
D. H. LAWRENCE
Érase una vez una mujer hermosa, que había empezado la
vida con todo a su favor, y que, sin embargo, no tenía suerte. Se casó por
amor, y el amor se convirtió en cenizas. Tuvo unos hijos preciosos; no
obstante, sentía que le habían sido impuestos, y era incapaz de amarlos.
Ellos la miraban fríamente, como si la encontraran en falta. De inmediato ella
sentía que debía ocultar algún defecto. Pero jamás conseguía averiguar qué
defecto era ése. Así y todo, cuando sus hijos estaban presentes, ella sentía
que el núcleo de su corazón se endurecía. Esto le preocupaba, y, a su manera,
era excesivamente ansiosa y dulce con los niños, como si los quisiera
muchísimo. Sólo ella sabía que en el núcleo de su corazón había una pequeña
zona endurecida que era incapaz de sentir amor; no; por nadie. Todos los demás
decían de ella: « ¡Es una madre tan buena! Adora a sus hijos.» Pero sólo ella,
y sus hijos, sabían que no era así. Podían leerlo, una y otros, en sus
respectivas miradas.
Los hijos eran un varón y dos niñas. Vivían en una
casa agradable, con jardín, y tenían unos sirvientes discretos, y se consideraban
mejores que cualquiera de sus vecinos.
Aunque vivían lujosamente, en la casa siempre se
percibía cierta ansiedad. Nunca había dinero bastante. La madre tenía unas
pequeñas rentas, y también el padre, pero no las suficientes para la posición
social que pretendían mantener. El padre acudía a la ciudad a trabajar en algún
despacho. Pero aunque tenía buenas perspectivas, éstas nunca se materializaron.
Siempre existía la agobiante sensación de la falta de dinero, aunque la
posición social que aparentaban seguía siendo la misma.
Un día la madre dijo:
-Veré si yo puedo hacer algo. -Pero no sabía por dónde
empezar. Se devanó los sesos, e intentó una cosa, y otra, pero no obtuvo
resultado alguno. El fracaso trazó en su rostro profundas arrugas. Sus hijos
estaban creciendo, y tendrían que ir al colegio. Necesitaban más dinero,
necesitaban más dinero. El padre, que era un hombre muy apuesto y tenía
gustos caros, parecía que jamás fuese a hacer nada que valiese la pena. Y la
madre, que creía enormemente en sí misma, no lograba hacer mucho más, a pesar
de que sus gustos también eran caros.
De modo que la casa llegó a estar invadida por aquella
frase inexpresada: «¡Necesitamos más dinero! ¡Necesitamos más dinero!» Los
niños podían oírla a cada instante, aunque nadie la decía en voz alta. La oían
en Navidad, cuando los juguetes caros y espléndi-
dos llenaban el cuarto de juegos. Detrás del brillante
y moderno caballo de balancín, detrás de la elegante casa de muñecas, una voz
empezaba a murmurar: « ¡Necesitamos más dinero! ¡Necesitamos más dinero! » Y
los niños dejaban de jugar y escuchaban un momento. Se miraban entre ellos,
para ver si los otros también lo habían oído. «¡Necesitamos más dinero!
¡Necesitamos más dinero!»
La frase brotaba murmurante de los resortes del
caballo de balancín, e incluso el caballo, inclinando la piafante cabeza de
madera, podía oírla. La enorme muñeca, sentada tan sonriente y sonrosada en su
nuevo cochecito, la oía con toda claridad, y parecía que esto la hacía
sonreír aun con picardía mayor. El gracioso cachorrito, que había reemplazado
al oso de felpa, parecía todavía más extraordinariamente gracioso sólo porque
oía también, por toda la casa, el murmullo secreto: « ¡Necesitamos más dinero!
¡Necesitamos más dinero!»
No obstante, nadie lo decía en voz alta. El murmullo
estaba en todas partes, y por ello nadie lo expresaba, del mismo modo que nadie
dice nunca «¡Estamos respirando!», a pesar del hecho de que la respiración
viene y va a cada momento.
-Mamá -dijo un día Paul, el niño-, ¿por qué no tenemos
coche propio? ¿Por qué utilizamos siempre el del tío, o un taxi?
-Porque somos los parientes pobres de la familia -dijo
la madre.
-Pero, ¿porqué, mamá?
-Bueno, supongo -dijo ella lenta, amargamente- que es
porque tu padre no tiene suerte.
El niño guardó un instante de silencio.
-¿La suerte es lo mismo que el dinero, mamá? -preguntó
con cierta timidez.
-No, Paul. No exactamente. Es lo que hace que tengas
dinero.
