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El aire de un trino

Enviado por Corresponsal cinosargo el 05/07/2009 a las 14:37
Corresponsal cinosargo

Relato de Teresa Iturriaga Osa
El aire de un trino
 

 
          Las Cadenas del Demonio se deshacen con inocente crueldad en las manos de los Sedientos.  

     
Leopoldo María Panero

 

     Cuando hay que decir adiós, me voy del brazo con mi amigo, el de los tristes ojos niños. Por las mañanas, nos vamos a su banco de mendigo y nadamos juntos del parque de las palomas moribundas hasta los finos jameos de un rumor. La luz que nos invade a los dos es ya un bolero perdido en el aire de un trino.

Y estamos solos, tan solos como el único beso que no abandonó nunca sus labios. Entonces vienen todas, y las migajas de pan nos recuerdan nuestra historia, la del defecto de dar y dar de nuestras manos. Por eso creo que estamos juntos como ángeles albatros.     
     Aquella mañana, Anna estaba desconsolada, quería salir corriendo del disparate cotidiano en el que funcionaba sin sentir ningún estímulo, nada le hacía palpitar, nada, nada, nada salvo el ruido del ascensor. Cuántas noches de desvelo esperando a que Héctor llegara del bar, con copas o sin ellas, lo importante era que aquel desperdicio humano que se decía “su marido”, por fin llegara sano y salvo al hogar. El viejo motor del elevador era la señal de tranquilidad necesaria para que su cerebro bajara las defensas, agotada por el silencio de la noche que la forzaba sin descanso contra la pared y apretaba con fuerza sus dientes contra el miedo. Sufría el pánico de perderlo. No habían tenido hijos. Por eso, nadie la obligaba a ser una mujer más allá de lo responsable, treinta y cinco años, una chiquilla, pero estaba totalmente desquiciada. Tenía los nervios estallados a causa de innumerables madrugadas sin sueño y durante el día sólo pensaba en una frase que ahora retumbaba en su interior: dejadme oír el viento, dejadme oír el viento, dejadme oír el viento…
 
     Por las mañanas, según salía del portal de su casa, Anna solía dirigirse a desayunar al café de un parque cercano. Allí pedía un café, un zumo de naranja y un croissant, y durante media hora se dedicaba a escuchar el fluir del agua en aquel remanso de paz antes de seguir su camino al supermercado. Uno a uno iba fijándose en los detalles del jardín, mientras los patos y los cisnes chapoteaban en su cortejo nupcial y los niños arrojaban migas de pan seco al estanque. Cualquier cosa le servía de distracción. Su mirada localizaba discretamente a las parejas de enamorados que escondían sus caricias entre las matas…  Observaba al perro corriendo tras la pelota de su amo, a la niñera con la anciana en silla de ruedas… al ladrón oculto en el tronco de un árbol, al acecho del primer descuido del débil para robarle la cartera… al típico viejo verde con aspecto de bonachón… Un desfile de palomas, urracas, abejas, mariposas, mirlos, gorriones, colibríes y libélulas inquietas, sobrevolaba su cabeza con un gran escándalo de trinos y zumbidos, de orgía en orgía, de seto en seto. Y un poco más allá, en un lugar apartado del parque, bajo la sagrada sombra de los magnolios, vivían los mendigos. Cada uno de ellos tenía su propia jurisdicción, cada banco era su reino.

 


 
     Pero ese día, algo llamó fuertemente su atención. Un bulto que asomaba entre los matorrales se movía con convulsiones extrañas. Sintió el impulso de acercarse hasta allí, podría tratarse de uno de aquellos pobres infelices… quién sabe si necesitaba ayuda. Y así sucedió. Bajando la escalera serpenteante de la emoción, en busca del tesoro, Anna se topó con el mendigo, la cara oculta del deseo. Tan ocupado estaba su corazón en las tribulaciones de la noche, que no encontraba en ella el valor suficiente para hablarle. Dudó si estaría muerto. Se preguntó sobre lo importante: ¿hacer la compra?, ¿salir corriendo?, ¿o, tal vez, regresar al nido? Finalmente, pensó que aquel hombre con su espasmo era lo primero. El reloj sabría esperar, quizás. Cuando giró su cuerpo, aún respiraba. No, no estaba muerto. Aquel peregrino disfrazado de dolor la miró.
 
