
Continuidad de los parques
de Amores imperfectos por Edmundo Paz Soldán
El mayordomo salió del cine
pensando en lo que acababa de ver.
Le había parecido interesante, al
principio, la mezcla de realidad y ficción que ocurría entre los personajes de
la película y los de las novelas que leían, pero se fue cansando de ella a medida
que la confusión tornaba imposible de terminar a ciencia incierta donde terminaba la “realidad” y
comenzaba la “ficción”. Mientras volvía en tren a la finca, leyendo distraído una novela
gráfica- una adaptación de Simenon- en un compartimiento que olía a madera
quemada, encendió un habano robado al patrón y pensó que era un realista
acabado, que los artificios de la ficción dentro de la ficción lo entretenían por un rato, había
quedad pensando en el argumento de la película, pues encontraba en el ciertos
parecidos con la vida real. Era cierto que hacía un par de meses que la esposa del patrón actuaba
de manera rara, como si estuviera ocultando algo. ¿No sería posible que ella, como en
la película, tuviera un amante, y que entre ambos estuvieran conspirando para
acabar con la vida del patrón? Entonces recordó que la escena final, la muerte del
patrón a manos del amante ocurría precisamente en un crepúsculo como ése, en la
soledad de la finca aprovechando una tarde libre del mayordomo. Sí, eso era. Dejó el
libro a un lado. Debía hacer algo para salvar la vida del patrón. Pero, ¿qué? Se hallaba
atrapado en la desesperante lentitud del tren. Miró hacia el paisaje a través de las
ventanas salpicadas de polvo, exhalando una larga bocanada.
Vio al patrón recostado en un
sillón de terciopelo verde, leyendo una novela que él le había regalado una semana atrás,
en su cumpleaños. Era la historia de un mayordomo que salvaba la vida de su patrón
al contarle, en la página 127, que su esposa y su amante planeaban asesinarlo al
final de una tarde como ésa. Tal vez, al llegar a la página 127, el patrón descubriría
que había demasiadas entre la ficción y la realidad, sospecharía que acaso ambas eran
lo mismo, y se levantaría del sillón a tiempo, para que el puñal que cruzaba el aire
en ese instante no encontrar su cuerpo y se hundiera en el verde terciopelo.
Cuando llegó a la finca, el
mayordomo se dirigió corriendo hacia el estudio que miraba al parque de los robles.
Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaba una voz urgente: primero una sala
azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la
primera habitación, nadie la segunda. La puerta del salón, y entonces el patrón muerto, el
cuerpo hundido en el alto respaldo del sillón, ningún libro a la vista, el Correcaminos
en la televisión encendida.