
Contra la atrofia cultural
Por Daniel Maldonado
Giovanni Sartori tenía razón: la ignorancia se interpreta como una virtud, la incongruencia y el apocamiento mental se fomentan como una liberación de la racionalidad; la amenaza del pensamiento insípido ha instaurado un clima de confusión mental y crecientes ejércitos de nulos mentales, el desprecio al conocimiento sigue cosechando con fuerza los frutos de una cultura de la incultura.
Todos los aspectos citados se manifiestan en lo cotidiano: desde la programación televisiva que tiene en la mediocridad y lo insustancial su mayor dispendio, hasta la enajenación, la corriente de opinión sustentada en la necedad, el endurecimiento de los prejuicios, la visión enana acerca de fenómenos políticos y sociales y un analfabetismo funcional encadenado a un alejamiento de la cultura política indispensable para el ejercicio democrático. La paideía, la formación integral de un determinado tipo de ser humano, resulta entonces una educación especializada en la incultura; el equilibro psicológico y la búsqueda de la felicidad que supone se tuercen para convertir a las personas resultantes en idiotas mecanizados cuya mayor satisfacción es el impulso de consumo, siempre insaciable, y el atiborramiento de los instintos básicos a la espera del próximo estímulo siempre más fuerte y más aventurado.
El hombre como mercancía del hombre sigue su ascenso vertiginoso y el valor de cambio de la personalidad, las cualidades humanas, ejercen la compra-venta en el mercado social. La identidad se fragua en función de las representaciones que los otros se hacen de la persona y la popularidad domina a la autoestima: en la medida en la que los demás me dan valía mi identidad se concreta; pero esa identidad sólo puede ir acorde a los parámetros establecidos por el consenso generalizado, cualquier desviación de la norma puede amoldarse también a la enorme cantidad de estereotipos que falsean la personalidad genuina; en el mercado de las rarezas las personas pueden escoger su máscara prefabricada: tal como sucede con el fenómeno de consumo de moda y estilo de vida hipster –una categoría mercadológica que engloba a jóvenes de clase media y alta, despreocupados amantes de la música indie o “alternativa” quienes presentan una imagen cool (el exhibicionismo de lo calmado, según el escritor Heriberto Yépez) entronando la estética de la moda impecable así sea fachosa–; otros grupos de identidad de molde concebido por el mercado los constituyen las tribus urbanas.
Así el sentido de identidad originado en las experiencias propias, en el pensamiento, el sentimiento, la decisión, la opinión y la acción individual es abolido, se transita hacia la alienación, el sometimiento de la voluntad y la conducta se ejercita y es estimulado por las expectativas ajenas; se llega al desconocimiento de los deseos, pensamientos y necesidades propias fijadas por autoridades anónimas y la impotencia, el malestar psicológico y las enfermedades sociales abruman el sentimiento generalizado de nulidad (como lo desarrolla en Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, Erich Fromm). La posibilidad de ser original se desbarranca y “lo renovado” se ilumina con su oferta bajo el sol artificial de la cómoda homogeneidad: rebelarse vende –título del libro de Joseph Heath acerca del consumo de la llamada contracultura, nación de rebeldes: por qué la contracultura se convirtió en consumo cultural es su título original traducido– y el tránsito de lo marginal al centro se realiza con la absorción casi natural que los grupos hegemónicos de poder ejercitan: el lugar común de la foto de “el Ché” como iconografía de consumo; el símbolo de amor y paz; la estrella roja en morrales, las playeras con las figuras del Subcomandante Marcos y Zapata o la debacle del esténcil: la plantilla que aún se conserva como instrumento de protesta pero que ha sido absorbida por el arte decorativo Trendy (una falsa desconexión, una supuesta vía de escape que tiene en el consumo de moda y música marcados por “el momento” su acabado). Incluso fenómenos como la narcocultura, las botas picudas y la música “guarachero tribal” originada esta última en Matehuala, San Luis Potosí, son ejemplos de expresiones culturales que buscan una incorporación desde la periferia hasta el centralismo del mercado.
El problema con la atrofia cultural no radica en la falta de expresiones. Tampoco puede esgrimirse la miopía y el argumento fácil de solicitar un aumento en las expresiones de la “alta cultura” de las Bellas Artes, cuyas manifestaciones siguen presentes a pesar de lo discutible de su alcance o la cantidad de su público. Estos elementos son indispensables para ejercer un contrapeso a la insustancialidad, cierto; pero no es sólo eso. La palabra clave y el problema prioritario es lo insustancial: las expresiones culturales atrofiadas pierden su reflejo del espíritu de una época y se transforman en productos de consumo. Son similares a lo acontecido con la degeneración del happening y el performance y el arte conceptual: expresiones efímeras que buscaban en un principio concebir el acto perecedero de la creación, el ejercicio ritual que removiera e involucrara al espectador a través del arte (en el caso del performance), para al paso de los años y tras el desgaste de los métodos de creación convertirse en meras ocurrencias ininteligibles sustentadas y amparadas sólo por el discurso, obras sin capacidad de diálogo o expresión armónica y perturbadora del conflicto del hombre en, para, con y desde la existencia. (Aquí son muy recomendables los textos del blog de la crítica de arte Avelina Lésper, avelinalesper.blogspot.com)
El doctor en literatura Ignacio Sánchez Prado en su ensayo Para una literatura comprometida, publicado en la Revista Crítica el 5 de septiembre de 2011 (disponible en la red), nos otorga una excelente lección de literatura y varios ejemplos del compromiso del creador con su obra. En el texto el escritor nos habla de cómo hay autores que saben explorar con su arte la profundidad filosófica y la representación de los problemas humanos más allá del maniqueísmo ligándolo al ser imaginario de una época. Concebir y difundir obras que recuperen la tradición artística y vayan más allá del maniqueísmo y el utilitarismo podría ser un primer paso para combatir la debacle cultural que nos oprime. La lucha por expresiones culturales sustanciales y una lucha por distintos métodos de educación, contenidos mediáticos y fomentos culturales que los incluyan darían pasos más amplios en el combate de la atrofia cultural y el ascenso cada vez más sólido de la cultura de la incultura. La suerte sigue echada.





































