otras”, y estas otras nunca fueron encontradas. Así, la comodidad no es sólo de la realidad enunciada de los hechos, sino que el narrador comparte esa comodidad, no busca a las que fueron enterradas en “fosas comunes”, prefiere marcar un punto específico y considerarlo el primero. Entonces, si esta comodidad de contabilizar a las muertas es latente desde el inicio, también siempre habrá primeras muertas cada que la contabilización y la economía de los crímenes lo requiera. El sistema descriptivo debe siempre reiniciarse, el conteo interminable es así de exhaustivo porque siempre vuelve a comenzar. De esta manera, no existe un compromiso en la recuperación y reconstrucción de los acontecimientos, salvo el de narrar. La narratividad de los crímenes será, entonces, mera retórica, casi exhibición y voyerismo: documentación narrativa.
La dinámica narrativa propuesta, hasta este momento, marcará una pauta descriptiva donde los acontecimientos a recuperar enunciarán siempre a una muerta o muertas, a sus descubridores y una posible explicación o explicaciones; cabe mencionar que algunos casos tendrán una resolución, aunque la mayoría carecerá de ésta. Así, son tres elementos a seguir como patrón: el primero será las muertas. Si se continúa la programación del íncipit, los descubrimientos de éstas serán siempre fortuitos, casi casuales y por consecuencia los cadáveres poseerán una cualidad de elemento extraño a la cotidianidad. El segundo elemento será la descripción pericial exhaustiva, para el caso, la narración es luenga en detalles. Por otra parte, el tercer elemento a seguir es el de los espacios donde son encontradas las muertas, pues son lugares visibles, suelen ser descampados. Por lo tanto, el cuerpo está puesto para ser exhibido, aunque a la brevedad sea normalizado en el orden del descampado mismo, es decir, el cuerpo se mimetiza con su entorno. Finalmente, los modos en que son encontrados los cuerpos deben pasar por una minuciosa explicación, esta explicación es el último soporte de la economía narrativa de la muerte, pues la instancia narrativa permite saber aristas y centros sobre el crimen perpetuado.  
De tal manera ha quedado inaugurada “La parte de los crímenes”. Conviene ahora replantear los mecanismos expuestos en este primer momento textual, a partir de la agrupación de las praxis discursivas en los siguientes ejes de oposición generadores de significado. Así, respecto a los tres elementos a seguir estos se agrupan en una dicotomía temporal que confronta a la linealidad contra la circularidad, pues si bien la progresión narrativa ocurre, los acontecimientos narrados repiten la sistemática narrativa antes expuesta:
En septiembre encontraron el cuerpo de Ana Muñoz Sanjuán detrás de unos cubos de basura en la calle Javier Paredes, entre la colonia Félix Gómez y la colonia Centro. El cadáver estaba completamente desnudo y presentaba indicios de estrangulamiento y violación, que luego serían confirmados por el forense. Tras las primeras investigaciones se determinó su identidad. La víctima se llamaba Ana Muñoz Sanjuán, vivía en la calle Maestro Caicedo de la colonia Rubén Darío, en donde compartía casa con otras tres mujeres, tenía dieciocho años y trabajaba como mesera de la cafetería El Gran Chaparral, en el casco histórico de Santa Teresa. (Bolaño, 2004, pos. 1467,2 / 2301)
Se repite el patrón expuesto en el íncipit. El cuerpo es encontrado, en un descampado, esta vez detrás de cubos de basura, sin así ser alterada la idea de exhibición, pues el cuerpo será encontrado casi de forma casual. Ahora bien, salta a la vista que de anunciar el descubrimiento de “la muerta”, sea ahora el hallazgo de “el cuerpo de Ana Muñoz”. Este cambio formal configura así un eje donde la personificación y la despersonificación se contraponen. Así, al enunciar el hallazgo de “la (una) muerta” se personifica al cadáver, mientras que al anunciar “el cuerpo de” el lazo es de pertenencia, mas no de identidad. Desde esta perspectiva, se encuentran cuerpos, no muertas, objetos desposeídos de toda personalidad relevante, que tal vez tengan nombre, pero que siempre serán depositarios de violencia luenga casi irracionalizable.  
