
WITOLD
GOMBROWICZ Y EL YO
“Exigir de un hombre que deje de ocuparse
de sí mismo, que deje, en suma, de considerarse él mismo, sólo puede
pretenderlo un loco. El que exige que me olvide de que soy yo sabe
perfectamente que cuando yo tenga un ataque de apendicitis, seré yo
quien va a gritar y no él. La enorme presión a la que estamos sometidos
actualmente desde todos lados –para que renunciemos a nuestra propia
existencia–, como todo postulado imposible de realizar, conduce sólo a
la deformación y el falseamiento de la vida (...)”
“Una persona
deshonesta consigo misma hasta el punto de poder decir: el dolor ajeno
es para mí más importante que el mío propio, enseguida cae en esa
facilidad que es la madre del verbalismo, de todas las
generalizaciones y de toda sublimación demasiado ligera. En cuanto a
mí, no, nunca, jamás. Yo soy (...)”
“En particular, un artista
que se deje embaucar y dominar por ese convencionalismo agresivo está
perdido. No os dejéis amedrentar. La palabra yo es tan fundamental y
primordial, tan llena de realidad palpable y por tanto la más honesta,
tan infalible como guía y tan severa como criterio, que en lugar de
despreciarla debemos caer de rodillas ante ella (...)”
“Pienso que
no he llegado a ser todavía suficientemente fanático en mi preocupación
por mí mismo y que –por miedo a los demás– no he sabido dedicarme a esta
tarea vocacional con una consecuencia suficientemente categórica y ni
he sabido empujarla con la fuerza necesaria hacia delante. Yo soy mi
problema más importante y posiblemente el único: el único de todos mis
héroes que realmente me interesa. Comenzar a crearme a mí mismo y hacer
de Gombrowicz un
personaje como Hamlet o Don Quijote”
La admiración que
Gombrowicz sentía por Shakespeare es una constante de toda su vida. La
acción de sus piezas de teatro transcurre en un medio cortesano porque
quería imitar a Shakespeare y porque sus manías genealógicas nunca lo
abandonaron. Su familia tenía una posición ligeramente superior a la
media de la nobleza polaca, pero no pertenecía a la aristocracia.
La
pertenencia de Gombrowicz a una clase social situada entre la alta
aristocracia y los hidalgos campesinos se le manifestó como un gran
problema que llegó a tener alcances de obsesión. Cuando la inclinación
de Gombrowicz por lo la naturaleza de lo inferior y de lo bajo se le
volvía demasiado obsesiva Shakespeare lo ayudaba a controlarse y a tomar
distancia.
Gombrowicz empezó “El casamiento” en la Argentina,
durante la guerra mundial, con el propósito de escribir la parodia de un
drama genial al estilo de Shakespeare.
Se propuso mostrar a la humanidad en su paso de la iglesia de Dios a la
iglesia de los hombres, pero esta idea no le apareció al comienzo de la
obra, en la mitad del segundo acto todavía no sabía bien lo que quería.
“El casamiento” representa una teatralidad de la existencia a lo
Skakespeare, una realidad creada a través de la forma que se vuelve
contra Henryk y lo destruye. En esta obra Gombrowicz le abre la puerta a
sus percepciones proféticas. Es el sueño sobre una ceremonia religiosa y
metafísica que se celebra en un futuro trágico en el que el hombre
advierte con horror que se está formando a sí mismo de un modo
imprevisible; un acorde disonante entre el individuo y la forma.
Los
grandes temas son tratados por Shakespeare con los acentos más
ambiciosos, y sin embargo lo trágico surge siempre del detalle realista o
del penetrante tratamiento psicológico del personaje, que induce al
espectador a identificarse con él. De
este modo Hamlet refleja la incapacidad de actuar ante el dilema moral
entre la venganza y el perdón; Otelo, la crueldad gratuita de los celos;
y Macbeth, la siempre cruel tentación del poder.
Es proverbial la
indiferencia y el distanciamiento casi inhumanos de Shakespeare respecto
a la realidad de sus personajes. No moraliza, no predica, no propone
fe, creencia, ética ni solución alguna: plantea, y lo hace mejor que
nadie, algunas de las angustias fundamentales de la condición humana,
pero nunca les da respuesta. Su fantasía es capaz de ver un universo en
una cáscara de nuez.
Como creador de personajes, cada uno de
ellos representa en sí mismo una cosmovisión, por lo cual se le ha
llamado poeta de poetas. Sin embargo, y por eso mismo, los personajes de
sus obras parecen autistas, no saben escucharse y permanecen cerrados
en su mundo a toda comprensión profunda del otro. ¿Qué simpatía existe
entre Hamlet y su pobre y torturada
novia Ofelia? Ésta es una de las diferencias más notables y sensibles
entre Shakespeare y Cervantes.
Cervantes, en este sentido, es
absolutamente opuesto y hace ver la conexión humana que llega a
establecerse entre los hombres; el filosófico y trágico distanciamiento
de Shakespeare impide ese acercamiento humano. Pero Shakespeare
dramatizó como ningún otro el desarrollo de los sentimientos y de las
pasiones humanas y no deja de ser una paradoja que Gombrowicz lo haya
tomado como ejemplo.
