Apoya a la revista y editorial Cinosargo con un donativo vía paypal

Síguenos en Twitter

Web de Cinosargo Ediciones

logosargooooedic.jpg

Página web de Cinosargo Ediciones

LIBROS IMPRESOS DE CINOSARGO (17 libros a la fecha)

Dibujo1SARGO_VENTAS.jpg

Cinosargo Editorial

¿Dónde adquirir nuestros libros?

Descargar el catálogo de la editorial en pdf

EN ARICA, EN LIBRERIA CINOSARGO

GALERIA SAN MARCOS, MAIPU 115 - LOCAL 17

PEDIDOS DIRECTOS A LA EDITORIAL Y ENVÍOS DESDE REGIÓN O EL EXTRANJERO CONSULTAR A:

CARROLLERA@HOTMAIL.COM O AL CELULAR: 0056-9- 98566401


en Santiago estamos en Ciudad Letrada, Estrofas del sur, Librerías Fariña, Librería Cuarto Propio y Metales Pesados.

y en Lima, en librería Inestable en la calle Porta de Miraflores, signado con el número 185-B, donde atiende de 2:00 a 7:00 pm.


Desde el extranjero y a todo Chile vía internet, en buscalibros.cl

Novela Negra de Juan Podestá Barnao
El libro de las revelaciones de Víctor Munita
Carne de Daniel Rojas Pachas

Proyecto Apocalipsis de Andrés Olava * Eduardo Cuturrufo

Nómada de Eduardo Rojas Pachas * Esteban Morales

Gorakhnath de Joel Vril

La Maldición de los Whateley´s de Pablo Espinoza Bardi

Raíz de Uno de Fernando Rivera Lutz
Descargar el catálogo de la editorial en pdf


Descargar el catálogo de la editorial en pdf

Nomada_1.jpg

Nómada

Antología Gráfica del cuento Chileno

del siglo XX

(Comic - Editorial Cinosargo)

1298644364393-Documento-1-p_gina1.jpeg

El Libro de las Revelaciones

por Víctor Munita Fritis

(Poesía -Editorial Cinosargo)


13-5-2011_17.5.5_1.jpg

Necrospectiva Vol.2

"Cuentos de Gore, de locura y de muerte"

de Pablo Espinoza Bardi

(Relatos -Editorial Cinosargo - Colección Necro-Files)


8-6-2011_20.6.5_1.jpg

Carne

de Daniel Rojas Pachas

(Poesía -Editorial Cinosargo)

279614_2062251109923_1054076434_32302116_3252942_o.jpg

Proyecto Apocalipsis

de Andrés Olave / Eduardo Cuturrufo

(Narrativa -Editorial Cinosargo)

 

Descargar el catálogo de la editorial en pdf

averigua más de nuestra editorial en www.cinosargo.com

 



La obra de Jorge Edwards

Enviado por Yerko Bravo Vasquez el 22/09/2008 a las 22:02
Yerko Bravo Vasquez

Jorge-Edwards-byn.JPG

 


Jorge Edwards


Escritor Chileno, Nacido en Santiago y educado por los jesuitas, Jorge Edwards es, junto con José Donoso, uno de los más destacados representantes de la narrativa chilena. Graduado en Derecho por la Universidad de Chile en 1958, comenzó la carrera diplomática y fue enviado por el gobierno chileno en 1959 a la Universidad de Princeton para estudiar ciencias políticas. En 1962 fue nombrado secretario de la Embajada de Chile en París, regresando al país en 1967 donde ostentó el cargo de Jefe del Departamento de Europa Oriental en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Durante este período publicó sus libro de cuentos "El Patio", "Gente de la Ciudad" y "Las Máscaras" y la novela "El Peso de la Noche". Durante su primera misión diplomática en París trabó amistad con Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, entre otros. su nombre está asociado, por lo tanto, con el llamado boom latinoamericano.

 

