COMENTARIO / Pablo Delgado U.
No es macabro ni improcedente decir que debe haber furor al escribir, y hacer camino sobre la mar; golpe a golpe se debe aguijonear el universo escondido, salpicar con sangre, dejar cenizas de lo que se quema y súbitamente quebrarse. Abrir una herida, sesgarla y hacer las puntadas como recuerdos de infancia. Escribir para terminar de escribir. Cruzar cual Homero haciendo su Odisea, crear y convertir todo en una primigenia que rompe los huesos o los hace chirriar a más no poder. En suma, emular la épica griega.
La escritura es verbo invertido y friccionado para bien de nuestra paranoia. Los fantasmas de la poética rondan, hacen junta de acreedores y nos entregan certificados que ciertamente no acreditan nada. Estamos haciendo hipos en un lenguaje balbuceado que bracea pesadillas como puede ser una película de Hitchcock.
El control es lo que acerca al arte y convierte el esperpento en lucidez. De allí surge la maestría con que los ávidos en la palabra surten las creaciones. No hay falacia que no haga disfrutar a quien escribe.
Organizar el delirio, el impulso encubierto que lleva a crear hitos paralelos que queman hasta excitar el corazón presionando nuestras arterias hasta que el texto se libera, se suelta, se hace liviano y en nuestra cabeza se alinean nuestras torpezas como lo suele hacer un meteorito con la luna.
Escribir da más leguas que un viaje en submarino, y los infiernos se convierten en Macondo, Comala, en una casa tomada en Buenos Aires o en Venus en el Pudridero. Neuronas que nos drenan la quietud que ronda después de un trago de ron, un cigarrillo o un café que nos deja musitando, pero locos e inclementes para soportar la inconformidad de la realidad que cruza por nosotros, siendo los que entrelazamos el vómito, las fustigaciones, las trémulas nociones para ser consecuentes en nuestra ceguera. Escribir es como la mujer que yo quiero, tiene muchos defectos, pero ella es más verdad que el pan y la tierra.
Entonces los vasos comunicantes e invisibles prodigan lo necesario y vital para orquestar el rigor de las palabras; juntas, separadas, desordenadas, atadas, sucias, limpias, manoseadas, torturadas para luego, en nuestra perversidad, tejer el texto que proviene de nuestras entrañas. Caótica suerte la de ellas que lúdicas desencadenan e iluminan lo más oscuro de nuestra terquedad y disciplina.
Lo justo es que se haga poética sin fenecer y que el equilibrio que hay caminando por la cuerda nos muestre el vacío donde la oquedad de las palabras sea el temblor que mueve la escritura. Verso a verso ahí se descubre que estamos inclementes, manoseamos los enveses que ciernen el texto para ser iluminado cuando no sabemos donde comienza la oscuridad.
Entre el cielo y el mar probablemente se me recordará.
Escribir debe ser verdad, aunque yo sea una mentira.





































