
WITOLD
GOMBROWICZ, LA POESÍA Y CHAPAUZA DELICIOSA
“Es poesía de
pacotilla, una chapuza deliciosa. Siempre he tenido tendencia a
disfrutar con lo bajo y quién sabe si no he malogrado mi vocación
apartándome de ese camino cochino. En ‘El casamiento’ y en ‘Acerca de lo
que ocurrió a bordo de la goleta Banbury’ no falta esta clase de
borrachera, pero debería aumentar aún más la dosis. Todo lo que raya con
el sueño me encanta y me excita (...)”
“En medio de un sueño
apartado de la chapuza deliciosa camino por esa avenida bordeada de
eucaliptos, al anochecer, en compañía de pensamientos inquietantes. La
hora del crepúsculo es inverosímil”. La cuerda de Gombrowicz se tensa
por un camino cochino entre los sueños de pacotilla y los sueños
de la poesía. Gombrowicz no andaba muy bien que digamos con la
naturaleza
La importancia que fue tomando el dolor respecto a la
muerte cambiaron la actitud del hombre con la naturaleza. Ahora está más
inseguro y confuso que antes y se le acentuó su contradicción con ella.
Hay un pasaje famoso de los diarios de Gombrowicz, el más hermoso de
todos, en el que descompone en partes el devenir de un crepúsculo y,
simultáneamente, las vuelve a componer restituyéndole a la forma un
carácter humano.
Nos podemos acercar al sentido de este pasaje por
el lado de la forma. Parece que la estuviera comparando con el
crepúsculo, o por el lado de la naturaleza, porque el crepúsculo es una
manifestación de la naturaleza; Gombrowicz se le acercó por el lado de
la naturaleza. No es extraño que sea así, sus narraciones notables sobre
la vaca, los escarabajos, el perro de Dus las hace en la estancia de
Wladyslaw Jankowski en
Necochea.
Gombrowicz hizo algunos intentos para personalizar a
la naturaleza, pero este camino hacia la humanización de lo que no es
humano se le agotaba en una vacuidad que le producía pereza y aversión.
La descripción del crepúsculo estaba acompañada por el pensamiento de
que la naturaleza ya no era para nosotros armonía y sosiego como lo
había sido antes cuando el hombre se sentía como una partícula
proporcionada de ella.
De regreso a casa se siente sumergido. “Me
siento hundido en el no-ver, seguro de ser un demonio, un anti-caballo,
un anti-árbol, una anti-naturaleza, un ser venido de otra parte, un
extraño, un intruso, un forastero. Un fenómeno no de este mundo. Del
otro. Del mundo humano. La hora del crepúsculo es inverosímil..., esa
imperceptible y a la vez inminente volatilización de la forma (...)”
“La
precede un momento de enorme nitidez, como si la forma se obstinara, no
quisiera ceder, y esa
precisión de todo es trágica, insistente y hasta apasionada. Después de
este momento en que el objeto es él mismo al máximo, concreto, aislado y
condenado a su propia identidad, en la ausencia del juego de
claroscuros que hasta ahora lo envolvía, empieza un debilitamiento y una
vaporización de la materia (...)”
“Las líneas y las manchas se unen
originando una borrosidad cansina, el contorno no opone resistencia, el
dibujo al morir se vuelve difícil, incomprensible, es una desbandada
general, una retirada, la caída en una complejidad creciente... Justo
antes de que llegue la oscuridad, una vez más la forma se vuelve más
fuerte, pero ya no por lo que vemos, sino por lo que sabemos de ella
(...)”
“Ese grito suyo que proclama su presencia, ya no es más
que teórico... Después, todo se mezcla, la negrura brota de cada
agujero, se espesa el espacio, y la materia se convierte en oscuridad.
Nada. Noche”. Yo me voy a acercar a
este pasaje de una belleza sin par en el que se describe un momento de
la naturaleza, por el lado de la forma ya que Gombrowicz lo hizo por el
lado de la naturaleza.
Para darle una apariencia filosófica a estas
reflexiones podemos decir que forma es para Aristóteles aquello que
determina a la materia por lo cual algo es lo que es. En una mesa de
madera la madera es la materia con la que está hecha la mesa y el modelo
que ha seguido el carpintero es su forma. La relación entre la materia y
la forma nos permite entender cómo están compuestas las cosas.