Las pesquisas policiales emprendidas por el narrador parecen ir sin rumbo. Capaz de generar múltiples móviles, pero también errático e insuficiente ante la cantidad de muertas encontradas, el narrador permite diferentes focalizaciones que generan nuevas opiniones, muchas posibles, otras igual de erráticas. La incapacidad de las autoridades para afrontar estos acontecimientos lleva a implantar una línea discursiva donde la legalidad estará en constante pugna con la ilegalidad. Desde el primer hallazgo, los oficiales de policía dudan del acontecimiento, creen que es una broma. Entonces, el acontecimiento de violencia se confronta a la violencia legal del estado:
En México siempre nos deslumbramos con una facilidad espantosa. A mí se me ponen los pelos de punta cuando veo o escucho o leo en la prensa algunos adjetivos, algunas alabanzas que parecen vertidas por una tribu de monos enloquecidos, pero ni modo, así somos y uno con los años se acostumbra, dijo el profesor García Correa. Ser criminólogo en este país es como ser criptógrafo en el polo norte. Es como ser niño en una crujía de pedófilos. Es como ser merolico en un país de sordos. Es como ser condón en el reino de las amazonas, dijo el profesor García Correa. Si te vejan, te acostumbras. Si te miran por encima del hombro, te acostumbras. Si desaparecen tus ahorros, los ahorros de toda una vida y que guardabas para jubilarte, te acostumbras. Si tu hijo te estafa, te acostumbras. Si tienes que seguir trabajando cuando por ley deberías dedicarte a lo que te diera la real gana, te acostumbras. Si encima te bajan el sueldo, te acostumbras. Si para redondear el sueldo tienes que trabajar para abogados deshonestos y detectives corruptos, te acostumbras. Pero esto es mejor que no lo pongan en su artículo, muchachos, porque si no me estaría jugando el puesto, dijo el profesor García Correa. (Bolaño, 2004, pos. 1474,7 / 2301)
La aparente solución entre la ilegalidad de los crímenes y la legalidad del estado en sus intentos por esclarecerlos es resuelta por la costumbre. Así, es inútil intentar explicar los crímenes. De esta forma, el personaje de García Correa expresa la inutilidad del crimonólogo. El uso de las metáforas se agrupa de forma donde la actividad del criminólogo, en su papel de agente de la legalidad del estado, cifra mensajes para nadie, o los traduce (como criptógrafo en el polo norte); es la figura a sobajar y violentar (niño entre pedófilos); habla para que nadie lo escuche (merolico entre sordos); y finalmente el uso del condón entre las amazonas como medida de no reproducción es inútil. Por consiguiente, la única solución se convierte en la costumbre. Posteriormente, son enumerados diferentes entornos donde la figura representada del criminólogo debe de acostumbrarse. La paradoja del asunto es que si bien el criminólogo determinaría o exigiría de la sociedad representada el acostumbrarse a los asesinatos de mujeres, también su rol debería desaparecer, pues la costumbre no lo faculta para ejercer un juicio a ciencia cierta. No obstante, el oficio del criminólogo se mantiene, pues prefiere que sus opiniones no sean ignoradas, a petición suya. Así, si bien la costumbre es exigida ante las muertas, también, paradójicamente, el asombro y el juicio del criminólogo deben existir aunque estos sean inútiles.
