





1.- Vista de la actual caleta de Iquique (atrás los cerros Cordillera de la Costa)
2.- El Edificio Colectivo de la calle Patricio Lynch.
3.- Frontis del actual Palacio Astoreca (ex Intendencia Regional).
4.- Entrando al avión rumbo a Santiago, en el aeropuerto Diego Aracena.
5.- Frontis de la abandonada Escuela Santa María.
6.- Parte trasera de la escuela, frente al monolito a los obreros mártires
IQUIQUE Y EL VALS DE LOS RECUERDOS
Escribe Carlos Amador Marchant
Treinta
años sin visitar la ciudad donde nací produjo una opción difícil de
asumir.¿Es bueno volver al pasado?. No supe responderme.
Reencontrar a Iquique fue el desafío.
Me
decían que ahora es cosmopolita de grandes edificios frente a la costa,
de casas que se extienden hasta el Cerro El Dragón, el lejano, aquel
que parecía vigilar la ciudad sufrida por la historia.
De tantos
dichos, entonces, fue necesario tomar un avión y visitar de nuevo este
reducto minero, este sitio de mar azul, de cerros interminables, de
soledades, de rocas sulfurosas.
Si atravesar el desierto en tren, en
el antiguo Longino (longitudinal norte), era una proeza, sólo los
pampinos y allegados a esas soledades, se arriesgaban al azote quemante
de la pampa. Hernán Rivera Letelier narra con genialidad esta travesía
en “Los trenes se van al purgatorio”, libro editado el año 2000. Lo
concreto es que, al margen de tanta miseria y sacrificio, en esos dos
días y dos noches asfixiados en aquellos pequeños vagones, por lo menos
existía “el encanto” en cuanto a que los pasajeros se las ingeniaban
para vivir de manera intensa dentro de la caldera. Cantos, risas,
amores, no faltaban. Tampoco vino tinto y del otro. Tampoco las
empanadas. Tampoco el llanto. Era el sufrimiento hecho risa.
De esos
tiempos, hasta cercana la década del setenta, una vez que las flotas de
buses se adueñan de las nuevas carreteras eliminando a los trenes y los
rieles que subían por el gran cerro de la costa alcanzando al desolado
Alto Hospicio (hoy comuna), se inicia otra nueva insondable travesía,
la asfixiante, la traumática. Sin duda, en esos años los buses
representaron la nueva atracción, se hablaba de un mayor confort, donde
el petróleo daba paso al exterminio de las locomotoras a carbón.
Con
el paso de los lustros, quienes nos transformamos en asiduos viajeros,
fuimos percatándonos (nos percatamos ahora) que aquellos medios de
locomoción ya no representan el gran confort para el desierto. Las
distancias largas, las 17 o más horas de viaje encerrados entre cuatro
latas, desayunando y almorzando y cenando, con un baño sin gran
ventilación, hacen de estos viajes pesadillas poco higiénicas. Por
estas u otras razones, hay quienes añoran la vuelta de los trenes, pero
los de ahora, los trenes rápidos, con más tecnología.
Si bien
queríamos en esta ocasión llegar rápido a destino, las dos horas del
avión entre Santiago a Iquique sólo nos permitió observar la pampa a
través de aquella minúscula ventanilla.
30 años habían pasado sin
regresar a esta que es mi tierra y sólo en dos horas me fundía con el
pasado. Dos escasas horas sin saber de nadie, sin siquiera percatarme
si los de mi generación estaban en ese sitio o habían emigrado a otros
lugares de Chile, sin saber si los que estuvieron y caminaron conmigo
en la década del 60 estaban enfermos, ancianos o se habían muerto.
Curiosamente,
antes del viaje, casi intuitivamente, como deseando no encontrarme con
nadie, sino más bien con la ciudad histórica, sabiendo que no me
contestarían un tímido mail que hice llegar a un poeta que sé no se
comunica mucho por este medio, anuncié mi visita. Dicho y hecho. No fue
contestado el anuncio y en consecuencia mi retorno se realizaría como
lo deseé en un comienzo, sin que nadie se percatara de éste.
Durante
el viaje, observando desde más de 11 mil metros de altura el inmenso
panorama del desierto con algunas minúsculas rayas de ríos endebles, se
echa de menos que desde la cabina o por algún sistema de audio interno
se entregue alguna información sobre los lugares por donde se va
volando. Una mujer de edad se lo hizo saber a la azafata y ésta la miró
con sorpresa.