Para Shakespeare los sentimientos eran la
materia prima de todo lo que existe y para Gombrowicz eran una afección
que había que evitar en el arte y también en la vida. Gombrowicz trató a
los sentimientos como costumbres agonizantes y esclerosadas de las que
se habían escapado sus contenidos vivos quedándose nada más que con la
rigidez de las formas puras.
Gombrowicz se ocupa especialmente de
destruir el carácter, para él no existe el
carácter, sólo para otra persona aparecemos como un carácter, como una
sustancia psíquica. Rechaza las sustancias en cualquiera de sus formas:
el carácter, el temperamento o la naturaleza humana. La herencia, la
educación, el ambiente y la constitución fisiológica no son más que los
grandes ídolos explicativos de nuestra época porque corresponden a una
interpretación sustancialista del hombre, pero Gombrowicz no le tiene
apego a las sustancias.
La formación del hombre por los demás
hombres era una cuestión crucial que Gombrowicz quería poner en
evidencia. La idea de la forma era muy natural para él pero, en verdad,
de difícil comprensión; era muy natural en él por el rumbo artificial
que había tomado su conducta desde joven y por sus sentimientos de
extrañamiento. La consecuencia que saca de esta anomalía es que en la
conducta de los otros tenía que haber también, por lo menos en estado
larval, una intervención de lo
casual.
Sin embargo, Gombrowicz no quiere desmenuzar al individuo
hasta convertirlo en una especie de polvo psíquico, el individuo vendría
a ser algo así como una unidad atormentada por la forma. El carácter es
para Gombrowicz sólo una sustancia que se nos aparece como una
caricatura. El término carácter proviene de un vocablo griego que
significa sello o estampa.
Y estamos habituados a emplear el
término en el sentido de las peculiaridades estampadas en una persona
como resultado de su herencia y de su medio. La literatura dramática de
Shakespeare se funda sobre caracteres de estructuras definidas, que
determinan las acciones en circunstancia dadas. Pero Gombrowicz se
convirtió en un autor dramático sin utilizar caracteres.
Liquida la
sustancia de los caracteres con la forma y con las palabras
especialmente en “El casamiento”: “Las palabras se alían
traicioneramente a espaldas nuestras (...) Y no somos nosotros quienes
decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y
traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, traiciona. Las palabras
liberan en nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean... crean los
vínculos reales entre nosotros”
La trama no tiene mucha
importancia en la obra de Gombrowicz, la utiliza sólo como pretexto.
Tampoco la tienen los caracteres, lo importante para él es la acción,
por eso toda su creación tanto en las novelas como en los cuentos tiene
esa marcada característica teatral. “De modo que la cuestión decisiva
para conocer la autenticidad de la literatura o de la vida espiritual de
una nación será precisamente ésta: comprobar hasta qué punto están
próximas a la realidad (...)”
“A la Polonia de aquel entonces la
llevábamos en el pecho como la armadura de Don Quijote, pero por si
acaso preferíamos no probar su resistencia”. En medio de una estructura
de Polonia en la que anidaban la
falsedad y la violencia Gombrowicz se pone la armadura de Don Quijote y
escribe “Ferdydurke”.
La mezcla de idealismo y de realismo en
el que se desenvuelve esta novela es la que también inspira al “Don
Quijote”. En el año 1935 Gombrowicz publica un artículo entusiasta sobre
“Don Quijote”, un libro que en adelante será para él una fuente
inagotable de inspiración. El humanismo y el humor de “Don Quijote” y la
teatralidad de “Hamlet” fueron modelos que Gombrowicz siguió para
ordenar su tendencia a la creación anárquica.
“Don Quijote” es un
libro divertido, rebosante de comicidad y humor, escrito con el ideal
clásico de deleitar. Cervantes quiso crear una obra para todos los
lectores, según las capacidades de cada uno. Abarca desde el lector mas
inocente hasta el mas profundo. Este anhelo de universalidad de
Cervantes es el mismo anhelo que tenía Gombrowicz cuando escribía
“Ferdydurke”.
“Yo
exigiría una grandeza capaz de soportar a todos los hombres, en
cualquier escala, en cualquier nivel, que abarcara todos los tipos de
existencia, una grandeza tan irresistible arriba como abajo. Es una
necesidad que me fue inculcada por la universalidad de mi tiempo, que
quiere atraer al juego a todas las conciencias, superiores e inferiores,
y ya no se contenta con la aristocracia”
Existen gombrowiczidas a
los que les encanta ver a Gombrowicz como a un hombre que jugaba y
espiaba las cosas a distancia. A esos gombrowiczidas que ponen el acento
en su talante de jugador hay que decirles que Gombrowicz era un enemigo
implacable de las quimeras y un defensor acérrimo de la realidad,
aunque siempre tuvo las manos libres para ponerle distancia al realismo,
pues el realismo es una manera pesada e ingenua de ver la realidad.
