
I
El día en que por fin el rostro viera
De Tonatiuh el de brillante tiara
Y el mismo en que Tonantzin, madre tierra,
Entre sus tiernos brazos me arrullara,
Hablaron mis ancestros, mis abuelos,
Mis padres escucharon sus sentencias.
Felices estuvieron, pues cien vuelos
Auguráronme todas las sapiencias.
En el nido cantaron mi pasado,
De grandes personajes fue compuesto
Dijéronme que yo estaba marcado
Por reinos que arrasaron con el nuestro;
Mas verdad era que en mi ser tenía
Las fuerzas de otras grandes realidades,
Y así, con persistencia yo sería
Un águila de humanos y deidades.
Creí por mucho tiempo tales cosas
Tratando de vencer el negro manto
De aquel que con su espejo y sus lujosas
Pieles a los guerreros causa espanto.
II
Vestido de jaguar él me asfixiaba
Por más que yo peleara, me vencía.
Rogué, pues, con firmeza, con valía
Al viento caprichoso que soplaba
Doquiera que mis alas extendiese
Buscando antes que nada ser más fuerte
A fin de concretar mi buena suerte
Que el mundo, de seguro, ni entendiese.
El hálito de estrella vespertina
Lanzóme a las montañas de las sierpes,
Ahí con dura garra ante la muerte,
El vil fracaso en ruta mortecina,
Luché contra el señor ya desollado.
Luché sin comprender que sus serpientes
Buscaban con la astucia de sus mentes
Dejarme totalmente desplumado,
Y no por ser en sí cuestión absurda
Surgida del señor cual rara idea
Sino por ser el fin el que recrea
Esencia nueva de la que antes burda.
III
Mas siendo que estos planes ignorara
Debí de resignarme a mi destierro.
Quise angustiado, celebrar mi entierro,
Que en el nido mi vida se olvidara.
De Xolot en los reinos vagabundo
Erré sin dirección y sin sentido
Moría el sol, me daba por vencido
¡Mis alas no servían en el mundo!
Quitarme cada pluma me aterraba
La idea de morir mi alma roía
Y no fue hasta cruzar con una arpía
Que perdí todo lo que más amaba.
Desplumado, herido, solitario,
La lluvia se cernió sobre mi carne
Volver al gran camino era muy tarde
Me había derrotado mi adversario,
Aquel de las brillantes profecías
El mismo que al Quetzal reverenciaba
Aquel que entre las nubes anhelaba
Alzar el vuelo por extensos días.
IV
Lloré como los cielos invernales,
Lloré copiosamente sin mirarme:
Las plumas empezaban a brotarme
Brotaban con licores celestiales.
Cumplí de tal manera los mandatos
Que el Dios omnipresente hubo trazado
Mas no comprendo aún ser desollado
En aras de enmendar mis arrebatos.
Quizá será mejor no hallar la causa
Sino localizar el objetivo
La meta por la cual me encuentro vivo
Que busco sin parar, sin darme pausa.
Unido con el áspid yo descubro
Alturas otras que quizás alcance,
Buscándolas tendré justo balance
En el futuro que por hoy vislumbro:
Me veo entre las nubes relatando
La historia de mi esencia, mi natura
Llamada por la gran literatura
A ser feliz palabras hilvanando.
V
No niego que los cielos son nublados
Ni niego que me falten muchos años
Mas es preciso superar los daños
Si quiero ver mis sueños realizados.
El quinto sol me causa incertidumbre,
También las advertencias del anciano
Triste sería que mi obrar profano
Trajérame no más que pesadumbre,
Pues hoy en estos días solo impera
Cortarle al pensamiento la soltura,
Dejar a la mitad su envergadura
Y hacerlo presa de la hambruna fiera.
Voy a luchar por físico sustento,
Igual que por nutrir mi mente y alma
No importa si al volar pierda la calma:
Vendrá a socorrerme el dios del viento.
Y viéndome enfrentar el nuevo día
Sabre que soy el águila por siempre
Fundida con mi espíritu de sierpe
Dispuesta a concretar mi profecía.






































