POR ALLÍ, LAS MUJERES
Textos y fotografía: Wilfredo Carrizales
1
Ella consideraba que su cuerpo era maravilloso. Muy fácilmente sonreía y se le hacían unos hoyuelos en las mejillas. En ese momento su figura mostraba todo su esplendor. Ella necesitaba con frecuencia pronunciar las turgencias de su pecho. Su juventud había pasado hacía largo tiempo, pero cuando posaba desnuda para las fotografías su mente retrocedía hasta la época que la vio de veinte años. Entonces se movía como una mariposa acicateada por el calor y fruncía los labios en un mohín de falso enfado. Acaso ahora se imaginaba cual una rechoncha diosa de alguna pintura rupestre y se llevaba un brazo a la cara para ocultar su repentina vergüenza. Desde algunos meses atrás había decidido cambiarse de nombre. Pretendía que la llamasen Nadal y para ello ya había preparado tarjetas de presentación. Nunca las llegaría a usar porque la muerte la esperaba en un cruce de calles con un añoso puñal de espanto.
2
La joven mujer se tumbó de lado en el piso, ya sin ropa, y fijó su mirada sobre los angelitos que revoloteaban a todo lo largo de las paredes de la habitación. También ella se sentía un ángel, pero uno con las alas transparentes, los senos pequeños y sin vello en el pubis. Permaneció en esa postura, absorta, por impreciso tiempo. Su espíritu salía de ella, daba algunas cabriolas y regresaba a su receptáculo. Detrás de ella se escuchaba, con intermitencia, un clic y un ruido de ruedas que se desplazaban. Al cabo de una hora, una voz de hombre le dijo a la mujer que la sesión había terminado y que podía cambiar de posición. Ella se tendió con el dorso hacia abajo y levantó un poco su grupa, con las piernas separadas beatíficamente. Se hizo la oscuridad total y la mujer sintió cómo un serafín le introducía un grueso hisopo en medio de un coro celestial. Un flash repentino captó la escena para la posteridad.
3
Él sabía que ella lo estaría esperando sentada a horcajadas, desnuda, sobre la breve mesita cubierta por un extenso mantel adornado con formas voluptuosas. El espigado, alto y estilizado cuerpo de la mujer merecía los puntiagudos senos que, soberbios, apuntaban un tanto hacia los lados y las redondeadas y sensuales nalgas que absorbían la poca luminosidad del recinto. Al escucharse el canto de medianoche de los gallos, la mujer acercaba la mesita hacia una de las paredes y cerraba los ojos. De inmediato, por la ranura que servía de tragaluz el hombre introducía su brazo derecho hasta que el dorso de la mano tocaba el mentón de la mujer. Al llegar a este punto, la mujer comenzaba a besar y a oler la mano masculina, mientras sus propias manos acariciaban el interior de los muslos. Cuando ella sentía los conocidos sonidos guturales de él aplicaba con insistencia su lengua sobre las venas que habían iniciado su hinchazón. Al unísono, ambos prorrumpían una exclamación de júbilo. La mano del hombre exudaba un sudor dulzón y el moño castaño de la mujer se soltaba con un arrebato de ondulaciones sobre su espalda arqueada.
4
Nunca le pudimos ver el rostro a aquella mujer que solía bañarse desnuda y de espaldas, a la misma hora vespertina, en el cuarto de baño ubicado enfrente y un piso más abajo que el bar donde ya éramos parroquianos. Todo había comenzado una calurosa tarde de verano, unos meses atrás, cuando junto con mis contertulios habituales disfrutábamos de unas jarras frías de cerveza sentados en la mesa final del bar, la que exactamente estaba recostada del ventanal que nos servía de puesto de observación. De pronto, uno de nosotros se percató de una mujer que estaba ingresando, como su madre la trajo al mundo, al cuarto de baño marchando hacia atrás. Nos pusimos todos alerta. La mujer no cerró las cortinas y comenzó a ducharse. Tenía unas amplias espaldas y un culo enorme, pero bien formado y turgente. Mientras se duchaba la mujer se enjabonaba con delicadeza y luego hacía derrapar una toalla pequeña por entre sus exuberantes nalgas. Nuestras cervezas se agotaban mucho más rápido que a las otras horas. No faltó quien quiso masturbarse allí mismo, pero no lo permitimos. Aquél espectáculo tenía que proseguir a diario aunque después saliéramos del bar calenturientos y trastabilleando, mas alegres de poseer un secreto sólo por nosotros compartido. Ni siquiera el dueño del bar se enteró. No obstante, a él le llamó la atención la puntualidad de nuestros encuentros etílicos y el aumento del consumo a determinada hora de la tarde. Nunca le pudimos descubrir la cara a aquella mujer que se bañaba desnuda para nosotros. Sin embargo, cada uno de los contertulios se la imaginaba a su manera y eso, al final de cuentas, era lo más importante.
