
PRONTUARIO
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
A
Algún David encontrará la forma
de expresión perfecta. (Recordará con nostalgia la época de su pubertad con la
virtud o la religiosidad malogradas). En la edad de merecer mujer galante se
pondrá de cara al edicto que tratará de modificar su ignorancia. Pensará: si me
duplico, ¿me cortejarán a dúo? ¿O simplemente la dureza de mi cualidad me
salvará del rincón de los olvidos?
David en peligro de volverse un
endriago. Estrangulado por el deber y la devoción hacia su madre frenética,
débil mental, influenciada por las esdrújulas de su convento de pacotilla.
David sacando cuentas en el
contramarco de la buhardilla, sopesando sus angustias por no poder encontrar la
fórmula que lo conduzca hasta la bivalencia de la bisoñez. (El termómetro
descendió y se ubicó en la raya que le produce asco al otoño). Hay unos
carbones en el ambiente que él no reconoce ni por asomo. La obra que lo detalla
lo perfila para las actuaciones de provincia. David propiamente aletargado en
el fuego negro que no cobra confianza.
David vuelto un chasco, un
pájaro de poca monta, un sujeto donde el zapato aprieta y no existe
salvoconducto. Todas las maneras se le avienen como sintagmas en penitencia,
como sinopsis de una inflamación del alma que no se expone. Humor sin sentido
el de David, ya de por sí opacado por el tedio y el mal vivir a la sombra de
sus complejos.
¿Llegará David (a pesar de la suma de parámetros verbales) a resolver el crucigrama que el expositor preparó para él? ¿Se reunirá con la lluvia en la tarde que no se precisa? ¿Mejorará su prognosis, su cadencia de mandíbula, su fiebre en el ocaso del viento?

B
Belén no se llama. Sería meterse
en un gran lío. Su belleza es la obra musical de una olvidada castidad. Auto de
fe cuando se desanda la memoria y no se siente repulsa al volver a percibir las
manos callosas en el acto de acariciar las nalgas en la exégesis madura.
Angelada mujer que seculariza la existencia. Ella se funde en la electricidad de
la noche y con suprema claridad revierte los sábados en goces. Azula los
niveles, las argamasas, las chimeneas y acierta siempre en las carambolas que
tejen las arañas. No cabe en ningún marco, guiña los ojos y con sus uñas señala
la dirección del despertar. Belén no se llama, pero a veces lo dudo y enmudezco
en el domicilio que se anticipa.
Pronto se agotaron las bellotas
y el mal de amores continuaba retumbando con su martillo de carne y nervaduras.
Los colores se disolvieron con sus buenos instintos. En la espira de los sueños
trasudaron emociones y vitalismo que fluyeron hacia un campo abonado. Los
residuos del aceite decidieron jugar en plena autonomía y fueron hipérboles en
la piel que conglomeraba sus mejores sustancias.
Una bicicleta se presta para trasladar las buenas nuevas. Es como un árbol rodante que propicia vida y nos acerca a la playa prometida o al prado donde se aficionan los amantes entre libros y paganas letras. Una bicicleta antigua, recién inventada, con sus pedales de alegoría y sin testamento del dueño. Vehículo que sirva para desarrollar los caminos y empedrar las galerías y dar vueltas y vueltas alrededor de las lecciones y marchar a contrarreloj con una desnuda Belén montada en el manillar.

C
Causa la gorra el abatimiento a
un león. El caudillo se da de cabezadas. Ruge, se exaspera y de nada vale su
disgusto. No es un león rampante: sus garras se afanan en concursos de moda
para lograr un ranking que lo catapulte hasta un circo de fama. La fiera ya ni
come, sólo devora visiones. Sobre su pelambre crece la desazón y los tatuajes
le pronostican la reticencia y el rey se subsume en su alevosía. Más bien es un
león tramposo, un animal en retiro, apocado en lo erróneo, malquisto...
Se tensa la situación. ¿Habrá
una propiciante víctima? Se levanta la caza. Se formula una teoría sin el
auspicio de Darwin. ¿Alguien escarmentará en gorra ajena? Se invita al director
del zoológico y el sitio se puebla de ofensas. El león no puede erguirse.
Sopetea sus desperfectos. Se le asigna un delito. Consecuencias: la docilidad
se ampara bajo flores de plástico; de los ojos del león brotan espurias
lágrimas; la derrota produce un resuello de guiñapo; las fechorías no se
espantan e incrementan los abusos; se mutila la libertad de bostezar. ¿No será
mejor hacer mutis por la fosa? ¡Silencio! El ex-rey de la selva prepara su
catalejo y su catafalco. Dejémosle morir con sus contradicciones a cuestas.
A todas éstas, sería de
universal interés la filmación de un cortometraje que recoja el conflicto
irresoluto del león (Panthera leo; pariente lejano del rugiente de la Metro) y
la gorra de marras. Buenos guionistas sobran. También generosos productores,
inteligentes directores... Al león se le puede dar cuerda para que no se
lesione y pintarlo de amarillo de semáforos para que luzca de nuevo fiero y
cumpla lo que prometa. El éxito de taquilla está garantizado si se incluyen
algunos perros y se les otorga patente de corso.
(Mientras rumiamos y elucubramos, la sombra de una fragata ingresa al plató. Viene a por nosotros. Con las velas hinchadas, la tripulación fantasma se mueve de babor a estribor y el capitán consulta su cuaderno de bitácora y subraya nuestros nombres para la cena de esta noche).

