En el tiempo indeciso
Javier Marías
Lo vi dos veces en persona y la
primera fue la más alegre y la más desdichada, aunque lo segundo sólo
retrospectivamente, es decir, lo es ahora pero no lo era entonces, luego en
realidad no debería decir tal cosa. Fue en la discoteca Joy a altas horas de la noche, sobre
todo para él, se supone que los futbolistas deben estar acostados desde muy
temprano, permanentemente concentrados en el próximo partido, o entrenando y
durmiendo, viendo vídeos de otros equipos o del suyo propio, viéndose a sí
mismos, sus aciertos y fallos y las oportunidades perdidas que siempre vuelven
a perderse hasta el fin de los tiempos en esas películas, durmiendo y
entrenando y alimentándose, una vida de bebés casados, conviene que tengan
mujer para que les haga de madre y les vigile el horario. La mayoría no hacen
ni caso, detestan dormir y detestan los entrenamientos, y los grandes piensan
en el partido sólo cuando salen al campo y ven que más les vale ganarlo porque
allí hay cien mil personas que sí llevan una semana dándole vueltas al
enfrentamiento o pidiendo venganza contra los odiados rivales. Para los grandes
los rivales sólo existen durante noventa minutos y nada más que por un motivo:
están ahí para impedirles a ellos lograr lo que ansían, eso es todo. Luego
podrían irse de copas con esos adversarios, si no estuviera mal visto. El
resentimiento pertenece a los jugadores mediocres.
Él no era desde
luego mediocre, y durante algún tiempo se pensó que sería un grande cuando
estuviera más maduro y más centrado, lo cual no ocurrió nunca, o quizá
demasiado tarde. Era húngaro como Kubala y Puskas y Kocsis y Czibor, pero su
apellido era mucho más impronunciable para nosotros, se escribía Szentkuthy y
la gente acabó llamándolo ‘Kentucky’, mucho más familiar y más castellano, y de
ahí se lo apodó a veces con impropiedad ‘Pollofrito’ (no casaba con su
complexión atlética), los locutores de radio más atrevidos y vehementes se
permitían abusos cuando pisaba el área: ‘Atención, Kentucky puede freír al
Barça.’ O bien: ‘Ojo que Pollofrito puede hacer saltar la sartén por los aires,
quiere organizar una de sus fritangas, cuidado que es todo aceite, aceite
hirviendo, ¡ojo que quema, ojo que es resbaladizo y no se mezcla!’ Dio mucho
juego a los periodistas, pero ellos olvidan pronto.
Cuando coincidí
con él en la discoteca Joy llevaba temporada y media en Madrid y hablaba ya un
buen español, muy correcto aunque limitado, con un innegable acento de lo más
tolerable, parece que los centroeuropeos tengan siempre facilidad para las
lenguas, somos los españoles los menos hábiles para aprender bien otras o
pronunciarlas, ya lo decían los historiadores romanos, ese pueblo incapaz de
pronunciar la s líquida, de Scipio como de Schillaci como de Szentkuthy:
Escipión, Esquilache, Kentucky, han cambiado las tendencias lingüísticas. A
Szentkuthy (lo llamaré por su verdadero nombre, puesto que lo escribo y no he
de decirlo) ya le había dado tiempo a superar el deslumbramiento de un país
nuevo y festivo y lujoso para su experiencia previa de acero, pero no todavia a
tomárselo como algo natural y debido. Quizá estaba en ese momento que prosigue
a roda consecución importante, en el que a uno ya no le parece un mero regalo o
un milagro lo que ha logrado (ya da crédito) y empieza a temer por su
permanencia, o mejor dicho, a vislumbrar como horror la vuelta posible al
pasado con el que se estuvo conforme y uno tiende por tanto a borrarlo, yo no
soy el que fui, soy sólo ahora, no vengo de ningún lado y no me conozco.
