
WITOLD GOMBROWICZ Y EL VATICANO
Aunque
pueda resultar un poco extraño Gombrowicz tiene dos puntos de
encuentro, o mejor dicho de desencuentro con Karol Wojtyla, Jaun Pablo
II, el Papa polaco: la provincia de Corrientes y el poeta Cyprian Kamil
Norwid. En Corrientes se pone en evidencia que el inmigrante tiene para
el Papa una naturaleza muy distinta que para Gombrowicz.
Mientras
Wojtyla resalta en su visita providencial que hace a Corrientes “la
liturgia de oración en los inmigrantes”, Gombrowicz pone al descubierto
algo muy distinto refiriéndose a Goya, una pequeña ciudad de la
provincia. “Después de un largo y somnoliento viaje de regreso
navegando del norte al sur, y ayer, a las ocho de la tarde pasé del
barco a una lancha que me dejó en el puerto de.... Goya (...)”
“Es una pequeña ciudad de treinta mil
habitantes, en la provincia de Corrientes. Uno de estos nombres que, al
verlos en el mapa, a veces excitan muestra curiosidad..., porque no son
interesantes y por que nadie viaja allí..., ¿qué puede ser eso...?
¿Goya? El dedo cae sobre un nombre: de un pueblecito en Islandia, una
pequeña ciudad de Argentina..., y ocurre que a veces nos sentimos
tentados de viajar hasta allí (...)”
“Goya, un pueblo llano. Un
perro. Un tendero en la puerta de una tienda. Un camión rojo.. Sin
comentarios. No sirve para ninguna glosa. Aquí las cosas están como
están. La casa en la que me alojo es espaciosa. Es una vieja y
respetable residencia de un estanciero local (ya que estos estancieros
generalmente tienen dos casa: una en la estancia y otra en Goya). El
jardín, lleno de mastodontes: cactos”
“Estoy aquí. ¡Por qué
aquí? Si alguien me hubiera dicho hace años, en Maloszyce, que iba a
estar en Goya... Por la misma razón que estoy en Goya, podría estar en
cualquier otro lugar, y todos los lugares del mundo empiezan a pesar
sobre mí tediosamente, reclamando que vaya a ellos. Paseo por la plaza
Sarmiento en un anochecer azulado. Extranjero exótico para ellos (...)”
“Y
al fin, a través de ellos, me convierto en un extraño para mí mismo: me
paseo a mí mismo por Goya como a una persona desconocida, la coloco en
la esquina, la siento en la silla de un café, le hago intercambiar
palabras sin importancia con un interlocutor casual y escucho mi voz.
Fui al club social y me tomé un café. Hablé con Genaro. Fui en jeep con
Molo al aeropuerto. Trabajé en mi novela (...)”
“Fui a una
plazoleta junto al río. Una niña que iba en bicicleta perdió un paquete
que recogí. Una mariposa. Cuatro naranjas comidas en un banco. Sergio
fue al cine. Un mono en el muro y un papagayo. Todo esto sucedía como
en el fondo de un profundo silencio, en el fondo de mi presencia aquí,
en Goya, en la periferia, en un lugar del globo terrestre que no se
sabe por qué se ha vuelto mío. Esta sordina (...)”
“Goya,
¿por qué nunca soñé contigo? ¿por qué entonces, años atrás, nunca
presentí que pertenecías a mi destino, que te encontrabas en mi camino?
No hay respuestas. Casas. Un callejón estriado por unas sombras
cortantes. Un perro tumbado. Una bicicleta apoyada en la pared”.
Gombrowicz solía tener obsesiones, tenía una verdadera obsesión con los
cocodrilos.
Tenía tanta obsesión con los cocodrilos que
algunas veces utiliza a estos reptiles para explicar su extraña
naturaleza. “Es verdad que mi doble personalidad se prestaba a la
mixtificación, mi apariencia era más bien la de un terrateniente que la
de un asiduo a los cafés y la de un escritor vanguardista. Sin embargo,
yo, por mi parte, no podía ser diferente (...)”
