
WITOLD GOMBROWICZ Y PHILIPPE SOLLERS
En
el año 1993 la revista L’Infini de Philippe Sollers publicó trece de
las cuarenta cartas que Gombrowicz me había escrito desde Europa. Un
cuarto de siglo antes Gombrowicz le había mandado al Hasídico unas
líneas sobre Sollers.
“Me he limitado a echarle un vistazo a
Sollers, sólo por curiosidad, pues me hallo en pleno galope. Su Sollers
es muy venenoso, aunque usted lo haga objeto de sus alabanzas,
innecesarias en mi opinión, y el capítulo dedicado a mí parece algo que
recorre el espacio como un bólido, diría yo, arrebatado, rugiente y
como furioso. Ahora bien, para conquistar la plena libertad frente a
los enemigos, es preciso liberarse de su modo de hablar; usted sigue un
tanto esclavo de lo que desea destruir”
Como este comentario no echaba mucha luz sobre la verdadera naturaleza de Sollers seguí buscando.
“Philippe
Sollers es uno de esos hombres que difícilmente suscitan la
indiferencia. Quienes no lo quieren –y que no son pocos– usan los
epítetos más ingeniosos para definirlo: ‘Bel ami hipertextual’, ‘animal
mediático insumergible’, ‘ex truhán reconvertido en policía’. Y hay
peores: ‘hiena dactilográfica’, ‘falsificador profesional o ‘perverso
polimorfo’. Jefe de redes y maestro de influencias, Sollers divide y
exaspera. Y si el poder se juzga por el peso editorial y mediático de
un individuo, entonces sí, ese bordelés de 70 años, es indudablemente
el ‘padrino’ del mundo literario francés. Autor y editor en Gallimard,
director de la revista L’Infini , cronista múltiple en el diario ‘Le
Monde’, en ‘Le Monde des Livres’ , en ‘Le Journal du Dimanche’ ,
infaltable en radios y estudios de televisión, ese ‘escritor de turno’,
como lo llaman algunos, combate en todos los frentes (...)”
“Omnipresente
en la escena literaria francesa desde hace 50 años, sus enemigos
apuntan un dedo acusador contra ése al que han llamado, según Sollers
se complace en recordar, ‘Judas hacedor y demoledor de destinos,
frívolo, superficial y esnob’ (...)”
“El joven Philippe Joyaux –con
apenas 20 años– pidió una cita con el más célebre de sus coterráneos,
François Mauriac. Un año más tarde, Mauriac bendijo su primera novela,
‘Una curiosa soledad’, que apareció firmada con el seudónimo de
Philippe Sollers (...)”
“Pero también lo promovió el poeta comunista
Louis Aragon. ‘Hay que reconocer que ese doble padrinazgo del Vaticano
y del Kremlin fue suficiente para comenzar mi carrera provocando celos
y envidias de todo tipo’ (...)”
Yo vengo sometiendo a los
editores, a los escritores y a los embajadores a lo que podríamos
llamar las ordalías de los tiempos modernos para poder explicar los
cambios, mutaciones y metamorfosis que sufren mis relaciones con ellos
con el transcurso del tiempo. Una característica común que tienen estos
juicios de Dios es que los acusados son sometidos a pruebas invasivas
pero extra corporales para encontrar la causa de la transformación. La
repetición de este fenómeno se ha convertido para mí en un objeto
decisivo, del mismo modo que le había ocurrido a Gombrowicz con un
cenicero.
“Yo
miro esta mesa y me fijo en el cenicero. Si me fijo sólo una vez no
pasa nada. Pero si vuelvo al cenicero y lo miro otra vez, entonces me
voy a preguntar por qué el cenicero se ha convertido en un objeto más
interesante que los demás (,,,)”
“Y si vuelvo a mirarlo una
tercera y una cuarta vez, el cenicero se convierte en un objeto
decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una
importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan
importante.. Esta emboscada de la conciencia tiene una gran importancia
en mis obras”
La
historia de las cartas que me escribió Gombrowicz desde Europa me
recordó por su carácter obsesivo a una noche del café Rex. Estábamos
dialogando sobre un problema que tenía cierta importancia, pero de
repente yo tomé la palabra y empecé a hablar apasionadamente de una
cuestión que carecía por completo de interés: –Gómez, no veo por qué
usted habla con tanto entusiasmo de un asunto insignificante; –Vea,
Gombrowicz, si hablara sin entusiasmo nadie me escucharía.
Gombrowicz
no era muy entusiasta que digamos pero se obsesionaba frecuentemente
con temas laterales, como cuando se ponía a esperar, por ejemplo, la
primera cosa que se le aparecería en la ventana de un café por la que
estaba mirando. Pero mientras yo trataba de despertar la atención de
los demás con el entusiasmo, Gombrowicz lo despierta con la maestría
que tiene para sacarle jugo a las piedras.