Conocidos comunes nos reunieron en la
misma mesa, si bien durante largo rato él no se acercó a ella más que para
recuperar un segundo su vaso y echar un trago entre baile y baile, una forma de
entrenarse, un atleta incansable, por lo menos tendría cuerda para noventa
minutos y una prórroga. Bailaba mal, con demasiado entusiasmo y poco ritmo, sin
el mínimo de suficiencia necesario para armonizar los movimientos, y algunos de
la mesa se reían de él, en este país un elemento de crueldad en todas las
situaciones aunque nada obligue a ella, gusta hacer daño o creer que se hace.
Vestía mejor que cuando llegó al equipo, según las fotos que vi en la prensa,
pero no lo bastante si se lo comparaba con sus compañeros españoles, más
estudiosos de la indumentaria, esto es, de los anuncios. Era uno de esos
hombres que dan la impresión de llevar siempre la camisa por fuera de los
pantalones aunque la lleven metida, la camiseta desde luego la llevaba por
fuera en el terreno de juego cuando se lo consentía el árbitro. Por fin se
sentó y ordenó a todos, con aspavientos y risa, que salieran a bailar para que
él los viera mientras descansaba, ahora quería él divertirse pero sin malicia
sin duda, sin crueldad ninguna, tal vez quería aprender de otros movimientos
menos bisoños que los suyos. Yo fui el único que no le hizo caso, yo nunca
bailo, sólo miro. No me insistió, no tanto porque no supiera quién era, no me
conociera ‑eso parecía importarle poco, en la certidumbre de que a él sí lo
conocía todo el mundo‑, cuanto por mi gesto firme de negativa. Moví la cabeza
de un lado a otro como solemos hacerlo los habitantes de las ciudades cuando
negamos a un mendigo una limosna sin aflojar el paso. La comparación no es mía,
fue suya:
Parece que me haya negado usted una
limosna ‑dijo cuando nos quedamos solos, los demás en la pista para
complacerlo. Utilizaba el ‘usted’ como buen extranjero que tiene aún presentes
las reglas, no era malo su vocabulario, la palabra ‘limosna’ no es tan
frecuente.
¿Cómo lo sabes? ¿Te la han negado
alguna vez? ‑dije yo, y lo tuteé en cambio, por la diferencia de edad y por
algún complejo de superioridad inconsciente, del cual en seguida adquirí
conciencia y por eso añadí: ‑Podemos tutearnos.‑ Y aun así lo añadí como quien
concede un permiso.
¿Y a quién no?
Hay muchos tipos de limosnas. Soy Szentkuthy ‑dijo ofreciéndome la mano‑, aquí
nadie presenta a nadie.
Era un tipo
listo: se conducía de acuerdo con la realidad (todo el mundo sabía quién era),
pero negaba ese comportamiento con las palabras. Es decir, distinguía entre
ambas cosas, lo cual no es tan fácil sin resultar abrumadoramente hipócrita o
detestablemente ingenuo. Yo le dije mi nombre, añadí mi profesión, le estreché
la mano. No me preguntó por esa profesión tan lejana a la suya, no le
interesaba ni para llenar una conversación impensada y seguramente indeseada,
él contaba con haberse quedado solo en la mesa contemplando el baile. Tenía el
pelo rubio partido en dos bloques ondulados y casi simétricos peinados hacia
atrás como si fuera un director de orquesta, una sonrisa cuadrada como de
tebeo, la nariz un poco ancha, unos ojos azules muy pequeños y muy brillantes,
como diminutas bombillas de feria.
¿Con cuál estás? ‑le dije señalando con
la cabeza negadora hacia las mujeres de la pista, habían salido todas en grupo‑
¿Cuál es tu novia? ¿Con cuál de ellas estás? ‑insistí para hacer más clara la
pregunta.
Pareció gustarle que no le hablara en
seguida del equipo ni del entrenador ni del campeonato y quizá por eso contestó
sin pudor y con una sonrisa casi infantil. Su orgullo no era ofensivo ni
vejatorio, ni siquiera para las mujeres, lo dijo como si ellas lo hubieran
elegido a él, no al revés, y quizá había sido así:
De las seis de la mesa ‑dijo‑, he
estado ya con tres, ¿qué le parece? ‑Y alzó tres dedos de la mano izquierda,
con el estrépito no era fácil oírse. Él seguía llamándome de usted, la
reiteración me hizo sentir algo viejo.
