
UMBERTO ECO
“
TV:
1.
Érase una vez
La característica principal de
Después de tantas dudas, al fin algo seguro:
2. Información y Ficción
Hay una dicotomía fundamental a la que recurren de modo tradicional (y no
del todo erróneo) tanto el sentido común como muchas teorías de la comunicación
para definir lo real. A la luz de esta dicotomía, los programas televisivos
pueden dividirse, y se dividen en la opinión común, en dos grandes categorías:
1. Programas de información, en los que
Los criterios de proporción y de importancia son más vagos que los de
veracidad. De cualquier modo, se acusa a
En lo que respecta a la diferencia entre información y comentario, también se considera intuitiva,
aun cuando se sabe que ciertas modalidades de selección y montaje de las
noticias pueden constituir un comentario implícito. En cualquier caso, se cree disponer
de parámetros (de diversa irrebatibilidad) para determinar cuando
2. Programas de fantasía o de ficción, habitualmente denominados espectáculos
(dramas, comedias, óperas, películas, telefilms). En tales casos, el espectador
pone en ejecución por consenso eso que se llama suspensión de la incredulidad y
acepta “por juego” tomar por cierto y dicho “seriamente” aquello que es en
cambio efecto de construcción fantástica. Se juzga aberrante el comportamiento
de quien toma la ficción por realidad (escribiendo incluso misivas insultantes
al actor que personifica al “malo”). Sin embargo, se admite también que los
programas de ficción vehiculan una verdad en forma parabólica (entendiendo por esto la afirmación de
principios morales, religiosos, políticos). Se sabe que esta verdad parabólica
no puede estar sujeta a censura, por lo menos no del mismo modo que la verdad
de la información. A lo sumo, se puede criticar (aportando algunas bases
“objetivas” de documentación) el hecho de que
En todo caso, en lo que se refiere a los programas informativos, se cree
posible lograr una valoración aceptable intersubjetivamente respecto de la
concordancia entre noticia y hechos; mientras que se discute subjetivamente la
verdad parabólica de los programas de ficción y se intenta al máximo lograr una
valoración aceptable intersubjetivamente respecto a la ecuanimidad con que son
proporcionalmente presentadas verdades parabólicas en conflicto.
La diferencia entre estos dos tipos de programas se refleja en los modos en
que los órganos de control parlamentario, la prensa o los partidos políticos
promueven censuras a la televisión. Una violación de los criterios de veracidad
en los programas de información da lugar a interpelaciones parlamentarias y
artículos o editoriales de primera plana. Una violación (considerada siempre
opinable) de los criterios de ecuanimidad en los programas de ficción provoca
artículos en tercera página o en la sección televisiva.
En realidad, rige la opinión generalizada (que se traduce en
comportamientos políticos y culturales) de que los programas informativos
poseen relevancia política, mientras que los de ficción sólo tienen
importancia cultural, y como
tales no son de competencia del
político. En efecto, se justifica que un parlamentario, comunicados de ANSA en
mano, intervenga para criticar una transmisión del telediario juzgada facciosa
o incompleta, pero no su intervención, obras de Adorno en mano, para criticar
un espectáculo televisivo como apología de costumbres burguesas.
Esta diferencia se refleja también en la legislación democrática, que
persigue las falsedades en acto público pero no los delitos de opinión.
No se trata aquí de criticar esta distinción o de invocar nuevos criterios
(antes bien se desanimaría una forma de control político que se ejercitase
sobre las ideologías implícitas en los programas de ficción). No obstante, se
quiere señalar una dicotomía arraigada en la cultura, en las leyes y en las
costumbres.
3. Mirar a
Sin embargo, esta dicotomía ha sido neutralizada desde los comienzos de
El fenómeno tiene relación con la oposición entre quien habla mirando a
la cámara y quien habla sin mirar a la cámara.
De ordinario, en la televisión, quien habla mirando a la cámara se
representa a sí mismo (el locutor televisivo, el cómico que recita un monólogo,
el presentador de una transmisión de variedades o de un concurso), mientras que
quien lo hace sin mirar a la cámara representa a otro (el actor que interpreta
un personaje ficticio). La contraposición es grosera, porque puede haber
soluciones de dirección por las que el actor de un drama mira a la cámara, y
existen debates políticos y culturales cuyos participantes hablan sin mirar a
la cámara. Sin embargo, la contraposición nos parece válida desde este punto de
vista: quienes no miran a la cámara hacen algo que se considera (o se finge
considerar) que harían también si la televisión no estuviese allí, mientras que
quien habla mirando a la cámara subraya el hecho de que allí está la televisión
y de que su discurso se produce justamente porque allí está la televisión.