Para
intentar una aproximación entre las nociones de Aristóteles y
Gombrowicz vamos a decir que en el lenguaje de Gombrowicz la materia es
la inmadurez y la forma es la forma. Pero la forma a la que se refiere
Gombrowicz es siempre la forma humana en su acepción de máscara que
oculta algo y que deforma el yo, un yo que sólo puede definirse por el
dolor que le produce una
deformación que lo aproxima a lo que no es y nunca a lo que es.
Nos
las estamos viendo con un carpintero diabólico. La forma es, por un
lado, la representación de ideas, valores, ideologías y creencias que le
fueron impuestos durante siglos a la humanidad, y por otro, la manera
particular con la que cada hombre los actúa como sustancias inmanejables
que le vienen dadas desde el subconsciente, desde la herencia y desde
mecanismos de asociación que no están presentes en su conciencia.
Para
que podamos ver en el lenguaje de Gombrowicz cuánto de forma tiene el
pasaje del crepúsculo veamos lo que dice él mismo. “Para que esto suceda
sólo deberíais reparar en cierta característica de la humanidad que
consiste en que ésta tiene que estar formándose constantemente. Es como
una ola compuesta por mil millones de partículas caóticas, pero que a
cada momento adoptan una forma determinada (...)”
“Incluso en un
pequeño grupo de
personas conversando libremente advertiréis esta necesidad de
armonizarse en una u otra forma que se crea por casualidad e
independientemente de su voluntad, por la mera fuerza de una adaptación
mutua…; es como si todos juntos asignasen a cada uno por separado su
lugar, su voz en la orquesta. La gente es algo que tiene que organizarse
a cada instante (...)”
“Sin embargo, esta organización, esta
forma colectiva, se crea como resultado de mil impulsos, y es por lo
tanto imprevisible e imposible de dominar para los que la componen”.
Pero quizás la verdadera vocación de Gombrowicz, como él mismo lo dice,
fuera la de sumergirse en la borrachera de la poesía de pacotilla, de la
chapuza deliciosa, y no en la forma inverosímil de un crepúsculo.
“Acerca
de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury” es la novela corta más
larga de Gombrowicz. La escribió en el año 1932, y sin saber que siete
años más tarde desembarcaría en
la Argentina, sueña con ella: “Bajo el hermoso cielo de Argentina, los
sentidos gozan gracias a una niña”. Y comienza la narración en forma
premonitoria: “Mi situación en el continente europeo se hacía día a día
más penosa y más equívoca”.
Pero lo más extraño es que en el
diario de la travesía, cuando se va de la Argentina, y sin decir que lo
hace, mete los relatos del ojo sobre la cubierta y del marinero que se
traga la cuerda del palo de mesana como si fueran episodios reales de lo
que está narrando. Gombrowicz está empeñado en construir catedrales y
en desarrollar composiciones arquitectónicas artificiales.
Con estos
instrumentos redondea algo bello, algo que duele, algo que existe. Esta
irrupción de los relatos en el diario de la travesía resulta
desconcertante, está contando la historia de un alejamiento conmovedor,
lírico, dramático y, de pronto, se coloca en una situación circense.
¿Por qué hace esto?,
porque la más larga de sus novelas cortas había sido publicada en
Francia un poco antes de su llegada a París con muy buena acogida.
Aquí
también se pone de manifiesto el carácter instrumental de sus
composiciones. En “Cosmos” intenta volver reales las asociaciones que
tiene en la conciencia, y ahorca al gato, un acto desleal pues falsea la
relación entre el ahorcamiento imaginario del gorrión y el ahorcamiento
real del gato. Se ponen en juego intencionalmente elementos reales para
configurar una estructura de elementos imaginarios de la conciencia.
El
protagonista lleva a cabo un acto desleal pues perturba lo que está
observando y sólo conocerá entonces el resultado de su perturbación. Con
el ojo humano y el marinero que se traga la cuerda del palo de mesana,
Gombrowicz, que en este caso es el protagonista, hace al revés, pone en
juego intencionalmente elementos imaginarios para configurar una
estructura de elementos
reales, otro acto desleal que arroja el mismo resultado.
El
humor, el erotismo, el aburrimiento y los sueños, de la novela corta más
larga de Gombrowicz, se sacan chispas y juegan una partida memorable.
En la primavera de 1930 el protagonista de “Acerca de lo que ocurrió a
bordo de la goleta Banbury” emprendió un largo viaje por motivos de
salud. Su situación en el continente europeo se tornaba día a día más
embarazosa y menos clara.
