Collage digital: Alfombra de pieza humana de Milagro Haack
Final coherente
"...mis ojos están ya inertes, mientras la visión persiste, viva, intacta, flotando en lo eterno, en la magia del tiempo."
Antonia Palacios
Estando un rato distante de las noticias, para salir temprano de la casa y enviar el cuento a un amigo de Chile. Me entretuve corrigiéndolo, ya que no quería ser muy extensa. Pero, algo se detuvo, algo gris comenzó a cubrir las ventanas; aún así, continué con el oficio.
Fui a la cocina por otra taza de café, ya que el frío estaba apoderándose del piso. Entonces, entró, el sonido, vaya sonido, tembló hasta los marcos de las ventanas, pensé que se podía haber roto uno, por ello, los revisé todos.
Vuelvo al escrito, ya veo que el cuento tiene más palabras, pensé en leerlo, pero otra vez el sonido, el estruendo, no me deja culminar la idea.
Entraron los ladridos de los perros de la cuadra, entretanto, permanecí contando palabras, no deseaba pasarme de lo anunciado. Después, fui a bañarme, preparándome para salir. Me vestí rápido, aunque, seguían aullando los perros, los gritos de un vecino eran ya inevitables omitirlos, y tomé el teléfono para llamarlo, no pude, no había tono; no obstante, no sentí preocupación, aunque nada era normal; el estruendo, el grito, para tomarlo sin importancia. Sentí un escalofrío, me tomó por sorpresa, pensé que era por la larga lluvia desde la madrugada.
Los helicópteros comenzaron a sobrevolar sobre las casas, el ruido, era más fuerte. Me dispuse a salir, cuando un torrente de lluvia me esperaba y entró por la puerta al abrirla. Mojada hasta las rodillas, traté de salir, pero lo más, impresionante de todo, es que la casa de mi vecino ya no se veía, estaba bajo el agua, mientras, yo, escribía un cuento de doscientas palabras.
Collage digital: La muerte sin rostro de Milagro Haack
Ajustes de cuenta
"La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho,
libre ya, se abría en lenta inspiración."
Horacio Quiroga
Arruina y tuerce la piedra de su ignorancia. La vida pasa oculta en el brillo perdido de un sueño. El frío le alerta sobre la herida, y continúa sentado en la acera, creyendo que la sangre se había detenido al llegar a la esquina de su casa. Pobre, su sangre continuaba saltando a chorros como esas cañerías que se rompen y nadie viene a socorrerlas porque están cerca de su misma gente apestando por muerta. Recordé a Quiroga, será que piensa que no le dispararon treinta y tres veces, que parece un colador en medio del callejón, no ve un sólo agujero en su cuerpo, piensa acaso, regresar junto a su mujer con la caja larga, envuelta en papel de regalo donde está el paraguas nuevo que le compró.
Del Libro inédito: La carta de pasar en silencio (Pretextos) de Milagro Haack
(2000 -2007)






