-¡Ah...! -dijo vagamente Paul-. Yo creía que cuando el
tío Oscar decía «maldita fortuna», se refería al dinero.
-En esa frase se refería a la suerte -dijo la madre-.
Pero tener fortuna significa también poseer dinero.
-¡Ah...! -dijo el chico-. Entonces, ¿ qué es la
suerte, mamá?
-Es lo que hace que tengas dinero. Si tienes suerte,
tienes dinero. Por eso es mejor nacer con suerte que nacer rico. Si eres rico,
puedes perder tu dinero. Pero si tienes suerte, siempre obtendrás más dinero.
-¡Ah! ¿De veras? ¿Y papá no tiene suerte?
-Yo diría que tiene muy poca dijo ella con amargura.
El niño la miraba dubitativamente. -¿Por qué?
-preguntó.
-No lo sé. Nadie sabe por qué unas personas tienen
suerte y otras no.
-¿No? ¿Nadie, de verdad? ¿Nadie puede saberlo?
-Tal vez Dios. Pero Él nunca lo dice.
-Pues debería hacerlo. ¿Y tú tampoco tienes suerte,
mamá?
-No puedo tenerla, si me he casado con un hombre que
no la tiene.
-Pero tú, por ti misma, ¿no la tienes?
-Solía pensar que sí, antes de casarme. Ahora pienso
que no tengo ninguna.
-¿Porqué?
-Pues... En fin, da igual. Tal vez sí tenga alguna
-dijo ella.
El niño la miró para comprobar si lo decía en serio.
Pero vio, por la expresión de sus labios, que sólo estaba intentando ocultarle
algo.
-Bueno, de todas maneras -dijo valientemente-, yo sí
tengo suerte.
-¿Por qué? -dijo su madre rompiendo a reír.
Él la miró fijamente. Ni siquiera sabía por qué había
dicho eso.
-Dios me lo dijo -afirmó con valentía.
-¡Espero que así sea, querido! -dijo ella riendo de
nuevo, pero con amargura. -¡Es verdad, mamá!
-¡Excelente! -dijo la madre, utilizando una de las
exclamaciones de su marido.
El niño se dio cuenta de que no le había creído, o,
más bien, de que no hacía caso de su afirmación. Esto, de algún modo, le irritó,
despertando en él el deseo de llamar su atención.
Se alejó por su cuenta, pensativo, buscando, a su
manera infantil, la clave de la «suerte». Absorto, sin hacer caso de los
demás, vagaba por la casa con una especie de cautela, buscando la suerte en su
interior. Deseaba la suerte, la deseaba, la deseaba. Cuando sus dos hermanas
jugaban a las muñecas en el cuarto de los niños, él se sentaba a horcajadas
sobre su gran caballo de balancín, cabalgando como un poseso en el espacio,
con un frenesí que obligaba a las pequeñas a observarlo con inquietud. El
caballo se mecía
salvajemente, el oscuro cabello ondulado del niño se
agitaba en el aire y sus ojos adquirían un brillo extraño. Sus hermanas no se
atrevían a hablarle.
Cuando había llegado al final de su enloquecido
viaje, se bajaba del caballo y se paraba ante él, mirando fijamente su cabeza
baja. La boca roja estaba ligeramente entreabierta, los grandes ojos
desorbitados, brillantes como cristales.
-¡Ahora! -le ordenaba silenciosamente el niño a la
piafante montura-. ¡Llévame adonde está la suerte! ¡Llévame ya!
Y fustigaba al caballo en el cuello con la pequeña
fusta que le había pedido a su tío Oscar. Él sabía que el caballo podía llevarlo
adonde estaba la suerte, por poco que lo obligase.
De modo que lo montaba de nuevo y recomenzaba su
furioso galope, con la esperanza de llegar allí por fin. Él sabía que podía
llegar.
-¡Romperás el caballo, Paul! -dijo la niñera.
-¡Siempre está cabalgando así! ¡Me gustaría que
parase! -dijo su hermana Joan.
Pero él se limitaba a mirarlas en silencio. La niñera
renunció a decirle nada más. No podía hacerlo cambiar. Además, era ya demasiado
mayor para ella.
Un día, su madre y su tío Oscar entraron mientras él
estaba en mitad de una de sus furiosas cabalgatas. Él no les habló.
-¡Hola, pequeño jockey! ¿Montando un ganador? -dijo su
tío.
-¿No eres demasiado grandecito para un caballo de
balancín? Ya no eres un bebé, ¿sabes?-dijo su madre.
Pero Paul se limitó a mirarlos con sus grandes ojos
azules, ligeramente juntos. No hablaba con nadie cuando estaba así de excitado.