Volar a esas alturas por la pampa me trajo al mismo
tiempo la travesía de Pedro de Valdivia en 1540, quien saliendo desde
Tacana (actual Tacna-Perú), llegó con escasos hombres hasta Cosayapu
(actual Copiapó-Chile). Sobre el tema del cronista Gerónimo de Bibar ya
escribí en “Extramuris83” (actual revista virtual), pero me ha
interesado recoger este enlace antes de entrar al tema de la histórica
ciudad de Iquique, por la connotación de los pueblos precordilleranos
que fueron fundando al paso de los años. Lo concreto es que por el
sector de la precordillera se van entrelazando poblados entre Arica,
Pisagua e Iquique. La trascendencia de esto, y por eso la reflexión, es
que este puñado de hombres entró por el valle de Lluta y fue fundando
pueblitos como Socoroma, Putre que están a más de tres mil metros de
altura. Y más tarde Belén, subiendo y bajando, Ticnamar, Codpa,
Esquiña, Camiña, Tarapacá, Pachica, Pica. Y mucho más tarde,
emprendiendo hasta Copiapó. Eran hombres de a caballo y de a pie, que
con su sed de riquezas doblegaron a los originarios. Sólo esa sed los
guió por estos inhóspitos territorios. Desde las alturas logro divisar
el desierto pleno y pienso, pienso, en ese otro pasado terrible para
los que habitaban estas tierras y también para los que llegaron a
dominarla.
Por los senderos del Iquique antiguo
La
primera visión desde el avión al situarnos sobre el aeropuerto Diego
Aracena, distante a 45 kilómetros de la ciudad de Iquique, es el mar de
un azul sorprendente. Al lado el color café de la pampa. Café y azul
son dos colores que dan el retorno a este sitio. Si bien El Aracena se
encuentra en remodelación, deja ver el contraste. Aquí se observa la
pampa, el sol que golpea las espaldas, la piedra de los cerros pelados
y la gente que se traslada de un lugar a otro en forma distinta.
Recuerdo que su nombre antiguo era Chucumata.
El transporte hasta
llegar a Iquique es viendo el mar del lado sur del puerto, y tras 30
minutos de camino comienzo a divisar el inmenso panorama de la
Cordillera de la Costa, el Cerro El Dragón lejano, sólo que ahora
terriblemente poblado.
El conductor del auto me va conversando sobre
los adelantos de la ciudad, los grandes edificios, el balneario y sus
lujos recientes, las lejanías que ahora son cercanías de espacios. Y
sin embargo no digo nada, no aporto nada, parece que sólo me interesara
el pasado de Iquique, el remoto, el de las casas viejas, el escenario
doblegado por los recuerdos de las salitreras en desmedro, de las
pesqueras de la década del 60, de los obreros y sus recuerdos, de las
casas donde la madera habla.
Así pues culminé mi presuroso primer
día en el Iquique legendario. Abracé a mis padres ancianos, conversé
con ellos, con mi hermana, divisé desde los ventanales de la casa el
árido panorama sin atreverme aún a salir a la calle.
Volveré a
Iquique me dije un día. Esa noche todavía no estaba seguro si me
encontraba en la ciudad donde nací en la primera mitad del siglo 20. No
estaba seguro.
Por esta razón, a la mañana siguiente, acompañado de
familiares, pedí me trasladaran al lugar donde inicié mis estudios
primarios: La Escuela Santa María.
En el trayecto, mientras nos
internábamos en el casco viejo de Iquique, no reconocí el nombre de
numerosas calles, sólo la madera me fue transportando a un pasado
lejano aunque reciente para el tiempo del universo.
La llegada
sorpresiva al sitio, las calles asfixiadas por el calor, la madera
entreverada con el adelanto, no me permitieron identificar el
establecimiento. Asentados en la calle Barros Arana, en una esquina, me
expresaron que la escuela estaba al frente.
Salí del vehículo
acompañado de mi máquina fotográfica. Apresurado crucé la calle. Antes,
mi hermana me había dicho que era necesario eternizar esas paredes,
porque posiblemente el establecimiento sería demolido. Recorrí la
edificación, ahora transformada en un sitio pintarrajeado con consignas
políticas, descascarado, por todos los contornos, por las calles Barros
Arana, Zegers, Latorre y Amunátegui. De improviso me situé en el
pasado, en aquel lugar donde entraba con mi bolsón de escolar y mis
carnes nuevas, mis cuadernos impecables, los pantalones cortos. Recordé
al profesor Alberto Chang que no sé si vivirá aún, las largas jornadas
en salas limpias y pasillos encerados. Quise recorrer sus salas, el
salón de actos donde alguna vez representamos a los Beatles como
humorada estudiantil. Me situé en el frontis de la calle Zegers y
recordé esa escalera por donde bajaban los estudiantes en escuadrones
para los ensayos del desfile del 21 de Mayo. Quise subir de nuevo esas
escalas, pero me encontré con enrejados metálicos, los mismos de la
década del 60, sólo que ahora estaban oxidados, las puertas interiores
descascaradas y sucias, los vidrios de las ventanas quebrados. Vi salir
por ahí a los personajes de mis novelas, el Rojitas y el Matus, los
mismos que seguirán vivos en otras aventuras novelísticas. Esa escuela,
esa escuela impecable, esa edificación con su historia, ahora estaba
abandonada.
