
WITOLD GOMBROWICZ Y JUAN CARLOS GÓMEZ
Gombrowicz
realizó dos travesías oceánicas, una a bordo del Chrobry de Polonia a
Buenos Aires, y la otra a bordo del Federico Costa de Buenos Aires a
Europa. Su vida es también una travesía que Gombrowicz relata a su
manera. Imaginemos entonces que el “Diario” es un barco, en ese barco
Gombrowicz parte de Polonia, atraviesa su Ecuador en Montevideo y
arriba la puerto de Checoslovaquia.
Ninguno de los hombres de letras
del club de gombrowiczidas le da a su propio país la importancia que le
dio Gombrowicz a Polonia. Su empresa literaria de mayor alcance fue el
“Diario”, unas narraciones que empieza y termina con asuntos de
Polonia, peripecias en su mayor parte escritas en la Argentina desde
1953 que concluyen en Francia en 1969.
Inmediatamente después de los cuatro yo que
mete al comienzo de esta obra nos cuenta la impresión que le produce la
lectura de los periódicos de su país. Es como si le hablaran de unas
aventuras que corriera alguien muy próximo a él en una tierra extraña.
El alguien ya no es próximo pero le queda con la persona conocida una
identidad diluida.
La presencia del tiempo en las páginas de esos
periódicos es tan fuerte que se le despierta el deseo de un contacto
directo con ese alguien, aunque sea para vivir y relacionarse de una
manera imperfecta.
“Pero la vida queda como detrás de un cristal,
alejada; parece como si ya no nos perteneciera y lo observáramos todo
desde un tren”
El Ecuador de esta travesía es Montevideo pues a
caballo de los años 1961 y 1962 estamos en la mitad de un viaje que
empieza en 1953 y termina en 1969. En el año 1961 Gombrowicz se embarca
en el General Artigas y se va con el Asno a Montevideo. En el barco
hace reflexiones sobre la línea beethoveniana y manifiesta que en
“Pornografía” intentó volver a este tipo de melodía.
“¡Qué
descaro de mi parte recurrir a unos temas tan fascinantes y melodiosos!
Sobre todo hoy, cuando la música moderna le teme a la melodía, cuando
el compositor, antes de utilizarla, tiene que despojarla de toda su
atracción, volverla árida. Lo mismo ocurre con la literatura: un
escritor moderno que se respete evita toda suerte de cebos, es difícil
y prefiere repeler antes que tentar (...)”
“¿Y yo? Yo hago
justamente lo contrario, meto en la obra todos los sabores más
sabrosos, los encantos más encantadores, la relleno de bellezas y
excitaciones, no quiero una escritura árida, sin hechizo... Busco las
melodías más cautivadoras... para llegar, si lo consigo, a algo todavía
más seductor”
Gombrowicz y el Asno desembarcan, se alojan en un
hotel y a la noche van a una conferencia que da Dickman en la
Asociación de Escritores. En la sala flota en el aire la cortesía, la
banalidad y el aburrimiento. Paulina Medero preside la sesión: –Tenemos
el honor de presentar al señor Gombrowicz a quien saludamos; quizás
quiera decirnos unas palabras; –Bien, Paulina, ¿pero de hecho qué es lo
que he escrito? ¿Cuáles son los títulos?
Este
comentario sobre los títulos me hizo acordar al escándalo que se armó
con la persona que me había presentado a Gombrowicz en el Rex cuando le
preguntó por los títulos de las obras de Hegel. Dickman acude en
auxilio de Paulina: –Yo sé, Gombrowicz publicó una novela en Buenos
Aires traducida del rumano, no, del polaco, “Fitmurca”... no,
“Fidefurca”. Se produce un malestar generalizado.
Termina el acto
y Gombrowicz estampa en el libro de la Asociación su firma, tras lo
cual se lo pasa al Asno para que lo firme también. Esto vuelve a
provocar inquietud porque el Asno está en la edad del servicio militar
y todavía no tiene pinta de literato. De ahí se fueron con Paulina y
Dickman a un restaurancito que se daba aires, en el que los poetas
habían preparado un banquete para homenajear a un profesor.
Se
levantan los poetas y las poetisas y sueltan poemas en honor del
profesor. Cada uno de los cincuenta poetas presentes tenía que
pronunciar su poema de homenaje. Gombrowicz llama al mozo, pide dos
botellas de vino y empieza a tomar. Le llega el turno a una poetisa
grasienta y barrigona, la poetisa se levanta de un salto, y mientras
balancea el busto de un lado para otro y agita los brazos, emite
manojos de rimas nobles.