D
Discutible. Hasta llegar al
acaloramiento. Que si la hoja seca no debe pegarse a la madera con cinta
adhesiva, sino con una pinza o un broche parecido al que sujeta cierta ropa
interior femenina. Que si la hoja seca escogida tuvo que haber sido de álamo y
no de arce porque esto nos acerca a los canadienses y tal asunto está mal
visto. Que la hoja seca debió aplanarse antes de colgarla para que se realzaran
mejor las nervaduras y los hilillos y los retazos de tierra e insectos. ¡La
exclamación de fastidio, indefectible, necesaria, consecuentemente va a romper
los cristales y torcer las patas de la mesa!
El interruptor de la lámpara se
tornea y de su posición vertical pasa a una vacilante. Temo que el
cortacircuitos se dañe por exceso de oscilación. Mas nada puedo hacer. Me he
quedado solo, a merced de los ademanes paranoicos de mi espejo. Tomo un
portaminas y trazo algunas líneas que me sirvan de orientación. Apuro la taza
de café con brandy y me empleo a fondo en la resolución del enigma que me
ocupa.
(La voz de Edith Piaf me ubica
“Sous le ciel de Paris” y me aleja de la bruma que con obstinación devora la
poca luz del día de hoy. Mi ojo es un obturador que le saca provecho a su
victoria contra el tiempo. Doy palmadas y me fumo la mitad de un habano que un
anticastrista dejó en el cenicero).
La minúscula bicicleta antigua remontó las alturas y se posicionó en un lugar envidiable. Allí aguardará al próximo bufón para que la conduzca hasta los mataderos del arte y le abra todos los postigos que llevan a la retaguardia de los salones y a la fama póstuma de errancias y desaciertos.

E
Enmienda, no. Nada se
enmohecerá. Todo el material está sumamente agradecido. ¿Dónde están los vicios
o los defectos? En la maraña se pueden enredar los peces que así lo quieran. Yo
soy un escribidor con tachas y me compenso e indemnizo con unas cuantas
botellas de vino de dos orejas. Es la designación de los tintes lo que desvirga
la rosa roja y seca de los encantos. El silencio se reduce a una mesa manchada,
donde alguna musa hizo sentir su vuelo de mosca puta.
Por la salud de los monólogos,
me pregunto, ¿cómo estará el enemigo del vacío? ¿Su recuerdo será pólvora
salvadora? El rompimiento satisface cuando de continuo va precedido del
ronroneo de los pinceles. ¡Quia! El ocio, con su mandíbula de mamífero, no se
aquieta como la estatua de carbón y esclerosis. Quienquiera que haya sido
estacionario fácil le resulta comprobarlo.
A la vuelta del rincón, una
oreja se moja bajo el mapa de los grifos. Del grosor de las texturas se logra
un ¡ojalá! para la ventana por donde sobresalen los hombros. Lo negruzco se repite
en las manos y el oro y la plata aporreada, a la luz del farol, se lustran para
llegar a ser tónicos de la sabrosura.
El lúpulo vino después, en vasos
de dudoso ritual, y los viejos papeles se insertaron para ser inservibles. Mi
alma se asentó en su cántaro. El corcho se durmió en su axila y la fe se
separó, consustancial, de la anestesia que la curtía.
De siempre, techo abajo, el canon tipifica el trabajo de las envolturas en la fragilidad de las horas. Al margen del oficio de máculas germina una paleta que es consecuencia del corazón. En precario el agua se duerme con el hollín del realojo. Un demonio sabio cata el extracto y en la saturación de lo sucio se transfunde al interior de la zafra y no queda yerto.






