patio.JPG


UNA NUEVA EXPERIENCIA


Tómate una copita —dijo el tío Antonio, defendiéndose con los codos contra la presión de los parientes—; tómatela —insistió, con su voz bon¬dadosa. Acercó la copa burbujeante a Miguel. Era un sabor parecido al de la panimávida; hacia cosquillas en el paladar. Miguel sorbió largamente, quedó con un ribete blanco alre¬dedor de los labios.
—¿Quiere tomarse un ponche, señor? —preguntó solicito uno de los elegantes mozos, bajando la bandeja hasta su altura. Miguel tomó con ambas manos la copa que se le ofrecía. Eso era de un sabor diferente, no le hizo cosquillas, no tenía burbu¬jas igual que la panimávida; pero también estaba bueno. Estaba muy bueno. Miguel tomó de tres asenta¬das el contenido del vaso. De nuevo quedó con el ribete blanco en los la¬bios.
La casa estaba llena de gente. Los invitados recorrían todas las piezas, abriéndose paso con mucho trabajo, esquivando loa ramilletes de flores alineados en el suelo y a lo largo de la escala principal.
Pasó cerca de un grupo de seño¬ras. Tenían sombreros de largas plu¬mas y discutían animadamente.
—¿Cómo te va, Miguel?— dijo de pasada una de las señoras, sonrien¬do. Con dos de sus dedos huesudos, delicados y blancos, sostenía un sandwich diminuto.
A cada instante crecían las voces. La casa estaba llena de voces y toda iluminada. A veces, a la vuelta del colegio, y apenas cerraba la puerta de calle, el silencio se le venia enci¬ma como una ráfaga, el silencio que produce la caída de una partícula de polvo o el derrumbe insensible de un muro.
Escurriéndose por entre las pier¬nas de los invitados, divisó a su her¬mano menor. Estaba rojo y tenia la boca repleta; restos de dulce se le ad¬herían a las mejillas y a los labios.
Su hermano se abrió paso, mirándolo sonriente, y se perdió de vista.
El calor era muy grande, pese a que abrieron las ventanas, y ya los mozos estaban cubiertos de transpi¬ración. La apretura y el calor ponían en peligro la compostura de loa asistentes.
Un mozo rojo, inyectado en sangre, con mejillas repletas de una red es¬pesa de venas, pasó a su lado, pre¬guntándole con atentos modos que qué quería servirse.
—¡Ponche! —contestó Miguel.
Se quedó esperando, y luego vol¬vió el mozo con una copa inmensa de ponche. Miguel lo tomó de dos tra¬gos, devolviéndole al mozo la copa vacía. No era una cosa burbujeante, como el licor del tío Antonio, pero también estaba bueno. Cuando pasa¬ra otro mozo le pediría otra copa. Un calorcillo raro se le expandió por to¬da el cuerpo, un calorcillo hormi¬gueante. "¿Qué me pasa?", pensó.
—Tienes las orejas rojas —le dijo don Francisco, el amigo de su pa¬dre, pasando al lado suyo. En broma le tiró una oreja, pero ésta le quedó doliendo. ¡Cómo ardía! ¡Maldito don Francisco! Quiso que le dieran otro de esos ponches. No tenían burbujas, como el trago del tío. Antonio, pero eran muy buenos. ¿Por qué no los prepararía nunca su padre? Siempre preparaba tragos fuertes, de gusto repulsivo.
—No tomes mucho —dijo el tío Antonio, con su cara sonriente. El le miró las orejas y también estaban rojas. ¡Este tío Antonio! Tenía una copa en la mano.
—¿Me deja probar? —dijo Miguel, empinándose para alcanzar la copa. Su tío lo dejó probar. Era uno de los tragos fuertes que preparaba su pa¬dre. Casi no pudo tragarlo, casi tu¬vo una náusea.
Nunca venía el mozo. Miguel se abrió paso en dirección al comedor. El mesón estaba lleno de cosas. Di¬visó jarros repletos de ponche a la romana; espumosos jarros repletos. La cabeza de Miguel asomó junto al mesón.
—Déme un ponche —dijo, poniendo una expresión suplicante que hi¬zo sonreir al mozo. Este le llenó una copa. Miguel se retiró con ella en la mano. Pensaba tomarla con tranqui¬lidad, en algún rincón de la casa. Se apoyó lleno de indolencia contra un aparador y sorbió su ponche con cal¬mado regocijo.
AI otro extremo del aparador es¬taba Teresa, su prima. El, con la ma¬no, le hizo una seña extraña y lán¬guida y la oyó reírse con estrépito, acompañada en su risa por las dos o tres amigas que la rodeaban.] La veía confusa y disuelta dentro del come¬dor, corno una persona que en un día de niebla se divisa confusa y disuel¬ta en la tierra o contra el cielo. ¡Era una sensación muy rara!
Miguel lanzó una violenta carca¬jada, provocando las miradas inqui¬sitivas de algunos invitados.
—¿Quieres que te pida un ponche? —dijo Teresa, tomándolo de un bra¬zo y conteniendo su risa. Miguel se dejó llevar. Un señor muy alto lo mi¬ró de reojo.
—¿Por qué me mira, señor?
El señor dió vuelta su cabeza, sin decir nada. Atravesaron la compacta masa de parientes, allegándose al mesón.
—Un ponche para este joven —di¬jo Teresa.
Le pasaron la copa y Miguel hizo ademán de retirarse.
—¿Por qué no te la tomas? —pre¬guntó su prima.
—Porque prefiero tomarla en el rincón —dijo él, decidido.
Volvieron al rincón. El señor de mirada insolente había desaparecido. Miguel tomó enérgicamente su copa y, sin desviar la vista del contenido, bebió despacio, hasta vaciarla. Con el dorso de la mano se limpió la boca. Sintió una erupción de gases subién¬dole por el esófago y los dejó salir de a poco, para no despertar las mi¬radas de los invitados. Su prima con¬tinuaba riéndose.
—¿Cómo te llamas tú? —dijo Mi¬guel, señalando con el dedo a una de las risueñas amigas.
—Marta.
—¿Y tú?
—Filomena.
—¿Y tú?
—Cristina.
Lanzó una carcajada:
—Tú te llamas Marta —repitió; tú, Filomena, y tú, Cristina. — Dije¬ron que si, por lo cual él se mostró muy satisfecho.
—Vámonos de aquí —declaró de repente, y comenzó a repartir empu¬jones a diestra y siniestra.
—Pórtate bien, Miguel —dijo el tío Antonio, sonriendo. Le sonreía de tan lejos, de tan lejos, con su cara sofo¬cada, borrosa, de pequeños ojos bri¬llantes. Pasaron junto a un ramille¬te y Miguel le dio una flor a cada una de las cuatro niñas. Tomó una más grande que las otras y se la co¬locó en el ojal. A pocos pasos queda¬ba el cuarto de baño.
—Espérenme un momento —dijo el, haciendo un gesto solemne. Entró al baño, cerrando la puerta con lla¬ve. Sin levantar la segunda tapa del excusado, se puso a orinar, ensucian¬do la tapa y el suelo. Hizo una cas¬cada blanca, humeante. Tiró la cadena y se miró al espejo. Estaba rojo, también, y tenia los ojos empeque¬ñecidos.
Cerró la puerta a su espalda y sintió el salón girando, girando con¬fundido con el perfume ondulante de las flores, girando vertiginosamente. Se dirigió, tratando de sujetarse a alguna de las cosas que giraban, a una pieza más o menos desocupada, y se tendió en un sofá. Durante mu¬cho rato estuvo oyendo los confusos ruidos de los invitados que pasaban y volvían a pasar al lado suyo, ro¬deados y alucinados por el zumbido de sus propias voces. Las voces se les habían desprendido y como moscardones emigrantes marchaban en fila junto a su sofá. Vagamente pre¬sentía que esas voces le decían algo, pero él se limitaba a sonreir, como quien no quiere molestar a nadie, y a espantarlas con un vago movimiento de la mano.
—¡Miguel! ¡Miguel! ¡¡Miguel!! ¡¡Miguel!!— A través de una niebla apareció la cara redonda y sorpren¬dida de su hermano menor.
—Dice mi mamá que vayas a ver a la novia—. Lo tomaba de la mano y trataba de arrastrarlo. — ¡Miguel! ¡¡Miguel!! — Borrosamente divisó la pequeña cara desconcertada y a punto de soltar el llanto.
—¡Miguel! ¿Qué te pasa? ¡Mamá! ¿Qué le pasa a Miguel? ¡¡¡Mamáaa!!!