Su madre lo miraba con expresión de ansiedad.
Al fin el niño se detuvo súbitamente, forzando a su
caballo a un galope mecánico, y descendió.
-Bueno, ¡ya he llegado! -anunció con vehemencia, con
sus ojos azules aún llameantes y separando sus fuertes y largas piernas.
-¿Adónde? -preguntó su madre.
-A donde quería ir -le contestó él con rotundidad.
-¡Así me gusta, hijo! -dijo su tío Oscar-. No te
detengas hasta llegar allí. ¿Cómo se llama el caballo?
-No tiene nombre -dijo el chico.
-¿Y se las arregla sin él? -dijo el tío.
-Bueno, tiene nombres diferentes. La semana pasada se
llamaba Sansovino.
-Sansovino, ¿eh? Ganó en Ascot. ¿Cómo lo sabías?
-Siempre habla de las carreras de caballos con
Bassett -dijo Joan.
El tío estaba encantado de que su pequeño sobrino se
interesara en las carreras.
Bassett, el joven jardinero, que había sido herido en
el pie izquierdo durante la guerra y había conseguido su actual empleo a través
de Oscar Cresswell, tras haber sido su bateador, era un gran experto en el
tema. Vivia para la hípica, y el pequeño lo secundaba.
Oscar Cresswell se enteró de todo por Bassett.
-El señorito Paul viene a preguntarme, y yo no puedo
menos de responderle, señor -dijo Bassett, con una expresión terriblemente
seria, como si estuviera hablando de asuntos religiosos.
-¿Y alguna vez apuesta algo a un caballo que le
apetezca?
-Bueno, yo no quiero delatarle... Es un buen chico...
Un chico excelente, señor. ¿Le importaría preguntárselo usted mismo? Es una
cosa que parece agradarle, y tal vez piense que yo le estoy traicionando. Si no
le importa, señor...
Bassett era tan serio como una iglesia.
El tío fue en busca de su sobrino y lo llevó a dar una
vuelta en coche.
-Paul... Dime, chico, ¿alguna vez apuestas algo a los
caballos?
El niño observó a su tío con atención.
-¿Por qué, crees que no debo hacerlo? -dijo
desafiante.
-¡No he dicho eso! Pero pensé que tal vez podrías
darme alguna pista para el Lincoln.
El coche se desplazaba velozmente por el campo en
dirección a la casa del tío Oscar en Hampshire.
-¿Me juras no decir nada? -dijo el sobrino.
-Te juro no decir nada, hijo -dijo el tío.
-Pues bien: Daffodil.
¡Daffodil! Lo dudo, hijito. ¿Qué me dices de Mirza?
-Yo sólo sé el nombre del ganador -dijo el niño-. Y es
Daffodil.
-Daffodil, ¿eh?
Hubo una pausa. Daffodil, comparativamente, era un
caballo secundario.
-¡Tío!
-¿Sí, hijo?
-No dejarás que salga de aquí, ¿verdad? Se lo prometí
a Bassett.
-¡Al diablo con Bassett, jovencito! ¿Qué tiene él que
ver con esto?
-Somos socios. Somos socios desde el principio. Tío,
él me prestó mis primeros cinco chelines, y los perdí. Le di mi palabra de
honor de que sería algo entre él y yo, sólo que tú me diste ese billete de diez
chelines y con él empecé a ganar, así que pensé que me traías suerte. No se lo
dirás a nadie, ¿verdad?
El niño miró a su tío con aquellos ojos grandes,
cálidos y azules, algo demasiado juntos. El tío se removió en el asiento y rió nerviosamente.
-¡En absoluto, hijo! Tu información
está a salvo conmigo. Daffodil, ¿eh? ¿Cuánto vas a
apostar por él?
-Todo lo que tengo menos veinte libras -dijo el niño-.
Eso lo guardo como reserva.
El tío lo encontró muy cómico.
-Te guardas veinte libras como reserva, ¿eh,
graciosillo? ¿Cuánto apuestas, entonces?
-Apuesto trescientas -dijo el niño con gravedad-.
¡Pero eso es entre tú y yo, tío Oscar! ¿Me lo prometes?
El tío lanzó una inmensa carcajada.
-¡Claro que es entre tú y yo, pequeño Nat Gould -dijo
riendo-. Pero, ¿dónde están tus trescientas libras?
-Me las guarda Bassett. Somos socios.
-Ah, sí, ¿eh? ¿Y cuánto apuesta Bassett por Daffodil?
-Supongo que no tanto como yo. Tal vez ciento
cincuenta.
-Qué, ¿peniques? -rió el tío.
