LA SALAMANDRA
Texto y fotografía: Wilfredo Carrizales
La salamandra se derrite sobre la pared donde creía haber encontrado un tesoro. Totalmente desconcertada se liga la cola para pasar desapercibida. De acuerdo con su costumbre debe sufrir un fuerte castigo corporal. La salamandra no sabe combinarse con la armonía. Se atormenta y se fricciona los ojos. Lucha por lograr que su nombre resuene durante el momento efímero del nacimiento del sol.
La salamanca se alimenta de carne en tirillas, se confiesa abiertamente y expresa su deseo sexual para vender su cuerpo. Sus verrugas le sirven para evitar ser secuestrada. Cuando enferma prepara un medicamento con tanino en encurtido. Con los extraños hace buenas migas desde el principio y así evade las confusiones de las presentaciones. Si llovizna anticipa su regreso a casa y por el camino va recogiendo ojos de personas, repugnantes pescados y adagios de la noche.
La sacabera viene y va y predice con anticipación el estrujamiento de las cartas. Ocupa sus ratos libres en difundir proezas de rincones. Ella padece por su flexibilidad, pero compensa este mal con su trabajo de contorsionista en los tubos del gas residual.
El tiro, que es una salamandra, más que anfibia, anfibológica, redunda en las peroratas y suele ser sacado de los recintos a escobazos. Después permanece igual como antes y pocas veces recurre a la violencia física para hacerse oír. Se le arruga el entrecejo si su opinión circula a escondidas y no es tomado en cuenta.
La salamandra combina leche con aguardiente y el aire se entibia con su proceder. La morbidez es su calistenia, su anhelo de blandura, su prolija secreción que retumba. En la densa niebla se pierde y así y todo no se aburre porque cuenta con los sueños que alberga en sus costados. Pisotea, huella, atropella, mas permanece incólume ante la adversidad y los tentáculos del desafuero. Derriba las nieves o los hielos que se congregan en los tejados y se aviene con su lengua de estaño a las cambiantes situaciones de lo superfluo.
La salamanca añora la higuera de pequeños frutos. Disuelve en alcohol sus angustias y pasa pronto a un estado de benevolencia y gratitud. Le place dormir sobre una alfombra de extensa hierba: allí mide su capacidad calórica y su inclinación a fundirse en promiscuidades. Es tolerante, a veces, sobre todo con unos seres de aspecto disolvente llamados hombres. La gloria y la deshonra forman su piel que sólo se marchita en primavera. El resto del tiempo su traje militar se confunde con la lujuria de los ramajes.
La salamandra distorsiona su aspecto a voluntad. En su corazón se precipitan las desgracias y en su bacinica, los aceites de la digestión. Obtiene con frecuencia títulos académicos y premios en campeonatos de belleza y sabiduría. Asiste poco a reuniones de reptiles y siempre encuentra una excusa para evadirse temprano y dedicarse a honrar las francachelas y los jolgorios. Ella ha nacido para registrar la trascendencia de las órbitas fatuas de los cuerpos celestes.
La salamanca navega a diario por el cielo raso integrado a la insolación. De allí obtiene sustento espiritual para las largas jornadas frente a las mesas de juego donde se apuesta a sobrevivir o fenecer. Ella admite que se demora en detalles y que en ocasiones declina ofertas de viajar al exterior por miedo a las aduanas y a las ictericias de moda. Posee un halo lunar y un diario de trabajo y con ellos se distingue en las contiendas de barrio. Su sustento lo saca del apego a la ley del más fuerte y queda satisfecha y no se encapricha por cualquier consejo que le lancen por mampuesto.
La salamandra revela el veneno que lleva oculto bajo las patas sólo cuando la provocan con calendarios de meses que declinan pronto. Ella intuye su ruina final en cada segmento de vida, pero siempre resulta un error de paralaje o apreciación por fatiga. No ceja nunca en su propósito de fundar un territorio libre de protuberancias y estupideces. Sus secreciones biliosas crecen paulatinamente y con golpes francos las disemina por los contornos. A la menor oportunidad preña a las mujeres que duermen solas y durante la gestación de ellas entona cánticos de triunfo y resistencia.