Le pidió a un amigo que le encontrara un
lugar en alguna de sus embarcaciones, y a la semana emprendió el viaje
en una hermosa goleta de tres mástiles con una capacidad de cuatro mil
toneladas cargada de sardinas y arenques, rumbo a Valparaíso. El capitán
Clarke le dio la bienvenida cuando subió a bordo de la goleta Banbury.
El primer oficial le cedió su camarote por una módica suma de dinero.
A
las horas el protagonista empezó a vomitar todo lo que tenía en el
estómago, y
para volverlo a llenar devoró toda la ropa de cama y la ropa interior
del primer oficial que estaba en el baúl, pero muy poco tiempo
permanecieron en sus entrañas. Sus gemidos llegaron al capitán quien,
apiadándose de él, ordenó que subieran al puente un barril de arenques y
otro de sardinas para que siguiera devorando.
Sólo al anochecer del
tercer día, después de haber consumido tres cuartas partes de los
arenques y la mitad de las sardinas, logró recuperarse. Cesó también el
movimiento de las bombas que limpiaban el navío. Se alejaban de Europa,
en una noche estrellada y apacible ocurrió algo que parecía relacionado
con los vómitos que había padecido el protagonista y que, en cierto
sentido, resultó premonitorio.
Uno de los marineros se llevó a
la boca, distraídamente, una cuerda que colgaba del mástil mayor. Muy
posiblemente, debido al movimiento vermicular del intestino, se la
empezó a tragar con tanta violencia
que el marinero fue izado como un trapo hasta lo más alto del mástil
donde quedó atascado con la boca completamente abierta. Dos mozos se
colgaron de sus piernas pero no pudieron hacerlo bajar.
Entonces, el
primer oficial tuvo la buena idea de recurrir otra vez a los vómitos.
Para despertarle la imaginación vomitiva le presentó al paciente un
plato lleno de colas de rata, el pobre infeliz, con los ojos totalmente
desorbitados, tuvo un acceso de vómito y cayó al puente tan pesadamente
que casi se rompe las piernas. Aunque en ese momento no le puso mucha
atención, el protagonista había presenciado ya dos acontecimientos
Ambos
acontecimientos con síntomas relacionados a la náusea, el del marino,
de carácter absorbente y centrípeto, y el suyo, de carácter centrífugo.
Las colas de las ratas, la nave y las espaldas de los marineros tampoco
le eran del todo extrañas. Smith, el primer oficial de a bordo, y el
capitán Clarke le
explicaban que el barco era bueno, y que si a alguien no le parecía del
todo bueno podía abandonarlo cuando lo deseara.
Al promediar la
conversación Clarke le pide a Smith que ordene a la tripulación tres
vivas para el capitán, y la tripulación lo viva tres veces. Los
marineros siempre estaban inclinados limpiando algo, de modo que
Zantman, así se llamaba el protagonista, no veía otra cosa que sus
espaldas. Una mañana le manifestó al primer oficial su convicción de que
la tripulación de la Banbury estaba integrada por mozos valientes y
honestos.
Smith le respondió que los tenía sujetos con el
taladro, que los trataba con puño de hierro y que no le daba una patada
en el culo al que se portaba mal, a pesar de que era lo único que
ofrecían, porque si pateaba a uno tenía que patearlos a todos por el
espíritu de igualdad, y que eso sería una tontería. El capitán comentaba
que arriba de la goleta no había papá ni
mamá
Tampoco había consulados, que él era el amo y señor de la vida
y de la muerte, que no había abuelos ni dulces ni bizcochos, que sólo
había disciplina y obediencia. Quería demostrarle a Zantman que tenía
poder, deseaba mostrárselo porque de vez en cuando lo asaltaba el
desánimo y se reblandecía. La dijo a Smith que si lo viera sin la hoja
de parra, como Dios lo trajo al mundo, no lo respetaría.
Sin los
pantalones blancos y los galones de oro en la gorra, no lo reconocería.
Al marcharse el capitán, Zantman murmuró que eso bastaba para él,
refiriéndose a las manías del capitán, y al momento el primer oficial le
contesta que no le aconsejaba hacerse el gracioso. De vez en cuando el
capitán y el primer oficial jugaban con bolitas de migas de pan, el
tedio se dejaba sentir tanto que se peleaban violentamente sin conocer
la razón de la riña.