EL SEÑOR


—¡Señor!
El señor se dió vuelta. Enarcó las cejas y permaneció en silencio.
—Señor, ¿Usted sería tan amable como para llevarme a mi casa?
—¿Te perdiste? —preguntó, con amabilidad el señor.
—Si, señor —dijo Bernarda, apun¬tando hacia él su cara delgada y de pómulos salientes, sucia en las me¬jillas a causa de algunas lágrimas que ya se habían secado, y con dos cintas blancas, sucias también, osci¬lando al final de dos cortas trenzas.
—Vamos —dijo el señor.
El gentío pasaba y pasaba, entre un rumor confuso de música, de cornetazos, de bocinas, de gritos, de ex¬clamaciones, de conversaciones sorprendidas fragmentariamente a los vecinos.
Serían las ocho de la noche.
—Ojalá que mi mamá se vuelva —dijo Bernarda, fijando la vista en el voluminoso y deslumbrante pren¬dedor del señor, que brillaba sobre la superficie amarilla de la corbata.
—Ya se cansará de buscarte —dijo.
Bernarda se secó las lágrimas. Ob¬servó a un hombre disfrazado con armadura antigua, que provocaba gran revuelo en el centro de la calle.
—Quizás encuentre a mi hermana, sabe. Mi hermana está siempre con sus amigos y ellos me acompañarían. Anda vestida de holandesa, con una toca blanca. Si usted la ve, me avisa, por favor.
Poco a poco se alejaban del centro de la fiesta; entraban a una calle más sola, cuyo suelo estaba lleno de chayas pisoteadas. El bullicio se ha¬cía más sordo y confuso.
—Se puede reconocer a mi herma¬na por su toca que parece una toca de monja —dijo Bernarda. Después añadió, como para ella misma:
—Yo le dije, mientras se la estaba haciendo, que iba a parecer una mon¬ja, pero ella no me hizo ningún caso.
Se dirigió al señor:
—Mi tía quiso hacerme un disfraz también, un disfraz de enfermera, porque me gusta mucho la Cruz Ro¬ja; pero mi tía se atrasa para todo, con el dulce de membrillo de mi ma¬má fue lo mismo, y si me lo hace, se¬rá para este otro año, cuando ya se¬guramente no me guste.
Miró hacia el señor y sus ojos, que vagamente se fijaban en un lugar le¬jano, la contemplaron fugazmente.
—Siempre pelean el papi y la ma¬má por mi tía —dijo Bernarda—, El papá dice que mi tía es desordenada y muy intrusa; pero yo le digo que ella tiene buena voluntad y que de puro buena es intrusa, de la pura buena voluntad que tiene.
—Espérate un rato —dijo, de pronto, el señor. Entró a un café lle¬no de gente, donde un grupo de dis¬frazados armaba un gran desorden, hablándole al público y gesticulando. Ella lo vio comprar cigarrillos en la caja y hablar con el cajero. Al mis¬mo tiempo la miraba o dirigía la vis¬ta, por encima de su hombro, hacia la alborotada concurrencia.
Salió el señor y siguieron caminando. Llegaron a una esquina y, an¬tes de atravesar la calzada, miraron a los lados y vieron una calle oscura extenderse, silenciosa, interrumpida en su silencio por los rumores más o menos lejanos de la fiesta, hasta una plaza sola y poco iluminada.
—No falta mucho —dijo Bernarda, en el tono más amable, y trotando para alcanzar al señor, que se le ade¬lantaba.
Ya la gente en la calle era escasa. Cerca de los desagües se amontona¬ban unas cuantas serpentinas rotas y algunas chayas sucias, difíciles de reconocer entre la tierra y los pape¬les botados. Eran los últimos indicios de la fiesta, junto con un rumor opa¬co y muy disminuido.
Vieron a un hombre que caminaba por la misma vereda, pero siguiendo la dirección contraria. El hombre se acercó y se detuvo. Era muy pálido y una cicatriz le marcaba la mejilla izquierda. Llevaba una corbata de varios colores. Conversó con el se¬ñor sin saludarlo, como si lo viera to¬do el día, o como si vivieran juntos en la misma casa. Después pidió un cigarrillo y encendiéndolo se fue. El señor caminó más rápido y no hizo comentarios.
"Qué raro este señor"', pensó Ber¬narda, "no ha dicho tres palabras en todo el camino", y mirando hacia la calle oscura por que iban caminando, comenzó a tener miedo. "Soy una tonta", pensó, "este señor es muy bueno y no me quiere hacer nada." Empuñó su mano delgada y nudosa dentro del estrecho bolsillo de su ves¬tido.
Muy lejos se oía el bullicio de la fiesta, que no lograba vencer el silen¬cio cada vez mayor. Las calles eran cada vez más oscuras: casi todos los faroles tenían las ampolletas rotas.
"No me va a hacer nada", pensó Bernarda, apretando sus manos con¬tra las costillas para combatir el frío y la nerviosidad, "no me va a ha¬cer nada porque, sí no, ya lo hubie¬ra hecho."
El señor echó una columna densa de humo por la boca y una sombra transparente, que ascendía con lentos movimientos, se dibujó en una vieja muralla.
—¿Usted fuma mucho, señor? — preguntó Bernarda, levantando de nuevo su mirada interrogante, de ojos agudos, hacia él. El señor hizo un gesto indefinido. Sostuvo el ciga¬rrillo entre los labios, achicando los ojos para protegerse del humo, y con sus gruesas manos se arregló la cor¬bata.
—Fuma tanto como mi papá —di¬jo Bernarda.
"Tonta", se dijo, "si no le gusta que le hablen. Es mejor no hablar¬le." Temerosa, con disimulo, miró ha¬cia atrás, porque tuvo la sensación de haber oído pasos; pero nadie ve¬nia. El corazón le quedó latiendo ace¬lerado. Siempre, a la vuelta del co¬legio, encontraba a su papá paseando por la calle. "Sal ahora, papá", rogó. "¿Por qué no sales ahora?"
—Faltan dos cuadras, señor —dijo Bernarda. Había divisado el edificio grande de ladrillo que quedaba fren¬te a su casa. "¡Ojalá no hayan salido todos!", pensó de repente, y el corazón volvió a brincarle, alarmado. Tendría que irse donde su tía Amelia, y si su tía Amelia no estaba, ten¬dría que irse.... Sentía que las palpi¬taciones le oprimían la garganta y empuñó su mano con fuerza. "¿Por qué no hablará una palabra?"
—Señor —dijo Bernarda—, si us¬ted quiere puede dejarme aquí. No tiene por qué molestarse....
—No importa —contestó el señor. Siempre miraba hacia adelante, con sus ojos hundidos, de mirada incier¬ta. Ella también tenía sus ojos fijos adelante, fijos en el farol que cono¬cía de memoria y que quedaba fren¬te a su casa.
Cuando se acercaron, vieron la luz del farol reflejada desde distintos ángulos en cada una de las ventanas del edificio grande, en forma simé¬trica, iluminando toda la ventana que quedaba justo al frente, e ilumi¬nando las otras ventanas en un es¬pacio gradualmente menor. Soplaba una brisa fría que pasaba lamiendo las paredes pétreas, silenciosas, del oscuro edificio. La nariz de Bernar¬da se puso helada y roja.
—Aquí es, señor —dijo. Tocó el timbre y lo oyó resonar en el fondo de la casa. Después, nada interrum¬pió el silencio. Volvió a tocar. Volvió a resonar el timbre en el lejano fon¬do de la casa. Otra vez no se oyó na¬da. Pero transcurridos unos cuantos segundos, se percibieron en forma imperceptible suaves pasos apaga¬dos, que rasgaban apenas el silencio, y que se fueron acercando en forma muy lenta, muy lenta, como se acer¬ca una persona desde el final de un camino recto, transparente y larguísimo.
Estremeciéronse los vidrios de la puerta y la puerta se abrió, asoman¬do por ella una cabeza vieja y sorprendida.
—¿No salió con su mamá? —pre¬guntó.
—Sí —dijo Bernarda, colocándose ágilmente detrás de la puerta—, si; pero me perdí y este señor me trajo.
El señor la miró. Los ruidos de la fiesta llegaban desde muchas cuadras, traídos por la brisa fría. Con ojos que ahora le parecieron hundidos, cansados, casi tristes, la miró el señor. ¡Era un señor tan raro! Ber¬narda no sabía qué decir.
—Bueno —dijo el señor, después de un rato—, hasta luego.
—¡Señor! ¡Muchas gracias! ¡Mu¬chas gracias! —exclamó Bernarda, mientras los pasos sordos y pesados del señor se alejaban por la vereda sola.