-Libras -dijo el niño, mirando sorprendido a su tío-.
Bassett siempre se reserva más dinero que yo.
Entre la sorpresa y la diversión el tío Oscar guardó
silencio. No volvió a hablar del asunto, pero decidió llevar consigo a su sobrino
a las carreras de Lincoln.
-Bien, hijito -le dijo-, yo voy a apostar veinte
libras a Mirza y apostaré cinco libras por ti al caballo que tú quieras.
-Daffodil, tío.
-¡No, las cinco a Daffodil no!
-Si fueran mías yo lo haría -dijo el niño.
-¡Bien, bien! Tienes razón. Cinco por ti y cinco por
mí a Daffodil.
El chico nunca había estado en las carreras y sus
ojos eran como fuego azul. Apretó fuertemente los labios y observó todo con
gran atención. Un francés que tenía delante había apostado su dinero a
Lancelot. Loco de excitación, agitaba los brazos gritando
«¡Lancelot!» «¡Lancelot!» con su acento francés.
Daffodil llegó el primero, Lancelot el segundo y
Mirza el tercero. El niño, sonrojado y con los ojos llameantes, estaba curiosamente
sereno. Su tío le trajo cuatro billetes de cinco libras, cuatro a uno.
-¿Qué debo hacer con esto? -exclamó, agitando los
billetes ante los ojos del niño.
-Supongo que hablaremos con Bassett -dijo el chico-.
Creo que ahora tengo mil quinientas, y veinte de reserva, y estas otras veinte.
Su tío lo miró atentamente durante unos instantes.
-Escucha, hijito -dijo-, ¿no hablarás en serio sobre
Bassett y esas mil quinientas, ¿verdad?
-Claro que sí. Pero es un secreto entre tú y yo, tío.
¿Me lo prometes?
-¡Claro que te lo prometo, hijo! Pero debo hablar con
Bassett.
-Si quieres hacerte socio nuestro, tío, de Bassett y
mío, podríamos hacerlo. Sólo que tendrías que darnos tu palabra de honor de que
no se lo dirás a nadie. Bassett y yo tenemos suerte, y tú también debes de
tenerla, porque fue con tus diez chelines que yo gané la primera vez...
El tío Oscar se llevó a Bassett y a su sobrino a
pasar la tarde a Richmond Park, y allí hablaron.
-Verá, señor, la cosa va así -dijo Bassett-. El
señorito Paul me pide que le hable de las carreras, de sus historias,
¿comprende, señor? Siempre se interesaba en saber si había ganado o perdido.
Ahora va a hacer un año que aposté cinco chelines a Rosicler en su nombre. Y
las perdimos. Luego la suerte se puso de nuestro lado con esos diez chelines
que usted le dio. Ésos los apostamos a Singalés. Y desde entonces, en general,
la suerte se ha mantenido. ¿Usted qué dice, señorito Paul?
-Nos va bien cuando estamos seguros
-dijo Paul-. Es cuando no estamos del todo seguros que
perdemos.
-Ah, pero en esos casos vamos con cuidado -dijo
Bassett.
-¿Pero cuándo estáis seguros? -sonrió el tío Oscar.
-Es el señorito Paul, señor -dijo Bassett con una voz
serena, religiosa-. Es como si se lo dijeran desde el cielo. Como ahora con
Daffodil, en el Lincoln. Eso era tan seguro como la salida del sol.
-¿Apostó usted dinero a Daffodil? -preguntó Oscar
Cresswell.
-Sí, señor. Algo gané.
-¿Y mi sobrino?
Bassett guardó un silencio obstinado, mirando a Paul.
-Yo gané mil doscientas libras, ¿verdad, Bassett? Le
dije al tío que apostaría trescientas a Daffodil.
-Así es -dijo Bassett, asintiendo con la cabeza.
-Pero, ¿dónde está el dinero? -preguntó el tío.
-Lo guardo yo bajo llave, señor. El señorito Paul
puede pedírmelo cuando quiera.
-¿Qué? ¿Mil quinientas libras?
-¡Más veinte! Más cuarenta, contando lo que ganó en el
hipódromo.
-¡Es increíble! -dijo el tío.
-Si el señorito Paul se ofrece a hacerle
socio, señor, yo lo haría de ser usted. Si permite
que se lo diga-dijo Bassett.
Oscar Cresswell caviló unos instantes.
-Veamos ese dinero -dijo.
Regresaron a casa y, sin vacilar, Bassett acudió a la
caseta del jardín con mil quinientas libras en billetes. La reserva de veinte
libras había quedado con Joe Glee en el depósito de la Comisión Hípica.