Y hoy qué toca ‑respondí‑, repetirse o
renovar.
Él rió.
Repetirse sólo
si no hay más remedio.
Un coleccionista, ¿eh? ¿Qué más
coleccionas? Bueno, goles aparte.
Se quedó pensando un instante.
Eso, goles y mujeres, nada más. Cada gol
una mujer distinta, es mi forma de celebrarlos ‑dijo risueño, tanto que parecía
una mera broma y no cierto.
Llevaba unos veinte marcados en lo que
iba de temporada, sólo en el campeonato de Liga, seis o siete más entre la Copa
y la competición europea. Yo suelo seguir el fútbol, en realidad habría
preferido hablarle del juego, preguntarle como un admirador más, un hincha.
Pero él debía de estar aburrido de eso.
¿Siempre fue así? ¿También en
Hungría, en el Honved? ‑se
lo había fichado de ese equipo de Budapest, donde él había nacido.
Oh no, en
Hungría no ‑dijo serio‑. Allí
tenía una novia.
¿Qué ha sido de ella? ‑le pregunté.
Ella me escribe ‑dijo escuetamente y
sin ninguna sonrisa.
¿Y tú?
Yo no abro sus
cartas.
Szentkuthy tenía entonces veintitrés
años, era un crío, me extrañó que tuviera la fuerza de voluntad, o la ausencia
de curiosidad necesaria para semejante cosa. Aunque supiera el contenido
probable de aquellas cartas, es difícil no querer saber cómo se dice. También
tenía que tener dureza.
¿Por qué? ¿Y ella sigue escribiéndote a
pesar de todo?
Sí ‑respondió como si no hubiera nada
de raro en ello‑. Ella me quiere. Yo no puedo ocuparme de ella, pero
no lo entiende.
¿Qué es lo que no entiende?
Ella ve las cosas para siempre, no
entiende que las cosas cambien, no entiende que yo no cumpla las promesas que
le hice un día, hace muchos años.
Promesas de amor eterno.
Sí, quién no
las ha hecho y nadie las cumple. Todos hablamos mucho, las mujeres exigen que
se les hable, por eso yo aprendo la lengua del país muy rápido, ellas siempre
quieren que se les hable, después sobre todo, yo preferiría no decir nada
después ni antes, como en el fútbol, metes un gol y gritas, no hace falta decir
ni prometer ninguna cosa, se sabe que meterás más goles, eso es todo. Ella no entiende, ella cree
que soy suyo, para siempre. Es muy joven.
Quizá aprenda con el tiempo, entonces.
No, no lo creo,
usted no la conoce. Para
ella seré siempre suyo. Siempre.
Esta última palabra la dijo con voz
ominosa y respeto, como si ese ‘siempre’ que no era de él, sino de ella, que él
negaba con los hechos a diario y con la distancia, supiera sin embargo que
tenía más fuerza que cualquiera de sus negaciones, que cualquiera de sus goles
madrileños y sus mujeres volátiles y conmutables. Como si supiera que uno no
puede hacer nada contra una voluntad afirmativa, cuando la propia es sólo una
voluntad que remolonea y niega, la gente se convence de que quiere algo como
medio más eficaz para conseguirlo, y esa gente siempre tendrá ventaja frente a
los que no saben qué quieren o están enterados sólo de lo que no desean. Los
que somos así estamos inermes, padecemos una debilidad extraordinaria de la que
no siempre somos conscientes y así nos puede anular fácilmente otra fuerza
mayor que nos ha elegido, de la que escapamos sólo durante algún tiempo, las
hay infinitamente resueltas e infinitamente pacientes. Por la manera en que
Szentkuthy había dicho ‘siempre’ supe que acabaría casándose con aquella joven
de su país que escribía, eso pensé entonces sin mucha intensidad, en realidad
era un pensamiento circunstancial y anecdótico, me resultaba indiferente, no
vería a Szentkuthy más que por televisión o en el estadio, tanto como pudiera,
eso sí, yo adoraba su juego.