Para leer mas cuentos de "El Patio” hacer click aquí



la gente de la ciudad.JPG


EL CIELO DE LOS DOMINGOS



"VAYASE a almorzar uno de estos días" le dijo su yerno, la vez que lo encontró en la calle. Iba muy apurado y a doña Celinda le pareció que no había querido precisar la fecha. En todo caso, iría ese domingo. También era la casa de su hija, al fin y al cabo.
Hecha la resolución, doña Celinda se sintió fortalecida. El sábado, compró un paquetón de dulces para la nieta. El domingo se levantó tem¬prano, fue a misa y rezó por la hija, por la nieta, por el yerno —él sostenía ese hogar— y por ella misma, por que sus negocios de ropa usada pros¬peraran y por la salvación del alma.
—Hoy almuerzo fuera, señora Lucha. En casa de Raquelita.
—Que le vaya bien, doña Celinda.
Sale tranqueando por el patio, cartera y pa¬quetón en mano. No consigue acercarse sin te¬mor a casa de su yerno, sobre todo a falta de invitación formal. Temor a ser humillada, al con¬tacto de una atmósfera que no logra asimilar completamente. A veces, frente al humor expansivo de doña Celinda, el yerno reacciona con una mirada de soslayo y un silencio impenetra¬ble: "él es de buena familia" dice doña Celinda.
Pese a la excitación, tiene que acortar el pa¬so. El sol pica, y son diez cuadras de camino. Llega sin aliento, deja la cartera en el suelo y toca el timbre. Mirándose en los vidrios de la puerta, se arregla el pelo entrecano. En seguida, los ojillos de pájaro se clavan en los vidrios, sin expresión. Detrás de los vidrios viene a dibujar¬se una sombra.
Nota cierto desgano en la voz de Raquel y entra sin saludar, pisando fuerte y haciendo alaraca por el calor de afuera. La conducen a una salita muy arreglada, con cuadros y mue¬bles de estilo.
—Voy a llamar a la niña.
"Me pasan a esta pieza, como si no fuera de la familia". Doña Celinda suspira y se deja caer en un sillón. Saca un pañuelo y se limpia la fren¬te. Sobre la mesa, el paquetón de dulces. ¡No vayan a encontrarlo pobre! Pero ya no hay nada que hacer.
—¡Te volviste loca! —exclama su hija—. ¡Que paquete más enorme!
La nieta, enclenque y paliducha, cruza y des¬cruza las piernas, mirando a doña Celinda con cara de susto.
—¿Y Roberto?
Raquel dice que está bien. De pasada, añade que espera para el almuerzo una gente con quien tiene que hablar de negocios.
—¡Cómo se te ocurre! —exclama, ante el ademán de partir de doña Celinda—. Te quedas a almorzar con nosotros.
Doña Celinda insiste ardorosamente, sin di¬suadir a Raquel. Como la discusión no se re¬suelve, cambia de tema —negocios de compra¬ venta de ropa— y come un dulce. Raquel insi¬núa que hay mucho trabajo en la cocina —no se puede confiar en la empleada. Sus escrúpulos ceden, ante el interés que demuestra doña Celin¬da por quedarse en compañía de la nieta, y se
retira de la sala.
La niña, reclinada en la mesa, rumia un ca¬ramelo y se mira la punta de los zapatos. Sus piernas son como palillos.
"Debieran llevársela al campo’’ piensa doña Celinda. "¿Para qué tienen plata, entonces? En fin, mejor no me meto..."
—¿Por que no vas a jugar al jardín?
Un destello de vivacidad atraviesa los ojos de la muchacha.
—Anda al jardín, te digo.
La muchacha deja el paquete sobre la mesa y sale corriendo.
"Chiquilla tonta" piensa doña Celinda. Saca de su cartera un pequeño espejo y se empolva la nariz gruesa, la sombra del bigote. Sonriendo con desdén, recuerda su infancia en el campo. Es una evocación confusa de trabajos y violen¬cias, juegos y terrores primitivos. ¡Qué diferen¬te! Guarda el espejo y se pone de pie. ¿Para qué se va a despedir? En el corredor sombrío no hay nadie. Abre la puerta, silenciosamente, y sale a la calle inundada por el sol.
Se va con paso firme, respirando fuerte. La gente conversa en las esquinas. Gritos, automóviles y el zumbido del calor. Trata de penetrar los rostros, como si eso sirviera para detener el torbellino de las ideas. Sin saber por qué, la al¬tura del cielo le produce alegría y tristeza. Allá lejos, unos árboles se yerguen sobre unos muros grises. Pasa una carretela, cimbreándose y cru¬jiendo que se desarma.
Don Cayetano en el interior del almacén, detrás del mostrador. En la semioscuridad, su cha¬queta blanca, impecable. Doña Celinda no se atreve a entrar. Imagina la caja de don Caye¬tano, repleta de billetes. Hoy día, las muchachas jóvenes andan detrás de la plata; ella lo ha vis¬to con sus propios ojos. ¡Llegan con un descaro! Don Cayetano, con la hermosa cabellera encanecida, que sobresale a los lados de la cabeza y enmarca una calva reluciente, está inclinado sa¬cando una cuenta. Doña Celinda sigue su ca¬mino.
—¡Quién se va a casar con una vieja sin chapa!
Lanza una carcajada sonora. Empujando con energía una puerta batiente, entra al Club Nor¬tino, situado a continuación del almacén. Un bistec con harto jugo, y una ensaladita...
En el mesón, el ojo duro de un pescado, en¬tre torrejas de limón y hojas de perejil, la seduce.
—¿Señora?
—¿Está fresco el pescado?
—¡Fresquito!
Las manos del mesonero actúan con expedi¬ción asombrosa. Pronto el trozo blanco, tierno, levemente dorado, cae al papel de mantequilla; es colocado en la balanza, envuelto y entregado a través del mesón.
—Y una ensaladita, si me hace el favor.
La ensalada demora un poco más.
—¡Que calor, no!
—Así es —contesta el mesonero, con indiferencia.
En un santiamén, hace un nudo, corta el cordel sobrante y arroja el paquete al mesón.
—Servida, señora.
Con la cartera y tanto bulto, doña Celinda se complica para pagar Se le ocurre que don Cayetano acude en su ayuda Hasta siente su presencia por encima del hombro. Minuciosa, separa los billetes y los va entregando.
Otra vez en la calle, rumbo a casa medio aburrida ya de tanto caminar. Los árboles, allá lejos. El cielo alto. Emana de todo una ligera tristeza.
En la pensión, recuerda haberle contado a la señora Lucha que almorzaría con su hija. Cierra la puerta cuidadosamente —mejor que no sepa la señora Lucha— y se dirige a la habitación en la punta de los pies. Encerrada en su cuarto, al otro extremo del patio, debe de estar la señora. Rumiando sus maldades.
Doña Celinda abre la ventana de par en par. Del fondo del ropero saca una botella de vino. Aunque medio vacía, alcanza para pasar el pes¬cado. Retira el florero y coloca un plato encima de la mesa. Junto al plato, la botella, cuya porción de líquido rojo es un consuelo. El pescado se deshace al sol. Los tomates tienen un brillo de gloria.
"Comamos el pescado, pues..." Coge un te¬nedor, pero antes de atacar, la deja absorta, con la vista fija en la calle, una súbita melancolía.
—¿No había ido a almorzar con su hija, do¬ña Celinda?
Es la sonrisa turbia de la señora Lucha, que la examina desde la vereda.
—Resulta que habían partido al campo. Como no les avisé... Usted sabe, les gusta salir en los feriados. En el auto de mi yerno van a Car¬tagena, a Viña del Mar, a todas partes... Para eso tienen plata... Una que es pobre, obligada a quedarse, ¿no le parece?
—¿Qué gracia le hallarán a moverse tanto?
—Toman aire, pues, y ven cosas distintas. Yo, si tuviera como, me pasaría moviendo.
—Yo, no. ¿Para que tanto paseo?
—No pudiendo, mejor así —dice doña Celinda con una sonrisa burlona.
Coge con la punta del tenedor un enorme bocado y lo engulle voluptuosamente. Botella en mano ofrece un vaso de vino a la señora Lucha.
—Gracias, doña Celinda. Usted sabe que no me gusta el trago
—¡A su salud, entonces!
La señora Lucha se retira y doña Celinda con la boca repleta, no alcanza a despedirse.
—¡Que lo pase muy bien! —exclama, después de tragar, cuando la señora desaparece tras la saliente del muro.
Bebe con fruición y se lame los bigotes. Después de limpiar el plato y de acabar con el concho de la botella se queda mirando al cielo. Hay algo extraño y perturbador en el cielo do los domingos. Algo que sin razón, produce nostalgia. Sobre la superficie tersa, pasa una corriente invisible, llena de rumores agudos, cargada de incitaciones.
¿Cuantos domingos ha vivido? ¿Cuantos le quedan por presenciar? No puede apartar los ojos del cielo azul, y el asombro del tiempo que ha transcurrido entreabre su boca ligeramente Una repentina frescura y un cambio de luz, apenas perceptible, insinúan el atardecer. Doña Celinda apoya el rostro en la mesa —así no la ven desde la calle— y cierra los ojos, tratando de dormir. Las caras de la hija y de la nieta revo¬letean en la memoria, entre los pasos y las voces entrecortadas que llegan de la calle. Al rato, los ronquidos imperan en la habitación. En la casa del frente, los rayos del sol caen oblicuos. Pron¬to habrá llegado la oscuridad.