En este sentido, no miran a la cámara los protagonistas reales de un hecho
de crónica tomado por las cámaras mientras el hecho sucede; no miran a la
cámara los participantes de un debate, porque la televisión los “representa”
empeñados en una discusión que podría suceder también en otro lugar; no mira a
la cámara el actor, porque quiere crear precisamente la ilusión de realidad,
como si lo que hace formase parte de la vida real extratelevisiva (o
extrateatral o extracinematográfica). En este sentido, se atenúan las
diferencias entre información y espectáculo, porque la discusión no sólo se
produce como espectáculo (y trata de crear una ilusión de realidad), sino que
también el director, que recoge un acontecimiento del que quiere mostrar la
espontaneidad, se preocupa de que sus protagonistas no se den cuenta o muestren
no darse cuenta de la presencia de las cámaras, pidiéndoles que no miren (no
hagan señas) hacia éstas. En este caso, se produce un fenómeno curioso: la
televisión quiere, aparentemente, desaparecer en tanto que sujeto del acto de
enunciación, pero sin engañar con esto al público, que sabe que la televisión
está presente y es consciente de que eso que ve (real o ficticio) ocurre a
mucha distancia y es visible precisamente en virtud del canal televisivo. Pero
la televisión hace sentir su presencia exacta y solamente en tanto que canal.
En casos como éste, se acepta a menudo que el público se proyecte e
identifique, viviendo en el suceso representado sus propias pulsiones o
eligiendo como modelos a sus protagonistas, pero este hecho se considera normal
televisivamente (habría que consultar a los psicólogos acerca de la valoración
de la normalidad de la intensidad de proyección o de identificación actuada por
los espectadores individualmente).
Por el contrario, el caso de quien mira a la cámara es diferente. Al
colocarse de cara al espectador, éste advierte que le está hablando
precisamente a él a través del medio televisivo, e implícitamente se da cuenta
de que hay algo “verdadero” en la relación que se está estableciendo, con
independencia del hecho de que se le esté proporcionando información o se le
cuente sólo una historia ficticia. Se está diciendo al espectador: “No soy un
personaje de fantasía, estoy de veras aquí y de veras os estoy hablando”.
Resulta curioso que esta actitud, que subraya de modo tan evidente la
presencia del medio televisivo, produzca en los espectadores “ingenuos” o
“enfermos” el efecto opuesto. Estos espectadores pierden el sentido de la
mediación televisiva y del carácter fundamental de la transmisión televisiva,
esto es, que se emite a gran distancia y se dirige a una masa indiscriminada de
espectadores. Es una experiencia común, no sólo de presentadores de programas
de entretenimiento, sino también de cronistas políticos, el recibir cartas o
llamadas telefónicas de espectadores (calificados de anormales) en las que
éstos preguntan: “Dígame si ayer por la noche usted me miraba de veras a mí, y
en la emisión de mañana hágamelo saber a través de una seña”.
En estos casos (incluso cuando no están subrayados por comportamientos
aberrantes), advertimos que no está ya en cuestión la veracidad del
enunciado, es decir, la concordancia
entre enunciado y hechos, sino más bien la veracidad de la enunciación, que concierne a la cuota de realidad de todo
lo que sucede en la pantalla (y no de cuanto se dice a través de ella). Nos
encontramos frente a un problema radicalmente diferente que, como se ha visto,
recorre de manera bastante indistinta tanto las transmisiones informativas como
las de ficción.
A este nivel, desde mediados de los años cincuenta, el problema se ha
complicado con la aparición del más típico de los programas de entretenimiento,
el concurso o telequiz. ¿El concurso dice la verdad o pone en escena una
ficción?