“Hubiera sido más fácil, por ejemplo, comprender la naturaleza
de un cocodrilo que la mía, formada por influencias y factores que eran
para los demás completamente desconocidos”. También utiliza a estos
reptiles para abrirle paso a sus potencias creativas cuando se refiere
a unas aventuras que corre con Serio Rússovich, hermano del Esperpento.
Estas aventuras pasaron a formar parte de las historias de los
gombrowiczidas por razones parecidas a las que utilizó con los jóvenes
de Tandil en el año que los incluyó en las páginas del “Diario”. A
caballo de los años 1954 y 1955 Gombrowicz cae en uno de esos estados
hipomaniacales característicos de los genios de los que resultan
variaciones vivísimas que aparecen en los diarios.
En efecto, en
noviembre de 1954 relata un paseo campestre que hace por la estancia
que los padres del Esperpento tienen en Goya, un viaje que da
nacimiento a uno de los relatos más logrados en una de sus
navegaciones por le Río Paraná. Después de tres días de viaje en coche
y setenta kilómetros de vuelo en el último tramo del viaje, baja del
aeroplano bastante confundido, sudando a mares.
De
repente ve una mansión entre los eucaliptos mientras escucha el
griterío de los papagayos. Le aburría que Sergio Rússovich hiciera
siempre lo que se esperaba de él, así que le pide que deje de aburrirlo
y que se comporte de un modo menos previsible. Al día siguiente pasean
por la estancia y Sergio, de repente, se trepa a un árbol: –Sergio, ¿no
puedes inventar algo más original?
El muchacho no le responde, sin
embargo, según le parece a Gombrowicz, sigue ascendiendo ya sin árbol:
–Sergio, ¿no puedes dejar de ser convencional? Otra vez, silencio, pero
el joven parece levantarse del suelo y caminar a quince centímetros de
altura. Durante la cena, Sergio, en vez de encender un cigarrillo le
prende fuego a una cortina.
Pero no se lo prende del todo, se lo prende a medias,
lo que causa el asombro de sus padres, pero también a medias: –¡Vaya,
vaya, Sergio, qué cosas haces! Sergio le da una escopeta a Gombrowicz y
le pide de una manera apremiante que le dispare a algo que tiene la
forma de una triángulo y un color verdoso-amarillento-azulado.
Gombrowicz dispara y algo se agita, desaparece... es un cocodrilo.
“Sergio
no decía nada, pero yo sabía que todo eso que no decía llevaba agua
para su molino..., y no me sorprendió en absoluto cuando, de una manera
incompleta pero ya abiertamente, voló hacia una rama y gorjeó un poco.
De alguna manera me preparo para huir. Hasta cierto punto hago las
maletas. ¡El cocodrilo, no total, el cocodrilo incompleto! (...)”
“Los
padres de Sergio ya casi han subido al coche tirado por cuatro caballos
y en cierto modo se alejan..., casi sin prisa... Calor. Bochorno.
Ardor”. El relato de su navegación por el Río Paraná cuando viaja a la
estancia de los Rússovich alcanza una belleza que sólo igualó dos años
después describiendo un crepúsculo. Utiliza un idioma poético, lógico y
musical sobre un clima de irrealidad.
Este
clima de irrealidad va creciendo a medida que avanza por el río al que
sólo puede anclar con la palabra navegamos. Los movimientos, los
cambios que sufría el río, las variaciones del clima y de la luz,
siguen las peripecias del alma atormentada de Gombrowicz, acosada por
la oscuridad y la distancia. Alguien le da una oportunidad para que
pueda distinguir con claridad lo que el barco va dejando atrás.
Le
ofrece unos prismáticos: la orilla, los arbustos, las maderas que
flotan el agua: –¿Quiere usted echar una ojeada? Le borra los contornos
a la realidad a la que sólo vuelve en una especie de basso continuo
utilizando la palabra navegamos. “Pero... lo mismo me dijo ayer. Sólo
que hoy me ha sonado diferente. Me ha sonado... como si en realidad no
quisiera decir eso (...)”