Gombrowicz no aguantó más y lanzó una
carcajada tras la espalda del Asno, que también soltó una carcajada
pero sin ninguna espalda que lo protegiera. En medio de miradas
indignadas se levantó el laureado para soltar su discurso, Gombrowicz y
el Asno aprovecharon la oportunidad y ahuecaron el ala.
“¡Chismes al canto! Al día
siguiente, mientras cenábamos, Dipi oyó que en la mesa vecina se
hablaba del escándalo que se había armado en la Asociación de
Escritores y de la provocación en el banquete de poetas... ¡Alguien
aconsejaba escribir a Ernesto Sabato para preguntarle si su carta
dirigida a Julio Bayce en la que me recomendaba calurosamente era
auténtica!”
A caballo de los años 1961 y 1962 pasé una vacaciones
con Gombrowicz en el balneario de Piriápolis. Viajamos en un buque
elegante que hizo el trayecto entre Buenos Aires y Montevideo en una
noche estrellada. A bordo de la nave no pasó gran cosa, salvo la
proposición que me hizo Gombrowicz de que nos contáramos la vida y nos
tratáramos de tú.
Esta idea sorprendente de Gombrowicz me
dejó de una pieza, cuando recuperé mi compostura me negué con mucha
cortesía pero no sin cierta intranquilidad. Es una pena que no haya
escrito yo también mi propio diario, a estas horas podría recordar con
más detalle lo que realmente ocurrió en Piríapolis, pues Gombrowicz, en
el suyo, le dio rienda suelta a su imaginación, al punto que lo
comienza narrando nuestro viaje en avión.
Cuenta
que habíamos viajado a mil quinientos metros de altura unos cincuenta
pasajeros en total que, según se le ocurre a él, hubieran sido una
cantidad diferente si estuvieran en tierra. Divisa desde el avión una
eczema de cinco millones de individuos que se alejan de nosotros a
quinientos kilómetros por hora.
Desde la altura también vio,
seguramente, el barco en el que realmente viajábamos nosotros, y del
que nos estábamos alejando cuando mucho, a trescientos kilómetros por
hora. Promediando el vuelo se puso a hacer cálculos. Si bien el viaje
de doscientos diez kilómetros lo habíamos hecho en veinticinco minutos,
la duración total, con revisión de valijas y verificación de papeles,
fue de ciento ochenta minutos, exactamente.
Llegados a
este punto se imagina una igualdad: el número de kilómetros recorridos
era igual al número de pasajeros más ciento sesenta minutos, un cálculo
que somete a mi consideración y al que yo completo con reflexiones
sobre el fenómeno de la cifra y la cifra del fenómeno. Cuando salíamos
de la aduana se le ocurrió que yo hablaba demasiado, que había hablado
sin parar durante todo el vuelo, aunque no estaba del todo seguro por
el ruido de las hélices.
Antes de subir al ómnibus se puso a
observar un bulto que llevaba un pasajero del que goteaba vodka; entre
la altitud y la vodka que goteaba quedamos un poco aturdidos, yo
terminé saltando del ómnibus pues me había olvidado la valija en
tierra. Gombrowicz llegó solo a Piriápolis a las cuatro de la tarde. En
la casa se topó con unos alambres en los que los habitantes colgaban la
ropa, una situación que presagiaba un futuro incierto.
“Era una casa construida en un bosque de pinos,
muda como un pescado petrificado, en la perspectiva gótica de árboles y
de ese desierto donde las guirnaldas de telas y de lencería de hombre y
mujer representaban para mí, en ese momento, después de mis recientes
tribulaciones –dudo que esto resulte claro–, una especie de atenuación
de la cantidad humana, una substitución, o una real decadencia... un
espectro pálido de la locura, algo lunar... mórbido...”
En la
habitación se pone a mirar tres botellas de vino, hace unas
consideraciones acerca del alcohol que se le había subido a la cabeza
cuando vio la vodka que goteaba, y se pone en guardia pues tiene el
presentimiento de que lo que le va a ocurrir en Piriápolis va a ser tan
sólo una farsa.