ROSAURA



EN ESOS días, almorzaba en casa de mi tía Gertrudis, una hermana de mi abuelo materno que vivía cerca del colegio. Llegaba como a las doce y media, cuando mi tía andaba afuera, y me instalaba en el escritorio, la pieza más fresca y tranquila. Las pesadas cortinas permanecían cerradas después de la muerte de mi tío Edmun¬do, y un muro de vegetación espesa, creado por los árboles de la calle, aislaba el interior. Sobre el sillón de cuero, próximo a la ventana, caía un hilo de sol suficiente para leer. Un refugio en medio de la sombra. El retrato de mi tío Ed¬mundo sonreía desde la oscuridad. Una acuare¬la, que alcanzaba a recoger algo de luz, hacia fulgurar en la pieza las aguas de un canal vene¬ciano. El resto de las cosas guardaba un mutismo discreto, somnoliento.
Me había propuesto leer todos los libros del estante, por el orden en que estaban alineados, aprovechando el tiempo que transcurría antes del almuerzo. Comencé en el extremo inferior izquierdo, con un volumen de Pedro Antonio de Alarcón, unos apuntes de viaje por las provin¬cias de España. Cuando las ramas asomadas a la ventana y los muebles del escritorio habían des¬aparecido de la conciencia, una empleada vieja, desde la puerta entreabierta, me sacaba de algún camino polvoriento, atravesado por recuas de mulas, o de alguna posada de mala muerte, con el anuncio de que el almuerzo estaba listo. Sumiso ante la realidad, devolvía el libro a su sitio. Almorzaba solo en el comedor espacioso, entre objetos cuyo aspecto extravagante se iba vol¬viendo familiar. A veces, mientras oía los pasos de la empleada en la cocina, me levantaba sin ruido y me acercaba al gong de cobre, imaginando cómo seria coger el mazo y golpear a toda fuerza, en pleno centro; también observaba el jardín, extrañamente olvidado a esa hora. Tra¬gaba el postre de prisa, para volver al puesto de lectura antes de que llegara mi tía. Pero ella, con absoluta precisión, irrumpía en el comedor en el momento en que tragaba mi último bocado. La casa se llenaba de agitación y de bullicio. Ni la más remota posibilidad de retirarse. Mi tía Gertrudis estaba convencida de que la peor desgra¬cia era la soledad. Si yo hubiera insinuado lo contrario, se habría limitado a sonreir con es¬cepticismo.
Ya con el segundo libro del estante quebran¬té mi propósito. Era un tomo de poesías del siglo XIX: gruesos bloques rimados, que en lugar de sacarme de la prosa cotidiana, me hicieron sentir más intensamente la aspereza del sillón de cuero y el calor del verano próximo. Lo dejé en su lugar, pensando en el profundo olvido en que yacían las efusiones líricas del autor, y pasé al tercer volumen de la fila, una novela de José Maria de Pereda. Sentado en el mullido asiento, me abría paso con dificultad a través de la des¬cripción de un paisaje montañoso, mientras un primer bostezo me quitaba el hambre, cuando se abrió la puerta. Me demoré en levantar la ca¬beza, en espera de la voz cascada que anunciaba el almuerzo. El silencio me hizo mirar. En vez de la empleada vieja, me observaba una mucha¬cha algo mayor que yo. Tenía un gesto que no sabría describir —mucha desenvoltura, y un aso¬mo de burla.
—El almuerzo está servido.
Incapaz de contestar, me puse de pie con len¬titud, sin cerrar el libro, como si continuara muy interesado. La joven dio media vuelta y alcancé a vislumbrar, a contraluz, unos pechos redondos y tensos, que inflaban el delantal de tela blanca.
Apenas me senté a la mesa, la muchacha en¬tró con un plato de sopa. Dejó el plato en mi puesto, sonriendo indefinidamente, y se puso a ordenar las cosas que había sobre un mueble arrimado a la pared. Yo, que estaba como petrificado, tragué con precipitación —una enor¬me cucharada de sopa— y me quemé hasta el esófago. Por suerte, la muchacha salió y pude levantarme de la silla, abrir la boca de par en par y gesticular a gusto, paseando por la pieza.
Un rato más tarde, ella entraba de nuevo al comedor. Ahora el silencio se prolongó insopor¬tablemente. Hice acopio de tranquilidad y le pregunté si era nueva en la casa.
—Si —dijo ella, con un tono despreocupa¬do—. Entré a trabajar esta mañana, no mas... Me llamo Rosaura —añadió, con una sonrisa.
Se aproximó a mi asiento:
—¿Le puedo retirar el plato?
—Sí, Rosaura.
La voz se me había adelgazado. Rosaura se inclinó y sus pechos casi me rozaron la nariz. Salió con el plato vacío y regresó al minuto con uno de jalea verde, que oscilaba y lanzaba reflejos cambiantes. Cuando volvió a salir, ataqué la jalea con voracidad, como si la substancia fresca, que se deshacía en la boca, participara misteriosamente de la naturaleza de la joven.
—¿Cómo está el postre? —preguntó ella, asomándose por detrás del biombo.
—¡Rico! —exclamé, limpiándome los labios.
Con reposada satisfacción, contemplé las cur¬vas de Rosaura, que había salido del biombo y miraba el jardín, frente a la claridad de la ven¬tana. La puerta principal se abrió bruscamente, crujiendo y dando paso a mi tía Gertrudis, que venia sofocada por el calor de la calle. Yo había olvidado por completo la hora. Me levanté y be¬sé a mi tía en una mejilla. Rosaura se retiraba en la punta de los pies, con el plato de postre vacío.
—¿Has comido bien, hijito? —preguntó mi tía, mientras se dejaba caer, suspirando, en la silla de la cabecera.
—Muy bien, tía.
Ella miró la puerta, extenuada. Otras voces resonaban en el vestíbulo. Se puso de pie, con determinación, cambió de sitio dos platos chi¬nos del aparador, movió un milímetro, por ra¬zones de simetría, un cenicero de plata, limpió con los dedos una mancha invisible de polvo y se volvió a sentar, fatigada pero rígida. La puer¬ta se abrió de nuevo —una señora pequeña, con cara de urraca, vaciló un segundo antes de di¬visar a Gertrudis.
—¿Que haces aquí? —preguntó, sorprendida.
—Le hago compañía a este pobre niño, que se aburre solo —dijo mi tía Gertrudis, con aire de resignación.
La señora pequeña me vio, en ese momento y saludó con una sonrisa de simpatía protector; Prepare el ánimo, sabiendo que la decisión de sacrificio de mi tía Gertrudis era irrevocable.
