
GOMBROWICZIDAS
LOS CABALLOS Y LOS ESCARABAJOS
Por Juan Carlos Gómez
No es lo mismo entrar a
una reunión de psicólogos que a una de ingenieros, o a un salón
plutocrático que a una taberna del puerto. Cada profesión y cada clase
social tiene sus códigos y sus modales. Gombrowicz, nacido de
terratenientes y educado en un colegio aristocrático, era el producto
del refinamiento y del tipo de belleza que produce la riqueza.
Pero
Gombrowicz era, antes que ninguna otra cosa, un escritor, y sólo un
escritor puede confundirse o incomodarse cuando, pongamos por caso, lo
mira una vaca. Quien ha decidido ocupar una parte de su vida
escribiendo debe empezar a tomar apuntes y a realizar experimentos
originales, o a escribir un diario para alcanzar sus objetivos y no
malograrse.
Cuando el escritor comienza a meditar en el
resultado de su actividad se le presenta el problema de la
originalidad, y en este campo Gombrowicz era un maestro. La más de las
veces pensaba que su vida no era interesante, que a él no le ocurría
nada que valiera la pena contar en los diarios.
Aquí,
en la Argentina, se nos aparecía como una persona sin pasado, un Deus
ex machina, y tanto era así que los cubanos habían hecho correr el
rumor en el café Rex de que era hijo de un relojero próspero de
Varsovia, y de que de esta profesión provenía su filosemitismo.
A
mí me dijo una vez que no entendía como Gide podía hacer tantas cosas
en un día: Tocar el piano, ver editores, escribir; –Yo apenas tengo
tiempo de escribir un par de renglones y comerme un sandwichito.
Como
en la Argentina le faltaba acción se dedicó a humanizar la naturaleza
para poner en movimiento su vida un tanto gris, son memorables sus
relatos sobre la vaca, el perro, los escarabajos, la casa, la mano, las
moscas, los caballos, el crepúsculo..., si hasta pareciera que el
sentimiento de la falta de acción, y no la falta de acción misma, fuera
la comida con la que se alimentaba Gombrowicz para poder escribir.
Los
terratenientes tienen en general una buena relación con los animales, a
Gombrowicz lo alcanzan las generales de la ley, es una predisposición
que paradójicamente humaniza el carácter de los hombres, como también
le ocurría a nuestro Bioy Casares. Ya sabemos que, a pesar de su
nobleza terrateniente, Gombrowicz se sentía confuso y en contradicción
con la naturaleza al punto que al momento de ponerse en contacto con
ella se transformaba en un demonio, en una anti-naturaleza, sin
embargo, con los caballos le iba bastante bien, no así con los jinetes.
Mientras
los caballos eran para Gombrowicz los representantes de una soledad
radical, los jinetes en cambio eran unos payasos incorregibles.
"Tarado,
vos no gima por tu soledad, observa vos los animales, por ejemplo, los
caballos (con los que tenés un parecido), ya ves que están
absolutamente solos, eso de la soledad es un mito contemporáneo pues el
hombre es por naturaleza solitario y tiene que vivir su vida. Hay que
ser macho, viejo, y no una mujercita que anda buscando siempre
compañía, fijate en mí. Y si no casate. Pero observa vos los padres de
familia cuando pasean con su prole, están perfectamente solos"
El
hombre a caballo, en cambio, es una cosa estrafalaria, una ridiculez y
una ofensa a la estética. Los animales no nacen para cargar sobre sí a
otros animales.
Un hombre sobre un caballo es tan absurdo como
una rata sobre un gallo o un mono sobre una vaca, es una perturbación
del orden natural a pesar de que el arte le rinde homenaje a este
convencionalismo en las estatuas y en la pintura.
El jinete da
brincos sobre la bestia con las piernas despatarradas en un animal
torpe y estúpido, corre montado a la velocidad de una bicicleta y
repite vez tras vez el salto de un obstáculo en una bestia que no sirve
para saltar. Los placeres de las cabalgatas provienen del atavismo pues
en otros tiempos el caballo era realmente útil y enaltecía al hombre.