Quedan cabos sueltos en la investigación. No hay respuestas claras de buenas a primeras. El argumento de la narración se ve complicado ante el agotamiento de hipótesis y falsos derroteros de investigación. Lo que parece cierto en el discurso novelístico a final de cuentas no lo es. Entonces, tal como en el momento genético inaugural del texto quedó dicho, el acontecimiento del descubrimiento de las muertas es en apariencia una broma. Las implicaciones de considerar a los asesinatos una broma, ratifican su rápida normalización. En definitiva, la costumbre termina por imponerse ante el asombro generado en primera instancia por el encuentro de las muertas. Así, al final de la narración es que se contrapone de forma cíclica una linealidad aparentemente progresiva de encuentros y desencuentros con los crímenes:
El último caso del año 1997 fue bastante similar al penúltimo, sólo que en lugar de encontrar la bolsa con el cadáver en el extremo oeste de la ciudad, la bolsa fue encontrada en el extremo este, en la carretera de terracería que corre, digamos, paralela a la línea fronteriza y que luego se bifurca y se pierde al llegar a las primeras montañas y a los primeros desfiladeros. La víctima, según los forenses, llevaba mucho tiempo muerta. De edad aproximada a los dieciocho años, medía entre metro cincuentaiocho y metro sesenta. El cuerpo estaba desnudo, pero en el interior de la bolsa se encontraron un par de zapatos de tacón alto, de cuero, de buena calidad, por lo que se pensó que podía tratarse de una puta. También se encontraron unas bragas blancas, de tipo tanga. Tanto este caso como el anterior fueron cerrados al cabo de tres días de investigaciones más bien desganadas. Las navidades en Santa Teresa se celebraron de la forma usual. Se hicieron posadas, se rompieron piñatas, se bebió tequila y cerveza. Hasta en las calles más humildes se oía a la gente reír. Algunas de estas calles eran totalmente oscuras, similares a agujeros negros, y las risas que salían de no se sabe dónde eran la única señal, la única información que tenían los vecinos y los extraños para no perderse. (Bolaño, 2004, pos. 1622,0 / 2301)
El final semeja al inicio. Aunque, ciertamente, el cierre de la narración sea casi una contraposición total ante las posibles programaciones narrativas puestas en el inicio textual. Sucede, pues, que a pesar de repetirse todos los patrones narrativos, también se vuelve radical la total despersonificación de la muerta. El terreno vuelve a dotar al cadáver de sus atributos, esta vez como el camino que se bifurca y se pierde en los desfiladeros metafóricamente. Esta muerta es olvidada bajo el carpetazo legal de las autoridades y sus desganadas investigaciones. Queda, entonces, la última muerta como una total desconocida. Este total desconocimiento posiciona al cadáver representado como un objeto totalmente ajeno a la realidad textual. Del cuerpo sólo se sabe la edad que aparenta (cerca de 18 años) y también que lleva “mucho tiempo muerta”. Así, el final narrativo evoca simbólicamente al primer caso, a la primera muerta de 1993. No porque ambas muertas sean la misma, sino porque metafóricamente el orden es restituido salvo que esta vez no habrá investigación. El nivel simbólico del texto configurado, en el final de la narración, por el tiempo que lleva muerta la última víctima posiciona a ésta simbólicamente como diferente y a la vez misma a la mencionada al inaugurar la narración. En otras palabras, la primera muerta de 1993 sólo envejeció simbólicamente para volver a ser encontrada de forma casual, considerada probable puta y también para dejar su caso irresuelto.
Pasan irrelevantes las muertes, todas. No hay soluciones para los crímenes sino su total normalización. Ésta es solamente soportada por la risa. La broma va a ser el cimiento por el cual serán soportados los homicidios. No hay compromiso del narrador con la situación. Carecen las respuestas a la problemática representada. Sin acusar de forma rotunda no hay culpables. La cantidad de muertas exige culpables, pero así sólo se posiciona a todos con algo de culpa, pues nunca encuentra donde asirse la responsabilidad de las muertas. Las explicaciones parecieran resumirse así: “Esto es una mierda, ésa es la única explicación, dijo Márquez.” (Bolaño, 2004, pos. 1426,4 / 2301). Rehuir una explicación no va sino a validar que las muertas deban morir por las probables móviles expuestos y cuando no los haya, será el azar quien dictamine. No obstante, el azar pasa a ser también una configuración social establecida sobre la normalización de la violencia representada.

III

La normatividad de “La parte de los crímenes”, así como en general de 2666 (2004) depende de una instancia narrativa tal que se aleja de la realidad representada. Así, las diferentes focalizaciones y enunciaciones de diversos niveles narrativos alejan al narrador de su enunciado y la narración queda sólo entre la instancia narrativa y el lector. La aparente ausencia del narrador, es también su principal fundamento de existencia. Quien cuenta la historia se convierte de esta manera no en un testigo, pero sí en un mediador de lo narrado. Por lo tanto, cabría entonces considerar que la falta de compromiso del narrador ante las muertas posiciona su figura dentro de una estructura social y económica donde su capacidad narrativa será un “laissez faire”. Esta lectura sociotextual es posible gracias a que la realidad representada de las muertas las caracteriza dentro de un aparato social laboral, pues a todas el narrador les asigna una descripción que posee un oficio, una filiación, una ocupación y un estado civil. Es este ahora narrativo el espacio donde se manifiestan los diferentes discursos sociales que enmarcan la génesis textual. Por lo tanto, la enumeración exhaustiva de las muertas no es una reificación, ni un homenaje, sino un listado de objetos vertidos en una economía donde los cuerpos muertos mantienen el estado de normalidad de la violencia representada en el texto.