Mi proyecto de recorrer, como un gusano, los volúmenes polvorientos alineados en el escrito¬rio, fracasó con la llegada de Rosaura. Me pa¬seaba ocioso por las salas del primer piso, Con¬templando los efectos de luz de la claraboya o los dibujos de los muebles, donde una ronda de sátiros danzaba entre guirnaldas de flores. Postergaba para más tarde, para cuando cesara la inquietud, el momento de encerrarme a leer pero la inquietud, en vez de amainar, me roía los nervios. A veces, una carcajada de Rosaura, cristalina y vigorosa, brotaba de la lejanía del repostero. Yo caminaba de una punta a otra del salón, sintiéndome absurdamente solo. Du¬rante el almuerzo, en presencia de Rosaura, es¬tos sentimientos descendían a un fondo neutro, caía sobre ellos una especie de lápida.
—Parece que hay una mosca en el postre...
—A ver...
Rosaura, una mano apoyada en el respaldo de mi asiento y la otra en la mesa, se inclinó so¬bre el plato:
—¿Quiere que se lo cambie?
Sonrió, muy próxima.
—No tengo ganas de comer más —dije, súbitamente ronco.
—¿De veras?
Una expresión de sorpresa. En seguida, vol¬vió a sonreir, a pocos milímetros de mi rostro. Se me oscureció la mente. Puse una mano sobre su antebrazo. Ella se aproximó todavía más. Hi¬ce presión sobre el antebrazo, cerré los ojos y la besé con torpeza en el cuello. Sonriendo en for¬ma enigmática, Rosaura retiró el plato y desapa¬reció detrás del biombo.
El corazón todavía me palpitaba con violen¬cia cuando apareció mi tía Gertrudis. Creí advertir en su mirada una sombra de sospecha. Por su parte, al regresar desde atrás del biombo, Rosaura tenía una perfecta impavidez.
En los días que siguieron, Rosaura actuó como si no hubiera sucedido nada. Entraba con los platos, hacia alguna observación trivial sobre los guisos o sobre el calor y lo poco que faltaba para el verano, y salía. Tanto que llegué a pen¬sar que lo del beso había sido un sueño. Sin embargo, un día cualquiera la encontré más ex¬pansiva, con un brillo especial en la mirada. Me sirvió la sopa y dijo que comiera —si no engor¬daba me iba a llevar el viento. Preguntó después por el colegio y no me dio tiempo para respon¬der. Ella opinaba que estudiar demasiado hacía mal.
Cuando terminaba el postre, se plantó junto a mi:
—¿Estaba bueno?
—Si —dije, moviendo la cabeza vigorosa¬mente.
Se inclinó para retirar el plato y sus ojos me miraron con fijeza, entre risueños y tiernos. Tuve que hacer un esfuerzo para tragar el último bocado. Las orejas me ardían. Los ojos de Rosaura se acercaron. Bajé la vista, encontré unos labios que se ofrecían, entreabiertos y húme¬dos, y me adelanté a besarlos. Tomé distancia, para comprobar que era ella, y la volví a besar, con la sensación de haberme liberado de un pe¬so infinito, de unas ataduras invisibles, que has¬ta entonces me habían oprimido insoportable¬mente, sin que me diera cuenta.
La puerta del comedor se abrió con estrépi¬to. Mi tía Gertrudis fue a hablar, como de cos¬tumbre, y su boca permaneció abierta, en un gesto de estupefacción. Rosaura salió rápidamen¬te. Rígida, revestido el rostro por una máscara de dignidad ultrajada, mi tía avanzó despacio y se puso a efectuar los pequeños arreglos habituales. Traté de concentrar energías, pero mi cerebro giraba, descontrolado, incapaz de en¬contrar un punto sólido. Felizmente, mi tía se había decidido por el reproche mudo. Ocupó su sitio en la cabecera, se colocó la servilleta en la falda y agitó brevemente la campanilla, clavan¬do la mirada en un punto situado por encima de las flores del centro de mesa. Entró Rosaura con la vista baja, trayendo el primer plato. Creí notar en ella un dejo de hipocresía. Pero su aparente sumisión consiguió apaciguar a mi tía Gertrudis, que lanzó un imperceptible suspiro.
Según el reloj del aparador, faltaban más de veinte minutos para la hora del regreso al cole¬gio, pero me descubrí sacando fuerzas de fla¬queza y anunciando que tenía que partir. Alcan¬cé a arrepentirme, viendo los ojos acerados de mi tía Gertrudis.
—Hasta mañana —dijo mi tía, después de un largo silencio, y puso la mejilla, con siem¬pre, para que le diera el beso de despedida.
Al salir del comedor, el vestíbulo me recibió con una fisonomía extraña e inhóspita. La luz de la claraboya tenia una cruda lividez y los muebles, en la penumbra de las salas, se habían reagrupado en formaciones hostiles. Cuando divisé el escritorio, a través de la puerta entornada, entendí que las lecturas en el sofá de cuero, a la sombra del retrato de don Edmundo perte¬necían a un pasado remoto. El golpe de la puerta de calle alejó esa atmósfera de encierro. Me su¬mergí en las veredas polvorientas, bulliciosas, respirando con delicia el aire de la primavera. Estaba sofocado, confuso, pero si descartaba co¬mo una pesadilla, el recuerdo de mi tía Gertrudis, me quedaba la exaltación de un mundo nue¬vo, lleno de promesas.
Al día siguiente, Rosaura no estaba en la casa. Sirvió el almuerzo una vieja de anteojos y de caderas gruesas, que caminaba como un ganso.
—¿Y Rosaura?
—No sé —dijo la vieja, encogiéndose de hombros.
Mi tía Gertrudis llegó de buen humor. Con¬tó su conversación con un maestro medio pitan¬cero, que le barnizaba una cómoda. Me preguntó si me había gustado el almuerzo. Tuve que po¬ner buena cara y decir que si, aunque había comido con desgano. Al poco rato, el tono segu¬ro de mi tía me hacia sentir que lo de Rosaura había sido una locura, el producto de una fiebre.
Sin embargo, esa noche y las que siguieron anduve por calles apartadas, con la esperanza vaga de un encuentro. Creía reconocer una si¬lueta y apuraba el paso, profundamente altera¬do. Siempre un rostro desconocido, que me devolvía a la aridez, al desierto de la separación.
No la encontré entonces, sino algunos años des¬pués, empleada en el departamento de un amigo mío, donde yo solía llegar en las tardes, a falta de un destino mejor.
