
-El misterio de "La Caleta de Los Tres Muertos" (o caleta de "Los Gringos")
Dos comisiones partieron a la llamada caleta “Los Gringos” con el fin de traer los restos encontrados en ese lugar. Una salió de Iquique a las 6 de la mañana, en la lancha de la Gobernación Marítima. Era compuesta por los señores Armando Fuenzalida; inspector, don Francisco Daguino; práctico del puerto, donde Lázaro Araya; don Ramón Hevia, don Ricardo Cortés, ajentes de la Sección i don Juan E.Rivera, reportero. Otra comisión se fue por tierra, a caballo i era compuesta por los ajentes don Juan Chacón i don José Quiróz.
Las personas que fueron en la lancha llegaron al punto del destino a las 9.50 de la mañana i desembarcaron en unos peñascos, de donde marcharon a la esplanada.
Recorrieron los diversos lugares e hicieron las observaciones del caso.
Después, los ajentes de la Sección envolvieron en sacos los esqueletos i los trajeron al puerto.
Los ajentes Chacón i Quiróz, que formaban la otra comisión investigadora, regresaron a las nueve de la noche.
El sitio preciso en donde se hallaron los cadáveres, es una pequeña planicie formada por el desbarrancamiento de las piedras de las montañas cercanas.
Abarca una regular estensión de terreno, pero sólo una estrecha parte sirve de paraje i en donde los pescadores, según hemos sabido, pernoctan o almuerzan cuando hacen jiras por la costa norte.
Más allá de la planicie, como a una milla i media, se divisa una casucha. Ella sirve de depósito al pescado que se lleva por el cerro a las oficinas o que es traído por la playa a la ciudad.
En el teatro de la oscura tragedia pudimos ver los cadáveres, todos dispersos i agusanados. El hedor allí es en estremo inaguantable.
Acá un fémur, allá un cráneo, por un lado un brazo, un pierna por otro, en fin: un espectáculo que estremece los nervios i que hiela la sangre.
Por las demostraciones, se puede fácilmente deducir que los protagonistas del drama habido en la Caleta de “Los Gringos”, ocuparon la planicie para tomar algún alimento. Junto a la deforme osamenta hai una botella de vidrio, negra, que talvez contuvo agua o licor. En otro lugar, también cercano, hai papeles de serpentinas de carnaval, ya despedazadas y descoloridas por el sol.
Recorrimos el paraje solitario i observamos muchas huellas. Si los individuos hubiesen rodado por el cerro como alguien ha dicho, seria imposible constatarlo por medio de las huellas porque en todo el faldeo se ven iguales. La arena movediza produce esas marcas, debido a los vientos i a otras cien circunstancias que las provocan, de que suerte que las huellas sería tarea vana establecer el desbarrancamiento que se supone.
Naufrajio tampoco puede haber habido. Primeramente porque los restos mortales se hallan mui distantes de la playa; segundo, porque no se tiene noticia de la pérdida de embarcación alguna i tercero, porque la botella encontrada dice claramente que allí hubo jente estacionada. La propia colocación de la botella refuerza esta última creencia: estaba bien ordenada, con su corcho respectivo al lado, como quien la pone en una mesa.
I después las serpentinas ¿Cómo llegaron allí?
Todos estos detalles que hemos visto personalmente nos alejan de la suposición que se trate de un naufragio o de una caída desde una montaña.
Circula una versión que tiene todos los caracteres de una leyenda, pero que la consignaremos aquí, ateniéndonos a la célebre sentencia de que “todo cabe dentro de lo posible”.
Se dice que talvez los infelices fueron trabajadores de la pampa que, pobres o ébrios, decidieron bajar al puerto para jugar al Carnaval; que agobiados por el cansancio i la sed allí murieron, a la manera de tantos otros que han perecido en las abruptas montañas del interior o de la costa; que sin duda la botella que se halló junto a ellos fue agua. Pero a nosotros nos parece (por no decir mucho) ilusionada esta versión.
Si vinieran a pié, seña es que se hallaban faltos de dinero i por jugar al Carnaval o cualquier bendito se arriesga a tamaña empresa. Además de las serpentinas ¿A título de qué las trajeron? ¿No pudieron haberlas adquiridos en el puerto? ¿Era fuerza acaso que vinieran con paquetes de papelillos de Iquique, cuando en lugar de esto debieron traer agua i alimetos?
Como decimos, parece leyenda esta que muchos sostienen con la insistencia de una cosa verídica.
Pensamos, más bien, i con nosotros piensan mucho, que en este doloroso suceso hai un crimen oculto que mui pronto será revelado a nuestros ojos.
Mil motivos tenemos para forjarnos tal idea.
(continúa...)







































Sobre Don Lázaro Araya...
Para Rodrigo Ramos Bañados, el redactor de este asombroso relato de principios de siglo:
Saludos, mi nombre es Sebastián Maggi Silva, estudiante de Ingeniería Civil de la Universidad de Chile, y debo darte las gracias ya que es un agrado encontrar las historias de mi tatarabuelo en Internet, a la vez de que esto me tomó realmente por sorpresa. Vagando por Google, di a parar con esta página. Tengo vagas nociones sobre mis antepasados, pero en particular de Don Lázaro, ya que contamos con información y también de fotografías. Quizás seamos parientes lejanos, no lo sé.
Don Lázaro Araya, el protagonista de este relato, tuvo dos hijas: Fresia y Julia Araya Albarracín, y Doña Fresia fue madre de mi abuelo José M. Silva Araya, el cual comparte conmigo la alegría de haber encontrado noticias de su propia familia.
Mis abuelos me contaban, que existía un Libro empastado, lleno de recortes de periódicos, que tenía todas las historias y aventuras sobre el abuelo Lázaro. Al cabo de unos años, y luego de que mis abuelos abandonaran la casa en donde vivían (que era la misma en donde vivió el abuelo Lázaro), el libro se perdió de vista (para ellos por lo menos), quizás es el mismo libro de donde extraes toda esta información. Sería un agrado saber si eso es así, ya que ese libro representa parte importante de la historia de nuestra familia.
Ojalá podamos compartir información en un futuro próximo, mientras tanto, nos gustaría seguir leyendo sobre las asombrosas aventuras del detective Lázaro Araya.
Saludos al norte de Chile,
Sebastián Maggi Silva