Se sabe que provoca ciertos hechos mediante una puesta en escena
preestablecida; pero también se sabe, y por evidente convención, que los
personajes que aparecen concursando allí son verdaderos (el público protestaría
si supiese que se trata de actores) y que las respuestas de los concursantes
son valoradas en términos de verdaderas o falsas (o exactas y equivocadas). En
este sentido, el presentador del concurso es al mismo tiempo garante de una
verdad “objetiva” (o es verdadero o es falso que Napoleón murió el 5 de mayo de
1821) y está sujeto al control de la veracidad de sus juicios (mediante la
metagarantía del notario público). ¿Por qué aquí se hace necesario el notario,
mientras que no se considera necesario un garante para autentificar la
veracidad de las afirmaciones del locutor del telediario? No es sólo porque se
trata de un juego y porque estén en juego grandes ganancias, sino también
porque no está dicho que el presentador deba decir siempre la verdad. En
realidad, sería aceptable la situación en la que un presentador del concurso
presentara a un cantante célebre con su propio nombre y luego se descubriera
que se trata de un imitador. El presentador puede hacerlo incluso “por
bromear”.
Se perfila así, desde tiempos ya lejanos, una especie de programas en los
que el problema de la veracidad de los enunciados empieza a ser ambiguo,
mientras que la veracidad del acto de enunciación es absolutamente
indiscutible: el presentador está allí, frente a la cámara, y habla al público,
representándose a sí mismo y no a un personaje ficticio.
La fuerza de esta verdad, que el presentador anuncia e impone quizás
implícitamente, es tal que alguien puede creer, como hemos visto, que le habla
sólo a él.
El problema existía pues desde el principio, pero estaba, no sabemos con
cuánta intencionalidad, exorcizado, tanto en las transmisiones de información
como en las de entretenimiento. Las transmisiones de información tendían a
reducir al mínimo la presencia de personas que miraran a la cámara. Salvo la
anunciadora (que funciona como vínculo entre programas), las noticias no eran
leídas, dichas o comentadas en video, sino sólo en audio, mientras que en la
pantalla se sucedían telefotos, reportajes filmados, incluso a costa de
recurrir a material de archivo que denunciaba su propia naturaleza. La
información tendía a comportarse como los programas de ficción. La única
excepción la constituían personajes carismáticos como Ruggiero Orlando, a quien
el público reconocía una naturaleza híbrida entre cronista y actor, y a quien
podían perdonar incluso comentarios, gestos teatrales y fanfarronadas.
Por su parte, los programas de entretenimiento —cuyo ejemplo principal era Lascia
o Raddoppia (Lo toma o lo deja)— tendían a asumir las
características de las emisiones de información: Mike Bongiorno no se proponía
como “invención” o ficción, se colocaba como mediador entre el espectador y
algo que sucedía de manera autónoma.
Pero la situación se fue complicando cada vez más. Un programa como Specchio
segreto (Espejo secreto, una especie
de Cámara indiscreta ) debía su fascinación a la convicción de que las
acciones de sus víctimas (sorprendidas por la cámara oculta, que no podían ver)
era algo verdadero, y sin embargo
todo el mundo se divertía, pues se sabía que eran las intervenciones provocadoras
de Loy las que hacían que ocurriera lo que ocurría, las que hacían que
sucediese en cierta manera como si se estuviera en un teatro. La ambigüedad era
todavía más intensa en programas como Te la dò io l’America (Te regalo
América), donde se asumía que
En fin, para confundir más las ideas, llegó el programa contenedor donde,
por algunas horas, un conductor habla, hace escuchar música, presenta una
escenificación y después un documental o un debate o incluso noticias. En este
punto, hasta el espectador superdesarrollado confunde los géneros. Llega a
sospechar que el bombardeo de Beirut sea un espectáculo y a dudar de que el
público de jovencitos que aplaude en el estudio a Beppe Grillo esté compuesto
de seres humanos.
En resumen, estamos hoy ante unos programas en los que se mezclan de modo
indisoluble información y ficción y donde no importa que el público pueda
distinguir entre noticias “verdaderas” e invenciones ficticias. Aun admitiendo
que se esté en situación de establecer la distinción, ésta pierde valor
respecto a las estrategias que estos programas llevan a efecto para sostener la
autenticidad del acto de enunciación.
Con este fin, tales programas ponen en escena el propio acto de la
enunciación a través de simulacros de la enunciación, como cuando se muestran en
pantalla las cámaras que están filmando lo que sucede. Toda una estrategia de
ficciones se pone al servicio de un efecto de verdad.
El análisis de todas estas estrategias revela el parentesco que liga los
programas informativos con los de entretenimiento: el TG2 (Telediario 2) puede
considerarse como un estudio abierto, en el que la información ya había hecho
suyos los artificios de producción de realidad de la enunciación típicos del
entretenimiento.