Mi amigo se llamaba Juan Gil. Era un tipo un poco adiposo, atrabiliario, perpetuamente dominado por una nerviosidad excesiva, que lo llevaba de la euforia a la tristeza con rápidas transiciones. Aficionado a la música y a las bebidas alcohólicas. Yo no conocía bien su histo¬ria. En alguna forma, había llegado a poseer ese departamento, cuyos muros se estaban descasca¬rando, y un dinero que, según el capricho del dueño, corría o era defendido con avaricia ex¬trema.
Solía irritarme con Juan, sobre todo después de verlo a menudo, de modo que mis visitas se¬guían un ritmo intermitente. Una vez que me dejé caer al cabo de semanas de ausencia, me abrió la puerta Rosaura. La encontré muy cambiada. Sus rasgos se habían marcado y ajado li¬geramente. Una palidez malsana. Ahora usaba pintura en abundancia y los ojos, que al comien¬zo reflejaron la sorpresa del encuentro, me obser¬varon en seguida sin la coquetería de antes, más bien con desparpajo y una especie de reto cí¬nico. Disimulando el disgusto, respondí a su saludo con amabilidad.
El salón estaba lleno de humo. Juan, en man¬gas de camisa, sentado en el suelo, clavaba la mirada brillante en una mesa baja. Junto a él, sobre la alfombra, un vaso semivacío, empa¬ñado por el hielo, y un cenicero repleto de co¬lillas. Albumes de discos repartidos por toda la pieza. Un concierto para violín de Vivaldi pro¬porcionaba un fondo suave a las voces alborota¬das. Tenía la palabra un joven macizo y de mediana estatura, uno de esos chilenos que aspi¬ran a norteamericanos: corbata de mariposa, pelo corto, ausencia de formalismos, giros yan¬quis salpicados en la conversación. Otro joven, sentado en la orilla opuesta del mismo sofá y vagamente norteamericano también, subrayaba la conversación del primero por medio de car¬cajadas estridentes.
—¿Desde cuándo que está Rosaura aquí? —pregunté a Juan Gil.
Juan levantó la cabeza, sorprendido. Los jóvenes del sofá rieron estruendosamente, gol¬peándose las rodillas con las palmas de las manos.
—¡Cuidado! —exclamó el de la corbata de mariposa—. Que Juan está muy enamorado.
Juan gruñó algo en contrario. El joven de la corbata de mariposa me miraba con una sonrisa aprobadora, de complicidad varonil, de la que me esforcé por desprenderme.
—Estuvo empleada en casa de una pariente mía —dije, sentándome en el suelo, con los pies entrecruzados—. Eso es todo.
No obstante, el joven continuó mirándome con su sonrisa turbia, reacio a admitir la inocen¬cia de mi relación con Rosaura, como si le inte¬resara establecer conmigo una camaradería más o menos canallesca.
—¡Bueno! —exclamó, mirando de pronto para otra parte y retomando el hilo de una con¬versación interrumpida. Se acomodó en el sofá y aclaró la voz:
—Como les iba diciendo...
Miró su vaso con atención, afectadamente.
—...Era una de las mujeres más macanudas que me han tocado... ¡Unos pechos formida¬bles!
Hizo un gesto para dar idea de la amplitud de esos pechos.
—...¡Y unas piernas!
Modeló las piernas en el aire.
—No sé cómo diablos averiguó mi nombre y mi teléfono.
—¿Ella te llamó?
El asombro del joven de la otra esquina del sofá no tenia límites.
—Ella —dijo el de la corbata de mariposa, contemplándose las uñas—. El marido había tenido que partir por una semana al extranjero.
Plegó los labios y observó el hielo de su vaso. El otro no lograba salir de su asombro. Sin darse por aludido de esa actitud, el de la corbata de mariposa retiró una hilacha que había descu¬bierto en su pantalón. No soltó la palabra hasta el anochecer, y la verdad es que las historias eran entretenidas: una señora que veraneaba sola en unas termas, la amante del padre del propio narrador, una oficinista neurótica, una joven alemana aficionada al salto alto, de temperamento muy ardiente, la mamá de un com¬pañero de curso, que lo había perseguido con descaro increíble... Solo hubo interrupción cuando Juan, en un rapto de entusiasmo, man¬dó a Rosaura a comprar comida para todo el mundo. Salió Rosaura y el joven de la corbata de mariposa, que había estado pasándose la len¬gua por los labios, reanudó el relato. La madeja de los recuerdos se desenredaba lentamente.
Vino a cortar la narración el anuncio de Rosaura de que la comida estaba lista. No era cosa de olvidar una buena comida. Cerré los ojos y tragué un vaso entero de aguardiente. Había bebido varios durante el relato. Ahora, en medio de la niebla que me invadía la con¬ciencia, la voz de Rosaura me produjo una pun¬zada de nostalgia.
—¿Que te pasa? —dijo Juan, y me golpeó la espalda violentamente.
Avancé al comedor como sonámbulo. Con el alcohol, el relato donjuanesco se había tornado incoherente. El segundo joven, en vez de prestar su atención admirativa, seguía embobado las evoluciones de Rosaura. Yo estaba deprimido. El dueño de casa, abrumado por la embriaguez, inclinaba la cabeza y los párpados se le caían.
Terminada la comida, algo me hizo dirigir¬me, con pasos inseguros, al repostero. Rosaura, sola en el repostero estrecho, de muros ennegrecidos, lavaba un montón inmenso de platos su¬cios. Vasos desocupados, botellas vacías, tazas con restos de café, ceniceros repletos de cigarrillos a medio fumar. Volvió la cara y me miró con humildad y timidez, como si la desarmara encontrarse rodeada por esas cosas, testigos de su trabajo diario. No supe que decir. No puedo precisar hasta qué punto mis intenciones eran eróticas, pero me sentí miserable; la estupidez del joven de la corbata de mariposa me golpeó en forma retrospectiva. Divisaba, al fondo, lo que debía de ser la pieza de Rosaura: un cuarto angosto, oscuro, resumen de toda una existen¬cia sórdida.
—¿Cómo está usted, Rosaura? —pregunté, tratando de que el aguardiente no me trabara la lengua.
—Muy bien, señor.
Hubo un silencio. Rosaura bajó la mirada y se puso a refregar las ollas con más energías que antes. Di media vuelta y regresé al salón. Allí continué bebiendo, sin ocuparme de la conver¬sación excitada de los jóvenes. Me fui a media¬noche y no he aparecido de nuevo por el depar¬tamento de Juan. A veces, el recuerdo de Ro¬saura me provoca una momentánea melancolía.


