
WITOLD GOMBROWICZ Y EL NUDO GORDIANO
“Al
encontrar en casa de los Grodzicki al joven pintor Eichler, declaré:
–¡No creo en la pintura! Mas tarde me enteré por Zygmunt Grocholski que
Eichler le había preguntado si yo decía semejantes cosas en broma. No
se imaginan cuánta verdad hay en esta broma, un verdad posiblemente más
verdadera que las verdades con las que se nutre el apego servil que
tienen con el arte (...)”
“No convencí a Eichler, a quien le había
costado muchos esfuerzos conseguir un sólido status europeo; él me
observaba con una mirada a la que yo estaba acostumbrado: –¡Qué fácil
es hablar! Los pintores, los artistas plásticos, agobiados por las
enormes dificultades técnicas, concentrados en su lucha con la
perfección del dibujo, del color, por lo general no desean concentrarse
más que en su técnica, menospreciando el hecho de que un nuevo enfoque
les permitiría cortar más de un nudo imposible de deshacer”
Roman
Pawlowski, un joven periodista polaco, puso al descubierto en la
“Gazeta Wyborcza” el aspecto insubstancial y bufonesco de la película
que filmaron en Buenos Aires el Larguirucho y el Pegajoso. “En la
película, de igual manera que en el ‘Diario’, la verdad se mezcla con
la fantasía y la mentira con el drama. Pacek y Peña hacen retratos de
las personas que pertenecieron al círculo de Gombrowicz con rasgos
folletinescos (...)”
“Desde la conversación con el pintor Janusz
Eichler que en vez de hablar sobre Gombrowicz repele los ataques de los
mosquitos, hasta la escena en la que Juan Carlos Gómez con lágrimas en
los ojos dirige la novena sinfonía de Beethoven, el compositor
preferido de Gombrowicz, la película va alcanzando alturas bufonescas.
Sobre ‘Una carta de Argentina’ se levanta el espíritu travieso de
Witold Gombrowicz y es por este espíritu que vale la pena verla”
Janusz
Eichler y Zygmud Grocholski eran dos pintores polacos amigos de
Gombrowicz que alcanzaron prestigio internacional cada uno en su
estilo, y que recibieron a su turno los comentarios especiales que
Gombrowicz le dedicaba a la pintura. Gombrowicz se había declarado
enemigo mortal de toda la pintura y, en general, de todas las artes
plásticas, pero tenía una cierta debilidad para con los pintores.
Ejercitaba
con ellos todas las variantes de provocador profesional e histriónico y
no ocultaba su odio a los museos y a las vernissages. ¡No creo en la
pintura, descreo de toda la pintura!, era una exclamación que, según
decía él, le daba mucho prestigio entre los pintores, que recibían esas
declaraciones con un sincero respeto y que despertaba entre ellos una
amistad espontánea.
En un principio la pintura se había ocupado de
reproducir la naturaleza, pero la naturaleza pintaba mejor porque era
más precisa que la copia. Entonces los pintores buscaron la salvación
en un espíritu humano que metían en el cuadro, pero la pintura trata
casi exclusivamente con la materia, así que el intento resultó cómico.
Se hizo claro que el pintor no debía expresar la naturaleza ni el
espíritu, sino su visión de la naturaleza, expresarse a sí mismos con
medios estrictamente pictóricos, con la forma, la línea y el color.
Empezaron
entonces a deformar el objeto, pero aún así el objeto no se movía,
¿cómo podían los pintores expresarse a sí mismos utilizando algo
inmóvil si la existencia es primordialmente movimiento? La pintura
puede transmitir la visión del pintor pero la de un solo instante. La
idea de que Van Gogh o Cézanne nos han transmitido su personalidad en
sus telas es cierta solo parcialmente.
Si a un escritor le dijeran que tiene que expresarse
utilizando girasoles o manzanas se pondría a llorar como un bendito.
Sin embargo Van Gogh y Cézanne han llegado a sernos tan familiares
porque las palabras, es decir, sus biografías han completado la inmensa
laguna dejada por los girasoles y las manzanas. Los pintores, aunque ya
se permitían deformar la naturaleza, seguían insatisfechos, así que
sintieron la necesidad de liberarse del objeto al que estaban atados
como el perro a su cadena.
Se propusieron entonces descomponer el
objeto en sus propios elementos y crear con ellos un lenguaje
abstracto, pero la pintura abstracta tiene la extraña particularidad de
que tampoco se mueve. En la música la forma pura es posible porque está
metida en el tiempo, la forma se renueva a cada momento y por eso es
posible la melodía, pero un cuadro abstracto es como un acorde único.
