Es un enorme error confundir un
café con una pareja para toda la vida;
por eso creo que no sabré jamás
por qué mi generación lo hace
tan a menudo. Aunque quizá sea
incorrecto hablar otra vez de
generación. Quizá seamos una
generación que se ha equivocado
de momento, que si fuera tal, lo
negaría.
Lo más difícil, para los nuestros es
aceptar que la vulgaridad es lo raro,
lo extrañamente extraordinario. Podríamos
extrañarnos, pero no: a todo poeta
le lleva un tiempo saber que es un
payaso, le lleva un tiempo saber que
nada hay en el mundo tan difícil como
formar una familia, tener mujer, hijos,
un trabajo estable o un subsidio
a la altura del suicidio que desea.
Aquí hemos elegido escribir sobre
flores y anti-flores, sobre pastos
ingobernables y cuaresmas sin
pascua, interminables cuaresmas.
Somos el marchamo – lo sabemos -
de una generación desechable,
cuérragos obstruidos por un alud
de vísperas, reemplazables del
mercado, enanos a hombros de enanos
agigantados por nuestra nostalgia,
nuestro querer haber sido.
Vueltos hacia el pasado vivimos,
viviremos, con el ego acobardado
ante los muertos, con ese ego y la
mentira conviviendo, afinando,
la difícil presidencia entre los nuestros;
eso está bien amigos, está bien,
pues ¿por qué no vamos a vivir
como deseamos?, encerrados en
el solipsismo del miedo y escribiendo,
escribiendo aún de rosas y anti-rosas,
del «el albor níveo de tus besos» al
«carajo, sálgase que ya me he corrido,
putita mía de mis anhelos», escribiendo
hasta que alguna muchacha, algún
muchacho, acuda a nuestro encierro
a hacernos el amor, sin por qué,
sin ganas y lo peor, sin argumento.
Juan Manuel Escourido Muriel






































