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(Poesía -Editorial Cinosargo)

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Sobre perfumes y caricias musicales

Enviado por Ignacio Cardenal el 02/09/2011 a las 21:20
Ignacio Cardenal

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Aprovechó la ausencia del catedrático para enviarle un mensaje de texto a su amada novia. No dejaba de pensar en encontrarla al caer la tarde en la plaza de Palas. Ella también le había respondido con otro mensaje sugestivo. Tomaba su última clase sintiendo como la ansiedad por estar con él crecía desde el día anterior. Simultáneamente miraron sus relojes, salieron de las aulas a las seis en punto y fueron a encontrarse al sitio convenido.

            Llegaron casi al mismo tiempo a la fuente. Lucía hermosa con sus cabellos sueltos, el escote discreto pero provocativo y sus jeans ajustados. La abrazó y besó con la efusividad que a ella encantaba, mientras aspiraba el aroma natural de su piel. Ya fuera por ese olor o por la nostalgia de volver a verlo, lo veía aún más atractivo. Su mirada era tierna pero pícara a la vez. Todo su cuerpo le inspiraba la sola idea de consumar la promesa que le hubiera hecho. Sabía cómo atraerla a él sin forcejeos ni proposiciones insípidas.

            Dejaron la universidad juntos para abordar el autobús justo frente al Hospital Bloom. Conversaban de sus estudios, investigaciones para la siguiente semana y sobre los objetos que habían acordado traer para aquella noche. Él le aseguró que todo estaba bien guardado dentro de su mochila. Pronto no habría más necesidad de pensar en sus obligaciones académicas. La muchacha sonrió maliciosamente.

-¿Pero vamos a comer algo antes?

-¿Qué querés comer?

-Mmm…. Sólo un sorbete ¿y vos?

-Va chivo también quiero…

Y le reveló con su mirada sus verdaderos apetitos. Ella lo besó en la mejilla invitándolo a bajar a Metrocentro. Compraron un par de conos, pasearon mirando las vitrinas tomados de la mano mientras dejaban al sol ocultarse tras el volcán. Eran cerca de las siete de la noche cuando partieron a su destino. El muchacho pagó al recepcionista la tarifa establecida y subió con la chica a una de las habitaciones del segundo piso del hotel K… que estaba cerca del famoso centro comercial. La noche era exquisita. Desde la ventana de la alcoba podían verse las luces alumbrando la silueta del Quezaltepeque, los faroles del Boulevard de los Héroes iluminando las aceras y los autos que corrían como buscando un objetivo. Metas de descanso, diversión o intimidad.

            Estaban por fin solos. Le había prometido un masaje para aliviarle la tensión de la semana. Tres laboratorios, un parcial y una exposición la habían dejado exhausta. Lavó sus pies en la ducha de la habitación para darle tiempo al muchacho de colocar las velas en la mesa de noche. Las flamas iluminaban tenuemente el lugar mientras la música relajante que empezó a sonar desde el celular de su novio conmovió a la chica en lo más profundo de sí. Regresó a acostarse en el lecho boca abajo, dispuesta a dejarse llevar por la balada instrumental de fondo. Él también se había quedado descalzo para acomodarse mejor en la cama. Había además colocado su camisa en un rincón de la alcoba y tenía entre sus manos un frasco de crema humectante para aliviar el estrés de su amada con sus caricias. Ella no pronunciaba palabra alguna. Descubrió levemente sus hombros para sentir las palmas de sus manos relajando sus entumecidos músculos. Las velas liberaban exquisitos aromas haciéndola tranquilizarse cada vez más. Incienso, vainilla, cedro, flores silvestres, tambores suaves, flautas misteriosas…. Y sus manos masajeando cada vez más fuerte, mientras percibía como reclinaba todo su cuerpo para dejarle sentir sus deseos más profundos.

            Terminó por desabotonar su blusa y desabrochar su sostén. Su piel blanca era exquisita. Lo hacía delirar con el perfume de rosas que se impregnaba en sus poros, con la belleza de sus formas femeninas. No dejaba de murmurar en su oído lo mucho que la deseaba, que había pensado en ella todo el día para terminar la semana juntos, deslizándose sobre cada centímetro de su ser. Combinaba sus susurros con el ligero vaivén de su sexo entre sus piernas, sintiendo como la respiración de su novia se aceleraba poco a poco, deseando perderse en el éxtasis de su cuerpo, mezclado con la música que se intensificaba. Las llamas crepitaban con más fuerza. La oscuridad del cuarto desaparecía con las luces de aquel exquisito placer y el aroma de vainilla la volvía loca.

-Poné tus manos aquí…

El respondió siguiendo sus dedos hasta encontrar la redondez de su busto. Besaba la base de su cuello mientras acariciaba los senos de su novia con intensidad y lentitud. No quería parar. No pensaba en cambiar de posición mientras pudiera prolongar su gozo como prolongar la noche sobre el día. Recorría su espalda con sus labios, retornaba hasta sus orejas para morderlas ligeramente mientras le decía cuánto la amaba, cuánto ansiaba tenerla consigo para siempre, sin las penas del trabajo, la economía y aquella psicosis callejera de la muerte. Y como quería poseerla, sujetaba sus caderas invitándola a bambolearse para que rozara su sexo con la suavidad de sus glúteos, haciéndola gemir de deseo.