Los oficiales bebían licores y los marineros
realizaban extraños
movimientos con el cuerpo, se inclinaban, apoyaban los brazos en el
suelo, estiraban las piernas y movían los hombros como lo hacen los
gusanos en la tierra. Smith le confiesa al protagonista que debido al
aburrimiento sus relaciones con el capitán se habían puesto difíciles.
Jugaban a picarse con agujas, vencía el que resistía más tiempo, estaba
picado como un colador.
Zantman le dice que habían creado un
círculo vicioso sin salida lateral. Tenían que procurarse un alfiletero y
colocarlo entre los dos. Smith lo miró con respeto y le dijo que estaba
sorprendido, que había resultado ser un magnífico navegante
experimentado, que tenía el colmillo de un viejo lobo de mar, que con el
alfiletero dejarían inmediatamente de pincharse.
A la tarde Smith
empezó a hacerle confidencias sobre la tripulación, la peor gentuza,
carne de horca recogida en los peores puertos del mundo, había que
tratarlos con mano dura, no pensaban en otra
cosa que sacarle el cuerpo al trabajo, que el peor de todos se llamaba
Thompson, con una boca en forma de culo de gallina como si quisiera
sorber vaya saber qué cosa, y que esa noche le iba a dar una lección.
Después
de decirle todo esto empezó a canturrear que de agua y tedio era la
vida del marinero. Posteriormente a la conversación sobre el alfiletero
con Smith el capitán cambió la actitud hacia Zantman, presumía que el
protagonista tenía sus propios métodos para combatir el tedio, que no
era de esos estúpidos ratones de tierra sino un experto navegante, y que
era inútil que le ocultara su verdadera identidad.
Clarke, en
tierra firme, no hacía otra cosa que aburrirse, y el tedio lo arrojaba
al mar. Y una vez desplegadas las velas, desaparecidas las costas del
continente, tras el movimiento y el ruido de la hélice, otra vez, nada,
el aburrimiento, el tedio marino. Con una buena tormenta se arreglarían
las cosas, pero
así todo resulta intolerable. Al día siguiente el ayudante de cocina
dejó caer al mar un gran balde de cobre.
El recipiente
desapareció inmediatamente en la boca de un tiburón. El hecho le produjo
al mozo tanta alegría que sin poder contenerse empezó a arrojar todos
cubiertos que el escualo devoraba al vuelo, y después lanzó al mar el
resto de lo que cayó en sus manos. Smith lo detuvo cuando estaba
desclavando una repisa de la pared. Al muchacho lo hicieron enfermar de
paludismo esa misma noche y no reapareció hasta el final del viaje.
De
día, las espaldas de los marineros eran dóciles y temerosas, pero en
las noches llegaba hasta el camarote de Zantman un zumbido monótono e
insistente semejante al de un enjambre de insectos. Eran los marineros
que Smith controlaba durante el día, pero no a la noche. Murmuraban
historias absurdas e interminables en las que no existía ni una sola
palabra de verdad.
Cuando Zantman
comprobó que Thompson tenía, efectivamente, la boca de culo de gallina
le preguntó porque la ponía así, le respondió que la ponía así porque le
gustaba, le hacía bien para olvidarse del aburrimiento y de la
severidad de los oficiales que lo estaban arruinando. Zantman le dio
diez chelines, le prometió que le iba a dejar fruta y leche en la puerta
de su camarote todas las noches.
Le rogó que no hiciera escándalos y
aguantara hasta llegar a Valparaíso. Thompson le contó a alguien lo de
los chelines, la noticia se divulgó y algunos marineros le empezaron a
pedir plata, la cuenta le iba resultando de treinta y seis chelines y
seis peniques. Había hecho mal, los marineros se excitaron y se
volvieron más insolentes, les daba una mano y se tomaban el brazo.
Un
día paseaba por la popa y vio en el puente un ojo humano. Le preguntó
al timonel de quién era el ojo, pero no lo sabía, y cuando le preguntó
otra vez si alguien lo
había perdido o se lo habían sacado a alguien, le respondió que estaba
ahí desde la mañana pero que él no había visto a nadie, que le hubiera
gustado recogerlo y guardarlo en una caja pero que no podía abandonar el
timón.
Bajo cubierta había otro ojo, pero distinto, era de otro
hombre. Zantman se lo contó a los oficiales y el capitán comentó que
habían empezado a jugar al ojito, le dio la orden al primer oficial de
castigar al autor de ese desaguisado y, además, de obligarlo a comer el
ojo extraído como lo exigían los usos marítimos. El oficial Smith
murmuró que ya no tendrían paz.