Nos encaminamos, por tanto, hacia una situación televisiva en que la
relación entre el enunciado y los hechos resulta cada vez menos relevante, con
respecto a la relación entre la verdad del acto de enunciación y la experiencia
de recepción por parte del espectador.
En los programas de entretenimiento (y en los fenómenos que producen y
producirán de rebote sobre los programas de información “pura”) cuenta siempre
menos el hecho de que la televisión diga la verdad que el hecho de que ella
sea la verdad, es decir, que esté
hablando de veras al público y con la participación (también representada como
simulacro) del público.
4. Estoy Transmitiendo, y es Verdad
Entra así en crisis la relación de verdad factual sobre la que reposaba la
dicotomía entre programas de información y programas de ficción, y esta crisis
tiende cada vez más a implicar a la televisión en su conjunto, transformándola
de vehículo de hechos (considerado neutral) en aparato para la
producción de hechos, es decir, de
espejo de la realidad pasa a ser productora de realidad.
A tal fin, es interesante ver el papel público y evidente que desempeñan ciertos aspectos del aparato de
filmación, aspectos que en
La jirafa. En
La cámara. Tampoco debía
verse la cámara. Y también la cámara ahora se ve. Al mostrarla, la televisión
dice: “Yo estoy aquí, y si estoy aquí, esto significa que delante de vosotros
tenéis la realidad, es decir, la televisión que filma. Prueba de ello es que,
si agitáis la mano delante de la cámara, os verán en casa”. El hecho inquietante
es que, si en televisión se ve una cámara, no es ciertamente la que está
filmando (salvo en casos de complejas puestas en escena con espejos). Por
tanto, cada vez que la cámara aparece, está mintiendo.
El teléfono del telediario.
El teléfono de Portobello. El teléfono
de Portobello, y de transmisiones
análogas, pone en contacto el gran corazón de la televisión con el gran corazón
del público. Es el signo triunfal del acceso directo, umbilical y mágico.
Vosotros sois nosotros, podéis formar parte del espectáculo. El mundo del que
os habla la televisión es la relación entre nosotros y vosotros. El resto es
silencio.
El teléfono de la subasta. Las Neo TV
privadas han inventado la subasta. Con el teléfono de la subasta, el público
parece determinar el ritmo del propio espectáculo. De hecho, las llamadas son
filtradas y es legítimo sospechar que en los momentos muertos se use una
llamada falsa para hacer subir las ofertas. Con el teléfono de la subasta, el
espectador Mario, al decir “cien mil”, convence al espectador José de que vale
la pena decir “doscientas mil”. Si sólo llamase un espectador, el producto
sería vendido a un precio muy bajo. No es el subastador quien induce a los
telespectadores a gastar más, es un telespectador quien induce a otro, o bien
el teléfono. El subastador es inocente.
El aplauso. En
5.
Entonces, ¿la televisión ya no muestra acontecimientos, esto es, hechos que
ocurren por sí mismos, con independencia de la televisión y que se producirían
también si ésta no existiese?
Cada vez menos. Cierto, en Vermicino un niño cayó de veras en un pozo y de veras murió. Pero todo lo que se desarrolló entre el
principio del accidente y la muerte del niño sucedió como sucedió porque la
televisión estaba allí. El hecho captado televisivamente en su mismo inicio se
convirtió en una puesta en escena.
No vale la pena referirse aquí a los estudios más recientes y decisivos
sobre el tema, y pienso en el fundamental libro de Bettetini, Produzione del
senso y messa in scena : basta apelar al sentido común. El espectador de
inteligencia media sabe muy bien que cuando la actriz besa al actor en una
cocina, en un yate o en un prado, incluso cuando se trata de un prado verdadero
(con frecuencia es el campo romano o la costa yugoslava), se trata de un prado elegido,
predispuesto, seleccionado, y por
tanto en cierta medida falsificado a fines del rodaje.
Hasta aquí el sentido común. Pero el sentido común (y a menudo también la
atención crítica) se halla mucho más desarmado con respecto a lo que se llama
transmisión en directo. En ese caso, se sabe (incluso aunque se desconfía y se
supone que el directo es un diferido enmascarado) que las cámaras transmiten
desde el lugar donde sucede algo, algo que ocurriría de todos modos, aunque no
estuvieran presentes las cámaras de televisión.