“O
bien como si lo que ha dicho no estuviera dicho hasta el final... sino
dolorosamente interrumpido”. No puede soportar la idea de que el barco
navegue solo, cuando no está con el barco y no sabe si navega, y
tampoco puede soportar el espacio imponente y el aire inmóvil. “Ese
industrial de San Nicolás dijo: –Mal tiempo..., pero de nuevo me sonó
como si no fuera eso (...)”
“Como si en el fondo él quisiera,
sí, eso es, quisiera otra cosa..., y tuve la misma sensación que la que
había tenido en el desayuno con un médico de Asunción, exiliado
político, cuando me hablaba de las mujeres de su país. Hablaba. Pero
hablaba precisamente (esta idea me persigue) para no decir..., sí, para
no decir lo que de veras tenía que decir”
El río que tenía por
delante y por detrás, con su blancura intermitente, por veces se le
confundía con los sueños sobre el pasado y el futuro, desconocidos e
indefinidos, pero después todo descendía y se posaba nuevamente sobre
el río, que otra vez volvía a ser el río por el que navegaba. Una noche
se despertó aterrado con la preocupación de que algo extraordinario
estaba pasando.
De
repente, un grito rompió el sello del silencio. Y, una vez más, vuelve
a borrarle los contornos a lo que ocurre, o a lo que no ocurre: “Sabía
con toda seguridad que nadie había gritado, y al mismo tiempo sabía que
había existido un grito... Pero, como no había ningún grito, consideré
a mi terror como inexistente, regresé al camarote e incluso me dormí”
El
barco era trivial y corriente, precisamente por eso se sentía
totalmente indefenso, no podía emprender nada porque no había
fundamentos para la más ligera inquietud, todo estaba absolutamente en
orden, pero esa tensión irresistible podía romper la cuerda. Un médico
se burlaba de él porque había perdido al ajedrez: –Ha perdido usted por
miedo: –Podría darle una torre de ventaja y ganarle.
Navegaban
hacia la nada, las conversaciones y los movimientos estaban paralizados
y fulminados. La locura y la desesperación eran inalcanzables porque no
existían, pero como no existían, existían de una manera imposible de
rechazar: “Nuestra normalidad, la más normal, explota como una bomba,
como un trueno, pero fuera de nosotros. La explosión nos es
inaccesible, a nosotros hechizados en la normalidad (...)”
“Hace
un momento he encontrado al paraguayo en la proa y he dicho, sí, he
dicho, eso es, he dicho: -¡Buenos días! Él a su vez ha contestado, eso
es, ha contestado, sí, ha contestado. Dios misericordioso, ha
contestado (sin dejar de navegar): –¡Hermoso tiempo! Navegamos”. Es
cierto que la provincia de Corrientes se le presenta al Papa y a
Gombrowicz de muy distinta manera siguiendo el camino del inmigrante.
Sin embargo la diferencia es aún mucho mayor en lo
que se refiere al poeta polaco Norwid. Karol Wojtyla, Juan Pablo II, el
Papa polaco, tenía verdadera devoción por el poeta Cyprian Kamil
Norwid. “En ninguna otra época la nación ha producido escritores tan
geniales como Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki, Zygmunt Krasinski o
Cyprian Norwid.
“No se puede dejar de constatar que este período
extraordinario de madurez cultural durante el siglo XIX preparó a los
polacos para el gran esfuerzo que les llevó a recuperar la
independencia de su nación, Polonia, desaparecida de los mapas de
Europa y del mundo. Polonia volvió a reaparecer a partir del año 1918
y, desde entonces, continúa en ellos”
Norwid vivió luchando
contra la pobreza y la soledad. En los últimos meses de su vida fue
atendido por las religiosas de un asilo de ancianos. Este gran escritor
es un autor polifacético: poeta, prosista, dramaturgo, filósofo, pintor
y grabador. Capaz de expresar sus opiniones de modo muy diverso, sin
embargo, fue un artista difícilmente clasificable.