“Ayer contó que en la escuela sus compañeros le
gritaban: –Cierra la canilla–, si esto no daba resultado le ponían un
recipiente bajo el mentón”
Una niña de ocho años se nos aparecía
como la representante del otro lado de la casa y nos servía el
almuerzo; a Gombrowicz le gustaba que los otros se le aparecieran de
esa forma atenuada y reducida. De nuestro lado, en el dominio del
bosque, no hay más que ropa tendida en los alambres.
“Pero
nuestro encuentro con la farsa todavía no se ha engendrado (...) la
cuestión es saber si todo esto es farsa, si nosotros figuramos dentro
de esa farsa, si yo fuera de color gris agregaría: una farsa como esas
camisas y esos calzoncillos”
Sospechaba que yo tenía el hábito de
hacer farsas, que ese proceso se estaba elaborando en mí, por lo que se
alegraba de esa propiedad genial y fructuosa que tiene la literatura,
esa libertad que le permite al escritor construir tramas como si
eligiera senderos en el bosque sin saber dónde lo lleva y qué le
espera.
“Gómez lleva a su boca un vaso de curasao. Me confía con una sonrisa que no encontró
hasta el momento en toda Piriápolis una sola persona que hable, nosotros somos los únicos...”
A medida que hacemos excursiones el presentimiento de la farsa se le acentúa a Gombrowicz.
“Fuera
de aquí, fuera, la farsa, No. No. ¡Fuera! ¿Pero por qué se pega así a
mí? La botella mea pero el calzoncillo seca. Fuera de aquí. Fuera
farsa. Por qué se pega a mí esta Farsa... por qué me invade como un
parásito... hija de perra... Farsa... Fuera”
También relata nuestras
conversaciones y discusiones interminables sobre los asuntos más
abstractos: las formas de la afirmación, los límites del hermetismo, el
número pi, la ingenuidad de la perversión, la tragedia seca y viscosa,
el sujeto del prefijo “ex”, el carácter maníaco de la física, la
cuádruple raíz del principio de razón suficiente, el principio de
corporalidad.
Pero la farsa lo empieza a golpear sin piedad. En
medio de la oscuridad se le dibuja en la ropa colgada que parece una
bandera envenenada, una bandera de los que están del otro lado, a
quienes reconoce bajo la forma de calzoncillos y de camisas. La farsa
le muestra los dientes. No quiere discutir más conmigo, no quiere
mezclarse con ninguna farsa, sabe que si responde a la farsa con la
farsa está perdido, debe cuidar la seriedad de su existencia. Si tiene
que ser cómico, que lo sea sólo exteriormente, no en su interior. Él,
en su centro, debe quedarse imperturbable como Guillermo Tell, con la
manzana de la seriedad sobre su cabeza.
“He
aquí que todo termina. Dejé Piriápolis el 31 de enero y, vía Colonia,
llegué a Buenos Aires en el mismo día, a las once y media de la noche.
Gómez se había ido antes, lo habían llamado por telegrama desde la
universidad. No sabré pues jamás qué es lo que realmente pasó en
Piriápolis”
Yo tampoco supe, y menos aún lo sé ahora, lo que ocurrió
en Piriápolis, sin embargo, di una versión incompleta de lo que no sé
en una de los capítulos de “Gombrowicz, y todo lo demás”, un libro que
los gombrowiczidas conocen. Después de dieciséis años Gombrowicz se
despide del “Diario” recordándole a los polacos el olvido de que
Polonia era un país ocupado, tan ocupado como lo estaba siendo
Checoslovaquia después de la entrada del ejército soviético.
En la prensa de la emigración habían aparecido protestas valientes que Gombrowicz comparte mereciéndole todo su respeto.
“Pero
hay un detalle que me da que pensar, un detalle casi freudiano: su
indignación casi infantil parece olvidarse que Polonia ha sufrido de la
misma violencia. Al fin y al cabo, Polonia es desde hace años un país
ocupado, exactamente como lo es hoy Checoslovaquia. Si dijeran ‘Para mí
la violencia es un acto cotidiano, sé lo que es, por eso condeno la
invasión rusa’, todo estaría claro. Pero se les ha olvidado..., incluso
a quienes viven en el extranjero. Consternados por Checoslovaquia han
olvidado su propio destino”
Estas
son las últimas palabras que Gombrowicz pone en ese magnífico “Diario”,
una sinfonía perfecta de una de las voces más singulares y complejas
del siglo XX.
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