-Date la vuelta…       

La ayudó a colocarse con suaves pero intensas maniobras. Ella lo miró a los ojos mientras desabrochaba su cinturón, perdiéndose en los besos que le daba. Metía su lengua dentro de su boca y jugaba a hacerle el amor sin control tras el muro de sus dientes, a la vez que bajaba sus blancas palmas por sus piernas, sujetándolo desde atrás para acercarla a sí. Creyó escuchar una melodía céltica o andina, incapaz de identificarla por el afán de amarlo. Él se extraviaba entre sus pechos con romance morboso, mordiéndola suavemente, dándole las caricias que sólo él conocía para hacerla pronunciar fogosas palabras. Estrujaba con pasión sus muslos atrayéndola a él, tentándola para que le permitiera entrar al aposento de sus delirios. La desvestía lentamente, mientras ella correspondía desnudándolo por completo para apoderarse de su erección, recorrerla con sus manos y arrancarle un par de gemidos de su voz varonil. No sabía ya si la sorprendería orientando su cuerpo de otro modo sobre la cama, o si la embestiría entre sus piernas sin preguntar ni pedir permiso. Pero lo sentía rozar sus labios, sentía luego sus manos alejarse por sus encajes. Y luego regresaba a su monte de pasión afrodisíaca para enloquecerla con sus dedos mientras sus lenguas se volvían una sola, extraviándolos en el tiempo y el espacio. 

            La sorprendió al abandonar sus labios, recorriéndola lentamente por el canal de sus pechos hasta la circunferencia de su ombligo. La devoraba a besos. Aprisionaba sus muslos para expresarle sus ganas de poseerla, al tiempo en que la relajaba para prepararle a su sorpresa. La mente de la chica se extraviaba en la sensación de sus dedos presionando sus ingles, y su boca besando fuertemente su abdomen, hasta que la poderosa experiencia de los labios de su amado enredándose en su intimidad la llevaron al borde del éxtasis. Quería más. Deseaba más. Que no parara. Que aquello fuera infinito. Él se deleitaba con la calidez del sexo de su novia. Piernas torneadas, busto mediano y firme, caderas de compás perfecto… siempre lo hacían anhelar la belleza de su parte más privada, la que disfrutaba con su lengua sin cesar para arrastrarla al límite de la ansiedad por fundirse con él. Aunque arrebatado por el deseo de penetrarla sin más, sabía que debía esperarla. Sólo era cuestión de segundos para escuchar una de sus frases favoritas cuando le hacía el amor.

-Ya…dale ya….

Movió sus piernas lentamente. Ella se acomodó con espontaneidad para complacerlo. Se enredó en su cintura mientras él la sujetaba de sus caderas para penetrarla con fuerza. La miraba a los ojos jadeando con el ritmo de su vaivén, mientras ella lo abrazaba contra su cuerpo para sentirlo dentro de sí. Y gemía junto con él, uniendo sus latidos a compás. La música parecía ser más intensa. Tambores, harpas, trinos de la naturaleza, murmullos del viento, olas agitadas de la mar y cánticos en idiomas incomprensibles para la razón, pero clarísimos al instinto. Una invitación del cosmos entero para fundirse en un suspiro de amor y deseo. Las velas se extinguían. El incienso y la vainilla acariciaban sus narices volviéndolos una sola cosa. Las flores y el cedro los envolvían en sus eróticos mantos invisibles. No había entre los dos distancia, ni ayer, ni mañana. Sólo el ritmo de expandir y contraer. Sus ojos se perdían en el éxtasis hasta que, entre la fuerza primitiva de sus pelvis se amalgamaron en un gemido sordo. Una explosión arrolladora que sin ni una palabra ni sonido los devolvió al principio del universo.

            Respiró de nuevo como saliendo de lo más profundo del agua. Ella lo siguió volviendo a la vida sujetándose a su espalda. No quería desunirse de su novia. Estaban próximos a graduarse y pretendían construir juntos un futuro luego de estabilizarse. Pero sabía que aquello era sólo el gesto de su unidad, y ella siempre se lo recordaba con la ternura de su intrigante mirar. Volvió a besarla al tiempo en que se acostaba a su lado para acomodarla sobre su pecho. No había necesidad de palabras ni de música. Él la amaba y sabía que estaba dispuesto a mirar junto con ella en la misma dirección. Y mutuamente seguros de que aquello era verdad, soplaron a la vez sobre las velas para dormirse en el descanso de saber que ninguno caminaba solo entre las vicisitudes y la muerte.

 

Ignacio Cardenal

30-08-2011 / 3:23 p.m.

 

 

 

 

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