
LA MEMORIA AÚN MÁS ANTICIPADA
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
Quise entrar a la casa que se
levantó entre árboles que soportan la sequía y llegué a deshora. Encontré la
puerta de hierro cerrada. La malla de la alambrada sólo dejaba pasar a las
nubes y a los mosquitos impulsados por la brisa. Los nidos suspensos de ramas
sin vestir se mecían y la amplitud del terreno vacío dispersaba a todos los
pedruscos. Sobre las láminas de cinc del techo de la casa se reflejaban los
pronósticos del tiempo del lago amenazador. Con ojos asombrados me asomé a la
quietud reinante, siempre en procura de localizar a algún importante morador
con quien pudiera entablar una conversación y preguntarle por viejas
fotografías, tal vez enmarcadas, donde se apreciaran personajes relevantes de
la historia local y paisajes detenidos por la insistencia del color sepia.
Si el administrador del haras
saliera a recibirme, después de los
saludos de rigor, me presentaría toda la argumentación de sus largos años de
trabajo aquí y la pérdida de extensos trozos de tierra, a costa del crecimiento acelerado del lago.
Él extraería de su baúl o arcón de crónicas, gastados y amarillentos papeles e
imágenes. Yo seguiría en silencio sus explicaciones y lo abordaría,
exclusivamente, para aclarar alguna duda. Página a página y número a número me
mostraría ejemplares de inencontrables revistas. Vería procesiones religiosas
con motivo de la Semana Santa; al santo patrono del lugar al momento de detener
su marcha y al conjunto de porteadores de la peana mirando con conmovedora
ingenuidad hacia la cámara fotográfica, seguros de que unos curiosos ojos como
los míos los descubrirían noventa y cinco años después; la pose histriónica de
un militar fingiendo una hidalguía y no encontrándose por ningún lado la
generosidad o la magnanimidad que establecería un ilustre apellido y su
simbología; al caduco jinete montado en brioso caballo blanco y con un gran
sombrero de alas anchas que quizá lo protegería de las balas de los enemigos; a
la pareja –marido y mujer- que posa y la seriedad del momento que ora la hace
sentar, ora la pone de pie, en todo caso con la convicción de que transcenderán
en fotogramas de alta calidad.
Sabríamos que el abolengo hizo
nobles a ciertos apellidos y con tal nobleza unas mujeres tomaron asiento en
muebles de paletas y capturaron la anualidad para mejor condescender. Otras
veces es un patriarca que sacaría su mecedora a un jardín y se haría flanquear
por sus hijas y a la distancia los veríamos oscuros y también albos para la crónica.
Una prístina dama podría aparecer ahí, recostada de un pilar, con el cuerpo
ligeramente curvado, y a su lado una silla de cuero, vacía, acaso aguardando al
hombre que se le negaría.
¿Cómo olvidar los carnavales si
el toro de colores embestiría ensabanado y con candela en los cuernos y la
fotografía sería la máscara que todo lo revelaría?
En plena curva, al voltear una
página, la línea férrea salvaría al precipicio y aunque el tren no se viera, el
pitazo sí que se observaría, próximo, al borde de la alerta. Entraríamos a un
túnel y el fogonazo detendría la huida de la línea férrea y ya la montaña
sabría a qué atenerse.
Otro jinete podría esperarnos a
las puertas de una insólita revista y sonreiría, vehemente, y permanecería allí,
de quietud en quietud. Los niños de una escuela rodearían al cura y asumirían
las poses que parecerían nunca ensayadas. Al final, una bicicleta, de pronto,
quedaría apoyada contra un enorme portón de madera semicarcomida, mientras una
de las hojas, ligeramente entornada, daría indicios de que los difuntos se
irían a congregar en el interior. Una anciana estaría más allá, en una página
doble, y aguardaría a sus clientes y para que viéramos el prodigio de los
frutos colgaría ristras de ajos y cebollas, unas piñas, un racimo de bananas y
una mirada escrutadora que no nos perdería de vista, porque seríamos demasiado
husmeadores y con aires de forasteros.
Un pueblo se desplegaría a la
manera de una tarjeta postal y la tierra de sus calles estrechas estaría
humedecida y las flores que se hubiesen sembrado en las orillas de las paredes
habrían sucumbido a las lisonjas y se agostarían para evitar las vergüenzas.
Una matrona se asomaría desde
una ventana. Se habría ajustado los anteojos y cubierto la cabeza con un trapo
vistoso y enredado helechos a su cintura. Ella otearía o vislumbraría el camino
principal, aquel por donde arribarían las mercancías importadas. Aguardaría con
paciencia a un posible cronista con cámara fotográfica y pensaría ella que dentro
de una publicación jamás habría de morir...
Pero yo sentí que el sol reverberaba con rudeza y que había comenzado a tallar su apelativo en mi estatura y mis esperanzas de ingresar a la casa donde reposan rescatables anales ya no abren cauces y me alejé con el blanco oficio de la porfía y la memoria puesta sobre el espejismo de cráneos de reses alineados en su orden de sacrificio.









































