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James Joyce: Cartas de amor a Nora Barnacle






Al parecer todo gran escritor tiene sus cartas. Curiosamente- en Flaubert, León Bloy, en Kierkegaard y Kafka- siempre hallamos del otro lado el interlocutor más propicio a la obra que se está haciendo,
como si éste fuera un lugar necesario para cada escritura. Esto no supone una sospecha pueril de narcisismo. Al contrario: significa que algo pasa entre unos y otros, que no hay fusión, sino interpelación. En Joyce no se trata de un diálogo intelectual, escribe para sobrellevar un fastidio que es el deseo de ella: “Estoy todo el día excitado. El amor es un maldito fastidio, especialmente cuando también está unido a la lujuria”.

A través de las lenguas y las cartas, Joyce va firmando su separación con Irlanda. Es sabido que también “declara la guerra al inglés” hasta volverlo irreconocible al gusto anglosajón y puritano, es decir, que lo suyo no irá a reducirse a un abstracto y vago internacionalismo.

El folklore irlandés, sin raíces, y el argot, en otro humor, retornan en Finnegans Wake, monstruo verbal donde las lenguas se sueñan y analizan unas a otras, remitiendo a un padre muerto, tanto que el nombre irrumpe en sentido bíblico de travesía de fronteras, algo irreductible a cualquier tierra-madre (algunos hablarán de escritura matricida) En una de las cartas leemos: “Burn only what’s Irish, accepting their coals”. Quema todo lo que es irlandés, aceptando sus carbones...

Cosa quemante, los carbones están en el wake, el tema de la muerte-resurrección que opone al renacimiento (restaurador) irlandés, en un velorio que es el despertar de un ancestro, Finnegans, padre muerto por el cual la escritura elabora un duelo que hoy ninguna comunidad puede llevar a cabo, habida cuenta del cierre simbólico que imponen una sola lengua y un solo estado de cultura, naturalizados como lo propio.

Entre esos carbones, Nora resplandece como la brasa ardiente que es su nombre. El lector puede comprobar en la carta que refiere a la mudez que surge entre ambos, que él ha extraviado el código- lo que queda de sus reglas “corteses”-, y esto ocurre cuando rodea su nombre, Nora, se le revela la imposibilidad de escribirlo de una vez y para siempre: “¿qué es lo que me lo impide, a no ser que ninguna palabra es lo bastante tierna para ser tu nombre?”. Por eso las cartas girando en torno de ese nombre, son pródigas en antífrasis y antítesis, donde Joyce expresa a veces lo contrario de lo que piensa o desea. 

Cuando Joyce le confiesa que ella estaba en sus primeros poemas ese nombre resuena en la vía láctea de un firmamento literario poblado de agujeros negros. Las cartas no son sino un eco más de una obra en proceso, en ellas se dirime la disyuntiva postulada por Yeats entre ser hombre y ser poeta.


LUIS THONIS




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