
* Este artículo fue publicado originalmente en Rey Mono
Por Víctor Sampayo
El poder tiene siempre a la mano innumerables (y justificables) métodos
para indagar "la verdad". O al menos una verdad que pueda satisfacer
sus propias expectativas. En Esperando a los bárbaros (Waiting for the barbarians),
Coetzee pone en boca del viejo Magistrado de aquella remota frontera
del imperio una serie de preguntas que retumbarán como tañidos de
campana a lo largo de toda la novela, cuando cuestiona al coronel Joll
acerca de la necesidad de la tortura como una especie de suero de la
verdad:
¿Qué ocurre si el preso
dice la verdad –le pregunto– pero nota que no le creen? ¿No es una
situación terrible? Imagíneselo; estar dispuesto a confesar, no tener
nada más que confesar, estár destrozado y sin embargo ser presionado
para seguir confesando. ¡Qué responsabilidad para el que interroga!
¿Cómo puede usted saber cuándo un hombre le ha dicho la verdad?[1]
La
responsabilidad de quien interroga. ¿Cuántas veces no se han sabido
casos en los que cualquiera admite haber cometido todas las horrendas
fechorías que se le imputan, sólo para dejar de sufrir? Recuero un
chiste muy viejo que ilustra lo anterior de manera más bien agridulce:
en algún lugar del planeta se convoca a policías de todo el mundo para
que encuentren a un elefante perdido en la jungla con el fin de valorar
sus aptitudes para la investigación. Así, a las pocas horas aparecen
los representantes del FBI con un elefante africano, que camina
majestuoso ante los jueces de la competencia; poco después, los
representantes de Scotland Yard traen de la trompa a uno de los míticos
elefantes blancos; y después de varios meses de espera, aparecen
finalmente los policías judiciales mexicanos, pero arrastrando de las
orejas a una liebre. Los jueces del certamen, asombrados y
cariacontecidos, ni siquiera son capaces de pronunciar palabra ante el
insólito hecho: la liebre sangra de la nariz, tiene un ojo oculto tras
una hinchazón terrible, y en vez de lucir sus típicos dientes de
liebre, grandes y blancos como ventanales, luce un hueco con algunos
restos desportillados. El policía judicial mexicano que arrastra a la
liebre se acerca a los jueces del certamen y con un rugido estremecedor
le pregunta: "¿Qué eres, hija de puta?" La liebre, presa del terror
grita en el acto: "¡Soy un elefante, soy un elefante!" Y de inmediato
se echa a llorar...
Por supuesto, el Magistrado de la novela no
escapa a las ilusiones que el imperio entrega a manos llenas. Él mismo,
y este es uno de los momentos más lúcidos de la novela (la cual por
fortuna no tiene pocos), sabe que es la cara que muestra el imperio en
los tiempos de paz. Sabe que habría podido escapar al vendaval de
acontecimientos que sobrevendrán si sólo se hubiera ido de caza un par
de días. Es decir, huir para mantenerse apacible con sus propias
mentiras, en vez de malhumorarse debido a que en el horizonte ya
vislumbra algo que amenazará la deseada tranquilidad de su vejez. Y por
motivos asaz pueriles, el propio Magistrado degustará una larga serie
de humillaciones y torturas que lo harán comprender el significado de
saberse preso en su propio cuerpo.
Es cierto, una vez pasado el
infierno habrá una mediocre reivindicación; pero al final, después de
tanto sufrimiento gratuito (visto y experimentado), intuye, con lúgubre
precisión, que en realidad todos los habitantes de aquella frontera
perdida en el desierto sucumbirán ante las mentiras del imperio sin
haber sido capaces de aprender nada.
Tal como sucede con los niños de pecho.
[1] J. M. Coetzee, Esperando a los bárbaros, Editorial Alfaguara, Traducción de Concha Manella y Luis Martínez Victorio, México, 1992. p. 15.






