Volvían a la mesa algunos de los
bailarines, así que le dije:
Cuidado, Kentucky, una de las tres
mujeres con las que no has estado viene conmigo.
Soltó una carcajada elemental y
estruendosa que se impuso a la música y salió otra vez a la pista. Desde allí
me gritó, antes de ponerse de nuevo en danza:
Y es suya, ¿verdad? ¡Es suya para
siempre!
No lo era, pero ella y yo nos fuimos
antes de que él agotara la prórroga de su baile y viera si esa noche podía
renovar o tenía que repetirse. Por la tarde le había marcado tres goles al
Valencia. Me acordé un momento de su compatriota Kocsis, un interior del
Barcelona a quien se apodaba ‘Cabecita de oro’ si no me equivoco, se suicidó
hace años, bastantes después de haberse retirado. No sé por qué pensé en él y
no en Kubala o en Puskas, que supieron divertirse y hacer luego carrera como
entrenadores. Al fin y al cabo, Szentkuthy se estaba divirtiendo aquella noche.
Lo seguí viendo jugar durante dos
temporadas más, en las que tuvo altibajos pero dejó varias imágenes para el
recuerdo. Predomina en mi memoria la que predomina para cuantos la vieron: en
un partido de Copa de Europa contra el Inter de Milán, en el que faltaba un gol
para alcanzar las semifinales, restaban sólo diez o doce minutos cuando
Szentkuthy recibió el balón en su propio campo tras el rebote de un córner
contra su portería. Estaba solo para montar el contraataque y había dos
defensas todavía, rezagados, entre él y el guardameta rival; se deshizo de uno
ganándole en la carrera y del otro en un quiebro antes de llegar al área; salió
el portero hasta allí a la desesperada, Szentkuthy lo regateó también y esquivó
el penalty que trató de hacerle; levantó entonces la vista hacia la meta
completamente vacía, no tenía más que golpear el balón desde el borde del área
para marcar el gol que todo el estadio ya veía y ansiaba con ese resto de
zozobra que siempre existe entre lo inminente y seguro y su llegada efectiva.
El murmullo de excitación se tornó silencio repentino, ocultaba un grito
ahogado en cien mil gargantas, que no salía: ‘¡Chuta! ¡Chuta ya, por amor de Dios!’,
todo sería definitivo con el balón en la red, no antes, había que verlo allí
dentro. Szentkuthy no chutó, sino que siguió avanzando con el balón pegado al
pie, controlado, hasta la línea de gol y allí mismo lo paró con la suela de la
bota. Durante un segundo lo mantuvo quieto, sujeto por su bota contra la hierba
o contra la cal de la línea, sin permitir que la traspasara. Otros dos defensas
italianos corrían hacia él como rayos, también el portero recuperado. Era
imposible que llegaran a tiempo, Szentkuthy sólo tenía que soltarlo para que
cruzara esa línea, pero en el fútbol nada se ve seguro hasta que sucede. No
recuerdo un silencio más asfixiado en un estadio. Fue tan sólo un segundo pero
no creo que se le haya borrado a ninguno de los espectadores. Marcó la
diferencia abismal entre lo inevitable y lo ya no evitado, entre lo que aún es
futuro y lo que ya ha pasado, entre el ‘Aún no’ y el ‘Ya está’, a cuya
transición palpable nos es dado asistir muy pocas veces. Cuando el portero y
los dos defensas se le echaban encima, Szentkuthy hizo rodar suavemente el
balón con la suela unos centímetros y volvió a pararlo una vez que hubo
atravesado la línea de meta. No lo envió a la red, lo hizo avanzar sólo lo
justo para que lo que aún no era gol ya lo fuera. Nunca se hizo tan manifesto
el muro invisible que cierra una portería. Fue un desdén y una chulería, el
estadio se vino abajo y se cubrió de pañuelos, se juntaron la impresión
admirable de la jugada entera y el alivio tras el sufrimiento superfluo al que
Szentkuthy había sometido a cien mil personas y a unos cuantos millones más que
lo vivieron desde sus casas. Los locutores de radio tuvieron que suspender su
grito, lo dieron sólo cuando él lo quiso, no un segundo antes. Negó la
inminencia, y no es tanto que detuviera el tiempo cuanto que lo marcó y lo
volvió indeciso, como si estuviera diciendo: ‘Yo soy el artífice y será cuando
yo lo diga, no cuando queráis vosotros. Si es, pues soy yo quien decide.’ No se
puede pensar en lo que habría ocurrido si el portero llega a tiempo y le saca
el balón de debajo de la bota. No se puede pensar porque no ocurrió y porque da
mucho miedo, nadie perdona a quien se recrea en la suerte si la suerte le da la
espalda como castigo tras haber estado a su favor totalmente. Cualquier otro
jugador habría disparado a puerta vacía desde el borde del área cuando ya no
hubo obstáculos, con su voluntad afirmativa de ganar la eliminatoria y ganarla
cuanto antes. La voluntad de Szentkuthy era cuando menos vacilante, como si
quisiera subrayar que no hay nada inevitable: va a ser gol, pero vean, también
podría no serlo.