-         Mujer… Ayúdame.
-         ¿Qué tiene?
-         No puedo ni moverme, hace dos días que no orino y siento aquí un fuego que me va a reventar las tripas…
-         ¿Quiere que le lleve a urgencias? ¿Pido una ambulancia?

 

-         Ya he ido al ambulatorio y me han dicho que tengo una piedra, pero no tengo un céntimo para comprar las hierbas para echarla, cola de caballo y rompe-piedras… eso se compra en herbolarios…
-         Espere… voy a traerle un poco de agua, tiene que beber mucho para expulsarla.
-         Si puede traerme algo para comer, por favor, no he comido nada en todo el día.
-         Vale, enseguida vuelvo.
 
     Así comenzó la relación entre el mendigo y la mujer anónima el día en que se cruzaron sus destinos. Todos los días, Anna bajaba puntualmente al parque a ver cómo se encontraba, le llevaba un termo con tisana, zumos, bocadillos variados, jabón y cuchillas para el aseo, toallas, ropa, mantas… Y, sin apenas darse cuenta, tras varias semanas de compañía, Juan Francisco se fue convirtiendo en su mejor amigo del alma. Era un verdadero sabio. Por su forma de hablar y de reflexionar sobre la existencia, a Anna no le cabía ninguna duda de que el misterioso pasado de aquel hombre tenía mucho que ver con un vasto conocimiento del mundo, pero también con una formación académica excepcional. Y aunque no tenía donde caerse muerto, era todo un caballero.
 
     Un mediodía de primavera, él la nombró reina y la sentó en su trono, reservando para ella la mejor parte de aquel banco de mendigo. Día a día, le fue contando muchas historias interesantes, cosas humanas difíciles de interpretar. Para él, ser miembro de la tribu del estigma significaba poseer un rango, un linaje especial que le confería un aire bohemio y ajeno al sistema. Una tarde le confesó que había estado viviendo en un psiquiátrico durante dos años hasta que se escapó. Toda una aventura, pensó la reina. Sin embargo, de todo aquello, de su supuesta locura y de las razones que le llevaron a su estado no le gustaba hablar, pero ella siempre insistía en que le explicara cómo había sido aquella experiencia tan emocionante para su imaginación. Alguna vez, Anna había pensado en la opción de ingresar en una casa de reposo para recuperar el equilibrio. No sabía cómo interpretar sus sueños y pesadillas, frases que le abrían un boquete en el cráneo sin salida lógica, a las que no podía encontrar una solución o explicación sensata. La imagen del mapache bajo la lluvia le había hecho pensar muchas veces que estaba medio loca, ¿quizá medio loca de amor? ¿Merecía la pena seguirle los pasos a Héctor? Ese enigma de la verdad le había hecho perder el norte.
 
(…) Tú no estabas en la frontera cuando sonó la campana.
Sólo un triste mapache me miraba bajo el árbol.
Intenté reanimarlo con un beso, pero ya era tarde, habías huido con ella.
El hada de la lluvia era nuestra única esperanza y tú te la llevaste amordazada.
Devuélvemela.
Hicimos un pacto, recuerda.
Sí, ya sé que estás ausente, y que aún necesitas ver el color de mi collar para comprenderme.
Pasarán dos lunas, tres lunas, cien lunas.
Vestiré con las ropas de mi pueblo, danzaré y danzaré…
Entonces, atraeré el alma del mapache y del hada, y no me quedará más remedio que irme o quedarme.
 
     La voz de su maestro le interrumpió el sueño:
 