Para leer mas cuentos de "Gente de la ciudad” hacer click aquí

 

 

 


Publicidad por Bligoo.com

Sitios que enlazan este artículo:

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS

Directorios

Itinerario, directorio cultural de Hispanoamérica bannertr.jpg Page copy protected against web site content infringement by Copyscape Blogalaxia
Phoenix Web Design   /   Paginas Web 1abaestudio.com

Directorio de blogs Zuloblog vuelos barcelona londres Poetry Art Blogs - BlogCatalog Blog Directory blogs

  Directory of Literature Blogs  Adoos

 Mi Ping en TotalPing.com Directorio Web - Directorio de Páginas Webs directorio de blogs Blogs México

iPing-it!   BlogsPeru.com  blogarama - the blog directory

directorio de blogs    directorio de weblogs. bitadir  

MundoInicio  Xanky Bitacoras.com Directoriomaestro.com

GoLedy.com  Blogs Dominicanos  blog search directory

avisos gratis  Top Blogs

Directorio de blogs    Creative Commons License Cinosargo by Daniel Rojas Pachas
Literature

planetachileno.cl estamos en
PlanetaChileno.cl

 

BITÁCORAS DE CINOSARGO


28-4-2009 7.4.14 1.jpg 28-4-2009 7.4.25 4.jpg
28-4-2009 7.4.39 1.jpg

9-5-2009 9.5.36 1.jpg

  10-5-2009 8.5.5 1.jpg

Quienes Somos.

Cinosargo Home

En línea desde el 17/5/08

Director: Daniel Rojas Pachas.

Coordinadores Generales: Milvia Alata Tejedo, Daniel Rojas Pachas.

Editores: Daniel Rojas Pachas, Edgard Lara

Redactores de Cinosargo

Cinosargo, es una revista de arte y literatura que nace desde el extremo norte de chile (Arica) y tiene como finalidad, generar en este medio virtual, sin fronteras, un movimiento que impulse a otros cronistas, amantes y estudiosos de las letras, música y cine, a indagar y explorar, en torno al ambiente, historia y perspectivas, en el campo creativo de las diversas áreas de expresión. (Leer más)

CÓMO COLABORAR CON REVISTA CINOSARGO

COMO COLABORAR EN LA REVISTA CINOSARGO
PASOS A SEGUIR PARA PUBLICAR


1. En esta Revista se aceptan colaboraciones en los siguientes géneros: Poesía, narrativa, obras dramáticas, ensayo y crítica Literaria, artículos y reseñas de obras, siempre y cuando se ponga en claro en el documento o en el asunto del mail, el tipo de colaboración que se envía.

2. La colaboración será mandada como dato adjunto al siguiente correo carrollera@hotmail.com

3. Para la extensión de los trabajos se tendrá en cuenta las siguientes especificaciones: Para Poesía: un mínimo de 3 poemas y un máximo de 10. Para Narrativa: un máximo de un cuento o fragmento de novela que no excedan las 15 páginas (en casos especiales se podrá publicar una novela corta que no exceda las 40 paginas, textos más extensos se pueden publicar a través de un fragmento que acompañe un vínculo para su descarga en formato pdf). Para Artículos, reseñas y crítica literaria: un mínimo de una página.

(Leer completa la pauta de colaboración)

Si tu interés es el arte y la cultura y en especial el mundo de las letras y deseas participar de Cinosargo, o enviar tus poemas o relatos a esta primera red de corresponsales literarios y artísticos, no importa donde estes, te invitamos a comunicarte al mail: carrollera@hotmail.com

Suscríbete a Cinosargo

qwqwwq.JPG

Enter your email address:

Delivered by FeedBurner

2008/07/20

EBOOKS DE CINOSARGO

REVISAR TODAS LAS EDICIONES

EN ESTE LINK.

Aguante Barreda de Alejandro Colliard

Leer   o   descargar.


antoooll.JPG

“Un poema siempre será nada más que un poema”  (Cinosargo / Groenlandia 2010)

Leer y descargar desde scribd

descargar desde nuestro servidor de modo directo:

ANTOLOGIA_JOVEN_CHILENA.pdf

 

REVISAR TODAS LAS EDICIONES

EN ESTE LINK.