Además,
la abstracción le quita al cuadro el carácter de reemplazo de la vida
que tenía cuando imitaba a la naturaleza sin darle nada a cambio.
Gombrowicz no creía en el lenguaje espontáneo y natural del hombre,
toda forma es limitación y mentira, pero igualmente acusa a la pintura
de ser artificial, demasiado artificial, y empieza por decirle a
Dubuffet que la única arma que utilizará contra la pintura en su
polémica será el cigarrillo.
Para
Gombrowicz el fundamento del valor es la necesidad, pero las
necesidades pueden ser legítimas y también artificiales. La necesidad
del pan es legítima y natural, en cambio la necesidad del cigarrillo es
artificial. La admiración por la pintura es la consecuencia de un largo
proceso de adaptación que se ha llevado a cabo durante siglos. La
pintura se ha fabricado laboriosamente un receptor adaptado en una
relación convencional.
La pintura no está basada en una
necesidad verdadera de belleza. Las joyas son pequeños guijarros cuyo
efecto estético es casi nulo, sin embargo, se han gastado millones para
tenerlas. La prueba de que esos cristales no representan la belleza es
que un diamante artificial, absolutamente idéntico al diamante
auténtico, sólo vale unos céntimos. Esto mismo pasa con las copias de
los cuadros, el original puede valer una fortuna, en cambio la
duplicación no vale nada.
Si
las formas artísticas no expresan, aunque de una manera transpuesta,
esas necesidades entonces se convierten en un vicio que se aprovecha de
un estado de cosas artificial con un origen histórico. A juicio de
Gombrowicz la pintura es el ejemplo más señalado de un vicio que
compara al del cigarrillo para caracterizar la polémica que mantuvo con
Jean Dubuffet.
Este mecanismo de la convivencia humana hizo que
el comprador de un Ticiano fuera un hombre muy respetable, pues
mostraba su riqueza. El objeto bonito estimuló el instinto de posesión
de los reyes, de los príncipes, de los obispos hasta llegar a la
burguesía, y poco a poco se fue creando una escala de valores. Un
mecanismo complicado y gregario con un remoto origen histórico,
estimula una sobre atención sobre el cuadro.
Una
vez arrancado el éxtasis que tiene origen en esta sobre atención el
espectador y el crítico concluyen que si el éxtasis existe es porque la
obra es digna de él. Las paredes de una Vernissage en la que estaba
Gombrowicz aparecían colmadas de composiciones abstractas saturadas de
colores inmovilizados, mientras una multitud de bípedos caóticos
desfilaba salvajemente ante ellas.
En las paredes, astronomía,
lógica y composición, en la sala, desbarajuste y una desorganización
que va y viene a los empujones. Gombrowicz y un pintor holandés hacían
comentarios sobre las masas, dominadas por tensiones lineales oblicuas,
de unas litografías.
De pronto, alguien lo golpea en la cadera, es un fotógrafo doblado
en dos que apunta con su cámara a los invitados más importantes.
Mientras
intenta reponerse junto a Alicia de Landes examinado con fuerza un
conjunto de colores sometidos a sus propias leyes, el fotógrafo lo
enviste nuevamente por detrás disparando dos veces, una de frente y
otra de perfil. Se compone por segunda vez y se dirige al encuentro de
un grupo de franceses que analiza la lógica interior de una composición
lineal, pero tropieza otra vez con el fotógrafo.
Cuando está a
punto de decirle algo desagradable aparece un desconocido con una cara
que le parece conocida: –¡A quién veo! ¡El mundo es un pañuelo! ¡Hace
siglos que no nos vemos!; –Es verdad. ¡Qué encuentro...! En el mismo
momento en que Gombrowicz hacía esfuerzos por recordar a ese
desconocido, de un salto se le aparece el fotógrafo, hace clic, le pide
veinte pesos y le da una recibo.
Estaba furioso, lo había
fotografiado justo con los ojos clavados en ese rostro olvidado, con
una cara de bobo. Gombrowicz se había hartado de la Vernissage y se va
furioso sin saludar a nadie. “¿Qué es lo que sé de Eichler? Imagino un
ser tan delicado que no pertenece a nuestro mundo grosero. Este
príncipe devorado por la civilización y convencido de la imposibilidad
de contentarse con lo que es decide escaparse a la simplicidad y al
universo del cuento (...)”
“Construyó
entonces una pequeña casa coloreada, divertido como un niño. Al mismo
tiempo dulce y amargo, tierno y cruel, débil y fuerte, sobrio y
romántico, inerte a lo asiático y activo a lo europeo, Eichler es hasta
cierto punto una compensación permanente”
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