Durante una temporada en el
Pacífico meridional habían perdido las tres cuartas partes de los ojos
de la tripulación, y que tenía que darles una lección. Cuando Zantman le
dijo a Clarke que tenía la impresión de que los hombres se encontraban
molestos como si les faltara algo y que, a lo mejor, se los podría
tranquilizar de alguna
manera, le contestó que lo había calado el miedo.
A veces le
parecía un navegante valeroso y otras una mujercita plañidera. En ese
momento el protagonista le espetó que tenía conocimiento de que en el
barco se estaba preparando un motín, y que todo iba a terminar muy mal.
El capitán lo invitó a beber unos tragos de cognac. Los marineros de
proa cantaban: –oh, bella mía, ¿por qué no me amas?– y los de popa
cantaban: –bésame, bésame.
Era necesario evitar hablar de
mujeres, Smith les prohibió mencionarlas y, entonces, al tirar de las
cuerdas exclamaban: –aprieta, aprieta– e inclinados sobre los baldes:
–lava, seca, moja, riega– cantaban con todo el sentimiento y la
nostalgia de la que eran capaces. El capitán dio la orden de que los
marineros tomaran una cucharada de aceite de hígado de bacalao.
Ellos
no querían arruinar sus ensueños pero igual la tomaron, por el momento
volvió a reinar la calma. A la noche
la tripulación canturreaba y murmuraba: –las mujeres de Singapur, de
Mandrás, de Mindoro, se Sáo Paulo, de Loamin–, se restregaban los brazos
con aceite de hígado de bacalao. Y seguían: –sus manecitas, sus
piececitos, yo he sido amado sin dejarle siquiera un chelín.
Thompson
propuso cambiar la ruta noventa grados, apuntar hacia el Sur donde
existen islas cubiertas de jardines y vacas marinas grandes como
montañas, mientras cantaba: –Bajo el hermoso cielo de Argentina, los
sentidos gozan gracias a una niña– Cantaban para amar a la nostalgia.
Zantman estaba pensando que era una suerte que no hubiera mujeres
cuando, repentinamente, sintió el chasquido inconfundible de un beso.
Era
Thompson abrazándose con un grumete, le ofreció una libra para que
recuperara el juicio, pero el grumete gritó, con la voz tan aflautada
como la de una mujer, que él se parecía a una mujer. Otros marineros se
abrazaban y cuchicheaban. El
capitán observaba desde el puente de mando con la pipa encendida.
Zantman se le acercó y le dijo que en el barco habían aparecido los
besos.
En el puente los marineros andaban en pareja, que
paseaban del brazo y se abrazaban. Clarke llamó a Smith y le dijo que
había que prepararse para castigar el motín de acuerdo a las leyes del
mar y la navegación. Hacia la medianoche el viento se transformó en un
huracán, la goleta comenzó a bailar como un columpio y la velocidad
aumentó vertiginosamente.
Al cabo de veintiséis horas la tormenta
amainó pero Zantman prefirió no salir del camarote. Era evidente que el
amotinamiento había tenido lugar, cerró la puerta con llave y la aseguró
con un armario. Pasaban los días y nadie se presentaba, la goleta
aumentaba su velocidad sobre una superficie tersa como la de un pantano,
las luces que se filtraban por las hendiduras del camarote eran cada
vez más intensas.
Zantman estaba
seguro que afuera volaban los grandes cóndores y los vistosos
papagayos, y los peces de oro..., que los amotinados habían dirigido la
Banbury hacia las aguas desconocidas del trópico. Había preferido no oír
los gritos salvajes y frenéticos de la tripulación que, con toda
seguridad, estaba saludando a los colibríes, a los papagayos, y todos
los otros signos que en la tierra y en el cielo anunciaban la próxima y
grandiosa orgía:
“No, no quería saberlo y no deseaba el calor, ni la
exuberancia, ni el lujo. Prefería no salir al puente por temor a ver lo
que hasta ese momento ofuscado, oculto y no dicho se desencadenaría con
toda su falta de pudor, entre plumajes de pavos reales y fulgores
espléndidos. Desde el comienzo todo había estado en mí, y yo, yo era
exactamente igual a todos los demás. El mundo exterior no es sino un
espejo que refleja el interior”
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