-¿Lo ves, tío? ¡No hay peligro cuando
estoy seguro! Entonces jugamos fuerte,
todo lo que tenemos. ¿Verdad, Bassett?
-Así es, señorito Paul.
-¿Y cuándo estás seguro? -dijo el tío, riendo.
-Bueno, a veces estoy completamente seguro, como con
Daffodil -dijo el chico-, y otras tengo una idea; y a veces ni siquiera tengo una
idea, ¿verdad, Bassett? Entonces tenemos cuidado, porque en general perdemos.
-Ah, sí, ¿eh? Y cuando estás seguro, como con
Daffodil, ¿qué es lo que te hace estarlo tanto, hijo?
-Pues... bueno, no lo sé -dijo el niño, nervioso-.
Estoy seguro, tío, eso es todo.
-Es como si se lo dijeran desde el cielo, señor
-reiteró Bassett.
-¡Ya lo creo! -dijo el tío.
Pero se hizo socio de ellos. Y cuando se acercaba el
Leger, Paul estuvo «seguro» de que ganaría Chispeante, que era un caballo
bastante mediocre. El chico insistió en apostar mil libras al caballo, Bassett
se decidió por quinientas y Oscar Cresswell por dos-
cientas. Chispeante llegó el primero, y las apuestas
habían sido de diez a uno contra él. Paul había ganado diez mil libras.
-Es que estaba completamente seguro de que ganaría -dijo.
Incluso Oscar Cresswell había ganado dos mil libras.
-Óyeme bien, hijito -le dijo a su sobrino-, estas
cosas me ponen nervioso.
-¡No tienen por qué, tío! A lo mejor pasa mucho tiempo
antes de que vuelva a estar tan seguro.
-Pero, ¿qué vas a hacer con tu dinero? -preguntó el
tío.
-Esto empecé a hacerlo por mamá-dijo el niño-. Ella
dijo que no tenía suerte, porque papá no la tenía, así que pensé que si yo
tenía suerte, dejaría de murmurar.
-¿Qué dejaría de murmurar?
-Nuestra casa. Detesto nuestra casa por su murmullo.
-¿Y qué murmura?
-Pues... pues... -El niño se removió inquieto-. Pues
no lo sé. Pero en casa siem
pre falta dinero, ¿sabes, tío?
-Lo sé, hijo, lo sé.
-Sabes que a mamá le envían pagarés, ¿verdad?
-Me temo que sí-dijo el tío.
-Y entonces la casa murmura, como si la gente se riese
a nuestras espaldas. ¡Eso es horrible! Pensé que si yo tenía suerte...
-… podrías hacer algo para impedirlo -añadió el tío.
El niño lo miró con sus grandes ojos azules, que
brillaban con un fuego extraño, pero
no dijo una palabra.
-Pues bien-dijo el tío-, ¿qué vamos a hacer?
-No quisiera que mamá supiese que tengo suerte-dijo
el niño.
-¿Por qué, hijo?
-Me impediría jugar.
-Yo no lo creo.
-¡Oh...! -dijo el chico, y se removió nerviosamente-.
No quiero que lo sepa, tío.
-De acuerdo, hijo. Nos las arreglaremos sin que ella
se entere.
Se las arreglaron con toda facilidad. Paul, a
sugerencia de los otros, le entregó cinco mil libras a su tío, quien las
depositó con el abogado de la familia. Éste informaría entonces a la madre de
Paul que un pariente le había entregado cinco mil libras, las cuales serían
entregadas, a razón de mil al año, a la madre de Paul en su cumpleaños durante
los cinco años siguientes.
-Así tendrá un regalo de cumpleaños de mil libras
durante los próximos cinco años -dijo el tío Oscar-. Espero que eso no se lo
ponga más difícil después.
El cumpleaños de la madre de Paul era en noviembre. La
casa había estado «murmurando» mucho más que nunca últimamente y, a pesar de
su suerte, Paul no podía sopor
tarlo. Estaba ansioso por ver el efecto que a su madre
le causaba la carta de cumpleaños, en la que se le hablaba de las mil libras.
Ahora, cuando no había visitas, Paul comía y cenaba
con sus padres, ya que era demasiado mayor para comer en el cuarto de los
niños. Su madre iba a la ciudad casi todos los días. Había descubierto que
tenía una cierta habilidad para diseñar modelos de vestidos y abrigos de piel,
de modo que trabajaba secretamente en el estudio de una amiga que era la
«artista» principal de los modistos más importantes. Dibujaba siluetas de
mujeres vestidas de pieles, o de sedas y lentejuelas, para los anuncios de la
prensa. La joven artista amiga suya ganaba varios miles de libras al año, pero
la madre de Paul sólo ganaba unos cientos, y seguía insatisfecha. ¡Tenía
tantos deseos de ser la primera en algo! Pero no lo conseguía, ni siquiera dibujando
modelos para los anuncios de la prensa.
