
WITOLD GOMBROWICZ Y LA GIOCONDA
Gombrowicz
era todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La
familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales,
las ideologías y él mismo le resultaban unas caricaturas. Erraba por
los campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos.
No había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su
soledad llegó a ser completa.
Cuando observaba a sus compañeros de
la infancia, pequeños campesinos que habían integrado una guardia que
él organizaba y comandaba, se daba cuenta que ellos no eran
caricaturas, eran sencillos y sinceros. No podía comprender por qué la
cultura y la educación falsificaban al hombre, mientras el
analfabetismo daba buenos resultados. Viajando en tren hacia Varsovia,
en circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una
idea que, por lo menos en parte, le aclaró este enigma.
En
la estación siguiente a la de su ascenso al tren subió uno de sus tíos
Kotkowski y se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente,
tirador excelente y apasionado por la caza. De repente miró a su
alrededor: –Salgan, por favor. La gente observó que estaba armando un
revolver, y otra vez con tono firme pero sin levantar la voz : –Salgan,
por favor. El compartimento se vació en un santiamén, entonces el tío
le guiñó un ojo.
“Por fin, un poco más de espacio. Había tanta gente
que no sabía lo que decía. Ando mal de los nervios, no puedo dormir,
voy a Varsovia a ver si allí mejoro un poco” Gombrowicz se dio cuenta
que se había vuelto loco, que dispararía si lo provocaban, tuvo que
convencerlo al guarda del tren de que podía controlarlo hasta que
llegaran a Varsovia.
“Es terrible que todo terrateniente tenga
que ser un excéntrico y haya de comportarse como si estuviera chiflado;
–¿Tú crees? Pero sí, es verdad, lo he observado, se han vuelto tan
extravagantes que da vergüenza, serán sus fortunas que se le han subido
a la cabeza; –Sabes tío, yo tengo una teoría (...)”
“La gente
sencilla vive una vida natural, sus necesidades son elementales y por
lo tanto sus valores son verdaderos; –¡Qué cosas dices!; –Para un
hombre rico, en cambio, el pan, por ejemplo, no es un valor porque está
saciado de pan. Un hombre rico no tiene que luchar para vivir, entonces
inventa necesidades artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la
elegancia, la genealogía, los galgos, por eso son excéntricos y no
encuentran el tono adecuado”
La necesidad artificial y falsa del
cigarrillo Gombrowicz la emplearía mucho tiempo después en la polémica
que mantuvo con Jean Dubuffet sobre la naturaleza de la pintura.
Con esta explicación que le
dio al tío no sólo resolvió el enigma de la educación y el
analfabetismo, sino que también dio una clase doméstica de lo que el
marxismo llama la dialéctica de las necesidades y los valores. La idea
sobre lo artificioso de la forma de las clases superiores iba a ser uno
de los puntos de partida de su trabajo artístico.
“Cuando,
transcurridos una decena de años, narré a los hombres de letras del
café Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir
una de las tesis fundamentales del marxismo, los contertulios se me
echaron encima acusándome de fabulador”
Quizá sea útil saber, para
estar informado sobre la verdadera naturaleza del cigarrillo, esa arma
terrible que Gombrowicz esgrimía para combatir a la pintura, que fumaba
cuarenta cigarrillos por día, y que los sostenía al modo de los
fumadores de pipa.
Los cigarrillos que fumaba eran horribles y
muy fuertes, dejaba el paquete sobre la mesa, y si alguien le ofrecía
cigarrillos importados, los rechazaba con dignidad: –No, gracias, yo
fuma Tecla. Quien le ofrecía con frecuencia cigarrillos norteamericanos
era un personaje del café Rex, un suizo alemán al que todo el mundo
llamaba Philip Morris. Elegante, serio, puntual, sólo fumaba esa marca
de cigarrillos. Gombrowicz le despreciaba sistemáticamente esas
invitaciones, pero lo desplumaba jugando al ajedrez, poca plata, apenas
le alcanzaba para pagarse una comida.
Gombrowicz
emprendió su peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo,
provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa, para poner a
prueba las conclusiones que había sacado de la clase doméstica que le
había dado al tío Kotkowski sobre la dialéctica de las necesidades.
En
París caminaba por las calles, no visitaba nada y no tenía curiosidad
por nada. Su indiferencia no era más que una apariencia que ocultaba en
el fondo una guerra implacable. Como polaco, como representante de una
cultura débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que
París se le impusiera. La necesidad de preservar su independencia y su
dignidad le impedía gozar de París, no podía admirar a París.
“¿Le
gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por
qué?; –No me gusta levantar la cabeza delante de los edificios y, en
general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; –¿Así que París
no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno... más o menos...
no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la Place de la
Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el
Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura... Para ser
sincero los parisinos son más bien feos y carecen de encanto...”