Este sitio, el mismo, el mismísimo donde fueron
acribillados más de 3.000 obreros de la pampa salitrera en 1907. Este
lugar, esta tierra donde corrió la sangre y donde los gritos se
entreveraban, los gritos de espanto, ahora estaba abandonado.
Entonces,
en esos no más de 30 minutos en que saqué fotos y sudé, me transporté
desde la época de estudiante de 6 años a los obreros que fueron
hacinados y engañados tras recorrer el desierto y bajar por el inmenso
cerro que acorrala a Iquique.
Me pareció ver al Intendente Carlos
Eastman, desesperado y eufórico, gritando a los cuatro vientos,
dialogando con los adinerados, vociferando que los pampinos, que los
llamados delincuentes, que los insurrectos, habían caminado en masas
por el desierto adueñándose del puerto, que era posible que saquearan
las casas, que violaran a las mujeres, incendiaran la calle Baquedano.
Y me pareció escuchar la voz del Presidente Montt conversando con el
Ministro Rafael Sotomayor, dando órdenes al General Silva Renard, todos
macabros personajes.
Y observé a la tracalada ser conducida a esta
escuela, a ese reducto de madera de la época, a este sitio donde me
encontraba ahora tras treinta años de ausencia.
Mi hermana miraba
absorta. Ahora me encontraba sacando fotos al monolito de los caídos.
Al monolito de los que habían bajado al puerto a pedir sólo un mejor
trato laboral.
El sol quemaba, como quemó en esos años a los pampinos, acostumbrados a esas calderas del norte.
El
edificio en cuestión, el actual reducto abandonado, no fue precisamente
el que albergó a los obreros de la pampa antes de ser masacrados. La
tierra donde fue construido, en cambio, es el mismo cimiento donde la
sangre, donde los cadáveres se hacinaron en la época. El antiguo era un
caserón de madera que alcanzaba incluso hasta el Mercado Centenario,
levantado en maderas en 1883 ad porta de la Guerra Civil del 91. Dicha
construcción, más allá de los acontecimientos narrados, alcanzó a
mantenerse en pie hasta 1928, año en que fue consumida en gran incendio
un día 7 de marzo. 8 años más tarde, en 1936 se levantó el actual
edificio en abandono con un material más sólido y por donde pasaron
numerosas generaciones de estudiantes.
Tanta historia encerrada en
estas paredes que ahora se encuentran rayadas con consignas políticas.
Tanto abandono en ese monolito ubicado a un costado del edificio. Me
pregunté qué pudo haber pasado. Fueron varios días consultándome,
indagando. La realidad es que hasta el año 2005, tras el terremoto del
15 de junio quedó inutilizable, y en consecuencia, abandonada como
centro estudiantil. En el frontis, en medio de la hediondez del
entorno, se mantiene un lienzo que anuncia matrículas para el presente
año 2010, designando un nuevo lugar transitorio de docencia: la Avenida
Salvador Allende, casi a las laderas del cerro El Dragón. De acuerdo a
algunas informaciones de prensa, la restauración del edificio se
realizaría el año 2012, tras ser tramitados fondos para estos efectos
por el Consejo Regional de la zona. El dilema es si se mantendrá como
escuela o si se transformará en museo histórico. Hay quienes se
inclinan por la segunda opción. Habrá que esperar.
La Escuela Santa
María no sólo se caracterizó por ser un lugar donde se entregaba una
excelente educación, sino también por los fenómenos paranormales que se
producían. En la década del 60, tiempo en que me tocó estudiar, era
común escuchar voces y ruidos de seres invisibles que deambulaban por
los pasillos a eso de las 7 de la tarde, cuando el profesor nos
castigaba por mala conducta. Más tarde las generaciones posteriores,
los guardias del establecimiento, fueron narrando cosas similares, lo
que se transformó en pan de todos los días, golpeteos de puertas,
lamentos a altas horas de la noche.
Mi hermana estaba absorta. Yo seguía sacando fotos. Los obreros masacrados, los más de 3 mil, no han podido descansar.
Las calles de antaño y sitios de mi infancia
Ignoro si hay otro centro comercial en la ciudad. Es posible.