Un hombre a caballo dominaba a los demás, el caballo era la riqueza, la
fuerza y el orgullo del jinete. De esos tiempos nos quedó el culto de
la equitación y la adoración por un cuadrúpedo anacrónico.
"Mi
monstruoso sacrilegio resonaba salvajemente de un extremo a otro del
horizonte. El dueño y criador de sesenta yeguas de raza me miraba con
condescendencia"
Estas reflexiones sobre los jinetes las hace
después de haberse despachado con unas cuantas mentiras en los diarios
anteriores en los que habla de un yegua que le había caído bien.
Galopaba en los pastos, saltaba los obstáculos y devoraba las cercas,
el animal era de pura sangre pero de reflejos amanerados. Gombrowicz
cuenta que le daba garbo a la yegua con la cuerda, saltando vallados, y
con trote tranquilo al lado de las dos hijas de Wladyslaw Jankowski, el
dueño de la estancia.
"Mentira, mentira... A pie soy diferente que a
caballo, a caballo diferente que a pie. Los caballos mienten a la
moral, la moral a los caballos, yo a los caballos, a la moral y a las
chicas. Un repentino relajamiento. Frivolidad. ¿Quién soy? ¿Acaso soy
realmente? A veces soy esto, a veces aquello..."
En un pasaje
famoso de sus diarios Gombrowicz relata cómo en una tarde de playa se
dedicó a salvar la vida de unos escarabajos que estaban achicharrándose
al sol dándolos vuelta y poniéndolos panza abajo. Cuando dio vuelta al
enésimo escarabajo se dio cuenta que la cantidad de esos bichos era
enorme y que no podía salvarlos a todos, entonces interrumpió las
operaciones de salvamento.
La cantidad de los que sufren le pone
pues límites al dolor, lo fragmenta y lo disuelve, y como el
sentimiento que pone al hombre en contacto con el dolor del otro
proviene de una reflejo moral, entonces es necesario que el hombre
disponga de una moral limitada, fragmentaria, arbitraria e injusta, una
moral que por su naturaleza no sea continua sino granulada, como la
moral que le apareció a Gombrowicz cuando daba vuela a los escarabajos.
Este tipo de moral es la que Gombrowicz utilizaba para enfrentar todos
los excesos, especialmente los ideológicos.
Cuando
me hacen preguntas sobre Gombrowicz, a veces digo unas cosas, a veces
digo otras, pero cuando me preguntan por el legado que nos dejó siempre
digo lo mismo: la libertad interior y la amistad, y este legado humano
era el que nos ligaba a él cuando volvió a Europa.
Es difícil
resumir en pocas palabras el proceso de deshumanización que se
manifiesta en sus diarios cuando Gombrowicz se va de la Argentina, pero
hay dos cosas que se pueden comprobar fácilmente: la desaparición de su
inclinación a humanizar lo que no es humano, y la declinación de su
capacidad para formar el pensamiento dejándose en cambio tomar por las
cosas.
Todo ocurre como si se hubiera alejado de esa
libertad con la que descubría zonas enteras de la cultura que el
pensamiento crítico había dejado vírgenes, y como si se hubiera quedado
sin fuerzas para seguir derribando tabúes, pero esta característica era
precisamente la más sobresaliente de su humanidad.
Tuvo que
reemplazar sus conversaciones del Rex por un mundo distinto: editores,
ediciones, profesores, directores, funcionarios, artistas, entrevistas,
reuniones, escritores, escritores y escritores… y la administración de
su gloria, un mundo diferente al que le había perdido el gusto y la
costumbre durante veinticuatro años. Es claro que Gombrowicz no perdió
sus características humanas, y mucho menos aquellas que están
relacionadas con el dolor, pero nosotros empezamos a sentir que nos
estaba retirando su legado, y a esto nos referimos cuando hablamos de
la deshumanización de Gombrowicz en Europa.






































