
WITOLD GOMBROWICZ, BEATRIZ SARLO Y WALTER HÖLLERER
Gombrowicz
tenía la sensación de que en las conferencias nadie entendía nada de
nada, una sensación en la que también se sentía incluido. Sin embargo,
a pesar de todo, de vez en cuando se encontraba participando en esos
acontecimientos con resultados diversos.
El Asiriobabilónico
Metafísico y el Dandy tenían un talante especial para enfrentar las
volteretas de acróbata que daba Gombrowicz en las conferencias. Para la
misma época en que lo conocí a Gombrowicz el Dandy escribe una página
en sus diarios en la que le hace decir al Asiriobabilónico Metafísico
lo que había ocurrido diez años atrás en la conferencia que Gombrowicz
pronunció contra los poetas.
“En una reunión el conde pederasta y
escritorzuelo Witold Gombrowicz declara: Yo voy a decir un poema (...)”
“Si
en cinco minutos nadie propone otro tendrán que reconocer que soy el
más grande poeta de Buenos Aires. Recita: Chip Chip me decía la chiva/
(Scherzo, no desprovisto de ironía, porque chip chip se usa para llamar
a las gallinas)/ mientras yo imitaba al viejo rico/ (Parte descriptiva
(...)”
“No significa –aclara Borges– 'remedaba yo al viejo rico'
sino 'copiaba a máquina lo que el viejo rico dictaba')/ Oh rey de
Inglaterra ¡viva!/ (Castañeteos. Exaltación patriótica)/ El nombre de
tu esposo Federico/ (Dénouement aristotélico). Córdova Iturburu trató
de leer algo, pero no encontró las papeletas. Gombrowicz se declaró rey
de los poetas. El marido de Wally Zenner, radical de Forja, tembló de
indignación y estuvo a punto de proceder”
Desde hace ya algún
tiempo se difunde una historia sobre las conferencias que se ha
convertido en una leyenda negra en el mundo de los hombres de letras
argentinos según la cual la Cocot habría invitado al finado Soriano a
dar una en la Facultad de Filosofía y Letras con el exclusivo propósito
de que el alumnado se burlara de él, y esto porque Soriano apenas había
terminado a los tumbos la escuela primaria.
Soriano, que efectivamente tenía un complejo de inferioridad respecto a su instrucción incompleta se sintió despreciado.
La
Cocot trató de rústicos a los que la acusaban de haber discriminado a
Soriano y se armó un lío político de proporciones mayúsculas entre la
izquierda y la derecha; la pobre mujer quedó situada en una especie de
derecha presumida que se ajustaba muy bien a su talante.
El
Manco la acusó de que se emocionaba con el Guernica de Picasso y no
tenía memoria para los bombardeos del ’55; que tenía sensibilidad para
los hambrientos del primer mundo y no para los de acá a la vuelta; que
esta jerarquía de preocupaciones era la misma con la que había vivido
Victoria Ocampo; que no se le podía creer a una columnista dominical
que se olvida de los derechos humanos y sólo se ocupa de los
sentimientos benéficos; que los alumnos de Filosofía y Letras que se
emplean en editoriales cuando egresan, hacen informes sobre originales
y son obedientes a esos gustos canónicos institucionales que la Cocot
imponía sistemáticamente desde su actividad académica ilustrada; que él
sólo leía a la Cocot para saber en qué andaba la derecha argentina
ilustrada.
Una
de las conferencias más apremiantes de Gombrowicz la dio unos meses
antes de renunciar al Banco Polaco, había decidido dejar el trabajo y
empezó a preocuparse por la pérdida del sueldo. Eran conferencias de
filosofía a domicilio en las que pasaba el sombrero después de terminar
cada clase: –Yo les ilumino la mente y ustedes hacen economías con un
pobre genio.
La conferencia que dio contra los poetas en la
librería Fray Mocho resultó muy agitada, pero las palabras que
pronunció fueron tan elocuentes que el presidente del Banco Polaco se
entusiasmó con su tono magistral y le dio trabajo.
“Contra
los poetas” es un ensayo belicoso que le nació a Gombrowicz de la
irritación que le habían producido los poetas de Varsovia, su
poeticidad convencional lo tenía harto, pero la rabia lo obligó a
ventilar todo el problema de escribir versos.