Las
transformaciones que sufren mis relaciones con algunos gombrowiczidas
tienen un cierto parecido con las mutaciones que observa Gombrowicz
sobre la mano de un mozo del café Querandí, una mano que pasa de una
inocencia absoluta a una posesión diabólica. La transformación que
sufrió mi relación con Philippe Sollers tiene algo de esta locura.
A
las diez de la mañana Gombrowicz estaba tomando un café en el Querandí.
El mozo se le acerca y Gombrowicz empieza a ponerle atención a su mano
que cuelga silenciosa, secreta y desocupada pero, de pronto, sin saber
por qué, sus pensamientos vuelan hacia un árbol que había visto una vez
desde la ventanilla del tren. La mano del mozo lo había asaltado de
repente en medio del silencio. Al volver a su casa la mano ya no estaba
con él, pero una lectura que estaba haciendo de la conferencia de
Heidegger sobre Zarathustra le inyectó a la mano una nueva dosis de
existencia.
La
idea que lo llevó nuevamente al Querandí fue la del eterno retorno.
Mientras se preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, en el
mismo momento, ese ser de Nietzsche que venía desde los primeros
orígenes hasta las últimas realizaciones, estaba con él.
Un
ser representante de la amargura, la furia y el silencio de humanidad.
Silencioso como la mano del mozo. ¿Qué estaría haciendo la mano en el
Querandí mientras Gombrowicz estaba en casa? Aquí ya podemos observar
cómo por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una
importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan
importante.
Si dejara de pensar en la mano del mozo la mano se
disiparía en la facilidad de la nada, pero la mano volvía a él porque
el había vuelto a ella con Nietzsche y ahora con la mano del Embajador
de Polonia con quien estaba conversando. Miraba esa mano diplomática
apoyada en el brazo del sillón, pero no era ésa la mano, sino aquella
otra abandonada allá, como un punto de referencia.
Gombrowicz
empieza a tener miedo del diablo, un sentimiento extraño para un
incrédulo, pero la presencia del mal en este caso convertía su ser en
una existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo. Le
resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en un asunto en el
que la falta de datos tenía el mismo significado que su abundancia.
Su
propia mano descansaba tranquila en el bolsillo, también descansaban
tranquilas las manos sobre las rodillas de los automovilistas que
corrían en sus coches. ¿Y la mano del Querandí qué estaría haciendo?
Estaba vagabundeando en la periferia de sus límites en busca de no se
sabe qué. ¿Y si Gombrowicz de repente se arrodillara ante la mano?
Sería un intento fallido, como siempre, de construir un altar
cualquiera.
Una desesperación por agarrase de algo, de la mano
del mozo del café Querandí. Más tarde, en el restaurante Sorrento, se
le acercó el mozo, también con una mano desocupada igual que en el
Querandí, una mano que sólo era importante porque no era aquélla.
Está
adorando un objeto que él mismo enaltece. Se arrodilla frente a un
objeto que no tiene derecho a exigir que se postren ante él, de modo
que el ponerse de rodillas sólo depende de Gombrowicz. Escogió esa mano
del Querandí para agarrarse de algo, para tener un punto de referencia.
Pero no quiere que la mano haga algo con él, o de él. Ya es de noche,
llega a un café de Lavalle y San Martín. Discute con Gómez sobre el
tema de Raskólnikov.
Su punto de vista es que en “Crimen y
Castigo” no existe un drama de conciencia en el sentido clásico de la
palabra. El juicio de Raskólnikov no es de su conciencia, es un juicio
surgido de un reflejo, un juicio de espejo. Este tipo de reflejo se
convierte también en un mecanismo que nos lleva a decir todo lo que nos
pasa por la cabeza. Esta conciencia de espejo es como fijar la mano en
alguna parte, fuera de nosotros, por la fuerza de un reflejo.
Así
como se iba construyendo la conciencia de Raskólnikov, así es como se
le estaba construyendo esa mano a Gombrowicz. Esa mano se ha convertido
en un parásito, ahora se está alimentando de Dostoievski, no parará
hasta chupar de Gombrowicz todas las palabras que necesite.
Llegó
la medianoche, habían pasado catorce horas desde el comienzo de la
aventura. ¿Dónde estará la mano en ese momento? ¿Todavía en el
Querandí? ¿Descansará en alguna almohada y se habrá puesto a dormir?
“Me
pareció tranquila al verla por primera vez en el Querandí... , pero se
ha vuelto cada vez más posesiva... , y yo mismo ya no sé qué es la que
podría frenarla allá, en la periferia... , donde está mi límite”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