La mañana de su cumpleaños bajó a desayunar. Paul la
observaba mientras leía sus cartas. Sabía lo que diría la carta del abogado.
Mientras su madre la leía, su cara se endureció y se volvió aún más
inexpresiva. Luego, su boca adoptó una expresión fría y decidida. Escondió la
carta entre otras muchas y no dijo una palabra acerca de ella.
-¿No has recibido algo bonito para tu cumpleaños,
mamá?
-Sí, más o menos -dijo ella, su voz fría y ausente.
Se fue a la ciudad sin decir nada más.
Pero por la tarde apareció el tío Oscar. Dijo que la
madre había tenido una larga entrevista con el abogado, pidiéndole si no era
posible que le entregara las cinco mil libras de una sola vez, puesto que tenía
muchas deudas.
-¿Tú qué opinas, tío?-dijo el chico.
-Lo dejo en tus manos, hijo.
-¡Pues entonces, que se las quede! Podemos ganar más
con lo que queda -dijo el niño.
-¡Más vale pájaro en mano que ciento volando,
muchacho! -dijo el tío Oscar.
-Pero estoy seguro de que sabré quién ganará el Grand
National, o el Lincolnshire, o si no el Derby. Estoy seguro de que sabré quién
ganará al menos uno de ellos -dijo Paul.
De modo que el tío Oscar firmó el acuerdo, y la madre
de Paul cobró las cinco mil libras. Entonces sucedió algo muy curioso. De
pronto, las voces de la casa enloquecieron, como un coro de ranas en un
anochecer de primavera. Hubo ciertos cambios en la decoración, y a Paul se le
asignó un tutor. Iría de verdad a Eton, el colegio de su padre, el otoño
siguiente. Hubo flores en mitad del invierno, y el lujo al que la madre de Paul
había estado acostumbrada volvió a revivir. Y sin embargo, las voces de la
casa, tras los ramos de mimosa y los capullos de almendro, y de debajo de los
innumerables cojines iridiscentes, sencillamente trinaban y exultaban en una
suerte de éxtasis: «¡Necesitamos más dinero! ¡Ohh-h-h, necesitamos más dinero!
¡Ahora, ahora! ¡Necesitamos más dinero ahora mismo! ¡Más que nunca! ¡Más que
nunca! »
Esto asustaba terriblemente a Paul. Seguía estudiando
latín y griego con su tutor, pero sus horas más intensas las pasaba con
Bassett. El Grand National había llegado y pasado; él no había «sabido» quién
sería el ganador, y había perdido cien libras. Llegaba el verano. Estaba en
ascuas con el Lincoln. Pero tampoco «supo» quién lo ganaría, y perdió cincuenta
libras. Su comportamiento se volvió extraño, su mirada enloquecida, como si
algo dentro de él estuviera a punto de estallar.
-¡Déjalo estar, hijo! ¡No te preocupes más! -le
aconsejaba el tío Oscar. Pero era como si el chico no pudiese oírle.
-¡Tengo que saber para el Derby! ¡Tengo que saber
para el Derby! -repetía el niño, sus ojos azules brillando con una suerte de
locura.
Su madre se dio cuenta de lo nervioso que estaba.
-Sería mejor que te fueras a la costa. ¿No te gustaría
irte a la costa ahora, en vez de esperar? -le dijo, mirándolo con ansiedad, el
corazón curiosamente pesado a causa de él.
Pero el niño levantó sus misteriosos ojos azules.
-¡De ningún modo podría irme antes del Derby, mamá!
-dijo-. ¡Imposible!
-¿Por qué no? -dijo ella, su voz volviéndose ominosa
al verse contradicha-. ¿Por qué no? Puedes ir al Derby con tu tío Oscar desde
la costa, si es lo que quieres. No es necesario que esperes aquí. Además, me
parece que le das demasiada importancia a estas carreras. Es una mala señal. La
mía ha sido una familia de jugadores, y no te darás cuenta hasta que seas mayor
del daño que eso hizo. Pero lo hizo. Tendré que despedir a Bassett y pedirle al
tío Oscar que no vuelva a hablarte de las carreras a menos que prometas ser
razonable en ese aspecto. Vete a la costa y olvídate de ello. ¡Estás hecho un
manojo de nervios!
-Haré lo que quieras, mamá, siempre que no me eches
antes del Derby -dijo el chico.