La salamanca engulle grandes cantidades de libros usados. Después, en los posteriores días, participa activamente en las decisiones de los gobiernos que quieren entrar en guerra y los convence de que es preferible ir a los mercados a comprar carne fresca. Ella también toma aceite de ricino por galones y luego se va detrás de los caballos y los induce a restregarse sobre los ocasos para que relumbren con nuevos bríos. Ella recorre con mucha frecuencia la distancia que hay del corazón de un hombre hasta su odio más próximo y le acerca un cuadrante para que mida el tamaño de su designio.
La salamandra se impone un peso para difamar al albedrío. Se deja llevar por la emoción y a merced de algún inocente se escabulle entre sus tabúes. Progresa con el aprendizaje y suelta los colores de su orgullo para que los recojan los pintores de pinceles gastados. Desempeña su oficio de pitonisa a la perfección y no acepta sobornos para que cambie los dictados del destino. Acumula fluorescencias y abigarrados aspavientos durante las tormentas de los apetitos carnales. Busca agua donde no la hay y pan donde sobra. Se abre a los caminos como si anticipara una corriente de humo que ansía un panal de abejas. Llueve con preeminencia y lo grita; trepa con devoción y lo propala; se pierde en un desconcierto y se encuentra por sus huellas y por su olor de rugiente fuego. Actúa sin arrepentimiento. Abunda en exageraciones y no se encariña ni con fotógrafos ni con estampadores. Talla la tradición para que se pervierta a la mayor brevedad. Tiene constantes pesadillas y ansía construir un enorme barco de espuma y sal. Sus pupilas tremolan con las auroras que se atosigan de vinos enterrados en los precipicios. Considera a su espíritu materia para ser diseccionada por expertos en falencias y raquitismo. Se siente vieja a diario y por eso rejuvenece con inaudita rapidez, a ojos vista.
La salamanca desenvaina una espada que lleva colgada del cuello y proclama inaugurada la época de los tigres citadinos y los lobos de película. Como reguero de pólvora avanza por entre la bruma con la premeditada intención de llegar hasta el infierno creado por los hacedores de leyes. Sobre las aguas de los deshielos se dedica a nadar en las tardes que, a contramarcha, fluyen hacia las fechas fijadas para su desaparición. En ocasiones se despierta pisando huevos y a continuación se conduele y sufre porque comprende que nunca tendrá descendencia segura. Devuelve al presente las asquerosidades del pasado con la intención de que todos se percaten de la circularidad de las cosas. Entra en la canícula como si ingresase a un horno malsonante donde sus músculos conocerán el asado proscriptivo.
La salamandra asusta. La salamandra injuria. La salamandra intimida con órdenes de ciudadanía. Se sostiene con las emulsiones de los labios que la alaban con fe. Apoya la concordia cuando conviene y la discordia al momento del hartazgo. Quien se ha atrevido a probar el sabor de su epidermis ahora vaga, sin memoria y sin rumbo, por los linderos inciertos de un país que no merece ser pintado ni cantado.







































Excelente Cierre
Me ha gustado mucho el pretexto del buen Carrizales para su texto sobre la ceguera padecida por tantos seres humanos que transitan los días sin concebir un pensamiento filosófico que les ayude a sobrellevar la cotidianidad consumista, sí, antes los artículos tenían tres o cuatro conjuntos que los agrupaban y ahora son docenas de necesidades las que tenemos que satisfacer y una cantidad de opciones exhorbitante para elegir cada mañana, tarde y noche.
Nuestro autor no olividó la real y mística definición de salamandra y cerró con un haraquiri poco ortodoxo y lastimero.