Aquella temporada no fue buena en su
conjunto pese a esta jugada o quizá por ella, y la siguiente fue nefasta.
Szentkuthy parecía desganado, apenas marcaba goles y sólo jugaba a ráfagas, se
lesionó en el mes de enero y ya no se recuperó en todo el campeonato, lo pasó
casi en blanco.
En una ocasión me invitaron a
presenciar un partido en el palco presidencial, y al lado me tocó Szentkuthy, a
mi izquierda; a la suya había una joven con aire un poco anticuado, oí que
hablaban en húngaro, me dije que sería húngaro, no entendía una palabra. No me
reconoció como es lógico, apenas si me miró, estaba embebido en el juego, como
si se hallara en el césped con sus compañeros, en tensión alerta. De vez en
cuando les chillaba en español porque desde allí veía muy claro lo que tenían
que hacer en cada oportunidad perdida. Era evidente que sufría por no estar
abajo con ellos. Cuando no le quedaran goles sólo le quedarían las mujeres,
pensé. Cuando se retirara sería siempre demasiado joven.
En el descanso volvió a la realidad
pero no se movió del sitio pese a la tarde fría, soleada. Fue entonces cuando
me atreví a dirigirle la palabra. Iba mejor vestido, con corbata y abrigo con
el cuello subido, había visto más anuncios; fumó un cigarrillo en cada tiempo,
delante de sus jefes y de las cámaras.
¿Cuándo te vemos otra vez de corto,
Kentucky? ‑le
pregunté.
Dos semanas ‑dijo, y levantó dos dedos
como para confirmarlo con hechos. Era el mes de febrero.
La joven, que entendería poco pero lo
suficiente, hizo un gesto dubitativo acompañado de una sonrisa modesta y
levantó tres dedos, luego un cuarto, como llamándolo a la verdad. Su
intervención me permitió preguntarle a él:
¿La señora es también húngara?
Sí, es húngara ‑contestó‑, pero no es
la señora. Tenía un sentido de la literalidad propia de quienes hablan lenguas
que no son suyas.‑ Es mi novia.
Mucho gusto ‑dije yo, y le di la mano y
añadí mi nombre, presentándome, esta vez sin profesión.
Encantada, señor ‑acertó a decir ella
con inseguridad, quizá una frase suelta aprendida sin contexto, como se aprende
en seguida ‘Adiós’ y ‘Gracias’. No dijo más, se hundió de nuevo en su asiento,
mirando al frente, al estadio abarrotado y un poco sesteante aquel domingo.
Decir algo de ella sería por mi parte demasiado atrevimiento, la vi de perfil y
la oí aún menos. Sólo que era muy joven y bastante agraciada, con un aire
tímido y a la vez convencido, una voluntad afirmativa. Nada espectacular si se
la comparaba con las chicas de la discoteca Joy, ni siquiera con la mujer que
aquella noche venía conmigo, hacía tiempo que no la veía, quién sabía si se
habrían encontrado de nuevo, Szentkuthy y ella, otra noche de farra en la que a
mí ya no me hubiera importado con quién se fuese. No sé nada de ella y bien
poco sabía ya entonces, aquella tarde en el palco.