-¿Echarte de dónde? ¿De esta casa?
-Sí -dijo él mirándola fijamente.
-¡Vaya, qué niño más curioso! ¿Por qué de pronto te
importa tanto esta casa? No sabía que te gustase.
Él la miró sin hablar. Poseía un secreto dentro de un
secreto, algo que no había contado a nadie, ni siquiera a Bassett o a su tío
Oscar.
Pero su madre, tras quedarse un momento indecisa,
dijo de mala gana:
-¡De acuerdo, entonces! No vayas a la costa antes del
Derby si no quieres. Pero prométeme no destrozarte los nervios. Prométeme que
no pensarás tanto en las carreras ni en los acontecimientos hípicos, como tú
los llamas.
-Oh, no -dijo el chico sin darle importancia-. No
pensaré mucho en eso, mamá. No tienes por qué preocuparte. Yo en tu lugar no
me inquietaría.
-Si tú estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo -dijo su
madre- me pregunto lo que haríamos.
-Pero sabes que no has de preocuparte, ¿verdad, mamá?
-repitió el niño.
-Me encantaría poder estar segura de ello -dijo ella
con voz cansada.
-Pues puedes estarlo, ¿sabes? Quiero decir que
deberías saber que no tienes por qué inquietarte -insistió él.
-¿Debería? Pues lo intentaré -dijo ella.
El gran secreto de Paul era su caballo de madera, el
que no tenía nombre. Desde que
se emancipó de la niñera y la gobernanta había hecho
trasladar el caballo de balancín a su dormitorio en el piso alto de la casa.
-¡Pero si eres demasiado mayor para un caballo de
balancín! -le reconvino su madre.
-Verás, mamá, hasta que no pueda tener un caballo de
verdad, me gustaría tener algún animal cerca mío -fue su peculiar respuesta.
-¿Te parece que te hace compañía? -dijo ella riendo.
-¡Sí! Es muy bueno, y siempre me hace compañía cuando
estoy allí-dijo Paul.
De modo que el caballo, en cierto mal estado,
permaneció inmovilizado a medio galope en el cuarto del niño.
Se acercaba el Derby, y el niño se iba poniendo cada
vez más tenso. Apenas oía lo que se le decía, estaba muy débil y sus ojos
asustaban. Su estado despertaba en su madre súbitos y extraños arranques de
preocupación. A veces se pasaba media hora sintiendo por él una ansiedad que
rozaba la angustia. Deseaba correr a su lado para asegurarse de que estaba
bien.
Dos noches antes del Derby la madre de Paul se
encontraba en una gran fiesta en la ciudad cuando uno de aquellos accesos de
ansiedad por su hijo primogénito se apoderó de su corazón hasta dejarla sin
aliento. Luchó contra este sentimiento con todas sus fuerzas, porque creía en
el sentido común. Pero era demasiado fuerte. Tuvo que abandonar el baile y
bajar a llamar a su casa de campo. La gobernanta de los niños se sobresaltó
enormemente al recibir la llamada en mitad de la noche.
-¿Están bien los niños, señorita Wilmot?
-Sí, sí, están muy bien.
-¿Y el señorito Paul? ¿Está bien?
-Se acostó sin rechistar. ¿Quiere que suba a verle?
-No -dijo la madre de Paul a su pesar-. ¡No! No se
preocupe. Está bien. Váyase a acostar. Llegaremos pronto a casa.
-No quería que la gobernanta irrumpiese en la
intimidad de Paul.
-Muy bien-dijo la gobernanta.
Era cerca de la una cuando los padres de Paul llegaron
a su casa. Todo estaba en silencio. La madre de Paul se fue a su habitación y
se quitó el blanco abrigo de piel. Le había dicho a su doncella que no la
esperase despierta. Oyó, abajo, a su marido, sirviéndose un whisky con soda.
Y entonces, a causa de aquella extraña ansiedad de su
corazón subió sigilosamente a la habitación de su hijo. Se deslizó por el pasillo
en silencio. ¿Se oía un ligero ruido? ¿Qué era?
Se detuvo, los músculos en tensión, al otro lado de la
puerta. Se oía un ruido extraño, pesado, y sin embargo quedo. Su corazón se
paró. Era un ruido sin sonido, aunque poderoso e intenso. Algo enorme se
movía, violenta pero ahogadamente. ¿Qué era? ¿Qué era, por Dios? Ella debería
saberlo. Sentía que conocía aquel ruido. Sabía lo que era.
Y sin embargo no conseguía recordarlo. No podía decir
lo que era. Y el ruido seguía y seguía, como una locura.
Suavemente, paralizada por el miedo y la ansiedad,
hizo girar el picaporte.