No
se ajustó a los cánones de la poesía de la segunda generación de
románticos polacos y combatió enérgicamente los valores intelectuales y
filosóficos del positivismo, una corriente de pensamiento muy difundida
por entonces en la que militó Sienkiewicz, mucho antes de escribir “Quo
Vadis”. Juan Pablo II recuerda los sentimientos que lo unían al poeta
Ciprian Kamilk Norwid.
“Una estrecha confianza espiritual,
desde los años del instituto. Durante la ocupación nazi, los
pensamientos de Norwid sostenían nuestra esperanza puesta en Dios, y en
el período de la injusticia y del desprecio, con los que el sistema
comunista trataba al hombre, nos ayudaban a perseverar en la verdad que
nos fue confiada y a vivir con dignidad”
Norwid, el gran poeta
cristiano, pobre y desventurado, es increíblemente utilizado por
Gombrowicz como un clarísimo órgano sexual, como un verdadero falo, en
la primera novela que escribe: “Ferdydurke”. “En mis tiempos los
jóvenes.... ¿Pero qué hubiera dicho de eso el gran poeta nuestro,
Norwid? La colegiala se mete en la conversación: –¿Norwid? ¿Quién es?
(...)”
“Y
preguntó perfectamente, con la ignorancia deportiva de la joven
generación y con un asombro propio de la Época, sin comprometerse
demasiado con la pregunta, sólo para dejar saborear un poco su no saber
deportivo. El profesor se agarró la cabeza: –¡No sabe nada de Norwid!;
–¡La época, profesor, la época! El ambiente se volvió simpatiquísimo.
La colegiala no sabía nada de Norwid para Pimko (...)”
“Pimko se
indignaba con Norwid para la colegiala. Sobre todo el poeta Norwid se
convirtió en pretexto de mil jugarretas, el bondadoso Pimko no podía
perdonar la ignorancia de la colegiala al respecto, eso ofendía sus más
sagrados sentimientos, ella de nuevo prefería saltar con garrocha y así
él se indignaba y ella se reía, él le reprochaba y ella no consentía,
él suplicaba y ella saltaba (...)”
“Admiraba
la sabiduría y la sagacidad con las que el maestro, no dejando ni por
un momento de ser maestro, actuando siempre como maestro, lograba sin
embargo gozar de la moderna colegiala por efecto del contraste y por
medio de la antítesis, admiraba cómo con su maestro excitaba a la
colegiala, mientras ella con su colegiala al maestro excitaba (...)”
“Ya
no se contentaba con el flirteo en la casa, bajo la mirada de los
padres, aprovechaba la autoridad de su puesto, quería imponer a Norwid
por vía legal y formal. Ya que no podía hacer otra cosa, quería por lo
menos hacerse sentir en la muchacha con el poeta Norwid. Bajo la
influencia de esos pensamientos las piernas se me empezaron a mover
solas (...)”
“Ya estaban por bailar en honor de los Muchachos
Viejos del siglo XX, ejercitados, hostigados y castigados con el
latigazo, cuando en el fondo del cajón percibí un gran sobre del
ministerio ¡y en seguida reconocí la escritura de Pimko! La carta era
seca: ‘No voy a tolerar más su escandalosa ignorancia dentro de lo
abarcado por el programa escolar (...)”
“La cito a presentarse a
mi despacho del ministerio, pasado mañana, viernes a las 16.30, a fin
de explicarle, aclararle y enseñarla al poeta Norwid y eliminar una
falla en su educación. Hago observar que cito legal, formal y
culturalmente, como profesor y educador y que, en caso de
desobediencia, mandaré a la directora una moción por escrito para que
la expulsen del colegio (...)”
“Subrayo que no puedo soportar
más la falla y que, como profesor, tengo derecho a no soportarla’”. El
tratamiento erótico que le da Gombrowicz al poeta Norwid culmina en una
de las escenas más hilarantes de “Ferdydurke”. Jósek Kowalski llamado
Pepe, el protagonista de la novela, con el propósito de derrumbar a la
modernidad, manda dos cartas apócrifas haciéndose pasar por la
colegiala.
