
WITOLD GOMBROWICZ Y LEOPOLDO ALLUB MANSUR
Gombrowicz
nos dice que el número suyo es el dos, a mí me parece que es el siete,
un número que mucho tiene que ver con esa parte del cuerpo tan
importante en su primera novela, y también con la suerte. En 1937
publica “Ferdydurke” en Polonia, en 1947 lo publica en la Argentina, y
en 1957 lo descubren en Francia cuando empieza a recorrer el camino
hacia la gloria. Mientras los europeos le estaban abriendo la puerta a
un Gombrowicz importante, el Gombrowicz de por acá tiene ataques de
infantilismo con los jóvenes de Tandil y de Santiago del Estero, se
comportaba con ellos como si fuera un muchacho grande. Les recitaba en
polaco pasajes de Hamlet aflautando la voz en los parlamentos de Ofelia
y en la casa tandilense de Quilombo, después de darles un conferencia
sobre la inmadurez, recibía un ramo de cardos como homenaje mientras
era atacado por un hermano menor que lo corría con una manguera en la
mano para mojarlo.
Respondía
con altivez a los reproches que le hacían: –Viejo, ¿no estarás
reblandecido? Sos un viejo vanidoso, además muy egoísta y también
egocéntrico; –No joda, che, nadie sabe cómo soy, ni yo que soy
Gombrowicz. En un banco de la plaza principal de Santiago del Estero el
Beduino le preguntaba si tenía tanto sentido del humor como parecía a
primera vista.
Mientras tanto le contaba que cada uno de los
hermanos Santucho tenía una tendencia política diferente, gracias a
esto la familia no le temía a las revoluciones tan frecuentes en
aquella época, cualquiera fuese la que triunfara algún hermano ganaría:
el comunista, el nacionalista, el liberal, el cura o el peronista. El
Beduino trataba de asegurarse, más que de ninguna otra cosa, de que
Gombrowicz tuviera efectivamente sentido del humor.
Cuando
estuvo seguro, con mucho disimulo, encendió un petardo y lo puso debajo
del banco, el petardo estalló: –Perdón, Gombrowicz, ¿se asustó?; –No
utilice, jovencito, esas armas infernales. Gombrowicz se puso blanco
como un papel y durante un largo rato no pronunció palabra.
Una cosa
que les ocurre a los hombres eminentes cuando pasan los cincuenta es
que suelen ir poniéndose chochos. Sartre, que durante gran parte de su
vida aspiraba al reconocimiento de la posteridad, llegando a los
sesenta años nos dice que se había engañado hasta los huesos, que había
dudado de todo, pero no había dudado de haber sido el elegido de la
duda, por lo que se había convertido en un dogmático y en una máquina
de hacer libros.
En la edad de la chochera pareciera que Sartre
hubiese renegado de su ego y de su inmadurez. La chochera de
Gombrowicz, como no podía ser de otra manera, tiene un aspecto muy
diferente. En “Yo y mi doble”, relata unos sueños de vejete que había
tenido con su bienamada de la juventud. Cuando miraba al presente, en
cambio, contabilizaba unas mejillas sin frescura, un vejete antipoético
y rígido que no podía inspirar poemas y al que ya nadie admiraría. La
nostalgia de su propia belleza desvanecida lo agitaba cada vez más.
Pareciera
que los tipos de chochera nos dieran una idea más o menos aproximada de
cuán diferentes eran Sartre y Gombrowicz, pero todos estos análisis no
son más que literatura.
Para averiguar cuáles son los rasgos
sobresalientes que distinguen a estos dos hombres ilustres los sometí a
otra clase de prueba, hice experimentos “mente concipio”. Por un lado
imaginé qué hubiera hecho Sartre si el Beduino le hubiese puesto un
petardo y por otro imaginé que hubiera hecho Gombrowicz si le hubieran
dado el Premio Nobel de Literatura, en cambio de rehusarlo como Sartre
en el año 1964, en ese mismo año en que andaba paseando por Berlín
medio perdido y enfermo, y sin ningún premio que le sirviera de
consuelo.
El
resultado de estos dos experimentos que, lamentablemente, no pude hacer
en el ámbito del mundo real, los tuve que hacer en la esfera de la
“mente concipio”, me mostraron con una claridad meridiana la verdadera
diferencia entre Sartre y Gombrowicz, dos de los hombres más
importantes del siglo XX.
Es difícil resumir en pocas palabras
el proceso de infantilización que se manifiesta en Gombrowicz. Desde
muy joven Gombrowicz se dedicó sistemáticamente a hacerle un lugar a la
inmadurez y a tocarle la cola al diablo, siendo la característica común
de estas dos inclinaciones la de ser movimientos descendentes. Es un
caso singular en el que se cruzan con igual intensidad la seriedad y la
falta de seriedad.