-         ¿En qué piensas, Anna?
-         Nada… pensaba de nuevo en Héctor y el mapache… Sabes que sueño con esa imagen y no le encuentro ningún sentido. Me estoy rayando con esa historia, voy a la deriva… y no sé si acabaré en un psiquiátrico… Me obsesiona la idea de estar recluida en esos centros de salud con corredores llenos de personajes que no son de esta galaxia…
-         Durante el tiempo que estuve allí, vi muchos casos de enfermos mentales, encontré de todo, pero conocí a locos excepcionales, artistas, pensadores, científicos, disidentes… gente que antes el mundo llamaba visionarios.
-         ¿Y cómo no nos damos cuenta de eso ahora?
-         Sólo porque no siguen vuestro ritmo de despertador, sino la fugacidad de los deseos que nada tienen de elementales, ¿es eso suficiente para relegar al olvido a tantos genios en nombre de la cordura oficial?
-         Ya ves.
-          Y piensa en esto… ¿Qué es la ausencia, sino presencia?
-         ¿Quieres decir que parece que están ausentes, pero que, en realidad, están más vivos que nosotros?
-         En efecto. Por cierto, llevo días pensando en lo que me dijiste del mapache, es curioso… ¿Tú sabías que los mapaches se hacen los muertos cuando se ven amenazados? Medita en eso, quizá por ahí encuentres la solución a tus problemas.
-         Sabes que mi problema tiene un nombre: se llama Héctor.
-         Las adicciones también son desórdenes mentales, querida. A veces, sucede que nos hacemos adictos del alma.
-         Eso no es así. No me compares a un hombre con una comida o una droga…
-         No te engañes. A pesar de sus efectos secundarios, ese alimento tóxico nos mantiene vivos durante tanto tiempo que sólo la idea de cambiar de dieta suele costarnos la identidad. Los pilares donde hemos apoyado nuestro edificio vital se caen como naipes ante el temblor de la soledad.
-         Puede que tengas razón. No nos gusta pensar en lo que nos acecha en la sombra, sea bueno o malo, no estamos preparados para las sorpresas.
-         Todos tenemos miedo al cambio, a lo desconocido, al riesgo de jugarnos la vida por algo que puede decepcionarnos, por ese poco de humo que se desprende de la pasión… ¡Oh, miedo, poderoso verdugo!
-         Pues yo no pienso seguir así. Estoy hasta los mismísimos ovarios de vivir muerta de miedo. Esto no es plan.
-         Lo sé, estás harta, por eso me encontraste, pero yo no puedo hacer por ti lo que tú debes hacer. En ti está la solución.
-         Sí, ya lo sé, amigo mío. ¡Uy, qué tarde se me ha hecho hoy! ¡Tengo que irme! ¡Y gracias por tus consejos! Hasta mañana, cuídate.
 
     Anna durmió de un tirón aquella noche, sin pesadillas. Por eso, se levantó muy temprano, como una rosa, más animada que nunca. Héctor acababa de llegar de su juerga nocturna y yacía borracho en el sofá. El salón apestaba a alcohol. El panorama era desolador, pero, por primera vez, su mujer lo miró con una distancia infinita. Abrió la ventana para que entrara aire en la estancia y lo tapó con una sábana. Por supuesto, él ni se enteró. Después, como quien acude al llamado del amado, Anna se duchó y se arregló con más estilo que nunca, preparó su bolso de mano con cuatro prendas bonitas, el neceser, la cartera y un frasco de perfume Eau d’Orange Verte; tomó un vaso de agua, se puso las gafas de sol en el escote y apagó todas las luces del hall, dio la media vuelta y salió sigilosamente de su casa sin cerrar la puerta con llave. Bajó caminando por las escaleras, lejos del ascensor maldito que había golpeado su cerebro hasta machacarle la razón. Necesitaba sentir el sol y el viento a toda vela. El viento que llevaba sobre sí los trinos de los pájaros. Quería conocer el camino hacia las fuentes que sólo ellos conocen.


 



     Era mediodía y la gente caminaba por la acera con la prisa de la vida, todo se fundía en un abrazo de latidos cromáticos intensos, el gran momento de saltar al ruedo sin memoria, sin culpa, sin miedo. Fue la última vez que la vieron en aquella pequeña ciudad de estricto secano que se balanceaba sobre  los rascacielos. Durante meses, la buscaron sin éxito. La dieron por muerta. Pero, al cabo de un tiempo, Héctor recibió una felicitación de Anna por su cumpleaños en la que le anunciaba que nunca iba a volver a casarse y que no se preocupara por ella, porque era muy feliz. Se había ido a vivir cerca del mar, a un lugar donde se oía el galope del viento desde el amanecer.
 
 Ilustraciones: © Cheres Espinosa

 

 

 

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