Como
dije al comienzo, me interesaba recorrer las calles antiguas, las casas
de maderas que se mantienen desde el siglo 19. Iquique es hoy, sin
duda, una ciudad que ha alcanzado un alto nivel de construcciones
nuevas al lado sur.
Los lugares de mi infancia transcurrieron en el
sector de los colectivos O´Higgins con Patricio Lynch, al frente de lo
que es hoy el Palacio Astoreca, edificio construido en pino oregón y
que funcionó como Intendencia Regional a partir de 1909. La mandó a
diseñar Juan Higinio Astoreca, dueño, además, de tres oficinas
salitreras. Ahí vivió junto a su familia hasta 1904.
Los colectivos
dejaron de construirse al mediar 1942. Se caracterizan por ser dos
edificios con caracoles y de cemento duro, apto para la zona norte y
capaz de resistir terremotos. Fueron ejecutados por el arquitecto
Luciano Kulczewsky, quien además fue administrador de la Caja de Seguro
Obligatorio. En los tiempos de depresión por los que pasaba el Norte
Grande de Chile, tras la crisis salitrera, curiosamente fueron
edificados para los asegurados del sector en las ciudades de Arica,
Iquique, Antofagasta y Tocopilla. En ningún otro lugar se verán
construcciones como éstas. Vienen siendo verdaderas reliquias.
En
mis tiempos de niñez veía todo casi lejano. Desde el Colectivo al
Mercado Centenario, a la Escuela Santa María, a la Avenida Balmaceda.
En este retorno me siento en la obligación de decir que todo es
cercano, es decir, son sólo caminatas de minutos.
Mi vida
transcurría entre los colectivos, la Plaza Brasil, la calle Baquedano,
la Plaza Prat, el mercado, la escuela, el Liceo de Hombres, el de
Niñas, la Plaza Condell, la Playa Cavancha, el Micro Estadio, la Plaza
Condell, el Barrio El Morro, el Norteamérica, la calle Vivar, la calle
Tarapacá, la Radio Esmeralda, La Patricio Lynch, El Salitre. En esa
semana de visita al puerto histórico me convocaba revivir todos estos
sitios, los mismos donde se generaba la actividad social y política del
puerto.
En mi Juventud Iquique estaba pisoteado por las pesqueras y
su hedor diario. La ciudad invadida por las pestilencias, la ciudad,
incluso, de las banderas negras por la depresión. La proliferación de
locos por las calles, las huelgas estudiantiles que partían siempre del
Liceo de Hombres y que muchas veces fueron apoyadas por el jovencito
choro Soria de la época. De pueblo sufriente, de pueblo de sudor, aún
se conservan muchas construcciones, aunque le han puesto el timbre de
los nuevos tiempos.
Mi infancia transcurrió en la Plaza Brasil
(ahora tiene otro nombre) ubicada al frente de los Colectivos. Era una
plaza amplia con palmeras. Ahí lanzábamos piedras para comer dátiles.
Hoy es pequeña sin mucha vegetación y los escasos árboles que se
conservan, han sido invadidos por los patos yecos que los destruyen día
a día con su excremento. El mismo avance urbano de la ciudad ha sido el
culpable de esta proliferación. Le han robado el hábitat y no les ha
quedado más remedio que entrar a la ciudad.
Los recovecos de la
calle Lynch con sus almacenes ya no son los mismos, han sido invadidos
por construcciones nuevas. Busqué reconocer contornos de la calle Vivar
con Tarapacá. Hay muchas construcciones de la época que se esconden
tras la nueva urbanización.
Me senté en la Plaza Brasil a rescatar
mi niñez y ahí estuve tristemente varias horas. Busqué no sentirme
abandonado, sólo quise mirar el entorno. Vi deambular niños de este
tiempo y sentí que por mis venas corría el pasado, fuerte e histórico,
que no podrá ser acallado mientras exista el verbo y la palabra.
Me
fui a la costa a respirar el mismo mar de la década del 60. La
juventud, los muchachos y muchachas sobre las rocas, en las orillas de
playa, me dijeron en silencio que estábamos en otro Iquique, aunque la
historia hace la vida y a la inversa.
Quise retornar a mi Iquique sin que nadie se percatara. La verdad, la página del tiempo se encargó de eso.
Pero atrás está el inmenso cerro de la Cordillera de la Costa, el Cerro
El Dragón con su arena eterna, rodeado de casas pero aun vivos. Ellos
han sido los que han observado la historia en silencio. Son ellos los
que parecen guiñar un ojo, como diciendo que todo lo sufrido queda y
que toda alegría se canta.
Me pregunté si Iquique no es el mismo o yo no soy el de antes.
Y tomé mi avión de retorno a Santiago estudiando esta pregunta.