Con
esta argucia arma un encuentro de medianoche para el colegial y el
profesor en el dormitorio de la colegiala, pero ninguno de los tres lo
sabe. Llega el colegial y enseguida cae en la cama abrazándose con la
colegiala preparándose para lograr con su ayuda la culminación de sus
encantos. Pero justo en ese momento golpean la ventana, es el profesor
que interrumpe de esta manera inesperada sus transportes amorosos.
El
profesor está en el jardín, y como teme que lo vean desde la calle se
arrastra hasta la pieza de la colegiala. ¡Zutita! ¡Colegialita! ¡Chica!
¡Tú! ¡Eres mi camarada! ¡Soy colega! La carta que le había enviado el
protagonista lo había embriagado: –¡Tú! ¡Tutéame! ¡Zutita! ¿Nadie nos
verá? ¿Dónde está mamá? Qué pequeña chica, y qué insolente... sin tomar
en cuenta la diferencia de edad, de posición social...
Y
aquí, Jósiek, que está detrás de la puerta, da el primer golpe maestro:
–¡Ladrones! ¡Ladrones! El profesor giró varias veces como tirado por un
cordel y logró alcanzar un armario. El colegial quiso saltar por la
ventana pero, como no tuvo tiempo, se escondió él también en otro
armario. Entran los juventones a la pieza de la colegiala y Jósiek
sigue echando leña al fuego: –¡Alguien entró por la ventana!
La
juventona sospecha de una nueva intriga pero Kowalski levanta del suelo
los tiradores del colegial: –¿Intriga? Cuando la colegiala grita que
los tiradores son de ella Jósiek abre de un puntapié uno de los
armarios, aparece la parte inferior del cuerpo de Kopeida: –Ah, Zutka.
Los juventones se ríen, estaban satisfechos con la colegiala, un
muchacho rubio y su hija, los miraban con los ojos felices de la
modernidad.
La juventona se propone
hacerle morder el polvo de la derrota a Kowalski: –¿Por qué está aquí
el caballero? ¡Al caballero esto no le importa! Kowalski abre en
silencio la puerta del otro armario y aparece Pimko oculto tras los
vestidos. La situación se volvió desconcertante, el profesor
carraspeaba con una risita implorante: –La señorita Zutka me escribió
que le enseñara al poeta Norwid, pero me tuteó, yo también quería con
tú...
Las oscuras y turbias aclaraciones del profesor
empujaron al ingeniero juventón a la formalidad: –¿Qué hace usted aquí,
profesor, a esta hora?; –Le ruego que no me levante la voz; –¿Qué,
usted se permite hacerme observaciones en mi propia casa? Un semblante
barbudo miraba por la ventana con una ramita verde en la boca, Jósiek
le había pagado al mendigo para que lo hiciera.
La juventona
estaba perdiendo los estribos: –¿Qué quiere ahí ese hombre?; –Una
ayudita por amor de Dios; –¡Dadle algo! ¡Que se vaya! Cuando los
juventones y el profesor empiezan a buscar monedas, el colegial se
dirige a la puerta, Pimko percibe la maniobra y se va tras él. El
ingeniero juventón se echa sobre ellos como el gato sobre el ratón:
-¡Permiso! ¡No se irán tan fácilmente!
La
doctora juventona en un terrible estado de nervios le grita al marido
que no haga escenas. –¡Perdón!, ¡creo que soy el padre! Yo pregunto,
¿cómo y con qué fin ustedes entraron al dormitorio de mi hija? ¿Qué
significa todo esto? La colegiala empieza a llorar y la juventona se
apiada de su hija: –Vosotros la depravasteis, no llores, no llores,
niña. El ingeniero está furioso: –¡Le felicito, profesor! ¡Usted
responderá por esto!
Así que depravaban a la colegiala, a Kowalski
le pareció que la situación se volvía a favor de la muchacha:
–¡Policía! ¡Hay que llamar a la policía!; –Créanme, créanme ustedes,
están equivocados, me acusan injustamente. Kowalski maniobra para
terminar de hundir a Pimko: –¡Sí!, soy testigo, vi por la ventana al
profesor cuando entraba al jardín para evacuar.