5
El soldado no podía olvidarla. Sobre todo recordaba con precisión la imagen de ella frente al espejo el día de su partida al frente de guerra. Ella se peinaba frente a un espejo rectangular con marco de madera carcomida. Se arreglaba una y otra vez su revuelta cabellera y no lograba ponerla en orden. En ese momento llevaba puesta una larga falda plisada y el sostén le colgaba de los antebrazos. Mientras él trataba de despedirse, ella farfulló algunas palabras ininteligibles. No quiso darle el beso del adiós y el soldado se marchó arrastrando una pesada tristeza.
Ahora el soldado está agazapado dentro de una casa semiderruida. La extenuación lo tiene casi paralizado, al igual que a sus tres o cuatro compañeros. El soldado ladea un poco la cabeza hacia la derecha y un reflejo de un rayo solar le obliga a cerrar los ojos. Alza unos centímetros la cabeza y un espejo de considerable tamaño que reposa recostado de un pilar denuncia su presencia. El soldado se arrastra con sigilo hasta donde está el espejo y se mira en él. No ve su imagen reflejada sino la de su amiga que continúa peinándose, pero con un rastrillo y cuando el soldado se pone de pie para quebrar el espejo con la culata de su fusil, una ráfaga de ametralladora lo lanza de bruces contra la superficie brillante y un retrato sanguinolento de mujer queda fijado a la placa de vidrio.
6
Estaba sentado solo en la banqueta de madera del cuarto de sauna. El quemante vapor invadía todo el ámbito y me hacía transpirar copiosamente. Me hallaba sumido en apesadumbrados pensamientos. Muchas veces había venido con mi amante de tantos años a este mismo establecimiento y nuestros cuerpos lograban una beneficiosa sudoración. ¿Cómo suponer que su corazón un día no soportaría la intensa temperatura y estallaría? Desconsolado, me tragaba mi dolor. Me levanté para echarle agua a las piedras hirvientes y, de súbito, tras la pared de cristal empañada hizo su aparición la figura de una mujer de grandes, opulentos y bellos senos. Restregaba su torso desnudo, con constancia y apremio, sobre el vidrio velado por el vapor y en el movimiento sus manos se adherían a la superficie como las patas de una rana. Del rostro de la mujer apenas se divisaba la barbilla. Debo reconocer que quedé paralizado, sin atinar a gritar o a salir en huida. La mujer continuó con más ahínco su accionar hasta que sus pezones adquirieron un resaltante color púrpura. Saqué coraje y me aproximé a la pared de cristal. Con una toalla limpié la parte enturbiada y quedó al descubierto la faz de la mujer. La piel de su semblante parecía haber sido halada y la nariz y los párpados demostraban una evidente tumefacción. No recuerdo si grité o tal vez el grito quedó ahogado en la garganta. Golpeé con los puños el cristal y me desvanecí. Así me encontraron los empleados del sauna pocos minutos después y luego sólo atiné a decirles que había sufrido una alucinación.
7
Me complacía sobremanera tomarle fotografías a Diana en plena campiña. La desnudaba, la hacía subir a una piedra no muy alta y luego le daba un arco y una flecha rústicos. Le indicaba que se colocase de perfil, con el arco tenso y su cuerpo medio curvado y su pierna derecha un poco combada, pero apoyada en los extremos de los dedos. En esa impresionante posición le tomaba fotografía tras fotografía y ella no se movía. Podía permanecer así durante una hora, sin pestañear y sin mostrar agotamiento. Luego le hacía una seña para que bajase de la piedra y allí mismo sobre la roca hacíamos picnic. Todo transcurría en silencio, porque ella era sordomuda e inexpresiva y yo de escaso hablar. Mientras comía Diana no me veía. Fijaba su mirada en algún punto perdido del horizonte.
Una tarde, como una cualquiera de tantas, salimos de nuevo al campo. Diana iba ataviada con un hermoso vestido blanco lleno de estampados ánsares en vuelo. Sin esperar mis órdenes, se despojó del vestido (nunca usaba ropa interior) y trepó a una roca adecuada con el arco y la flecha prestos. Asumió la sabida posición y yo comencé muy alegre a tomarle gráficas. En un momento su pierna izquierda se dobló más de lo necesario y se lo indiqué con un gesto de irritación. Diana giró su cuerpo hacia mí, tensó aún más el arco y disparó la flecha. Vi venir el proyectil a toda velocidad y en fracciones de segundos lo tenía encajado en medio de las cejas. Ella saltó de la piedra con el arco en bandolera y emprendió una carrera a campo traviesa hasta perderse de vista, tragada por las hierbas y pajas mecidas con suavidad por una brisa que traía aromas extraños.
