
Hacía demasiado calor tras bambalinas. Los ventiladores sujetados al techo se habían averiado meses atrás, y las luces ubicadas en torno de los espejos y las alacenas de maquillaje aumentaban la temperatura del recinto. El ir y venir de las bailarinas, las voces y los ruidos agregaban un matiz más sofocante.
Para la chica el clima ahogante no significaba un obstáculo para realizar sus labores. Permanecía sentada con la espalda graciosamente erguida, maquillándose con colores exóticos. Arremolinaba sus pestañas, delineaba el contorno de su sonrisa con intenso carmín, y acomodaba su lacio cabello negro haciéndolo suspender provocativamente sobre sus senos. No tenía otra alternativa. Sabía que todo dependía de su seductora apariencia.
-¿Azabache qué pasa? Sólo vos faltás.
La rufiana, apresurada con sus negocios, cerró la puerta ignorando la respuesta de la muchacha. Azabache acomodó sus implementos sobre la mesa y salió al escenario. Los recuerdos de sus primeras actuaciones aparecían furtivamente siempre que llegaba aquel momento. A pesar de la costumbre, y a pesar también de atender a aquel nombre ajeno a su esencia, un ligero escalofrío la recorría desde las uñas hasta los cabellos: tal vez era la ansiedad por recordar su verdadero yo.
No obstante las inquietudes, el calor, los riesgos o el desvelo, aparecía irradiando una sensualidad exquisita. Su mirada profunda y su aplomo al retorcerse en el poste de oro eran las defensas que le habían ayudado a enfrentarse a los silbidos, las carcajadas, el humo y su propia desnudez. De vez en cuando cerraba sus ojos, dejándose llevar por el recuerdo difuso del goce del primer amor. Deslizaba sus manos por su cabello, bajando lentamente hasta su torso. Desabrochaba el sostén, desataba los nudos que ceñían sus caderas y exponía su piel canela añorando el amor finiquitado por las balas.
El grito del hombre con rostro de cuervo la desconectó de sus memorias. Tenía en sus manos un ramo de billetes, los que agitaba ansioso por obtener las gracias de la joven. Ella conocía por completo la rutina; así fue como se acercó lentamente hasta la mesa para tomar la paga, terminar su danza erótica y saciar el deseo de su cliente.
El resto de los presentes aplaudía a su compañero, felicitándolo con toda clase de improperios. Azabache entró a una de las habitaciones vacantes dentro del establecimiento, procurando ignorar no sólo los ruidos ni los nauseabundos olores, sino también el tumulto de emociones que acudían a nublar sus pensamientos. Jadeaba temerosa al ver a aquel borracho desatar su cinturón, quitarse la camisa y bajar ansiosamente sus gruesos pantalones. Todo era misterio en aquel mundo de cuatro paredes.
La arrojó sobre la cama con violencia. La chica intentó forcejear por unos momentos, mas advirtiendo que sobre sí se posaba un manojo de tensión, cerró los ojos para tratar de soportar el instante. Apretaba sus labios, estrujaba sus senos, sujetaba sus caderas y frotaba sus muslos con un vigor motivado por la bebida. De inmediato trepanó hasta lo más hondo de su vientre, sometiéndolo al compás de un insípido vaivén. Azabache fingió gritar simulando un crescendo mientras se refugiaba en la sensación de los brazos que habían acariciado sus poros por vez primera. Hizo vibrar sus cuerdas vocales una última ocasión, en tanto que una viscosa explosión invadía sus entrañas dejándole un sabor amargo.
El cliente se tendió a su izquierda extenuado, quedándose dormido hasta el punto de parecer inconsciente. Ella cubrió su cuerpo con las sábanas y se echó a llorar en silencio. En sus lágrimas buscaba deshacerse de las sombras que la atacaban por el camino al que el mundo la había conducido. Conocía su poder para escoger pero ¿es que acaso había podido elegir en un medio estrecho de senderos?
“Sos una vil…”
No, no lo era. Jamás había jugado con los sentimientos del muchacho a quien amara. Todo lo ocurrido era el resultado de su lucha por sobrevivir.
“No, no lo soy”
Azabache sólo era su nombre de combate. Azabache era su escudo. Azabache era su máscara.
Y bajo aquel antifaz, la muchacha que lloraba envuelta entre las telas sacó una pequeña botella de la mesa de noche. Bebió tropezando el licor en su garganta, cerró de nuevo sus párpados y volvió a hacer el amor con el difunto como acostumbraba después de su jornada. Sólo aquel efecto de placebo mantenía viva a la joven que inevitablemente había olvidado su nombre para siempre.






































Bailarinas
Llego a casa y, prendo el ordenador con la única intención de entrar a Cinosargo, quizás esté el poema que he enviado para su inserción, estoy pensando, mientras la máquina termina por encender, y sorpréndome, con el cuento que supongo es original del joven Cardenal, exquisita su narración, atrevido su tema. Nos quedamos pensando en que la injusticia es lo que ha hecho presa facil a las mujeres como Azabache, mas no creo que todo deba ser conmiseración para ellas, pues realmente les gusta fornicar, no hay razón tan poderosa como el hecho de que les gusta fornicar...