El texto busca normalizar a las muertas. En sí, la violencia ya está en el sistema, ahora sólo tiende su horizonte de enunciación y producción hacia otro grupo social. Es así que sólo con la aparición formal en “La parte de los crímenes” de las muertes ya normalizadas y que no escandalizan a nadie, que se manifiesta de forma precisa el aparato socio-económico en el cual se mueven las muertas:
Tras la detención en enero de la banda de los Bisontes, la ciudad se dio un respiro. El mejor regalo de Reyes, tituló La Voz de Sonora la noticia del apresamiento de los cinco pachucos. Ciertamente, hubo muertos. Murió apuñalado un ladrón habitual cuyo teatro de operaciones eran las calles del centro, murieron dos tipos vinculados al narcotráfico, murió un criador de perros, pero nadie encontró a ninguna mujer violada y torturada y después asesinada. Eso en el mes de enero. Y en el mes de febrero se repitió lo mismo. Las muertes habituales, sí, las usuales, gente que empezaba festejando y terminaba matándose, muertes que no eran cinematográficas, muertes que pertenecían al folklore pero no a la modernidad: muertes que no asustaban a nadie. (Bolaño, 2004, pos. 1370,3 / 2301)
Los muertos no cesan. En esta economía de la vida y de la muerte, la inclusión de nuevos grupos alarmará el intercambio efectivo de los objetos de valor. Entonces, la muerte como un hábito propio de los hombres o de quienes están relacionados al narcotráfico, o de quienes celebran y terminan muertos por una fiesta, establece un sistema en el cual la mujer se posiciona y alarma al entorno. La carencia del compromiso con la instancia narrativa provoca que discursivamente no haya víctimas ni victimarios propiamente, sino elementos en pugna por entrar a un sistema económico donde la muerte está determinada por y para los hombres. La contraposición folklore vs modernidad enfatiza que la posición de la mujer, al incluirse a los modelos de sociedad del México moderno representado, también la debe incluir a la aparatosa y asimilada dinámica mortuoria mexicana. Desde esta perspectiva, para “La parte de los crímenes” la estrepitosa cantidad de muertas, su enumeración y descripción no son denuncia o protesta. Antes bien, las muertas justifican la adscripción del rol femenino a la modernidad mexicana. La paradoja es que más allá de la realidad representada, el narrador no se comprometa, pero exija del lector compromiso ante su relato, ya sea desde una posición de voyerista o de lector doloso.
Las pugnas económicas y políticas dictaminan la trama narrativa. A final de cuentas, habría que regresar una vez más a la conclusión del relato. Sólo por la risa es posible no perderse en este laberinto, en la oscuridad de un sistema que normaliza toda muerte. La inquietud sería valorar si es que es suficiente la risa para soportar estos modelos de realidad, o si más que soportarlos, la risa se convierte en un agente último de normalización, pues en la pantalla de la broma, la realidad se vuelve mera simulación: un tránsito de objetos que se acomodan y se transforman por la mano invisible del sistema.  

Bibliografía
Belmar, Jessica. “El espacio ficcional de Santa Teresa en 2666 de Roberto Bolaño: espacio del poder y de la violencia”. Les Ateliers du SAL 4 (2014) : 68-79. En la web en: https://lesateliersdusal.files.wordpress.com/2014/06/6belmar.pdf , el 3 de abril de 2016
Bolaño, Roberto. (2004) 2666. [versión de lezer; ePub base r1.0] Bajaebooks.com
Villavicencio, Manuel (2016) “2666 y la ciudad maldita de Roberto Bolaño”. Academia.edu. En la web en: http://bibliotecadigital.academia.cl/bitstream/handle/123456789/250/090-099.pdf?sequence=1&isAllowed=y , el 3 de abril de 2016
Zizek, Slavoj. (2002). ¿Quién dijo totalitarismo?Cinco intervenciones sobre el (mal)uso de una noción. Pre-textos. Valencia http://www.vivilibros.com/excesos/15-a-02.htm el 4 de abril de 2016

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