La habitación estaba a oscuras. Sin embargo, en el
espacio junto a la ventana, oyó y vio algo que bajaba y subía. Miró hacia allí,
asombrada, temerosa.
Entonces, de pronto, encendió la luz y vio a su hijo,
con su pijama verde, cabalgando enloquecido en su caballo de balancín. El
torrente de luz lo iluminó súbitamente, mientras azuzaba el caballo de madera,
y la iluminó a ella, rubia, con su vestido verde pálido bordado en cristal, de
pie junto a la puerta.
-¡Paul! -gritó-. ¿Qué estás haciendo?
-¡Es Malabar! -gritó él con una voz extraña,
poderosa-. ¡Es Malabar!
La miró con ojos llameantes durante un extraño,
insensato segundo, y dejó de azuzar al caballo. Luego se derrumbó contra el
suelo y ella, sintiendo que la inundaba toda su maternidad atormentada, se
precipitó hacia él para levantarlo.
Pero el niño estaba inconsciente, y siguió en ese
estado, con una suerte de fiebre cerebral. Deliraba, agitado, mientras su
madre permanecía junto a su cama, impasible.
¡Malabar! ¡Es Malabar! ¡Bassett, Bassett, lo sé! ¡Es
Malabar!
Esto gritaba el niño, intentando levantarse para
azuzar al caballo que le había otorgado la inspiración.
-¿Qué significa eso de «Malabar»? -preguntó la madre
aterrorizada.
-No lo sé -contestó el padre, sin expresión en la
voz.
-¿Qué significa eso de «Malabar»? -le preguntó la
madre a su hermano Oscar.
-Es uno de los caballos que corren en el Derby -fue la
respuesta.
Y, sin poder evitarlo, Oscar Cresswell habló con
Bassett y apostó mil libras a Malabar. catorce a uno.
El tercer día de la enfermedad fue crítico: se
esperaba un cambio. El niño, con sus largos y ondulados cabellos, no cesaba de
agitar su cabeza sobre la almohada. No dormía, ni recobraba la conciencia, y
sus ojos eran como dos piedras azules. Su madre seguía a su lado, sintiendo que
había perdido el corazón; que éste también se había convertido en piedra.
Aquella tarde Oscar Cresswell no fue a la casa, pero
Bassett envió un mensaje preguntando si no podría acudir un momento, sólo un
momento. La madre de Paul se puso furiosa ante esta intrusión; pero, tras
pensarlo mejor, accedió. El chico seguía igual. Tal vez
Bassett pudiera conseguir que recuperase la
conciencia.
El jardinero, un hombre de mediana estatura con un
pequeño bigote castaño y agudos ojos oscuros, entró de puntillas en la habitación,
se llevó la mano a una gorra imaginaria para saludar a la madre de Paul y se
acercó a la cama, mirando fijamente con sus ojillos intensos y brillantes al
niño que se agitaba en su agonía.
-¡Señorito Paul! -susurró-. ¡Señorito Paul! ¡Malabar
llegó el primero, y con mucho! Yo hice lo que me pidió. Ha ganado usted más
de setenta mil libras, y ya tiene más de ochenta. ¡Malabar ganó la carrera,
señorito Paul!
¡Malabar! ¡Malabar! ¿Yo he dicho Malabar, mamá? ¿Yo
he dicho Malabar? ¿Crees que tengo suerte, mamá? Yo sabía lo de Malabar,
¿verdad? ¡Más de ochenta mil libras! A eso lo llamo yo suerte, ¿eh, mamá? ¡Más
de ochenta mil libras! ¡Lo sabía! ¿No es ver
dad que lo sabía? Malabar ganó la carrera. Si cabalgo
mi caballo hasta que estoy seguro, entonces hazme caso, Bassett: puedes apostar
tanto como quieras. ¿Apostaste todo lo que tenías, Bassett?
-Aposté mil libras, señorito Paul.
-Mamá, nunca te dije que si puedo montar mi caballo,
y llegar allí, entonces estoy absolutamente seguro. ¡Absolutamente! ¿Nunca te
lo dije, mamá? ¡Tengo, suerte!
-No, nunca me lo dijiste -respondió la madre.
Pero aquella noche el niño murió.
Y mientras yacía allí, muerto, su madre oyó la voz de
su hermano que le decía:
-Dios mío, Hester, tienes ochenta mil libras más y un hijo de menos. Pero más le ha valido al pobre dejar una vida en la que debía azuzar a un caballo de juguete para encontrar un ganador.






