Por su nacimiento estaba preparado para ser
absorbido por la clase de los terratenientes como sus hermanos, por las
organizaciones políticas, o militares, o eclesiásticas, o por la
mundología, pero por razones misteriosas se mantuvo al margen. Hizo
todo lo posible por estar apartado también del trabajo y del
matrimonio, pero ocho años después de haberlo perdido todo se empleó
durante casi ocho años en el Banco Polaco, y algún tiempo después de
haber regresado a Europa se casó con Rita.
“El
hombre es un ser social, y quien se integra rápida y fácilmente en su
ambiente, se forma e incluso llega a un grado considerable de
eficacia... pero no se manifestará nunca en él la fuente de sus
energías más profundas, será un hombre técnicamente útil, pero
superficial y limitado”
En la maraña indígeno erotizada que
Gombrowicz había armado en Santiago del Estero se fueron perfilando
poco a poco dos personajes míticos: Leopoldo Allub Manzur y Mario
Roberto Santucho a los que Gombrowicz apodó el Beduino y el Indiecito
respectivamente. El Beduino era un personaje desconcertante, de un
aspecto intimidatorio por la fiereza de su rostro, sin embargo, era el
más tierno de todos nosotros.
Para
defenderse de su timidez recurría a burlas inocentes en forma
permanente de modo que a su alrededor flotaba un aire de irrealidad
manifiesto como el del geniecillo de la filosofía de Descartes. En
ningún pensamiento, por claro y distinto que sea, hay la más mínima
garantía de la existencia de su objeto. Para decir esto Descartes hace
un rodeo muy extraño, se imagina que un geniecillo maligno y
todopoderoso se puede empeñar en engañarnos.
Nos puede poner en la
mente pensamientos de una claridad y sencillez que tengan una evidencia
indubitable, y, sin embargo, esos pensamientos, a pesar de su
evidencia, quizás no sean verdaderos porque ese geniecillo
todopoderoso, maligno y burlón se dé el gusto de poner en nuestra mente
pensamientos evidentes y, no obstante, falsos. Claro que ésta es una
manera metafórica de hablar.
Lo
que quiere decir aquí Descartes es que un pensamiento no contiene
nunca, en su estructura como pensamiento, ninguna garantía de que el
objeto pensado corresponda a una realidad fuera del pensamiento mismo.
El Beduino visitaba la casa de Gombrowicz para escuchar los cuartetos
de Beethoven llevando consigo el tono maligno y burlón del geniecillo
de Descartes.
“Maneras de escuchar los cuartetos de Beethoven. A
veces trato de relacionarlos con una edad diferente e incluso con el
otro sexo. Intento imaginarme que el do sostenido menor fue compuesto
por un niño de diez años o por una mujer. También trato de escuchar el
cuarto como si estuviera compuesto después del décimo tercero. Para
adquirir una relación personal con cada uno de los instrumentos, me
imagino que soy el primer violín, que Quilomboflor toca la viola, que
Gomozo sostiene el violoncelo y Beduino el segundo violín”
Ese tono
burlón le daba oportunidad a Gombrowicz para armar numeritos teatrales
de un gran impacto tanto existencial como literario.
“Beduino y yo
en la parada del autobús, esperamos el 208: –¡Oye, viejo! Para no
aburrirnos, ¡montaremos un numerito! ¡Los dejaremos boquiabiertos!
Habla conmigo como si yo fuera director de orquesta y tú músico,
pregúntame por Toscanini... Beduino se muestra encantado. Subimos. Se
sitúa a una distancia conveniente y comienza, en voz alta: –En tu
lugar, reforzaría los contrabajos, prestaría atención también al
fugato, maestro... La gente aguza los oídos: –Hum, hum...; –Y cuidado
con los cobres en ese pasaje del Fa al Re... ¿Cuándo tienes ese
concierto? Yo toco el próximo catorce (...)”
“A propósito,
¿cuándo me mostrarás esa carta de Toscanini?; –Me dejas asombrado,
chico... No conozco a Toscanini, no soy director de orquesta y
francamente no entiendo por qué has de presumir delante de la gente
haciéndote pasar por músico. ¿Qué es eso de engalanarte con plumas
ajenas? ¡Es muy feo! Todos miraban severamente a Beduino que, rojo como
un tomate, me dirige una mirada asesina”
En
el dibujo excelso de Flor de Quilombo que aparece en este
gombrowiczidas se lo ve al Beduino desde arriba observando con asombro
una polémica que Gombrowicz mantiene con uno de los contertulios del
café Rex.






































