
Ya es mediado de Diciembre.
Falta muy poco para Navidad y la ciudad (y mundo entero) está inundada de pinos, pascueros, campanas, trineos y lazos brillantes. Mientras camino entre los portales llenos de tiendas multicolores, algo me incomoda, algo que no encaja, a pesar de toda esta parafernalia navideña. Y es que faltas Tú, como motivo principal de este evento.
Dime…¿dónde estás Cristo? …¿A dónde te han metido?
Se han robado tu fiesta. Tu imagen de Niño Dios ha sucumbido frente a este viejo ridículo vestido de rojo, envuelto en franelas y botas, sudando calor hasta por el último poro. Pero, ¡qué importa!, trae regalos y ante eso… ¿qué se puede hacer?
Poco a poco voy comprendiendo lo que me molesta, y es que algo no cuadra.
La celebración de tu natividad está muriendo, y mientras se piensa que todo este festejo es por tu venida al mundo, en realidad, se está celebrando tu muerte.
¿Quien podría haberlo imaginado?
El poderoso mito que nació con tu muerte y resurrección, parecía haberte hecho completamente invencible. Sobreviviste a las persecuciones; te fortaleciste en las catacumbas; el martirio sólo sirvió para dar más fuerza a tu credo, y te fuiste haciendo tan poderoso, que incontables ejércitos lucharon por ti llevando tu cruz al pecho.
El hombre te entregó todo y en tu nombre evangelizó, y también en tu nombre reprimió. Luego, tal vez hartado de buscarte en los cielos, te buscó dentro de sí mismo, y así se abrió otro frente para que tu credo brillase con luces de eternidad, aparentemente invencible.
¿Qué cambió Cristo?
¿En qué momento el hombre se sintió libre y comenzó a desecharte de a poco?
Tal vez, de tanto buscarte dentro de sí, se sintió un poco dios, y a su vez, te vio más humano. Eso ha sucedido siempre. El hombre necesita dioses omnipotentes y muy lejos de tener algún rasgo de debilidad humana. Si no es así, son destruidos y sustituidos rápidamente
Y sin embargo, hipócritamente conservaron tu mito.
Y tú Cristo, que sobreviviste a hordas de bárbaros y a diferentes “elegidos” que quisieron emularte, hoy sucumbes, amordazado, frente al verdadero dios de estos tiempos: el dinero, que otorga poder absoluto..
No hay nada que hacer. Estás muriendo Cristo. En medio de estos adornos navideños que se fabrican e importan por miles, puedo ver los crespones negros que enuncian tu muerte, y por lo consiguiente, la implacable autodestrucción de hombre mismo.
Estas muriendo Cristo. Y puedo ver tu sufrimiento en las salas de los hospitales, en el miedo creciente de los ancianos a caminar por las calles, en el vacío absoluto de los jóvenes que no tienen un norte adonde guiar sus vidas.
Estás muriendo Cristo. Y a pesar de todo, te dejas ver de tanto en tanto a este mundo de ciegos que voltea la cara para no verte.
Ayer, sin más, te vi y pude reconocerte: te llamabas Fernando, y esperabas un órgano para poder seguir viviendo. También te llamabas Ana, y estabas postrada desde hace meses esperando que alguien se haga cargo de ti. Te llamabas Juan, Emilia, Josefa, María y Manuel, te llamabas una infinidad de nombres distintos y, seguramente, en varios de ellos vas a repetir tu muerte como una paradoja de tu natividad.
Te estás muriendo Cristo, y aún no sé bien quién fuiste, quien eres o la razón de tu Ser, pero sé que no quiero desaparezcas sin haberte comprendido. Y si tú no estás… ¿quién más podría explicármelo?
Voy a seguir buscándote en tus infinitos disfraces. Y como primera medida, voy a recuperar el sentido de tu Día: en vez del viejo, el niño. En vez de grandes obsequios, pequeños gestos de amor.
Después de todo, aún podemos rescatarte, Cristo.
Amanda Espejo
Quilicura – 2005 / 2011





