A parte de la
alteración que se produjo en el público presente y del bastonazo que le
quiso pegar un viejo poeta, se desató una batalla tremebunda en la
prensa. Gombrowicz no podía esperar que los signos de interrogación que
le había puesto a la poesía fueran a ser enriquecidos por los
periodistas. Su razonamiento antipoético merecía un análisis bien
hecho, no se lo podía despachar en cinco minutos con cuatro garabatos,
su idea era nueva y estaba basada en un sentimiento auténtico.
Sin embargo, la intervención de Gombrowicz que quizás
más haya tenido que ver con esa idea de que nadie entiende nada de
nada, la tuvo en Berlín.
Höllerer, un profesor muy renombrado,
director de la revista "Akzente", lo invitó a un coloquio para que
leyera en alemán un fragmento de "Ferdydurke".
Pero mi
pronunciación es terrible, profesor, ni yo ni los oyentes entenderemos
nada; –No importa, es un acto de cortesía que tenemos con usted, el
señor Hölzer leerá algunos de sus poemas y después se abrirá el debate.
Walter Höllerer –una especie de Victoria Ocampo según nos decía
Gombrowicz en sus cartas– le inspiraba confianza, tanto como profesor
como por su talante de estudiante, algo que se le hacía evidente cuando
escuchaba su risa jocosa y juvenil.
Gombrowicz esperaba que esa
jovialidad lo liberara justamente de ese compromiso con los estudiantes
de la universidad, pero el alemán que el profesor llevaba adentro lo
obligó a representar su papel y se dispuso a abrir la sesión.
Lo presenta a Gombrowicz en la sala de conferencias y lo invita a leer la página de “Ferdydurke”.
Perdón, señor Höllerer, pero no la voy a leer. Otros participantes empiezan la lectura de sus poemas.
“Höllerer
hablaba como profesor y sólo como profesor, dentro de los límites de la
función, Barlevi, en calidad de polaco, de futurista varsoviano de
antes de la guerra y de pintor que estaba preparando una exposición, y
también de invitado de Höllerer. Hölzer, hablaba en calidad de poeta...
Völker, como joven literato (...)”
Gombrowicz se sintió
debilitado, tenía que defenderse y ponerse a la altura, decidió por lo
tanto dar señales de vida y pidió la palabra para chapurrear su alemán.
Su balbuceo hueco se volvió enseguida inconcebible, ensartaba palabras
al azar con el único propósito de seguir hablando, pero,
increíblemente, los estudiantes lo estaban escuchando, no sabía cómo
seguir.
Entonces
se dirigió a Barlevi, al que podía hincar el diente como compatriota y
como pintor, y en un tono apasionado le empezó a hacer reproches
incomprensibles, hasta que Barlevi no pudo resistir más y se durmió.
Sonaron los aplausos, los estudiantes se levantaron y Höllerer dio por
terminada la reunión.
De las costas americanas Gombrowicz se
despide con un tumulto que arma en Montevideo después de asistir a una
conferencia en la Asociación de Escritores, en la que en un momento
determinado lo presentan como el autor de “Fidefurca”. Termina el acto
y Gombrowicz estampa en el libro de la Asociación su firma, tras lo
cual se lo pasa al Asno para que lo firme también. Esto vuelve a
provocar inquietud porque el Asno está en la edad del servicio militar
y todavía no tiene pinta de literato.
De ahí se fueron con
Paulina Medero y Dickman a un restaurancito que se daba aires, en el
que los poetas habían preparado un banquete para homenajear a un
profesor. Se levantan los poetas y las poetisas y sueltan poemas en
honor del profesor. Cada uno de los cincuenta poetas presentes tenía
que pronunciar su poema de homenaje.
Gombrowicz
llama al mozo, pide dos botellas de vino y empieza a tomar. Le llega el
turno a una poetisa grasienta y barrigona, se levanta de un salto,
mientras balancea el busto de un lado para otro y agita los brazos,
emite manojos de rimas nobles. Gombrowicz no aguantó más y lanzó una
carcajada tras la espalda del Asno, que también soltó una carcajada
pero sin ninguna espalda que lo protegiera. En medio de miradas
indignadas se levantó el laureado para soltar su discurso, Gombrowicz y
el Asno aprovecharon la oportunidad y ahuecaron el ala.
Al día
siguiente, mientras cenaba con el Asno oyó que en la mesa vecina se
hablaba del escándalo en la Asociación de Escritores y de la
provocación en el banquete de poetas... Aconsejaban escribir a Ernesto
Sabato para preguntarle si su carta dirigida a Julio Bayce en la que
recomendaba calurosamente a Gombrowicz era auténtica.
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