
ENTRESIJOS
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
CAFÉ MOVEDIZO
En la cela del Café Monet habían granos que se tostaban al rescoldo de la tarde y aromatizaban los ensueños de los bebedores contumaces de la infusión. (La guerra cotidiana se escenificaba afuera, en las líneas de batalla donde los rientes ensamblaban bicicletas para perseguir la solución de los crucigramas). El olor de la miel daba gritos quedos que hacían volver los ojos de los concurrentes sentados. Sobre las cabezas hervía un rumor de negritud y aduanas en la lejanía. Se orquestó un círculo de voces que, al abrirse una de las ventanas, se elevó con unas nubes de azúcar de apellidos morenos. La vida de la cafeína quedó bruñida en la libertad, transitoria, de los pensamientos.

FIGURANTES
Contra el muro de la saciedad se recortan sus sombras. A riesgo de parecer glifos se remueven en su plan. Un hombre no invitado se sostiene con pies de cristal y rasguña las paredes con dedos que absorben un porcentaje de nominaciones. Parece que existía un tiempo semejante a algún otro intuido con antelación. ¿El mundo marcharía por entonces embutido en sus divisas? Los figurantes se desplazaban encima de los mármoles, sin prefacios ni puntos de contacto. Un retrato colectivo desayudó a una memoria que porfiaba. Alguien estuvo contento. ¿Acaso el jefe del gang? El resto de los hechos atendidos aun entraron en la historia para su propia desazón.
TONELES
Se espacian los extremos y a pesar del dolor surgen las duelas y los vinos se alejan de los peligros que la sed explaya. Hacia los humos de las rondas se tuercen las narices y luego en las radios se comentan las aureolas surgidas bajo el plano inferior de las chimeneas. En volandas una suerte de fumadores se desvive por mimar los labios que catan. (El aire se cansa de la noche y autentica su cordial). Ya los silencios se han despojado de los inútiles intervalos que retenían los fuegos en el laberinto de las bruscas. (En lontananza un espontáneo fraile lanza una buchada de tinto cascado).

