
Solía verla llegar religiosamente al caer la tarde. Un gorro de tela, su bolso oscuro y una cajetilla de cigarrillos que parecían no acabarse nunca. Tomaba asiento en el mismo lugar ordenando el capuchino de costumbre junto con el periódico vespertino. Nada interrumpía su asombrosa concentración.
Para él era un solemne placer atenderla, aunque su semblante serio no cambiara en lo absoluto. Llevaba ya seis meses sirviendo a la clientela del café sin haber encontrado otra persona mucho más interesante que aquella muchacha. Dos meses después de haber sido contratado, ella apareció -quién supiera de dónde- a ejecutar su perfecta rutina. No cesaba de vigilar que el reloj marcase las cinco en punto para verla llegar, llevarle el menú a su mesa, y luego dejarla leyendo tranquilamente hasta que volvía a él para cancelar su pedido.
-Son 5.75. Muchas gracias por su compra. Que le vaya muy bien.
-Gracias.
Y se marchaba en punto de las seis treinta. Él la contemplaba tras el mostrador, embelesándose con el ritmo de su andar. Así, poco a poco, la muchacha del bolso oscuro se volvió más que un recurrente pensamiento en sus recuerdos. La observaba discretamente fumar su cigarrillo mentolado preguntándose quién era, de dónde vendría y el porqué de su silencio. Deslizaba sus ojos en el contorno de su silueta tratando de descifrar su edad mientras preparaba las órdenes de los otros clientes. Otras veces fingía barrer alrededor de su mesa para acercarse a mirarla, impresionándose con su impasibilidad frente al periódico. Pensó que seguramente la chica fingía no darse cuenta y optó por retirarse en virtud de sus códigos de ética profesional. Sin embargo, al día siguiente se convenció de lo que sospechaba gracias a una mirada fulminante que le lanzara su cliente al pagarle el capuchino. Con mucho esfuerzo disimuló su vergüenza bajando la vista y entregándole el cambio. La muchacha se marchó sin dar las gracias, y no dudó en pensar que tal vez le habría disgustado su proximidad mientras barría. Pero como su terquedad podía más que su razón la mayoría de las veces, decidió que por lo menos debía conocer el nombre de la misteriosa dama.
El joven había aprendido a dibujar en sus ratos libres, habilidad que adquirió más por pasatiempo que por afán artístico. Decidió que el mejor pretexto para conocerla sin aprovecharse de su ocupación era un retrato. Nuevamente el sol se ocultaba tras el volcán, la muchacha aparecía como era su costumbre, ordenaba el mismo capuchino y se hundía en las letras de las noticias. Era la modelo perfecta. Tan sólo movía su mano para fumarse el cigarrillo, dándole suficiente espacio al chico para esbozarla. De vez en cuando escondía el boceto para atender a otros clientes que recién llegaban, o bien que se marchaban pasando primero por la caja registradora. Mas volvía a sus trazos con ahínco, murmurando todos los nombres posibles para la misteriosa mujer del gorro de tela. Ninguno parecía irle demasiado bien, pero tampoco ninguno lucía encajar con su esbelta apariencia. Era fascinante. Aunque consciente de que lo más sencillo del mundo sería preguntarle, la seriedad de su mirada lo aterraba en lo más íntimo. Y al dibujarla, sus tajantes ojos oscuros se volvieron el rasgo más difícil de captar en el retrato.
La chica lo sorprendió con el grafito en la mano. Sin poder evitarlo el muchacho le reveló una mirada nerviosa y un rubor repentino en sus mejillas. Por primera vez vio una leve sonrisa en los labios de aquella mujer quien le preguntó por la figura en el retrato.
-Me va a disculpar, pero es para usted.
-¿Para mí?
-Sí, espero que no la incomode. Solamente que…
-Muchísimas gracias –dijo ella interrumpiéndolo con otra cálida sonrisa.- ¿Solamente me falta pagarle verdad?
-Este... sí, pero si no es molestia, sólo quería entregarle el retrato para saber su nombre.
-¿Por qué no sólo me lo preguntó?- respondió ella sacando el billete con el rostro de Lincoln.
Él tomó el dinero como le dictaba la rutina sonriendo sin poder evitarlo.
-Es que usted es bien seria. No fuera a ser que la interrumpiera – dijo imprimiendo la factura.
Ella guardó sus cosas y reparó hasta entonces en el carnet que colgaba de la camisa del muchacho. Se acercó hasta su oído y le dijo:
-No tenga pena Ernesto. Me llamo Sofía.
Y besándolo en la mejilla tomó su boceto y salió del café sin fallar en su horario. Ernesto suspiró aliviado, satisfecho de haber descubierto el misterio que ahora le dejaba poseer a Sofía por completo.
Ignacio Cardenal
09-08-2011 / 3:56 p.m.






