8
Se desprendió de una de las ramas más altas del vetusto arce y cayó al suelo de espaldas, con los brazos y las piernas extendidos. Quedó con la cabeza medio ladeada y con los ojos brotados. De su boca salió un fino hilo de sangre. Su cuerpo desnudo y moreno contrastaba con el color del terreno. Una gigantesca hoja del antiguo árbol se soltó de entre el follaje y descendió sobre el cuerpo de la muerta, cubriéndola hasta el cuello. Las nervaduras resaltaron las curvas líneas del cuerpo inerte, en especial los bordes de los senos y la entrepierna. Cuando me acerqué a contemplarla su oreja izquierda se estaba transformando en una blanca hoja del mismo árbol que ahora le daba sombra. Jamás quise indagar porqué esa muchacha estaba trepada a aquel inmenso árbol y cuál fue la causa de su inesperada caída. Únicamente me limito a dejar asentado el suceso aquí.
9
En una ocasión regresaba, medio ebrio, a mi cuarto de hotel. Era casi la una de la madrugada y el largo corredor estaba solitario y en penumbra. A punto de llegar a mi habitación escuché los conocidos acordes del “Concierto para violín No. 2” de Niccoló Paganini. La música parecía provenir del cuarto contiguo al mío. Atisbé a través de la cerradura de la puerta y me sorprendió encontrarme con medio cuerpo femenino desnudo. Las nalgas reposaban encima de los talones y los dedos de las manos tamborileaban con maestría sobre los glúteos resplandecientes y marfileños siguiendo los pizzicatos de la pieza musical. “El violinista del diablo” parecía estar en persona en la habitación tocando su famoso instrumento. Durante los andantinos las falanges de los dedos de la mujer iban y venían desde el ano hasta los bordes de la vulva. Mi ojo quería penetrar por la cerradura y convertirse en uno más de los dedos que se mojaban en las hendiduras. Cuando estaba a punto de bajarme la cremallera del pantalón para extraer mi miembro exageradamente hinchado y darle alivio oí una voz que detrás de mí me pedía permiso para tocar la puerta. Era un camarero del hotel que traía una bandeja y sobre ella una botella de champán metida en un envase con hielo. Desde dentro de la habitación le ordenaron entrar y pude mirar a un hombre sesentón, con pronunciada calvicie y quevedos, vestido con un overall de obrero ferroviario, sentado en un sofá confortable, mientras una mujer desnuda, de pubis depilado y diminutos senos y con el rostro pintarrajeado con diseños florales, parada detrás de él, le acariciaba la cabeza delicadamente y su mirada expresaba delectación infinita. El camarero cerró la puerta tras de sí. Escuché risas y el sonido de la botella de champán al ser descorchada. Un instante después retornó Paganini y yo me introduje en mi habitación para encontrarme con mi propio diablo.
10
Iva me llamaba por teléfono cuando sentía la necesidad de que yo la viera masturbándose. Eso solía acontecer los sábados por la noche, a cualquier hora. Yo tenía llave de su apartamento y entraba sin avisar. Indefectiblemente ya ella me estaba aguardando sentada sobre una silla poltrona, despojada de toda vestimenta, excepto unos largos guantes negros de seda y unas medias amarillas que le cubrían hasta más allá de las rodillas. A veces calzaba unas botas que se trenzaban hasta el comienzo de las corvas, se colocaba una gruesa gargantilla de cobre y se enrollaba el pelo con una tira de tela gualda. Iva era regordeta, de mediana estatura y sus prominentes pechos atraían la atención de inmediato. No era bella, pero sí muy agraciada y sus carnosos y rojos labios provocaban morderlos sin límite de tiempo. Iva simulaba no verme entrar y encendía una lámpara que la iluminaba de costado. Yo me recodaba sobre una mesa y comenzaba a atusarme los bigotes. Esa era la señal convenida para que ella iniciara su masturbación. Fijaba su mirada en el vacío y abría con parsimonia sus macizos y contundentes muslos. A continuación bajaba su mano izquierda enguantada y hacía deslizar su dedo medio, de arriba abajo, por su rajadura brotada y exenta de pendejos. Con su otra mano apagaba y encendía la lámpara para crear una atmósfera irreal que sirviera de caja de resonancia de sus quejidos. Al llegar al clímax sacaba su lengua y la hacía moverse como la cabeza de una cobra y su dedo medio se hundía a cabalidad en la hendedura de la cual brotaba un potente chorro. Retiraba con lentitud su mano mojada y un pestañeo involuntario me señalaba que ahora era mi turno. Extraía de mi chaqueta un blanco e impecable pañuelo y me le acercaba. Luego me arrodillaba y procedía a secarle con inefable ternura su coño extraordinariamente humedecido. Finalmente me llevaba el pañuelo a la nariz y absorbía con estudiada fruición la gama de aromas que de él se desprendía. Iva entonces caía en un sopor y yo me retiraba, no sin antes anotar sobre el pañuelo la fecha del evento.






































Las mujeres que las fantasías ...