“Don
Quijote de la Mancha” se ha convertido en el libro más editado
mundialmente, con lo que se confirman las palabras
proféticas de Cervantes: “y a mí se me trasluce que no ha de haber
nación ni lengua donde no se traduzca”. En la novela se narra la
historia de un hidalgo maduro que, por la excesiva lectura de libros de
caballería, se vuelve loco y concibe la idea de hacerse caballero
andante y así recrear la antigua caballería.
Existe un progresivo
acercamiento de las iniciales posturas contrapuestas de Don Quijote y de
Sancho entre el idealismo y el realismo hacia un equilibrio e incluso
hacia un entrecruzamiento en el final de la novela, un entrecruzamiento
que aparece también en “Ferdydurke”. La segunda guerra mundial le da una
terrible paliza al espíritu romántico, a Polonia le empieza a resultar
indispensable un mayor grado de sensatez, es decir, de realismo.
Es
entonces que le sirven en el plato de la ciencia y de la política una
teoría presuntuosa que se jacta de ser un pensamiento racional, le
sirven el marxismo científico. En el
medio de un mundo de hombres paralizados en la Polonia de antes de la
guerra a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del
romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por
las intenciones y no las intenciones por las fuerzas.
En un
principio, la pretensión de Cervantes en “Don Quijote” fue combatir el
auge que habían alcanzado los libros de caballerías, satirizándolos con
la historia de un hidalgo manchego que perdió la cordura por leerlos,
creyéndose caballero andante. A pesar de ello, a medida que iba
avanzando, su propósito inicial fue superado, del mismo modo que el de
Gombrowicz en “Ferdydurke”, y llegó a construir una obra que reflejaba
la sociedad de su tiempo y el comportamiento humano universal.
Para
los polacos ilustrados era una obra fundamentalmente cómica y de
lectura no sólo agradable, sino también útil por su crítica a las
perniciosas novelas de caballerías que
debilitaban la sensatez. La figura del caballero se encuentra en la
obra de sus grandes poetas románticos: Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki
y Zygmunt Krasinski.
La alucinación de Don Quijote, que toma por
gigantes los prosaicos molinos de viento del campo de Montiel, simboliza
el eterno esfuerzo en el que se debate la cultura por dar claridad y
seguridad al hombre en el caos existencial en que se halla metido. Al
enfrentar el plano del mito, propio del género épico, con el plano de la
tosca realidad, vinculado con la comedia, Cervantes define la misión de
la cultura en el mundo moderno y el tema del género híbrido encargado
de expresar su visión del mundo: la novela.
Esa misión consiste
en proclamar un nuevo valor, distinto a las verdades absolutas o a las
consabidas tradiciones milenarias: la vida, radicada en el yo de cada
ser humano. La cuestión del yo también me ha afectado a mí personalmente
en mis relaciones con los
gombrowiczidas que empeoran y mejoran como el tiempo. Un desencuentro
singular que tuve hace tiempo con el Pato Criollo lo pone de manifiesto.
“Y
sí, siendo amigos, o en vías de serlo, lo que da lo mismo, creo que ha
llegado un momento muy duro para mí. Si vos leíste las cartas que yo le
escribí a Gombrowicz, el mero transcurso del tiempo me obliga a leer
alguno de tus libros, así lo mandan las leyes de la simetría,
contrariando mi inveterada costumbre de resistirme, como gato panza
arriba, a la lectura de libros, no así de cartas (...)”
“Llegados
a este punto, y como es muy probable que a vos te interese saber, por
lo menos en parte, qué es lo que pienso de tus escritos, creo que
deberías recomendarme la lectura de un libro tuyo. Para prevenirnos,
tanto vos como yo, de malos entendidos que podrían resultar fatales para
el futuro de nuestra relación, más teniendo en cuenta que a vos te
salen las novelas como porotos de la
chaucha, es imprescindible que se entienda muy bien que te estoy
pidiendo la recomendación para la lectura de tan solo uno de tus libros
(...)”
“No sea cosa que se te ocurra jugarme una mala pasada y me
hagas una Pitolina (el Niño Ruso me había mandado en esos días desde
México tres libros dedicados), como quien diría”. A esta afirmación de
mi yo el Pato Criollo respondió con la afirmación de su yo. “Me
acertaste en un punto sensible con tu pedido (...)”
“No debería
extrañarme porque vos sos de los que ponen la bala donde pusieron el
ojo. Como esos arqueros zen que encuentran el centro del blanco con la
punta de la flecha en la oscuridad. Y yo quería más que nada preservar
tu oscuridad, para que sigas acertando. Es un poco injusto pedirle
infalibilidad a nadie, aunque sea un polaco (además, vos no llegás a
tanto), pero dejame seguir con la ilusión (...)”
“En todo caso,
podríamos postular una forma nueva
de infalibilidad, llamémosle ‘polaca’, a la de los que aciertan hasta
cuando se equivocan. Así que: mejor no. Aprovechá que no sos polaco y
atenete al argentino ‘preferiría no hacerlo’. La literatura, por suerte,
no es obligatoria. No la hagas descender al nivel de la televisión (que
sí es obligatoria) inventándote razones”
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