El partido estaba empatado a cero y el
equipo jugaba mal, voluntariosamente pero nada inspirado. En jornadas así se
echaba en falta a Szentkuthy, aunque hasta su lesión no hubiera brillado.
¿Qué, cómo va a acabar esto? ‑le
pregunté.
Me miró con aire de superioridad
momentánea, probablemente porque yo le pedía opinión, pero ese aire lo he visto
a menudo en los hombres recién casados, aunque él aún no se había casado. A
veces es la expresión de un esfuerzo de respetabilidad que llevan a cabo los
calaveras para halagar a sus mujeres o novias cuando acaban de contraer
matrimonio o están a punto de hacerlo. Luego lo
abandonan, el esfuerzo.
Podemos ganar fácil, podemos perder
difícil.
No entendí bien lo que quería decir y
me quedé dándole vueltas durante el segundo tiempo. Si ganaban, sería con
facilidad; si perdían, sería con dificultad; o bien, era fácil que ganaran y
difícil que perdieran, tal vez era eso, imposible saberlo. Él no estaba por la
charla y no quise insistir. Se volvió hacia su novia en seguida, hablaron en
húngaro y en voz casi baja. Era una de esas mujeres que para reclamar la
atención del marido o el novio le tiran con dos dedos de la manga o le
introducen la mano en el bolsillo del abrigo, no sabría explicarlo de otra
forma, tampoco debo.
En el segundo tiempo se ganó tres a
cero y el equipo jugó muy bien casi siempre a partir de entonces. A Szentkuthy,
por tanto, se lo echó poco de menos. Su rodilla evolucionó mucho peor de lo que
se pensó al principio, mucho peor de lo que se pensaba en febrero y en marzo y
en abril y en mayo. O bien él no fue obediente en su convalecencia tras el
quirófano. Tuvo algún conflicto con el entrenador y al término de la temporada
se le dio la baja, se lo traspasó al fútbol francés, al que van los grandes
cuando parece que no llegarán a serlo del todo ni se los recordará como tales.
Jugó tres años más en el Nantes sin muchos alardes, aquí se supo de él poco, los periodistas olvidan pronto, tan pronto que la noticia de su muerte sólo ha aparecido con algún detalle en la prensa deportiva que yo no suelo comprar, un sobrino mío me enseñó el recorte. Hace ya ocho años que Szentkuthy dejó Madrid, seguramente hacía cinco que ya no jugaba al fútbol a menos que se hubiera arrastrado por los desconocidos equipos de su país, aquí no se sabe casi nada de Hungría. Un hombre de treinta y tres años a la hora de su muerte, un hombre joven sin goles nuevos y con sus vídeos demasiado vistos, sólo podría coleccionar mujeres en su Budapest natal, allí seguiría siendo un ídolo, el niño que se marchó y triunfó lejos y vivirá ya siempre del recuerdo orgulloso de sus hazañas remotas cada vez más difuminadas. Ya no vive porque le han disparado en el pecho, y quizá hubo un segundo en que su mujer convencida y tímida flaqueó en su voluntad afirmativa y dudó si apretar el gatillo tan duro con sus dos dedos frágiles aunque a la vez supiera que lo apretaría. Quizá hubo un segundo en que se negó la inminencia y el tiempo fue marcado y se volvió indeciso, y en el que Szentkuthy vio claros la línea divisoria y el muro normalmente invisible que separan vida y muerte, el único ‘Aún no’ y el único ‘Ya está’ que cuentan. A veces están en poder de las cosas más nimias, de unos dedos sin fuerza que se han cansado de buscar un bolsillo y tirar de una manga, o de la suela de una bota.







