MUSICANTES
Violas sin violencia, violines y violoncelos. Musicantes en el inmenso ámbito donde riela la oscurana. Antipavura que no remeda ningún azul. Son los sones que fraguan los combates por perdurar. El mejor de los giros llega con la fiabilidad del mediodía y su cenit. Así los acordes profundizan en los colores que se oyen en la crepitación de los muros. Lo cotidiano zumba en los ojos para continuar rebotando en las cadencias que las ventanas proponen. De súbito se tiñen los ladrillos y en el vespertilio de otros signos una luminosidad encaja sus andantes.
LIBROS
No sólo son de papeles blancos o nuevos en las columnas que hay que trepar para saber. Desde donde se remontan descienden con las palabras que los defienden. Sobre sus páginas se arman tormentas o recuerdos que se tornan en rutas para la emoción. A los accidentes gramaticales se sobrevive con un chasquido de los dedos. Los autores se inquietan si los descubren en montón sobre las aceras: nada malo puede pasar si siguen a las trepidaciones del mundo.
CANCIONES
En los arpegios se afinan. A veces en los breves títulos se elongan sus vidas y costean los ángulos de sus derechos. Las líneas que las conforman fluyen con los juegos que tientan a las mansiones. Empero, de hora en hora y de borde a borde un tempo se liga a lo majestuoso de las notas que repercuten dentro de las reglas de la eclosión. Hacia allá rebotan en las cortinas o se apean de los postigos o mutan en los balcones. El transporte es aun más alto cuando se emborrachan los ciegos.
ASESINOS
Las tapas de los sesos alteran lo que se piensa de las armas homicidas. Un hombre de perfil purificado por el crimen se pierde en el encarte de una muerte blanca. A otro individuo le destrozan el cielo de la boca y las estrellas le pesan sobre los brazos que le cuelgan en una desfachatez de alas. La ingenuidad debe morir. ¿Y qué mejor posición que la horizontalidad de las líneas donde se honra lo fúnebre? Después el destino arrastrará sus facturas; más adelante la esperanza quedará signada encima de la tumba apenas trucada. Los rostros de los asesinos se afinarán con la estética del reposo y los reflejos de sus pupilas volverán a encontrar el engreimiento del oro.
EVENTRADOS
El rango de las vísceras expuestas ante los ojos con voluntad en las ranuras. Los pies manchados de una sangre que se mide por el color de las heces. Las mismas trazas que en las películas que recogen los hara-kiris para aficionados. Hay que atender a todas las señales que emanan de los intestinos nada laxos.
En una pieza que se torna cólico del pasado las tripas palpan una tentación. Una daga traza, diestra, un dibujo enmierdado en el aire y la eventración surge como espectáculo para inquietar a los insomnes.
LÁMPARAS
Un viento negro que insiste en torcer las luces. Se olvida que la sublevación de las lámparas es asunto de paparruchas. Del coraje del poder no se ensombrecen los fanales. Abiertos los portales vuelan los murciélagos como personajes de la umbra. Y por lo tanto sobre las mesas se envalentona una claridad que remueve la morbidez de lo vacío.
BOTELLAS
Botellas amasadas por los fuegos. Formas con brazos de futuros quebradizos. Cursos de podaduras para los beodos en sus licuescencias. Ni lo argénteo ni lo plúmbico se avienen con sus espíritus de vidrio. En ocasiones colores rucios plenan los eslabones de su sed. Cuando eso ocurre renacen unas flamas en el fondo de imaginados hornos. Los sentidos del poco tacto tratan de comprender la minusvalía de los continentes de cristal, mas el desorden se impone y estalla un origen con su consiguiente estropicio de arenas.
PÉNDULOS
¿Quiénes pueden estar pendientes de ellos? Sólo los animales fríos que rampan al revés y saludan los anocheceres con aspavientos de cortesía y buen tino.
Sobre los paredones salpicados de cagarrutas de lagartijas suelen los péndulos oscilar con osadía hasta acometer al universo con sus arrestos de metal. (El corazón se me paraliza de no más evocarlo).
Como marchan supuestamente regulados, los péndulos penetran a través de las frondosidades tiesas de la luna y desde allí se inclinan y dan horas desiertas para que los amantes se deslicen cual anguillas en el barro de su estolidez.

DAMEROS
Las damas serias miran por sobre sus hombros y simulan jugar con fichas marcadas. A lo largo de los planos de las ciudades que se soportan con sus golpes de ángulos los cuadrados hacen tropezar con frecuencia los pies para que se pongan alertas y capten los murmullos de la sedición.
Ahora quiero rellenar mis casillas y entretenerme con el gambito de las rameras que bajan sus ojos en busca de un estado de confort en las citas a ciegas.
SOPAS
Las hambres que mondan. El final para mordicar con los cominos dentro del caldero. Las sopas enfundadas en sus cubiertas de suspiros, olores y tubérculos que cuajan con maldad.
La grasa flota encima del caldo y apenas alguien se ríe se le calienta la calva. El perfume de lo famélico le pluge al huésped del cielo. Los remanentes de lo que fue opíparo descendieron con una sonda hasta la profundidad de los ardores de las sopas en la gastronomía sin concierto.
POTES
La vaguedad que se sacude tras los potes en su remedo. La acusación contra sus anteriores dueños por guisar con sustancias lastimeras. El desfase de las noches transcurridas en repastar los moldes de la virulencia. A posteriori, un soplo en el encuadre de las desiertas estructuras para ocultar los sueños. Una avalancha de contrastes en el gusto por amontonar las vasijas para los detritus. La calma que se avecina, de a poco, por el interior putrefacto de unos tiestos que producen mucho ruido porque ya se intuyen muertos.






