Desde
muy joven la admiración constituyó para Gombrowicz una actitud
impracticable. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero aquí, en
Buenos Aires, entraba a las exposiciones renqueando apoyado en alguno
de nosotros; si le preguntaban algo, en algunos casos alegaba que lo
hacía para compensar alguna falta de balance de la propia exposición, y
en otros porque le dolía mucho una pierna, y que era una lástima que la
belleza de la pintura calmara menos el dolor que una aspirina.
Cuando
en la quinta de Hurlingham me presentó las esculturas metálicas de
Giangrande evitó que me pusiera en pose de admiración: –Vea, son unos
pluviómetros muy especiales que se fabrican aquí para una empresa
agrícola. En París, en una de esas tardes de vagabundeo, acompañó a su
amigo Jules al Louvre.
“Cuando se me ocurre ir a un museo me
preocupo mucho más por los rostros de los visitantes que por los
rostros pintados. Mientras los rostros pintados miran con una
tranquilidad soberana, en los rostros vivientes y reales se nota algo
convulsivo y desesperado, falso y ficticio que hasta puede asustar a
una persona poco acostumbrada. Ah, por Dios, estas miradas piadosas o
conocedoras, ese esfuerzo para ‘estar a la altura’, esa pseudo
profundidad que se junta con todo un mar de pseudo impresiones, pseudo
sentimientos, pseudo juicios (...)”
“La
Gioconda es una hermosa tela, pero si Leonardo da Vinci hubiese podido
presentir las convulsiones que originaría su cuadro, es posible que
hubiese aniquilado el rostro pintado para salvar los rostros reales”
Jules
había adoptado de repente un aire místico, se acercaba a los cuadros en
estado de tensión, Gombrowicz pensó que adoptaba esa pose para atraerlo
a su culto, mientras tanto echaba miradas desabridas a los cuadros con
una mezcla de menosprecio y aburrimiento que le producía el exceso de
pintura: –¿Por qué me haces reproches?, no comprendes que yo no miraba
los cuadros, sino otra cosa; –¿Qué cosa?; –La gente, tu miras los
cuadros y yo miro a la gente que admira los cuadros, tienen una
expresión estúpida, ¿entiendes?, un hombre al admirar un cuadro pone
cara de imbécil, ¡es un hecho!
La
belleza de la pintura afeaba la cara de los admiradores, el cuadro era
hermoso, pero lo que había delante del cuadro era esnobismo y un
esfuerzo torpe para advertir algo de esa belleza de cuya existencia se
estaba informado.
El sentimiento de admiración que aparece
de vez en cuando en las obras de Giombrowicz, es un sentimiento de
admiración derrumbado, enfermizo y teatral. Con una expresión de
perfecto campesino Gombrowicz echaba unas miradas descuidadas a
aquellas salas llenas de la monotonía infinita de las obras de arte.
Bostezaba. La expresión de Jules rayaba entre la histeria y el odio:
–Estoy harto, Basta. ¡Vámonos! Salimos al mundo, ¡qué delicia!: sol,
mujeres.
“Cuando hombres normales e inteligentes en todas las
demás realidades se pierden de modo tan lamentable frente a cierta
clase de fenómenos, esto quiere decir que hay algo de falso y de malo
en su relación misma con esos fenómenos. Y, por cierto, en el terreno
artístico se acumuló una cantidad tan grande de absurdos, paradojas,
falsedades, que eso no se puede explicar sino por algún error básico en
nuestro modo de tratar el asunto. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que
delante de un cuadro firmado por Rafael nos muramos de entusiasmo y la
copia del mismo cuadro aunque perfecta nos deje fríos?”
El
escritor debe obligarse a desarrollar una política frente a la cultura,
no puede dejarse subyugar, debe conservar su soberanía y no tan sólo en
atención a su yo. La atracción que produce la belleza en el arte no
tiene lugar en una atmósfera de libertad, una voluntad colectiva que
pertenece a la región interhumana de la que no tenemos conciencia nos
obliga a admirar.
De modo que somos
puestos en el trance de tener que admirar, la relación que surge
entonces entre el que admira y la belleza que admira es falsa. En esta
escuela de tergiversaciones se ha formado un estilo, no sólo artístico
sino también de pensar y de sentir de una elite que se perfecciona y
consigue la seguridad de su forma de una manera inauténtica.
“¿Cómo
es posible reducir todo eso a la pura estética y a una retórica estéril
y vacía sobre la grandeza del arte? ¿Cómo se puede de tal modo enseñar
la literatura y el arte a los niños en las escuelas acostumbrándonos
desde pequeños a una pura ficción? Nuestra vida artística se desarrolla
en un clima de perpetua mentira, y es por eso que la clase culta no
tiene ningún real contacto con la cultura y que, en verdad, todas
nuestras actuaciones culturales recuerdan mucho más un rito solemne que
una auténtica convivencia espiritual. Mientras no tengamos el valor
necesario para dejar las ilusiones, mientras no lleguemos a una mejor
conciencia de las fuerzas que nos dominan, siempre el rostro pintado de
la Gioconda va a transformar nuestro propio rostro en algo... algo...
en fin, en algo bastante dudoso”
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