
TRAICIONES
DE
Juan Carlos Gómez
Bogotá, D.C.
Colombia.
Se trata de una respetable edición de Alfaguara. 265 páginas de letras grandes, bien espaciadas, con unas 60 fotografías. En conjunto, 265 páginas que sin recurrir al hacinamiento cabrían en otras económicas 80 o 100. Esta edición, bajo el nombre Traiciones de la memoria, reúne tres textos no inéditos de Héctor Abad Faciolince. En su prólogo, el escritor colombiano arguye que se trata de “relatos autobiográficos”, dirigidos por “la paciente reconstrucción por indicios de un pasado que ya no se recuerda bien, o el asombro ante un futuro que quizá ya no seremos nunca”. Pero al final de cualquier análisis poco profundo, resulta evidente que casi cualquier relato es autobiográfico, en menor o mayor medida, y que esa clasificación es vaga y corta. En ese sentido, el reverso del libro se anticipa al escritor: “un híbrido de cuento, ensayo y autobiografía”. Aunque también podría agregarse algo de crónica, especialmente en lo relativo al primer texto, Un poema en el bolsillo, que hace un repaso cronológico a través de los hechos que llevaron al escritor a determinar que el poema al que pertenece el verso “Ya somos el olvido que seremos” es, efectivamente, de Jorge Luis Borges.
Ese
primer texto, el mayor de los tres, incluye un detallado registro fotográfico
de los sucesos narrados. El relato empieza en Alemania durante un exilio, pasa
por Finlandia, recibe ayuda de Colombia y Estados Unidos, se concluye en
Argentina, se confirma en Francia y termina en el libro. Así que, como cuento
policiaco, es un aburrimiento; como autobiografía, de un alto valor sentimental
y escaso literario; como crítica a Alvarado Tenorio, una exageración (habría
bastado una columna en El Espectador);
y como crónica interesante hasta llegar a
El siguiente texto no es mejor. Un camino equivocado tiene alma de cuento, cuerpo de autobiografía y gabán de fruslería de piel de camello. Narra las peripecias del escritor en Italia, adonde ha huido del sicariato con su esposa e hija, y sus deformes divagaciones en torno de la dificultad de ser colombiano en un país donde los colombianos no pasan de ser cacos. Al final, el escritor tendrá que aprovechar su aspecto caucásico para hacerse pasar por Ibérico, única forma como puede conseguir trabajo como profesor de español, primero con particulares y luego con una universidad. En derredor de este relato habitan consideraciones interesantes, como la sensación de miseria que convive con un exiliado en un ambiente cargado de buenas almas que quieren ayudarlo. Pero este relato, además, tiene una estructura perdida: empieza con la venta de una leontina (de un reloj-viático de un tío arzobispo) y termina en las tetas de una italiana hermosa llamada Lorenza (uno de los pocos nombres cambiados para el libro, afirma el autor). Ese cambio dramático no se debe a un ritmo veloz del tipo que acompaña los Trópicos de Miller, sino, parece ser, a un descuido. ¿Qué pasó con el reloj aquel que había acompañado a los Faciolince desde hace quién sabe cuántos siglos? Bueno, les permitió a Bárbara, Héctor y la niña ver una película de Woody Allen, por lo menos. El resto de la historia, si la hay, nos la queda debiendo. Y también el erotismo:
No todas las mujeres te buscan con la mano. Ella sí. Ella quería probar qué había allí. Y en adelante siempre fue parecido: una larga caricia por encima de los pantalones, luego una mano hábil que abre el botón y baja la bragueta. Yo mientras tanto, con mis manos, de las axilas pasaba al pecho. Las tetas de Lorenza. (…) Eran perfectas. De un tamaño ideal que apenas rebasaba la palma abierta y cóncava de mi mano, con una areola rosada y suave, muy sensible al tacto, de perfecta textura cuando las lamía, mullidas y duras al mismo tiempo, blandas y firmes, aptas para la caricia y el mordisco leve. Lorenza desnuda era una aparición; algo tan perfecto que me quedé pasmado, mirándola un rato, sin poder reaccionar, mi miembro estupefacto apuntando con su único ojo hacia el techo, con una tensión de fruta madura a punto de estallar. Cuando mis dedos la tocaron debajo del vello, y hallé esa viscosidad tan abundante que una tirita de baba se enredó y colgó de mis dedos como un largo espagueti, no pude contenerme. Quedé como el peor amante tropical que ojos humanos vieran. Me vine allí, afuera, sin haber siquiera insinuado el ademán de penetrarla. Ella se murió de risa, y recogió mi semen con la mano para untárselo alrededor del ombligo.
Abad Faciolince no es un buen narrador erótico, o por lo menos el erotismo de Un camino equivocado anduvo por un camino equivocado. Más felices y efectivas formas de erotismo las hay en todas partes. Tal vez no se trata de un recurso literario que pueda forzarse, sino una virtud natural que fluye con libertad, sin tropiezos. En Julio Cortázar ocurre felizmente; la escena es similar (¡qué estoy diciendo, no hay similitud!), pero en vez de “me le vine en la boca, babas de espagueti”, Cortázar nos arroja esto (del capítulo 5, Rayuela):
Sólo esa vez, excentrado como un
matador mítico para quien matar es devolver el toro al mar y el mar al cielo,
(Oliveira) vejó a
Sin palabras.
El último de los “relatos autobiográficos”, Ex futuros, es un desafortunado intento de ensayo. De los tres, es el más corto y el más vacuo. Arranca despacio y felizmente con un párrafo acerca de la pasión literaria, se amalgama con el recuerdo de un pasado que pudo ser pero no fue, incitado por el reencuentro con un amigo, y termina, es decir, intenta terminar, ofreciendo apreciaciones ¿filosóficas? que, según Abad Faciolince, fueron “esbozadas” pero no “desarrolladas a cabalidad” por Miguel de Unamuno, y un poco por J. L. Borges. Pero, sin ir tan lejos, cualquiera que haya leído siquiera un buen artículo de opinión verá que Faciolince, en realidad, no ofrece nada. Ex futuros es un bosquejo, sea de cuento o de ensayo, pero nada más. Notas al margen esparcidas en demasiadas páginas. Fragmentos de árbol desperdiciados.
Traiciones de la memoria no es en verdad un libro, sino una recopilación apresurada de textos envejecidos. Y aun la rapidez no justifica la malograda calidad: Dostoievski dictó El Jugador a su taquígrafa (futura esposa) en tres semanas, Wilde escribió El retrato de Dorian Gray en quince días, y Chejov llegó a escribir cerca de 120 cuentos en un año. Parafraseando a algún francés cuyo nombre no logro recordar (me traiciona la memoria), “un escritor se conoce por lo que no escribe”. Pues Faciolince no debió escribir esto; a lo sumo Un poema en el bolsillo, pero aun después de una depuración más sincera. Y ya que lo escribió, sin importar que para él fuera un escape necesario, lo valioso que pueda ser para su familia o si es producto de en un arranque de ira o felicidad y franco patetismo, nunca debió publicarlo. Debió quedarse allá, en el diario rosado, encerrado con llave en su mesita de noche.






