Desde los principios de la televisión, se sabe que incluso el directo
presupone una elección, una manipulación. En mi lejano ensayo “El azar y la
intriga” (ahora en Obra abierta ) traté de mostrar cómo un conjunto de
tres o más cámaras que transmiten un partido de fútbol (acontecimiento que por
definición sucede por razones agonísticas, donde el delantero centro no se
prestaría a fallar un gol por exigencias del espectáculo, ni el portero a
dejarlo pasar) opera una selección de los hechos, enfoca ciertas acciones y
omite otras, intercala tomas del público en menoscabo del juego y viceversa,
encuadra el terreno de juego desde una perspectiva determinada. En suma, interpreta,
nos ofrece un partido visto por el
realizador del programa y no un partido en sí.
Pero este análisis no cuestionaba el hecho indiscutible de que el evento
ocurriese con independencia de su transmisión. Esta transmisión interpretaba un
hecho que ocurría de forma autónoma, ofrecía una parte de éste, una sección, un
punto de vista, aunque se trataba siempre de un punto de vista sobre la
“realidad” extratelevisiva.
Tal consideración es, sin embargo, afectada por una serie de fenómenos que
percibimos en seguida:
a) El hecho de saber que el acontecimiento será transmitido influye en su preparación.
A propósito del fútbol, obsérvese la
evolución del viejo balón de cuero tosco al balón televisivo escaqueado; o el
cuidado que ponen los organizadores en colocar importantes vallas publicitarias
en posiciones estratégicas, para engañar a las cámaras y al ente estatal que no
quería hacer publicidad; sin hablar de ciertos cambios, indispensables por
razones cromático–perceptivas, experimentados por las camisetas.
b) La presencia de las cámaras de televisión influye en el desarrollo del
acontecimiento. En el suceso de Vermicino, tal vez el socorro hubiese dado los
mismos resultados aunque la televisión no hubiese estado presente por espacio
de dieciocho horas, pero indudablemente la participación hubiera sido menos
intensa y quizá menores las obstrucciones y la confusión. No quiero decir que
Pertini no hubiera estado presente, pero sí ciertamente durante menos tiempo:
no es que se tratase de un cálculo teatral, pero es evidente que estaba allí
por razones simbólicas, para significar ante millones de italianos la
participación presidencial; y que esa participación simbólica fuese, como creo,
“buena”, no quita que estuviera inspirada por la presencia de la televisión.
Podemos incluso preguntarnos qué hubiera sucedido si la televisión no hubiese
seguido ese hecho y las alternativas son dos: o los socorros hubieran sido
menos generosos (no importa el resultado, pensamos en los esfuerzos, y sabemos
muy bien que sin la presencia televisiva aquellos tipos pequeños y delgados que
acudieron a prestar ayuda no hubieran sabido nada del acontecimiento), o bien
la menor afluencia de público hubiera permitido realizar una operación de
socorro más racional y eficaz.
En ambos casos descritos, podemos ver que se perfila ya un esbozo de puesta
en escena : en el caso del partido de fútbol es intencional, aunque no
cambie radicalmente el evento; en el caso de Vermicino es instintivo,
inintencional (al menos a nivel consciente), pero puede cambiar radicalmente el
hecho.
Sin embargo, en la última década el directo ha sufrido cambios radicales
respecto a la puesta en escena: desde las ceremonias papales hasta numerosos
acontecimientos políticos o espectaculares, sabemos que tales acontecimientos
no se hubieran concebido tal como lo fueron de no mediar la presencia de las
cámaras de televisión. Nos hemos ido acercando cada vez más a una
predisposición del acontecimiento natural para fines de la transmisión
televisiva. El matrimonio del príncipe Carlos de Inglaterra verifica totalmente
esta hipótesis. Este ceremonial no sólo no se hubiera desarrollado tal como se
desarrolló, sino que probablemente ni siquiera hubiera tenido lugar, si no
hubiese debido ser concebido para la televisión.
Para medir del todo la novedad de esta Royal Wedding es necesario remontarse a un episodio análogo
acaecido hace casi veinticinco años: la boda de Rainiero de Mónaco con Grace
Kelly. Aparte la diferencia de dimensiones de los dos reinos, el acontecimiento
se prestaba a las mismas interpretaciones: el momento político diplomático, el
ritual religioso, la liturgia militar, la historia de amor. Pero el matrimonio
monegasco ocurría a principios de la era televisiva y se había organizado sin
tener en cuenta la televisión. Aun en el caso de que los organizadores hubieran
considerado la idea de la televisión, la experiencia era todavía insuficiente.