La
señorita Zutka miró por la ventana y el profesor tuvo que saludarla,
conversando con ella entró a la casa por un momento. Pimko,
cobardemente, se asió a esta explicación tan desagradable: –Sí,
justamente, sí, estaba apurado y entré al jardín, olvidándome que
ustedes vivían aquí, así que tuve que simular que estaba de visita. El
ingeniero juventón enfurecido saltó sobre el profesor y en forma
arrogante le pegó una bofetada.
Jósiek fue a buscar el saco y los
zapatos a su pieza, y comenzó a vestirse, poco a poco, sin perder de
vista la situación. El abofeteado en el fondo de su alma aceptó con
agradecimiento la bofetada que lo ubicaba de algún modo: –Me pagará por
esto. Saludó al ingeniero con alivio, y el ingeniero lo saludó a él.
Aprovechándose del saludo se dirigió rápidamente a la puerta, seguido
por el colegial que se adhirió a los saludos.
¿Qué?,
así que aquí se trata de enviar los padrinos de un duelo, y este
atorrante se va como si no ocurriera nada. Se abalanzó con la mano
tendida, pero en vez de darle una cachetada lo agarró por el mentón.
Kopeida se enfureció, se inclinó y agarró al ingeniero por la rodilla.
El juventón se derrumbó, entonces el colegial lo empezó a morder con
fuerza en el costado izquierdo como si estuviera loco.
La doctora se
lanzó en socorro del marido, atrapó una pierna de Kopeida y empezó a
tirar con todas sus fuerzas lo que provocó un desmoronamiento aún más
completo. Pimko, que estaba a un paso del montón, de improviso, por su
propia voluntad se acostó en un rincón de la habitación sobre la
espalda y levantó las extremidades en un gesto completamente indefenso.
La colegiala saltó debajo de la frazada y brincaba alrededor
de los padres que se revolcaban junto a Kopeida: –¡Mamita! ¡Papito! El
ingeniero, enloquecido por el montón hormigueante y buscando un punto
de apoyo para sus manos, le agarró un pie a la colegiala por encima del
tobillo. Se revolcaban los cuatro, calladamente, como en una iglesia,
pues la vergüenza, a pesar de todo, los presionaba.
En cierto
momento la madre mordía a la hija, el colegial tiraba de la doctora, el
ingeniero empujaba al colegial, después de lo cual se deslizó por un
segundo el muslo de la joven colegiala sobre la cabeza de la madre
juventona. Al mismo tiempo el profesor que estaba en el rincón comenzó
a manifestar una inclinación cada vez más fuerte hacia el montón.
No
podía levantarse, no tenía ninguna razón para levantarse, y quedarse
acostado sobre la espalda tampoco podía. Cuando la familia que se
revolcaba junto al colegial Kopeida llegó a sus cercanías, agarró al
ingeniero juventón no lejos del hígado, y el remolino lo arrastró.
Kowalski terminó de colocar sus cosas en la valija y se puso el
sombrero. Lo aburrían.
Se
estaba despidiendo de lo moderno, de los juventones, de los colegiales
y del profesor, aunque no era dable despedirse de algo que ya no
existía. “Había ocurrido en verdad que Pimko, el maestro clásico, me
hizo un cuculiquillo, que fui alumno en la escuela, moderno con la
moderna, que fui bailarín en el dormitorio, despojador de alas de
moscas, espía en el baño. Que anduve con cuculeito, facha, muslo (...)”
“No, todo desapareció, ahora ya ni joven, ni viejo, ni moderno,
ni anticuado, ni alumno, ni muchacho, ni maduro, ni inmaduro, era
nadie, era nulo. Pero nada más que por un milésimo de segundo. Porque,
cuando pasaba por la cocina palpando la oscuridad, me llamaron en voz
baja desde la alcoba de la doméstica: –Pepe, Pepe. Era Polilla quien,
sentado sobre la sirvienta que jadeaba pesadamente, se ponía
apresuradamente los zapatos”





