Así el acontecimiento se desenvolvió verdaderamente por su cuenta y al director
televisivo sólo le quedó interpretarlo. Al hacerlo, privilegió los valores románticos
y sentimentales frente a los político diplomáticos, lo privado frente a lo
público. El acontecimiento sucedía: las cámaras enfocaban aquello que contaba
para los fines del tema que la televisión había elegido.
Durante una parada de bandas militares, mientras tocaba una sección de marines
de evidentes funciones
representativas (hay que considerar que en el principado de Mónaco los marines
eran también noticia), las
telecámaras enfocaron en su lugar al príncipe, que se había ensuciado el
pantalón al rozar la balaustrada del balcón, y que, casi a hurtadillas, se
inclinaba para sacudirse el polvo con la mano, sonriendo divertido a la novia.
Una elección ciertamente, un decidirse por la novela rosa frente a la opereta, pero realizada, por así
decirlo, a pesar del
acontecimiento, aprovechando los intersticios no programados. Así, durante la
ceremonia nupcial, el realizador siguió la misma lógica que lo había guiado la
jornada precedente: eliminada la banda de marines, era preciso eliminar también al prelado que
celebraba el rito, y las cámaras permanecieron fijas enfocando el rostro de la
novia, princesa ex actriz, o actriz y futura princesa. Grace Kelly representaba
su última escena de amor, el realizador narraba, pero parasitariamente (y por
ello de manera creativa), usando a modo de collage retazos de aquello que
sucedía de manera autónoma.
Con
El traje de la novia, que tantas molestias causó al novio que no sabía cómo
levantarlo para hacer sentar a su prometida, no estaba concebido para ser visto
de frente, ni de lado, ni siquiera desde detrás, sino desde lo alto, como se
veía en uno de los encuadres finales, en que el espacio arquitectónico de la
catedral quedaba reducido a un círculo dominado en el centro por la estructura
cruciforme del transepto y de la nave, subrayada por la larga cola del traje
nupcial, mientras que los cuatro cuarteles que rodeaban este blasón estaban
formados, como en un mosaico bizantino, por el punteado colorido de la
vestimenta de los integrantes del cortejo, de los prelados y del público
masculino y femenino. Si Mallarmé afirmó una vez que le monde es fait pour
aboutir à un livre, la retransmisión
de la boda real decía que el Imperio Británico estaba hecho para dar vida a una
admirable emisión de televisión.
He podido ver personalmente diversas ceremonias londinenses, entre ellas la
anual Trooping the Colours, donde
la impresión más desagradable la producen los caballos, adiestrados para todo,
excepto para abstenerse de ejercer sus legítimas funciones corporales: en estas
ceremonias, la reina se mueve siempre en un mar de estiércol, ya que los
caballos de
Durante
Hasta el punto de que, en esa ocasión, la libertad de encuadre e
“interpretación” dejada al realizador había sido, como es fácil de suponer,
mínima: era preciso filmar lo que sucedía, en el lugar y en el momento en que
se había decidido que sucediera. Toda la construcción simbólica estaba
“predeterminada” en la puesta en escena previa, todo el acontecimiento, desde
el príncipe hasta el estiércol equino, había sido preparado como un discurso de
base, sobre el que el ojo de las cámaras, en su obligado recorrido, debería
fijarse reduciendo al mínimo los riesgos de una interpretación televisiva. Es
decir que la interpretación, la manipulación y la preparación para la
televisión precedían la actividad de las cámaras. El acontecimiento nacía ya
como fundamentalmente “falso”, dispuesto para la toma. Londres entero había
sido dispuesto como un estudio, construido para la televisión.
6. Algunos Petardos, Para Terminar
Para terminar, podríamos decir que, en contacto con una televisión que sólo
habla de sí misma, privado del derecho a la transparencia, es decir, del
contacto con el mundo exterior, el espectador se repliega en sí mismo. Pero en
este proceso se reconoce y se gusta como televidente, y le basta. Vuelve cierta
una vieja definición de la televisión: “Una ventana abierta a un mundo
cerrado.”
Pero, ¿qué mundo “descubre” el televidente? Redescubre su propia naturaleza
arcaica, pretelevisiva —por un lado— y su destino de solitario de la
electrónica. Y esto ocurre especialmente con la aparición de las emisoras
privadas, saludables en un principio como garantía de una información más
vasta, y finalmente “plural”.
El presentador de la subasta es un vendedor y al mismo tiempo un actor.
Pero un actor que interpretase a un vendedor no sería convincente. El público
conoce a los vendedores, esos que le convencen para que compre un coche usado,
la pieza de género, la grasa de marmota en las ferias campesinas. El
presentador de la subasta debe tener buena presencia y hablar como sus
espectadores, con acento y de ser posible despellejando la gramática. Debe
decir “¡Exacto!”, y “¡Oferta muy interesante!”, como dice la gente que vende de
veras. Debe decir “dieciocho quilates, señora Ida, no sé si me explico”. En
realidad no debe explicarse, sino manifestar, ante la mercancía, la misma
sorpresa llena de admiración que el comprador. En su vida privada, seguramente
es probo y honestísimo, pero ante la cámara debe mostrarse un tanto tramposo,
de otro modo el público no se fía. Así es como se comportan los vendedores.
En otro tiempo había palabrotas que se decían en la escuela, en el trabajo
o en la cama. Pero en público había que controlar un poco esos hábitos, y
Cuarentones y cincuentones saben qué fatigas, qué búsquedas eran precisas
para recuperar en alguna perdida filmoteca una vieja película de Duvivier. Hoy
la magia de la filmoteca está acabada:
La televisión norteamericana, para la que el tiempo es dinero, imprime en
todos sus programas un ritmo calcado del jazz.
Afortunadamente, el televidente puede imprimir su propio ritmo
seleccionando histéricamente con el telemando. Todos hemos intentado alguna vez
ver el telediario pasando de la primera a la segunda cadena de
En
El video es una de las nuevas posibilidades, pero ya aparecen otras y
seguirá así hasta el infinito. En la pantalla televisiva podrán verse los
horarios de trenes, la cotización de Bolsa, los horarios de espectáculos, las
voces de la enciclopedia... Pero cuando todo, absolutamente todo, incluso las
intervenciones de los consejeros municipales, pueda leerse en el televisor,
¿quién tendrá necesidad todavía de los horarios de trenes o de espectáculos, o
de los informes meteorológicos? La pantalla del televisor nos dará
informaciones de un mundo exterior al que ya nadie saldrá. El proyecto de la nueva megalópolis MITO, es
decir, Milano–Torino, se basa en gran medida en contactos vía televisión:
llegados a tal punto, no hay por qué potenciar las autopistas o las líneas
ferroviarias, puesto que no tendremos necesidad de desplazarnos de Milán a
Turín y viceversa. El cuerpo se volverá inútil; bastarán los ojos.
Se puede comprar juegos electrónicos, hacerlos aparecer en el televisor, y
toda la familia puede jugar a desintegrar la flota espacial de Dart Vader.
Pero, ¿cuándo?, si hay que ver tantas cosas, incluidas las registradas en
video. En todo caso, la batalla
galáctica, que ya no se jugará en el bar, entre un cortado y una llamada
telefónica, sino todo el día, hasta el espasmo (porque, como se sabe, en el bar
sólo se abandona la máquina porque hay alguien detrás echándonos el aliento en
el cogote, pero en casa, en casa se puede jugar hasta el infinito), tendrá los
efectos siguientes. Enseñará a los niños a tener unos reflejos óptimos, de
manera que puedan conducir un caza supersónico. Nos habituará, a niños y
adultos, a la idea de que desintegrar diez astronaves no es gran cosa, y la
guerra de los misiles nos parecerá a la medida del hombre.
Cuando después hagamos de veras la guerra seremos desintegrados en un
instante por los rusos, no condicionados por Battlestar Galactica. Porque, no
sé si lo habréis experimentado, después de haber jugado durante dos horas, por
la noche, en un inquieto duermevela, se ven luces intermitentes y la traza
luminosa de los proyectiles. La retina y el cerebro quedan aniquilados. Es como
cuando un flash nos relampaguea ante los ojos. Durante mucho tiempo sólo vemos
delante de nosotros una mancha oscura. Es el principio del fin.
1983






































